viernes, 18 de septiembre de 2009

Reseña: Las rosas de la carne


Leer, septiembre de 2009


Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974) es novelista, dramaturgo, crítico literario y poeta. Ha publicado los poemarios Razón del incendiario, Naufragio hacia la dicha, Del insumiso amor, Consumación de estío, Las islas cómplices, El amargo ejercicio y La lengua de los ángeles, libros por los que ha recibido diversos premios como el “Ciudad de San Fernando”, el “Ciudad de Irán”, o el “Ibn Al-Jatib”. “Nadie escapa a la desmesura de la rosa”, dice Dulce Chacón y cita el poeta. Fiel al aserto, las páginas de Las rosas de la carne están poseídas por la recreación de los topica renacentistas y barrocos, que se despliegan y confluyen en esa central y metafórica flor que en su perfume mítico y bífica existencia encierra celebración y desaparición, oda y elegía. En Las rosas de la carne lo celebratorio, incluso cuando se canta lo perdido para siempre, irrumpe con una sensualidad que pone la materia y la hermosura como revolucionaria categoría moral que desafía a la muerte y su amenaza. Lo amoroso, sin pudores, interroga las convenciones y los prejuicios de una manera libertaria y subversiva. “Susurro placentero desde el fondo de nada./ Racimos de rocío por la espalda del mundo”.

Reseña: La aldea de sal

Leer, septiembre de 2009


Con selección y traducción de otros dos poetas, Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre, que en hermoso escrito liminar glosan con intrépido brío lírico al “ayudante de mentiroso”, Calambur publica La aldea de sal, una amplia antología bilingüe del brasileño Lêdo Ivo (1924), uno de los máximos exponentes de la Generación del 45, movimiento que revisó la poesía de vanguardia y el Modernismo brasileño. Entre dos títulos, Las imaginaciones (1944) y Réquiem (2008), transcurre una poesía planteada como actitud solidaria y como exploración de lo inefable, como conocimiento de lo que vive sólo en el poema y como diálogo imaginativo con la realidad. “Felices los que parten./ No los que llegan a los puertos que se pudren./ Felices los que parten y no regresan nunca”, comienza el canto V de Réquiem. Y termina: “Felices los que viven en las islas periféricas y una nube de hormigas voladoras los rodea al llegar el crepúsculo./ Felices los sedentarios que un día se fueron”. En palabras de Grande y Mestre: “En la aldea de sal, nadie, todos los otros que son él mismo, espera una semejante y unánime mañana: la bella justicia de su asombro, la posible realidad de la memoria”.

martes, 15 de septiembre de 2009

Reseñas: La canción donde ella vive

El País, Sevilla, 7 de septiembre de 2009

Cazador de metáforas rompedoras

Daniel Ruiz publica dos arriesgadas novelas sobre la marginalidad y el rock

“La calle también está llena de canciones, toda ella es una enorme canción, deliciosa y aberrante, deforme y excesiva, un tremendo sampleado de susurros y gritos y risas y llantos y otras canciones, en cada callejón se esconde una melodía, en cada portal hay un acorde”. Pero aunque las melodías sobrevuelen las aceras, para cazarlas hace falta un oído presto y la capacidad de hacerse invisible. Meterse en las tripas de las bandas callejeras y los quinquis, los bares de la noche, y hacerlo con estilo, un estilo poético que desarma al lector, es de nota.
Daniel Ruiz (Sevilla, 1976) ha publicado dos obras, Perrera y La canción donde ella vive, que coinciden en las librerías pese a haberse escrito con anterioridad y en distintos años. Son dos dardos que describen mundos como la marginalidad y la noche con un estilo poético, mezclado con metáforas rompedoras aplicadas a la vida canalla. “No pidas buen gusto a un hotel del extrarradio, no le exijas sencillez ni paredes desnudas ni mesillas de noche sin centros de flores de plástico, no busques recepcionistas sin bocas congeladas en sonrisas impecables, no quieras evitar ese horripilante hilo musical que contamina los pasillos plagados de du-du-a y de la-la-la, tampoco intentes sortear a los grupos de ancianos parapetados con gorras y guayaberas dispuestos a someterse a cualquier tortura disfrazada de actividad de ocio”, desgrana Ruiz en La canción donde ella vive.

Habla a la velocidad del rayo. Con pasión y retranca, explica cómo se dirige a un lector especial, minoritario, que saborea las palabras y comparte la calle como ágora de las pandillas. “Tengo un problema: soy supercotilla y me pasaba horas escuchando desde mi balcón, que daba a un callejón donde todos los quinquis se paraban a beber y fumar. Me atrapaba la forma áspera de relacionarse entre ellos. Conceptos como la caricia y el beso los sustituían por el mordisco o la bofetada. Y sabía que ahí había una novela”.

A partir de ahí, Ruiz parió Perrera, una radiografía de esa generación perdida. La trama funciona al relatar el sombrío día a día de adolescentes rebeldes, pero lo que hace despuntar a la novela es un estilo trepidante e inconfundible que aplica metáforas de altura al chapero, a los canutos, al rock. “Para que mi estilo sea sórdido, necesita urgencia. Creo que tiene que tener el sentido de la inmediatez. Mi concepto de la literatura se sustenta en dos pivotes: la rabia y la reflexión sobre la fealdad”, explica.

Ruiz mezcla voces y juega a los contrastes impúdicos con conversaciones que el lector, más que leer, bebe. No hay puntos y aparte. Sólo se respira entre capítulo y capítulo. Puso su lupa sobre los adolescentes difíciles al escribirla en 2004, en la línea de películas de estreno posterior como la sevillana Siete vírgenes. “Quizá se ha publicado un poco tarde”, apunta.

El joven escritor ganó con su primera novela, Chatarra, el I Premio del Certamen de Novela de la Universidad Politécnica de Madrid, y luego basada en esta historia se rodaría un corto preseleccionado para los Oscar en 2007. Su segunda novela, Perrera, ha sido publicada por la editorial gaditana Dum Spiro Ediciones.

La tercera obra es La canción donde ella vive (Calambur, Narrativa), en la que Mario, un pinchadiscos, cuenta la historia de su relación de amor fatal. De fondo, suenan melodías de The Beatles, The Rolling Stones, The Who y The Beach Boys. Las referencias son musicales pero también cinéfilas. La musa de esta historia es una mujer fatal más cercana a Marianne Faithful y Patti Smith que a Lauren Bacall. “Más enfangada”, matiza. “Pretendo que mi literatura se lea como si fueran canciones. Se bebe y se lee de un tirón aunque, por supuesto, a veces la literatura necesita un parón para paladearla”.

El tono onírico que respiran sus novelas tiene su explicación. Ruiz amanece y se sienta cada día para fabular de cinco de la madrugada a ocho, cuando acude a su trabajo como periodista. “La vigilia tiene más profundidad y una bellaquería que no se me ocurriría a las 12.00, ya desayunado”.

JAVIER MARTÍN-ARROYO

http://www.elpais.com/articulo/andalucia/Cazador/metaforas/rompedoras/elpepiespand/20090907elpand_16/Tes/
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ABCD, 12 de septiembre de 2009

Esta novela de Daniel Ruiz García juega con algo que debería ser más frecuente en la temática de nuestra joven narrativa y que, sin embargo, escasea: la deuda con el rock y su manera de enfrentarse al mundo. Conozco pocas, casi ninguna de calidad, salvo dos debidas a Francisco J. Satué, escritas hace años, a las que hay que añadir Deseo de ser punk, de Belén Copegui; de ahí que estas páginas, plagadas de referencias casi exclusivas al mundo de la canción me hayan llamado la atención. Pero su aportación no es sólo sociológica, sino que mantienen una calidad literaria sobresaliente en este tipo de literatura.

Se podría decir que el tono de La canción donde ella vive es demasiado lírico y reiterativo, lo que es cierto, pero también que es lo que conviene a una narración que juega desde el primer momento con la idea del Paraíso, ni que decir tiene que conformado con el espíritu del rock de la década de los sesenta. Además, da una idea del tono del libro de la ausencia total de diálogos, en justa coherencia con lo que se quiere contar, pero que nos habla también de cierto coraje ante lo que se lleva.

