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miércoles, 28 de diciembre de 2011

El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, entre las obras más destacadas del año en Babelia

BABELIA, El País, 23 de diciembre de 2011

Las obras más destacadas por géneros, 2011



Poesía
1.
La gruta de las palabras
Vladimír Holan (Galaxia Gutenberg)
2. Deshielo a mediodía
Tomas Tranströmer (Nórdica)
3. Tierra inalcanzable. Antología poética 
Czeslaw Milosz (Galaxia Gutenberg)
4. El juramento de la pista de frontón 
John Ashbery (Calambur)
5. El emperrado corazón amora
Juan Gelman (Tusquets)


http://www.elpais.com/articulo/portada/obras/destacadas/generos/elpepuculbab/20111224elpbabpor_8/Tes


John Ashbery
El juramento de la pista de frontón
(The tennis court oath)
Traducción de Julio Mas Alcaraz
Edición bilingüe
Calambur Poesía, 115. 2010
ISBN: 9788483592083
360 págs. PVP: 22 €

viernes, 15 de julio de 2011

Reseñas de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery

Revista Nayagua, nº 15 (II Época), junio de 2011

Flexiones antes de un calculado salto al vacío
Por Martín Rodríguez-Gaona
En 1962, la publicación de El juramento de la pista de frontón de John Ashbery supuso un punto de inflexión en la consolidación de las poéticas posmodernas. Su importancia e influencia, sumadas a la lentitud y la controversia con la que esta obra alcanzó dicha categoría, constatan que estamos frente a un libro mítico. La publicación de la versión castellana de este poemario representa un acontecimiento, pues quizás nos acerca al Ashbery más interesante como poeta para poetas, antes de su reiteración retórica —tan incesante como brillante— a partir de mediados de los setenta.

A inicios de una década marcada por grandes cambios, tras Some trees (1957) —quizá el primer libro de poesía más hermoso de la literatura estadounidense desde Harmonium de Wallace Stevens— Ashbery, ya exiliado en Francia, asume el reto de confrontar radicalmente la tradición modernista ( la de Pound, Eliot y sus continuantes como Robert Lowell), mediante el ejercicio de una escritura decididamente experimental. Con importantes vínculos con el estructuralismo, Oulipo y una serie de heterodoxos estadounidenses y franceses, Ashbery desarrolla una escritura que, en lugar de justificarse en su praxis (i.e. en su militancia vanguardista), paradójicamente es empleada para definir los limites de un universo discursivo sui generis. Así, de forma sutil y casi secreta, el poeta logra dos proezas: acotar una serie de temas que repetirá una y otra vez hasta convertirlos en marca de autoría y dar a conocer un libro que está considerado entre los fundadores de la vanguardia no adánica gestada en la segunda mitad del siglo XX.

Enefecto, El juramento de la pista de frontón da un paso mayor hacia la consolidación del desquiciante pastiche lírico de Ashbery. La confluencia del confesionalismo y lo absurdo, la cita culta y la vulgar, lo políticio y los intrascendente, todo está en estas páginas, aunque no por completo cohesionado por la argamasa del Ashbery posterior: la sublimidad de su oído, la maestría de su composción rítmica, tan invisible como precisa, aparece aquí sólo intermitentemente. En este libro Ashbery prefiere lo roto, el sinsentido, una escritura que explora las herencias del surrealismo y dadá para exponer una crisis de referencialidad que pocos intuían en el optimismo de la revuelta social de los sesenta (siguiendo el cuestionamiento se Gertrude Stein, sólo Jack Spicer y John Giorno exploran esta crítica estrictamente textual desde A la manera de Lorca y La máquina de poesía Giorno). Ashbery, en poemas como "Europa" o "Dejando la estación de Atocha", es el estratega aguafiestas que corta con la elocuencia, sea en su versión gentil o contracultural, para fundar otra basada en lo inestable, en el titubeo y la ensoñación.

La edición y la traducción, debidas al esfuerzo de Julio Mas Alcaraz, derrochan aprecio y cuidado, empleando distintos enfoques para aproximarse a un poeta por definición inasible. Los poemas son, ante todo, versiones, y se evita la literalidad ("¿Y qué pasa con la clave? ¿La llave?"). Así, el ensayo introductorio, informado, didáctico y bien estructurado, tiene como acierto no ser exhaustivo, pues la bibliografía sobre Ashbery, en su condición de auténtico clásico viviente, podría ser extenuante. Otro mérito del prólogo está en incidir en la dimensión política de la escritura de Ashbery, un aspecto decisivo en toda su propuesta y que se desarrolla oblicuamente. Esta edición se complementa con una amena e inteligente entrevista que retrata al poeta como un personaje agudo, ligero y amablemente distante, que expone sus conexiones con otras artes como la música y el cine. El libro cierra con una lectura de Jordi Doce que es una exposición, a manera de parábola, sobre el estilo y la trayectoria de John Ashbery.

Después de la publicación de Pirografía en 2003 (una selección panorámica de los diez primeros poemarios, de 1957 a 1985) y Tres poemas en 2005 (quizá el texto más extenso y contundente de su propuesta, de 1973), además de otros siete títulos individuales, se puede afirmar que John Ashbery es el poeta de lengua inglesa vivo más influyente en la nueva poesía de nuestro idioma. Esto responde, ante todo, a la seducción de su lenguaje pero, cabría preguntarse si la superación de la pugna entre conocimiento y