JUAN ÁNGEL JURISTO

lunes, 14 de septiembre de 2009

Último adiós a José María Millares

EL ÚLTIMO PERIPLO DEL POETA JOSÉ MARÍA MILLARES SALL


Un poeta, amigos míos, es un hombre como vosotros

Y como vosotros sueña en un mundo igual,

Tierno como una legumbre en nuestras bocas.


 (De “Hong-Kong”, en Liverpool)



Tras larga enfermedad, que nunca doblegó ni su energía ni su entusiasmo, el pasado día 8 de septiembre falleció, en Las Palmas de Gran Canaria, el poeta José María Millares Sall. Nacido en esa misma ciudad en 1921, en el seno de una familia de destacada tradición artística y literaria, la juventud y los estudios del poeta se vieron interrumpidos por la guerra civil y la inmediata posguerra, al tiempo que la vida familiar quedaba marcada dramáticamente por la persecución y depuración política de su padre, el profesor y también escritor Juan Millares Carló. Las circunstancias, por tanto, obligarían al poeta a desempeñar un trabajo administrativo en una compañía naviera, lo que no sería obstáculo para que iniciase entonces su actividad como escritor. De 1946 datan sus primeras entregas poéticas, en la colección Cuadernos de Poesía y Crítica que, también en Las Palmas, animaba el ensayista Juan Manuel Trujillo: A los cuatro vientos y Canto a la Tierra. En 1947 será uno de los poetas incluidos en Antología Cercada (Col. El Arca, Las Palmas), primera tentativa de poesía social, celebrada y animada desde Madrid por, entre otros, Leopoldo de Luis, Gabriel Celaya, Ramón de Garciasol y Vicente Aleixandre.


En 1948 funda la colección Planas de Poesía, a la que incorpora a sus hermanos Manuel, pintor, y Agustín, poeta. El primer volumen de la colección será su libro Liverpool (1949), una rareza en aquel momento poético y libro que, todavía hoy, sorprende por su vitalidad expresiva, hecho que propició que, a comienzos de 2009, con motivo del sexagésimo aniversario de su aparición, la editorial madrileña Calambur lo reeditase y fuese acogido con notable interés por parte de las jóvenes generaciones de poetas españoles. En 1951, publica Manifestación de la paz y Planas de Poesía será suspendida por orden gubernativa, siendo procesados y encarcelados sus más directos responsables. En 1952, contrae matrimonio con la también poeta Pino Betancor (1928-2002). Con ella se traslada a Madrid, ciudad en la que el matrimonio residirá entre 1956 y 1960, y en la cual establecerá contacto, en la histórica tertulia de la revista Ínsula, con los escritores Leopoldo de Luis, Gabriel Celaya, José Luis Cano, José Hierro o Jorge Campos, entre otros. José María y Pino regresarán a Las Palmas por un corto período de tiempo, y vuelven a Madrid en 1964, donde residirán casi dos décadas, durante las cuales la vida literaria de José María se verá interrumpida por su trabajo; aunque va publicando algunos de sus libros escritos con anterioridad: Aire y humo (1966), Ritmos alucinantes (1974) o Hago mía la luz (1977).


Desde los años ochenta, el matrimonio fija su residencia en Las Palmas, y la entrega de nuestro escritor a la poesía será cada vez más intensa y continuada: Los aromas del humo (1988), En las manos del aire y Los espacios soñados (1989) o Los párpados de la noche (1990). A estos les seguirían: Azotea marina (1995), Paso y seguido y Blanca es la sombra del jazmín (1996), Escrito para dos (1997), Objetos (1998), Sillas y Pájaros sin playa (1999), en los cuales se vislumbra ya un proceso de cambio en su escritura que se completará hacia el año 2000. En ese momento, se define el que será nuevo rumbo para su escritura: el poeta se entrega intensamente a la búsqueda de una expresión más personal y más arriesgada, en un ejercicio de escritura abundante y continuada, al tiempo que muy exigente en el rigor expresivo. José María Millares distribuye esa poesía nueva en sucesivas series, de las cuales ha dado a la imprenta, hasta la actualidad, Cuartos (2006), Celdas (2007) o Esa luz que nos quema (2009). Junto a esa escritura poética debe señalarse la experimentación con escritura y representación visual que José María Millares Sall llevó a cabo con gran dedicación y de la que recogió una muestra en el volumen Paremias y otros poemas (2006). En la actualidad, es de inmediata aparición la antología esencial, Casi cien poemas, traducida al gallego por el profesor Manuel Fernández Rodríguez y publicada por el PEN Club de Galicia.


Como culminación de su trayectoria, en este año 2009, José María Millares Sall recibió, con el Premio Canarias de Literatura, el reconocimiento a su fecunda labor literaria y a su indiscutible calidad humana.    

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Reseña: La aldea de sal

Odiel Información, 23 de agosto de 2009
“Como una fruta entre dos estruendos”. La aldea de sal.
“Una puerta cerrada no es suficiente para que un hombre / esconda su amor. También necesita una puerta abierta / para poder partir y perderse entre la multitud cuando ese amor estalle / como una barril de pólvora en el arsenal alcanzado por el rayo. / No basta un techo para que un hombre se proteja / del calor y de la tempestad. Para huir del relámpago, / cuando la lluvia cae en el silencio del mundo / abierto como una fruta entre dos estruendos, / él necesita un cuerpo tendido sobre la cama, / un cuerpo al alcance de su mano / todavía temerosa de avanzar en la oscuridad. / En la noche que declina, en el día que nace, / el hombre necesita de todo: del amor y del rayo”. Lêdo Ivo (Halagaos, Brasil, 1924) publica en España su poemario La aldea de sal (en traducción e Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre para Calambur) al que pertenecen los versos del inicio. Los editores presentan al autor como poeta, narrador (Premio de novela Graça Aranha), cronista, ensayista (Premio Nacional de Ensayo) y uno de los máximos exponentes de la generación del 45, movimiento clave en la vanguardia literaria en su país. La Academia Brasileña de las Letras le otorga el Premio Mario de Andrade a toda su obra, cuyo primer libro: Las imaginación (1944) ilumina ya un gozoso camino creativo; entre su veintena de títulos citan Ode e elegia, Estaçao central, Finisterra, Curral de peixe o Réquiem.
Claro referente en las letras brasileñas, el poeta encaja su figura en su marco: “Mi patria no es la lengua portuguesa. / Ninguna lengua es una patria. / Mi patria es la tierra tierna y untuosa donde nací / y el viento que sopla en Maceió. / Son los cangrejos que corren en el lodo de los manglares / y el océano cuyas olas continúan mojando mis pies cuando sueño. / Mi patria son los murciélagos colgados de la techumbre de las iglesias carcomidas, / los locos que danzan al atardecer en el hospicio junto al mar, / y el cielo encorvado por las constelaciones. / Mi patria son las bocinas de los navíos / y el faro en lo alto de la colina. / Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante. / Son los astilleros podridos / y los cementerios marinos donde mis ancestros tuberculosos y palúdicos no paran de toser y temblar en las noches frías / y la fragancia del azúcar en los almacenes portuarios / y las tencas que se debaten en las redes de los pescadores / y las ristras de cebolla enroscadas en la tiniebla / y la lluvia que cae sobre los corrales de peces. / La lengua de que me valgo no es ni nunca ha sido mi patria. / Ninguna lengua engañosa es una patria. / Tan solo sirve para que celebre mi gran y pobre patria muda, / mi patria disentérica y desdentada, sin gramática y sin diccionario, / mi patria sin lengua y sin palabras”. Trazar unas líneas anunciando el nacimiento de un libro ha de ser una transparencia. Los versos son los que han de hablar del autor, no otra voz: “Mi vida es como una ventana abierta sobre Asia. / Profeso lo imaginario y, en ese rito, / renazco para contemplar lo inexistente / que resplandece a la luz de mi trópico de agua / como esas islas ficticias que no se ciñen a las horas triviales de los navegantes, / tierras no nacidas, horizontes pensados. / Los países son hipótesis de secretos / que emergen y se hunden ante el asombro de la Tierra. / Inmóvil o caminando, veo siempre los polos / con sus rápidas lluvias y sus esfinges entre andamios, / y sobre todo, amigos míos, con esa atmósfera de última estación / que intriga a todos los que nacieron en el centro del mundo. / Más allá de mis párpados, donde el pensamiento es de sal / como si lo hubiera ungido una lágrima, / habrá un país claro y perfecto, de tan dulce perfil / como las piedras femeninas de la noche”.
Grande y Mestre cierran: “He aquí al más joven de los ancianos poetas que habitan la aldea de sal. En una aldea de sal caben los sueños pendientes de ser soñados. Cabe la delicadeza y cabe la tempestad. Hay sitio para el reflejo de una moneda perdida y lugar para lo abundante e incierto del océano. No es Ulises, aunque se le parece; no es Noé, aunque recuerda al ebrio patriarca. Está ahí, aturdido por el ruido del universo y el engranaje de las galaxias. Es alto como una pequeña conversación oída por el dios que sostiene los cimientos podridos de las iglesias y los mástiles que todavía no tienen navío. Es Lêdo Ivo”.
Manuel Garrido Palacios

lunes, 31 de agosto de 2009

Entrevista a José María Cumbreño

«Escribir es una cura de humildad e

implica saber qué es la inseguridad»

Es el titular de la entrevista publicada en la edición de Cantabria del diario El Mundo el pasado 23 de agosto. Junto a ella aparecen algunos fragmentos de su libro Diccionario de dudas. Recientemente Cumbreño recibió el Premio Alegría de poesía, convocado por el Ayuntamiento de Santander, por su obra Breve biografía apócrifa de Walt Disney, aún inédita.


Ver la entrevista completa

viernes, 28 de agosto de 2009

Reseña: Los senderos que se bifurcan


Los senderos que se bifurcan

Escritores hispanoamericanos del siglo XX


Por Julia Sáez Angulo


Dedicada a la docencia de Literatura latinoamericana durante un período prolongado en la Universidad de Zaragoza, Ana María Navales, premio de las Letras Aragonesas 2001, recientemente fallecida ha publicado el libro de título borgiano Los senderos que se bifurcan, en el que recoge una antología de textos informativos, analíticos y críticos sobre autores y creación literaria de la América que escribe en español. La autora no se detiene en los autores del boom latinoamericano, fruto de coyunturas varias, entre otras, la consagración no precisamente desinteresada que les hizo el escritor español Carlos Barral en su editorial Seix/Barral y la revolución cubana que hoy cumple 50 años y que tantas frustraciones de libertad, literaria precisamente, ha provocado, sin que los sectariamente beneficiados hayan lanzado un mea culpa.

Ana María Navales ofrece en este libro un mosaico de crónicas ensayísticas que documentan puntualmente sobre un campo inmenso, que va desde los “abuelos”: Leopoldo Lugones, José Martí, Roberto Arlt, Miguel Ángel Asturias o Jorge Luís Borges, hasta las voces más jóvenes de la actualidad, incluidas las femeninas que suelen quedar fuera de las antologías, y por supuesto los consagrados del boom: Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Guillermo cabrear Infante o José Donoso. Algunos de estos últimos acabaron despegados de la revolución cubana y hasta mordieron la dureza del exilio.

Algunos de los artículos ensayísticos —a la manera de El Espectador de Ortega— en el libro que nos ocupa hablan del centenario de Lugones; el recuerdo de Mariano Azuela; Rómulo Gallegos y la novela de la tierra; José Martí en Zaragoza; En busca de Roberto Arlt; El cine según Carpentier; Encuentro con José Donoso en Calaceite; Álvarez Gardeazábal en la nueva novela colombiana; Evocación de Alfredo Bryce Echenique; José Roberto Cea, poeta salvadoreño; La audacia de Nivaria Tejera; Releer a Peri Rossi; El loro de Dickens (Armonía Somers), El profesor feminista (Escritoras guatemaltecas); Lo previsible (Marcela Serrano); Luisa Peluffo; Bolaño, etc.

El libro acoge al final una serie de “Contextos” sobre el Ensayo hispanoamericano; Fuentes literarias de Martín Fierro; Acercamiento al barroco de Hispanoamérica; La novela hispanoamericana en relación con la nuestra; Poesía latinoamericana, o El compromiso del escritor.

Navales conoce bien el campo en que se mueve y abre su libro con el pequeño ensayo titulado “El inmortal” dedicado al argentino Jorge Luís Borges, cuya figura literaria se agranda con el tiempo, pese a no haber recibido el premio Nobel o haber tenido que compartir el primer premio Cervantes con Gerardo Diego. En suma Los senderos que se bifurcan es un libro interesante y útil para aquellos que deseen abordar el tema de la literatura latinoamericana del XX.

http://www.euromundoglobal.com/noticia.asp?ref=8782

Video: lectura de Carmen Busmayor



Reseña: La canción donde ella vive


Para leer: La canción donde ella vive, de Daniel Ruiz


Un lugar común de la literatura o la música dice que un escritor escribe siempre la misma novela o que un compositor compone siempre la misma canción. El tópico, sin embargo, lo desmienten, por hablar de música, autores como David Bowie o Bob Dylan, que en sus respectivas discografías han hecho del cambio de estilo una seña de identidad que les ha proporcionado más aciertos que errores. Por este camino de renovación discursiva ha optado Daniel Ruiz García en su tercera novela, La canción donde ella vive, donde se aleja conscientemente del estilo y temática de sus dos obras precedentes, las muy recomendables Chatarra (1997) y Perrera (2009), que lo mostraban adscrito a un realismo sucio no exento de lirismo y que se desarrollaban en zonas marginales de cualquier ciudad española.


La canción donde ella vive, sin embargo, prescinde de la realidad más cercana para ahondar en la literatura, en concreto, en uno de sus mitos clásicos: la mujer fatal y esa fascinación que ejerce sobre los hombres el lado oscuro del amor —el otro gran tema de esta narración—, un lugar donde conviven el deseo y la repulsión, la fascinación y el peligro. Pero el aliento metaliterario de esta novela no se detiene en uno de sus dos personajes centrales, Lucía, construida mediante una vuelta de tuerca sobre otras "femme fatales" literarias, sino también por la propia estructura narrativa y el uso del lenguaje que le da cuerpo.


Así, el autor plantea una novela, a diferencia de las precedentes, que busca la disolución genérica característica de la postmodernidad, al plantear una obra que arranca como una narración que puede leerse como un relato generacional de la juventud pero que, pasado su primer tercio, se introduce en otro género literario, más oscuro y desconocido, muy poco transitado por los escritores de este país. De esta forma, Daniel Ruiz García renueva este género a partir de una reflexión que parte de algunos de sus mitos y con la honestidad suficiente como para mostrar sus cartas al lector, haciendo visibles las estrategias narrativas que hacen avanzar un relato de apariencia clásica, pero atravesado de especulaciones y referencias sobre cómo se construye. Un movimiento paralelo al que desarrolló Isaac Rosa en El vano ayer, donde mostraba las claves de cómo construir una novela sobre la Guerra Civil.


En consecuencia con este planteamiento, el estilo que anima esta novela se construye a partir de numerosas citas literarias, musicales y cinematográficas, que van tejiendo un discurso metaliterario plagado de referencias y guiños al lector, donde la acción se alterna con la meditación, para ofrecer ese nuevo punto de vista sobre la mujer fatal y la búsqueda del origen del mal.


Destacar, además, el uso de la cita musical por parte del autor, que lejos de tener una función de banda sonora incidental en la narración, se revela como parte fundamental no sólo para entender la historia de amor de sus protagonistas, sino para acceder al sentido último de una novela que avanza, nunca mejor dicho, a ritmo de Leño y Jaco Pastorius, The Beatles y The Beach Boys, entre otros. Un detalle más de originalidad —el rock nunca ha seducido mucho a los escritores de este país— en una novela que sitúa a este joven escritor como una firme realidad de la narrativa española.


Billete Único

http://www.billeteunicodigital.com/2009/07/para-leer-la-cancion-donde-ella-vive-de.html



jueves, 23 de julio de 2009

Reseña: Me acuerdo


Beta, revista de libros y literatura

Homenaje literario al inolvidable Me acuerdo de Georges Perec, gurú de la narrativa contemporánea más arriesgada

Elías Moro ha querido emular el famoso libro de añoranzas sutiles de Georges Perec titulado Me acuerdo. Moro, como el gran Perec, atiende a las historias mínimas de la rutina cotidiana que se deslizan a través del suave tacto, de un olor huidizo, de una luz mentolada. Hay una forma poética de recordación que revela la importancia de lo que creemos mínimo o accesorio, pero que muestra el gozo modesto de la vida y de haber vivido. "Me acuerdo del aspecto del miedo", escribe Elías Moro. Él se acuerda del miedo. Todos nos acordamos.

martes, 21 de julio de 2009

Novedad Narrativa: Un día u otro acabaré de legionario

Jaume Pomar
Un día u otro acabaré de legionario
y otros relatos
Narrativa, 46. 2009
ISBN: 9788483591710
204 págs. 15 €

Versión e-book:
ISBN: 9788483591727
7 €

Esta incursión de Jaume Pomar en el ámbito, por él poco transitado, de la narrativa nos ofrece una muestra de su saber hacer, que le inserta en la mejor tradición de la narrativa balear. El autor construye, en estos tres relatos, unas situaciones morales en las que se dan cita personajes marginales o secretos de la alta sociedad en escenas de una intimidad prohibida; opciones vitales, en definitiva, que se mueven en zonas ocultas del poder y en la miseria de una coti­di­anidad de horizontes bastante cerrados y que se enfrentan a las contradicciones y los errores que dan color a la vida. Con humor, e incluso sarcasmo, Pomar esboza un retrato amargo de una época y una tierra.

Jaume Pomar (Palma, 1943) ha compaginado su labor como periodista, editor y traductor con una prolífica carrera como poeta, en la que se cuentan títulos como Tota la ira dels justos (1967), Amb la mort, amorosament (1969), Carisma del desert (1977), Història personal (1979), Elegies (1987), Imatge de la por (1988), Les quatre estacions (1991), El procés de Joseph K (1990), Llavis de marbre blanc (1992), Frontissa (1993), La sínia de les hores (1997). Calambur publicó en 2005 una antología bilingüe titulada Historia personal. En su bibliografía figuran también varios libros dedicados al estudio de la obra del escritor mallorquín Llorenç de Villalonga.

Reseña: Diccionario de dudas


EL CIERVO, Revista mensual de pensamiento y cultura


En una de las entradas de su Diccionario de dudas, José María Cumbreño (1972) explica que “En un diccionario, las palabras no deberían estar dispuestas por orden alfabético. / Ni las definiciones habrían de corresponderse con el término definido”. Preceptos que el autor cumple literalmente –“pecera: Problema filosófico en el que se encierra al pez” aparece antes que “himno: Música que se toma demasiado en serio a sí misma” y que “misántropo: Humanista”; términos todos ellos que se definen mediante otras correspondencias. La definición léxica de carácter imaginativo guarda parentesco con los aforismos; comparten el gusto por la brevedad, por la intensidad conceptual y la sorpresa. Como subgénero aforístico, probablemente sea una invención de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), que la incorporó a la esencia misma de las greguerías. No es proclive Cumbreño, sin embargo, a su efervescencia humorística, y aun los textos que más las recuerdan –“cáliz: Misticismo del vaso” o “el equilibrista: piensa en línea recta”– poseen una ironía en tonos mate, nada efectista. Sí evoca este libro otro imprescindible autor de breverías, Rafael Pérez Estrada (1934-2000), cuya lectura emergía muy presente en un título anterior, De los espacios cerrados (2006), y ahora su magisterio late perfectamente absorbido.


Este pensar un diccionario sin los rasgos que le son inherentes (orden, definiciones) es emblema también de la escritura de Cumbreño, que busca alterar la perspectiva convencional desde la que se usa el lenguaje. En una entrada titulada “la ley del talión”, se lee: “Ojalá me pagaras con la misma moneda. / Ojalá”. El poema “ítaca” es la descripción de un viaje en patera: “Al principio te duelen los huesos. Luego ya no sientes nada. / Decían que en España todo el mundo tiene coche y televisión. / Eso decían”. En las entradas a este singular diccionario prima la voluntad de usar las palabras y de describir el mundo desde un punto de vista infrecuente. Se trata de poner al descubierto las propiedades que la visión de los objetos oculta: “El cristal empañado no deja ver nada. / A cambio, permite escribir sobre él”. Y este camino desemboca, con frecuencia, tal como había enseñado Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) y la aforística clásica, en la paradoja. Algunas del Diccionario de dudas no desmerecen en esta tradición: “Solamente el que no ve puede mirar el sol”.


Tampoco es un diccionario al uso porque exige una lectura lineal, no la mera consulta, para acceder a sus virtudes menos evidentes. Las entradas de este diccionario trenzan no uno, sino varios argumentos, que se van siguiendo en el orden disperso de las anotaciones. Hay en primer lugar implícitos varios tratados: uno sobre el juego de la verdad y la mentira (“Idéntico esfuerzo hay que hacer tanto para mentir constantemente como para decir siempre la verdad”), otro sobre la visión –mirar y ver son dos verbos de uso y meditación constantes en el libro– y un tercero sobre la retórica, con incursiones a la poética (“escribir: Enhebrar una aguja con los ojos cerrados”) y a la gramática –la casuística amorosa que elabora a partir del uso de los distintos tipos de “punto” resulta ejemplar. Estos son los argumentos de carácter intelectual, pero a través de los textos se pueden seguir también las relaciones de una pareja cuando discute, una preciosa historia de amor y otra de abandono, y aquí y allá aparecen los poemas que un padre le escribe al hijo. Estos auténticos relatos elípticos se basan en pequeñas referencias engastadas, escondidas, que van conjugándose en la memoria del lector, que lee como si usara un calidoscopio en lugar de gafas.


José Ángel Cilleruelo


http://www.elciervo.es/html/default.asp?area=libros&libro=233

lunes, 20 de julio de 2009

Reseña: Los signos de la sangre (Poesía 1944-2004), de Victoriano Crémer

"Desde el primer libro encontró su voz". Los signos de la sangre.

"Y canto para adentro / porque no tengo afueras / Me aprieto la guitarra / y siento la madera. / Se me llenan de música / las oscuras cavernas. / Y soy yo, limitado / por carne sorda y venas. / Si alguna vez levanto / los ojos de las cuerdas, / me siento fugitivo / de lo que vale y cuenta".

Hace algunas décadas medio organizamos un Aula de Poesía en el Ateneo de Huelva, entonces presidido por el Dr. Vázquez Limón, y quisimos traer a figuras del arte para que nos ilustraran con su verbo, con sus trazos. Vinieron Francisco Candel, tras el éxito de su novela Los otros catalanes, Juan Genovés, del que conocíamos sus imágenes por exposiciones en Madrid y, entre los poetas pusimos el acento en Victoriano Crémer, al que leíamos y del que gozábamos, sin que él lo supiera, de su magisterio.

Con los primeros personajes pronto se nos vaciaron los bolsillos, que era con lo que se cubrían los gastos, pero, aún así, aquel Aula de Poesía (Arcensio, Figueroa, Lara y un servidor) inició sus gestiones para traer a recitar sus versos al gran poeta, proyecto que, de entrada aceptó. Ya había venido otra vez con ocasión de un homenaje lírico a Juan Ramón Jiménez. El probñema surgió cuando en la siguiente carta me tocó explicarle que, como no teníamos dinero para pagarle ni el viaje, ni la estancia ni nada, a ver si él… Victoriano no se negó por ello a venir, sino que dijo que el trayecto de León a Huelva lo haría gustoso para ofrecernos un recital, pero… más adelante.

La ocasión, como tantas otras que se van dejando en el aire, nunca llegó. Lo que sí vino puntual fue la noticia de su muerte el 26 e junio, cuando ya no están varios de la época y hasta el propio Ateneo creo que es ahora un bingo.

"Y no me reconozco, / y me doy tanta pena / que enmudezco y me duele / la raíz de la lengua. / Por eso cuento y canto / para adentro las penas: / Porque me sueno a hombre / y me duelo de veras".

La Editorial Calambur acaba de sacar su obra poética (1944-2004), bajo el título de Los signos de la sangre, cuyas páginas recorren "la historia de la poesía española desde el fin de la Guerra Civil hasta el momento presente". A estas alturas da cosa repetir que fue Premio Nacional de Poesía en 1962, Premio Castilla y León de las Letras en 1994 y Doctor Honoris Causa por la Universidad de León en 1991, entre otros merecimientos, aunque es bueno decirlo, como que nace en Burgos en 1907 y diez años más tarde se traslada a león para siempre. Al término de la contienda, durante la cual lo encarcelan dos veces, se dedica al periodismo, actividad que no deja hasta pasado el siglo de vida. Día a día el Diario de león ha venido sacando a oreo su columna de opinión. En 1944funda y dirige, con González de Lama y Eugenio de Nora, la revista Espadaña, centrada en la poesía. Ese mismo año se publica su libro Tacto sonoro, que contiene el pálpito "de las preocupaciones permanentes del escritor: el dolor humano, el hombre perseguido, el silencio de Dios". Le siguen los dos poemarios Camino de mi sangre y La espada y la pared, puras marmitas donde maja la "problemática existencial, la social (el mundo de los humildes), el terror de la guerra, el latido de su entorno, temas que retoma más tarde en Nuevos cantos de vida y esperanza, Furia y paloma o Tiempo de soledad.

"Y puedo decir: Hambres, / en plural; Vida Perra; / o simplemente Amor; / y escupir a la Tierra. / Canciones que me arranco / de las furiosas piedras /  del montón de la sangre / que llevo siempre a cuestas. / Me escucho y no me importa / que los demás entiendan; / me basta con sentirme / el alma en la madera".

Con Celaya, Otero, Nora y otros forma parte de la histórica Antología de la joven Poesía Española (1952). Luego vendrían los versos de sosiego en libros como Lejos de esta lluvia tan amarga, El cálido bullicio o El último jinete, publicado en 2008, ya pasada la linde del centenar de años. Inabarcable el contenido de ese corazón recién parado, de ese pulso que se mantuvo firme hasta el último viernes de junio, cantó a la soledad, al recuerdo,, al sufrimiento, al amor, a los hijos, al dolor, a la vida sencilla del barrio de Puertamoneda, a la vejez, a la muerte acaso: "Que canto para adentro, / porque no tengo afueras". Se dice que desde el primer libro "encontró su voz". Lo más bello para un poeta.

viernes, 10 de julio de 2009

Reseña: El jardín de ajenjo


El jardín de ajenjo

Francisco Balbuena

XI Premio Manzanares de Novela

Calambur Narrativa, 2009

ISBN: 9788483591673

296 págs.

18 €



El secreto de la Coca-Cola

Por Dani Ruiz


Fenómenos como el inesperado éxito de Stieg Larsson y su noctámbula trilogía nos conducen una vez más a pensar que El Dorado que supone la confección premeditada de un bestseller es más bien un espejismo, un arcano indescifrable, inasequible y escurridizo a los manuales y los consejos de los talleres de escritura.

Aun así, cabe hacer defensa de algunos recursos que, por mera observación estadística, sí parecen estar dando buenos resultados en las últimas décadas en lo que a literatura crematística se refiere.

El redescubrimiento del pasado, la reescritura de la Historia en clave crítica o conspiratoria o simplemente paranormal acumula ya una larga tradición como abono de best-seller. Desde que gente como Greene, Le Carré, Forsyth o más recientemente Grisham lo impusiera como marca de éxito, la reescritura de la Historia, el ejercicio de mirar de otra forma al pasado, se ha convertido en un recurso bastante solvente para alcanzar la gloria literaria.

Se me ocurren otros muchos: el empleo de un lenguaje directo y sencillo, que abunde en la plasticidad y que tenga resonancias cinematográficas en el tipo de metáforas empleadas; la abundancia de diálogos; un uso comedido pero efectivo del humor; sexo, aunque siempre contenido, sin llegar a la sicalipsis…

Empiezo a identificar, frente a estos patrones clásicos de la factoría de los best-sellers, nuevas tendencias que no están funcionando nada mal en los últimos tiempos. El libro que hoy me toca abunda en una de estas tendencias: el empleo de personajes históricos de gran trascendencia que son incrustados en las tramas de forma meramente tangencial, dando realce, lustre, brillo y aval histórico a historias que realmente deambulan por otros derroteros. Se trata, para entendernos, como si contamos la historia, por ejemplo, de un primo hermano de Mozart que ejerció como serial killer victoriano. El famoso, en este caso Mozart, aparecería en la trama haciendo poco más que cameos, con algunas frases y algunas entradas y salidas que permitirían incrementar el interés por la historia, sin que nos desviáramos en exceso del quid del argumento: las miserias de un asesino en serie con sangre de genio.

En El Jardín de Ajenjo, novela ganadora del XI Premio Río Manzanares de Novela y publicada por Calambur Editorial, Francisco Balbuena apunta maneras de autor de best-seller nato. Y utiliza este recurso referido del cameo de forma bastante certera. En este caso, el personaje célebre invitado determina incluso el escenario espaciotemporal de la novela. Concretamente, la novela transcurre durante el periodo en el que un joven Orson Welles rueda un docudrama en Brasil, en Río de Janeiro, la película It’s All True.

La historia es bastante conocida: en 1940, y guiado por su “política de buena vecindad”, el Gobierno norteamericano de Roosevelt decide poner en marcha una campaña para estrechar vínculos con Sudamérica. Para ello, se cuenta con el apoyo de Hollywood, y de algunos egregios filántropos, como Nelson Rockefeller, a la sazón accionista mayoritario de la RKO en la que el joven Welles ya viene ofreciendo sus servicios. Con Ciudadano Kane recién estrenado, Orson es enviado a Sudamérica, concretamente a México y a Brasil, a fin de que ruede una película con la que promocionar las buenas relaciones entre Yanquilandia y estos países. A caballo entre lo dramático y lo documental, lo cierto es que el guión de It’s All True salta por los aires cuando el ávido Welles se sumerge en la vida tropical. Se suceden los meses sin que del equipo desplazado surja algo de provecho. Después de año y medio de disloque, la RKO obliga a Welles a regresar. Hoy, It’s All True es una de las piezas más míticas del baúl de los proyectos inconclusos del americano.

Sobre este planteamiento, Balbuena plantea una novela con nervio, ágil, enérgica, urgente. Una novela que tiene la capacidad de evocar no ya una época o un paisaje –el tropical-, sino un determinado escenario de ficción bastante transitado por la novela y el cine negro americano. Me refiero al hard boiled, a la vertiente más dura del clásico film noir, que tan popular hicieron personajes como Spade, Marlowe o Archer. Porque ese es, a mi juicio, el logro principal de El Jardín de Ajenjo, un planteamiento de trama dura, plagada de puñetazos, de alcohol seco, de sexo sucio y de incapacidad de redención. Se lee como se ve una película de cine negro de los 40, con humo y con sabor a whisky.

Todo hard boiled tiene su hard boiled man, y el de Francisco Balbuena es un personaje bastante inquietante, como obliga el manual del género: Balboa, un falangista de oscuro pasado que trabaja como matón y como vividor a sueldo en la embajada española en Brasil. Su drama es enamorarse de una judía, que para más inri está casada con un austriaco que además de ser homosexual la degrada y la maltrata, completamente torturado por sus complejos antisemitas. En medio de este cuadro aparece Welles con su equipo, y a Balboa se le encomienda la misión de velar por la seguridad del cineasta durante su estancia en Brasil. Una estancia que comparte ciertos paralelismos con la que debió padecer Coppola durante el rodaje selvático de Apocalipse Now, ya que se convierte en una rueda incesante de excesos en la que Welles, algo caricaturesco —uno de los principales peros de la novela—, se desenvuelve como un animal salvaje e indómito. El cineasta se convierte de este modo en un interesante aderezo para una trama que se mueve fundamentalmente por resortes de pasión, traición y venganza. Todo muy peliculero, muy folletinesco, pero qué quieren que les diga, también tremendamente divertido.

Francisco Balbuena acabará siendo un gran autor de best-seller. Tiene todas las aptitudes y actitudes para ello. Oficio —escribe todos los días cinco horas, y ésta de El jardín de Ajenjo la escribió en tres meses—, buena pluma —un best-seller puede hacer también concesiones a lo brillante a través del estilo, de las imágenes, del ritmo— y buenos enfoques —contar con Welles en su momento vital de mayor ebullición creativa, con el exuberante Carnaval de Río de Janeiro de fondo, y abordando uno de los proyectos inacabados más míticos de la Historia del Cine, abre de por sí un terreno de ficción bastante prometedor—. Gracias a todas estas competencias, Francisco Balbuena ya está rozando el limbo de los grandes premios literarios españoles. Así, aunque casi nadie lo conozca, ha sido finalista de premios como el Azorín, el Ateneo de Sevilla, el Primavera, el Fernando Lara o el Planeta. Sólo queda esperar que su tenacidad no decaiga, y que siga alimentándonos con estos divertimentos, que resultan especialmente agradables y recomendables para la canícula estival. 


http://criticoestado.blogspot.com/2009/07/hacia-la-formula-de-la-coca-cola.html

Humor negro: Jonathan Swift y Ambrose Bierce

Por Alfonso Roldán Panadero

La muerte de Michael Jackson ha dado pie estos días a que en la red se moviera el humor negro. Casualmente acabo de leer un librito: Padres e hijos, que incluye un relato de Jonathan Swift: Una humilde propuesta, y una serie de relatos de Ambrose Bierce, El Club de los parricidas y un crimen más. Todo ello prologado por Moncho Alpuente. El librito ha sido regalo del traductor de la edición, y amigo, Juan F. Escudero, a la sazón corresponsable del Ateneo Cultural 1º de Mayo y de la editorial Calambur.
Los textos son salvajes, pero repletos de humor. Del duro. Por dar una pista diré que la humilde propuesta de Swift es "para evitar que los hijos de los pobres sean una carga para sus padres o su país, hacerlos provechoso para el pueblo". Y por dar otra pista, el comienzo de El Club de los parricidas: "Un amanecer de junio de 1872 maté a mi padre –hecho que me produjo, por aquel entonces, una honda impresión- (…)"
Pero vamos, nada que no pueda soportar un habitante de este país, repleto de guerras fratricidas y amante de la sangre hasta el espectáculo.
También, gracias a este librito me ha asaltado la curiosidad por Ambrose Bierce (a Swift ya le conocemos desde el cole por sus Viajes de Gulliver, otra obra para mayores colocada a los niños y jóvenes). Bierce, que nació a mediados del siglo XIX, fue un periodista de cierta relevancia que trabajaba para el magnate W.R. Hearst, crítico corrosivo de las costumbres y los personajes de su época, a los que ridiculizaba. En la Guerra de Secesión se alista como voluntario en las topas unionistas, donde se inspira para muchos de sus cuentos.
Lo más divertido de su vida seguramente sea su muerte. A los 71 años decide enrolarse como voluntario con Pancho Villa. Antes de partir con rumbo a México, en una carta fechada el 1 de octubre de 1913, escribió a una de sus familiares en Washington: «(...) Adiós — si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México — ¡ah, eso sí es eutanasia! (...)».

http://alfon-lavidadesdeellago.blogspot.com/2009/06/humor-negro-jonathan-swift-y-ambrose.html

lunes, 6 de julio de 2009

Reseña: Las rosas de la carne


MANUEL FRANCISCO REINA

Las rosas de la carne

104 págs., 2009

ISBN: 978-84-8359-153-6

10,00 € (con IVA) 

 

ABCD las artes y las letras, 4-10 de julio de 2009 


Celebración 


Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974) es autor de una obra amplia y variada que tiene a la poesía como eje y núcleo generador. Su último poemario, Las rosas de la carne, representa un importante paso en su interesante trayectoria poética. Se trata de un libro de carácter unitario en torno a ese gran símbolo de símbolos que es la rosa. Estamos, por tanto, ante un verdadero tour de force, ante un reto del que el autor sale, una vez más, victorioso. El libro aparece organizado en tres partes con una especie de poema-prólogo, “Celebración de la carne”, en el que el yo lírico deja muy clara su actitud: “Para no hacer de la vida una elegía / (...) / canto el goce vivo del espelendor de los cuerpos. / Alabo el milagro de la materia que somos...”. 


La primera sección, “Naturaleza de la rosa”, indaga en el alcance y el significado –plural y contradictorio– de la rosa (“Porque los símbolos son el tótem de los hombres”), en sus diferentes caras y aspectos, en sus numerosas trampas y peligros (“Cepo seductor de fieras nobles, casi extintas; / corazón omnívoro de belleza / en el que caen todos los que de veras aman”) y en su compleja genealogía. La segunda, “Las rosas de la carne (No se engañen las rosas)”, se centra en el deseo con todas sus aristas (“Teoría del deseo”), y en el amor como juego y como conocimiento carnal. Al final, ésta es la “única certeza” en medio de tantas dudas: “La única certeza de mi vida / es que mis días sean como rosas; / émulos de estas flores de verano / que arden en sí mismas como estíos”. 


En la tercera, “Exhumaciones”, el yo lírico se adentra, sin melancolía, en la memoria del deseo (“Con idéntico frío del forense / paso el metálico escalpelo por la memoria...”), al tiempo que se muestra consciente de las continuas mudanzas del amor y de su gufacidad (“Cadáveres de rosas”). La obra concluye, de forma significativa,  con el poema titulado “La rosa resurrecta”: “Entraste en mi casa confiado y sereno / como nuevo presagio de fortuna y de dicha, / y me brotaron yemas en las ramas marchitas...”. Como en el libro anterior, La lengua de los ángeles (2006), en Las rosas de la carne ha logrado amalgamar —en síntesis armoniosa— el Renacimiento y el Barroco gongorino, el formalismo y la libertad y desnudez expresivas, lo profano y lo místico, lo mundano y lo religioso, el cuerpo y el espíritu, y, lo más importante, las grandes tradiciones amorosas  y la propia indagación personal. Sus versos nos ofrecen el nombre y la carne de la rosa.  


LUIS GARCÍA JAMBRINA


Entrevista a Juan Carlos Mestre

Ámbito Cultural, espacio de cultura de El Corte Inglés 


MARTA AGUDO


M.A. Antes de comenzar, tengo que darte la enhorabuena por tu magnífico libro de poemas La casa roja. ¿Nos puedes resumir su gestación, eras consciente de que llevabas tiempo sin publicar y de algún modo eso te ha condicionado, para bien o para mal, en su escritura? 


J.C.M. Quiero expresar mi gratitud por tu generosidad. Una vez dicho esto, no me veo en la jaula del tiempo, estoy más cerca de la inexistencia y la nada que de los relojes de la sociología de la escritura. A veces creo que escribo desde la nostalgia de lo que no tendrá futuro, otras desde el porvenir de la única certeza del pasado. Entre las toneladas de pensamiento de cuanto uno ha leído, aparece la fugacidad de un diálogo, uno se inserta en él, más como una voz sin boca que como un protagonista singularizado en la escena. No hay guión, no hay preceptiva, tampoco mapa que lo conduzca a uno hacia la isla de los tesoros inexistentes. Vigilancia ante el vacío, tenues balizas para orientar al náufrago de la razón. Eso es todo, dudar y no saber, dejarse conducir habiendo renunciado antes a todo ejercicio que suponga algún grado de autoridad estética, esa plaga que lleva siglos descendiendo sobre los museos de la lírica. Un libro de poemas se hace solo, se construye desde la minoría que hay en uno contra la voluntad mayoritaria de las intenciones aprendidas, contra las obediencias de la literatura. 

 


M.A. En él se combina tu tono épico y surrealista más habitual con uno nuevo basado en la indagación de lo coloquial, en la ironía con la realidad circundante. ¿Cómo llegas a escribir poemas como “Sobras completas”, “Cibercafé”, “Mcsonet” o “Instructivo para llamar al teléfono móvil de la eternidad”? ¿Te ha costado mucho dar este giro hacia una poesía más próxima a la de Jorge Riechmann?  


J.C.M. ¿Tono surrealista? ¿Qué es el surrealismo sino un invento de los inquisidores de la imaginación? Existió, existe, existirá otra manera de estar en el mundo, de entender el hecho poético fuera de los modelos canónicos de los discursos de poder, un salirse del surco de lo previsible, una voluntad de herejía frente al dogmatismo de la obligatoriedad. Si por surrealismo entendemos la denuncia de la gran estafa de los textos jurídicos que determinan la legitimidad de todo acto libre de pensamiento, bienvenido sea el tono de lo incomunicable. Creo poco, pero sin duda más en la acción de la conciencia que en las formulaciones de su estilística. La poesía es conflicto entre los lenguajes de la delicadeza humana y la crueldad vergonzosa de la publicidad. No es quien escribe el que llega a alterar la lógica de los supuestos, sino el texto en el que revela las zonas de la contrariedad, las semejanzas ocultas entre lo real desconocido y las figuras de la razón evidente. No se escribe, se es escrito por la voluntad contraria de lo que tantas veces se pretende significar, la ironía de lo paradójico, la insumisión de la poesía ante los hábitos de la costumbre. Mira, yo no me atrevo con casi nada, pero casi todo se atreve a acercarse a mí y hacerme trizas la cabeza. Vivo esa experiencia, no la relato líricamente, y lo que queda, si algo sobrevive a la aventura de ese enigma, son las “sobras completas” de la imaginación, lo que le queda como salario del sueño al mendigo, a la prostituta o al poeta. A mí la inteligencia de mi amigo Jorge Riechmann no me ha dado nunca miedo, sino placer. Reservo mi miedo para la hipótesis de la resurrección. 


M.A. Decía lo anterior porque en varios poemas, por ejemplo en “Sucede”, escribes “a tu manera” pero luego acabas con el registro coloquial. ¿Puede leerse como un sentimiento de derrota expresado en declaraciones como “escribir me quita el poco entusiasmo que me queda por lo concreto”?  


J.C.M. Uno sale al poema sin saber qué va a encontrarse, qué abismo le va a tender los brazos a la esperanza, siempre crítica, de lo nocturno. La gente habla, pero nadie habla igual que otro, énfasis, monosílabos, solemnidades, parquedad… Un libro de poemas pudiera ser una caja de herramientas al servicio de la conciencia de otro, un “otro” en el que el poeta, ese ser carente por completo de identidad, como pensaba John Keats, es tantos como sea posible ser en el instante de la identificación, silencioso en la piedra, sufriente con la víctima o momentáneo en la duración. Toda forma poética implica algún grado de arrepentimiento por no saber hablar con lo invisible en el instante de lo preciso, cabría la mudez, pero también hay espacio para los lenguajes de la persuasión, para el goce de los juegos con las otras tabas mortales del pensamiento, que cifra en la escritura cierta ilusión civilizadora frente a la barbarie. De ahí posiblemente el poco entusiasmo a que te refieres. Poco puede hacer, si no continuar resistiendo, las cinco vocales del alfabeto contra la prosodia de los altavoces de guerra, contra la nueva esclavitud del consumo y los violentos arquetipos de la globalización de todos los disfraces de la violencia ideológica. 


M.A. Al hilo de lo que comentas, el lector se encuentra en La casa roja con un libro que rebosa una poética crítica social, tanto al capitalismo (los burgueses, la erradicación de la poesía como forma de vida, etc.) como a las grandes utopías fracasadas (especialmente el comunismo). En unos peldaños más abajo también haces alusión a tu desesperanza ante la poesía y su periferia, o sea, ese mundo de falsos “camaradas” académicos y censores.  


J.C.M. Lejos de mí la intención de resucitar a los profetas. Intento decir que todo encantamiento ha terminado, y que por vía inversa al discurso de Toni Negri, el reino de la posibilidad no está ya en manos de la sublimación retórica ni en el pensamiento débil de los actos de fuerza que conducen al indiferentismo, a que sea lo mismo un par de botas usadas que un Shakespeare, la Declaración Universal de los Derechos Humanos que el Decreto de una Ley de Extranjería. Hay grados de cualidad, eslabones claros de diferencia entre la banalidad y lo necesario, entre los valores de la dignidad y la apología criminal de la guerra. Cuando Oscar Wilde refería que la sociedad perdona con mayor frecuencia al criminal, pero no disculpa nunca al soñador, lo que estaba señalando es precisamente la caída en desgracia de la poesía como conducta, que no cabe confundir con ejemplaridad. Conducta del lenguaje hacia el norte del porvenir, una excavación en las zonas de peligro de la conciencia donde algún día sea innecesario que cada época se vengue de la anterior. El poeta contemporáneo ha de vender sus certezas  para adquirir asombro, admiración por el indefenso ser humano, último destinatario de todo acto de voz. Claro que me siento más próximo a los apátridas que a los ministros del interior, a los mágicos cantores nahualts que a la épicas de los  arcabuceros, más cerca de Carlos Marx y Walt Whitman que de las hechicerías que nos han dejado a las puertas de la casa de la conciencia la felicidad irredenta de millones de seres humanos arrojados a la fosa común por el autoritarismo. La historia de la poesía es también la historia de estos testimonios; testimoniar, mantener inmaculada y pura la sonrisa de los muertos es un deber moral de la poesía, un encargo que nadie nos ha hecho, y, por tanto, no contributivo en la hoja de servicios de nadie. El fracaso de ciertas utopías son también un fracaso como texto de inteligencia, pero la poesía sustituye las resignadas visiones de su “ningún lugar” por la anticipación de su futura nostalgia, es decir, la de “ningún lugar todavía”, el lenguaje en crisis que avanza, que retrocede, que se equivoca. Mi equivocación es esta, la he elegido, sigo oyendo el canto de los antepasados del sueño.  


M.A. Si retomamos el orbe poético al que nos tenías acostumbrados, tu placer litúrgico por la palabra, ¿puedes hablar de tu influencia de la Torá  como fuente de inspiración? 


J.C.M. Poco me han importado las formas de la ritualidad y sus orbes litúrgicos. Sí, absolutamente, la inmanencia de la palabra, la gravitación de su presencia en la concepción de la poesía como un proyecto espiritual, más próximo a la cábala que a la lingüística, tan alejada de lo filológico y lo literario como próxima a alguna de las formas de intermediación con lo sagrado, sea lo que sea lo sagrado para cada uno de nosotros. La Torá es el libro, la fijación de la voz en escritura, lo oído, lo escuchado, la restitución de la palabra como consolación después de la pérdida de paraíso. Empezar a hablar es también abandonar el estado inicial de la inocencia, comenzar a interpretar en términos de habla el vínculo con el amor y la desolación, integrarse en la existencia de lo pronunciado, proseguir la ancestralidad del mandato. Posiblemente una sociedad guerrera produzca armas, como una religiosa lo que genere sean reliquias. Una sociedad basada en la cultura del libro no necesariamente ha de asegurar piedad y misericordia, pero es más probable que destierre el culto a los espectros de lo ominoso. 


M.A. En determinados libros sagrados se da cuenta de las generaciones y generaciones que nos han precedido, es decir, se entiende que el pasado potencia el presente y viceversa: “Federico sedujo a Engels”. Así, tú has sido Lèdo Ivo, “el incrédulo”, Izet Zarajlic, Pasternak… ¿Sólo te concibes como sucesión de unas personalidades que inventas? ¿Presientes, por otra parte y de algún modo, el futuro?  


J.C.M. Ni lo uno ni lo otro. Carezco de personalidad, afortunadamente también se ha acabado el tiempo de los adivinos. Las apariciones que cruzan las alcobas de La casa roja están convocadas desde una antigua alianza, la del fervor de mis lecturas, la compañía de algunos cómplices en la asamblea de la amistad y los vínculos. Me interesa sobre todo la poesía que establece una ruptura con la lógica de lo previsible, la búsqueda y el aplazamiento de sus hallazgos, la vinculación al enigma. "Sólo lo difícil es estimulante", decía Lezama Lima. Lo alentador en este caso tal vez sean las deudas de la dificultad, el grado de resistencia que oponen al conocimiento pragmático y la racionalidad obsesiva que ha desterrado el conocimiento intuitivo, la probabilidad cuántica del azar, la probabilidad del “todavía es posible” de la poética. Sí, lo difícil, como "movimiento real que destruye el estado de cosas existente", y no lo dijo Breton, lo dijo Carlos Marx, y algunos siglos antes ya lo habían entendido San Juan de la Cruz y los poetas nahualts. La poesía como presentimiento que desafía la dificultad del futuro.  


M.A. A menudo recurres al microrrelato. Inicios como “En el penal de Espíritu Santo están los amigos culpables de todo”, “Érase una vez un muchacho”, “Vino a verme sin haber sido invitado y me dijo: ‘Siéntese’”, te dan pie al despliegue imaginativo que es toda tu poesía. ¿Cuántos Mestres eres capaz de inventarte, por qué ese deseo teatral de convertirte en protagonista de otra historia, “esa existencia pasada presente en el tiempo futuro, [que] se traduce en cansancio”


J.C.M. No he escrito ni una sola línea que no haya tenido que ver con mi experiencia de vida, no son actos imaginativos relacionados con la fantasía literaria, en absoluto, son episodios centrales de mi propia biografía, yo he tenido amigos en el penal del Espíritu Santo, yo fui aquel muchacho que vendía souvenirs en el puerto para pagarse la Universidad. No he necesitado inventarme una vida, y ya lo lamento, los recursos de la imaginación me hubieran sin duda ayudado a hacer más llevadero el cansancio. Hay cansancio, claro que lo hay, el poeta siempre ha sido culpable de todo, de lo que hace y lo que deja de hacer, pero culpable de sí mismo, y eso, cuando menos, lo convierte en su propio protagonista, en una especie de taxista que lleva a la gente donde quiere ir, a ese lugar donde el poema aspira a ayudar a cada ser humano a vivir su propia vida. Ahora bien, la vida es oda, pero es también teatro, y elegía y sátira. La vida, esa cosa que decía Whitman nos sobraba de la muerte. Ningún recurso de la poesía que se haga presente para honrar, para dignificar, para enaltecer la condición humana será innecesario. 


M.A. De tus textos se desprende una contundente confrontación personal con el resto de la realidad. En muchos poemas la describes: “El árbol que viste crecer de niño grita en el aserradero / Y las casas natales se derrumban bajo la lluvia. / / Los parroquianos discuten en la cantina sobre la redondez de la Tierra / (…) Las madres siguen desgranando guisantes bajo las lápidas”, y a continuación aparece el “yo” como persona que contempla, juzga y, sobre todo, siente: “Yo oiré las campanas en el centro del mundo / Mientras las casas natales se derrumban bajo la lluvia?”  


J.C.M. Memoria, memoria y memoria. No es otra cosa esa presencia que aún no siendo invitada ocupa siempre su lugar en la balanza de la conciencia. Mi pueblo, en la paráfrasis de un magnífico poema del maestro Antonio Gamoneda, tiene un cementerio demasiado grande. No es tanta la gente que nos quiso durante épocas de penuria y silencio, los poetas hablan para una multitud que no existe, giran en el cielo como las vacas de Chagall tocando el violín azul que desprecian los comisarios de la utilidad.  


M.A. Y al mismo tiempo, curiosamente, la figura del poeta aparece a menudo manchada por una fuerte carga de culpa, pendiente de pedir permiso por ser quien es. Por ejemplo, en el mayúsculo poema “El anzuelo de la libélula”: “Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria / a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente / las especies de la verdad son cosas difíciles de creer”, y pides luego perdón por resultar sincero contigo mismo: “Yo sólo tenía una libélula en el corazón como otros hermanos del vértigo”? ¿Por qué? 


J.C.M. No lo sé, hay muchas cosas que ignoro sobre mi poesía. No tiene importancia. Decía Walter Benjamin que lo que ahora es comprendido algún día será entendido con la misma facilidad con que comprenden los niños el lenguaje de los pájaros la mañana de los domingos. La poesía hace preguntas, no da respuestas, deja huellas, piedrecitas blancas para señalar los días en que hemos sobrevivido a la angustia o hemos celebrado la existencia en la cordialidad del amor. No sé más, eso es todo. 


M.A. El recurso que empleas de la salmodia, de una repetición incesante, ¿se debe a que así puedes aglutinar realidades diversas en un mismo poema, gracias a la “prosperidad de las repeticiones”, a las permanentes “metamorfosis” que acaban en la “nada” como en el poema del mismo nombre, o al deseo de dar muestra de la riqueza inabarcable de la realidad? 


J.C.M. He creído poco en la escritura de las metáforas, esas palabras repeinadas con los soles viejos de la costumbre, que sólo cambian la realidad de sitio; más me gustaría estar cerca de una escritura de las metamorfosis que transformen, adelantándolos, los significados del porvenir. Es en las repeticiones, en el mantra persuasivo de su oración, en la prosperidad de su eco donde la voz que nunca responde acaso alguna vez nos oiga.  Todo nuestro mundo interior es realidad, tal vez más real que el mundo externo y manifiestamente hiperreal. Muchas veces he pensado que quizá la poesía es la conciencia de algo de lo que no podemos tener conciencia de ninguna otra manera, una experiencia vedada a otro tipo de conocimiento, aquello que, desapercibido tras la apariencia física de las cosas, nos permite percibir el otro fluir cuántico de las partículas elementales del pensamiento, la ancestralidad de los sueños, esa intuición que nos permite seguir creyendo que en los solitarios parlamentos de la responsabilidad la única prohibición legítima ha de ser la prohibición del sufrimiento.  


M.A. …Eres fiel a la tradición de la camaradería del poeta con los desamparados, con lo marginal… 


J.C.M. Vivimos en la distopía, en el antónimo de lo que pudiera haber sido la existencia en el buen lugar. Esta y no otra es en nuestro presente la realidad de lo aciago, la sociología  de lo negativo cauterizando las heridas que no nos prometió la razón. El patrimonio común de aquel sueño idealizado por Tomás Moro es hoy una cantera de cadáveres, un inasimilable censo de ciudadanos en busca de rostro. Lo impensable ha sucedido en el mejor de los mundos posibles. Aquí, alrededor de las palabras que intentando nombrar la felicidad, sólo han podido dar cuenta de una historia subyugada por su lealtad a los crímenes, la usura, el autoritarismo, la negación de la igualdad, la esclavitud del capitalismo. En la sociedad actual la Policía del Pensamiento, el Monopolio de la Verdad y la Teología del Mercado han alcanzado sus últimos objetivos. El mito del paraíso ha devorado a sus propios héroes y el “sentido para la realidad de lo posible” del que nos habla Musil en su novela El hombre sin atributos, pareciera ser hoy lo que Cioran denomina “la esclerosis de la rutina”, una sumisión a lo previsible y la paradoja de su impecable insensatez: la destrucción moral de los sueños, la tragedia de una sociedad que ha ido adquiriendo identidad en la medida que niega y repudia el pensamiento de cuanto de ella difiere. Todo esto podrá parecer pretencioso, ciertamente, pero sería infame no decirlo, callarse ante la contemplación de la barbarie y rendirse ante la corrección retórica.  


M.A. En el final del libro figura una serie de poemas en prosa desoladores, que dejan al lector “a punto de revólver hacia el cementerio de las ambigüedades”. La pregunta es completamente ingenua, pero, ¿de dónde emana esa sucesión de orfandades, de crisis, de aquellas “columnas vertebrales de los suicidas” que no se habían advertido con tanta potencia en el resto de páginas de La casa roja? 


J.C.M. Es la vida, mi amiga, que pasa con su caravana delante de la tumba donde las musas de los muchachos cuentan con los dedos las sílabas de la muerte. Es la prosa de las criaturas, “palabras civiles para después del tiempo” que diría mi irrepetible, mágico y admiradísimo poeta Rafael Pérez Estrada. Es mi amistad con la esperanza antes de cerrar los ojos.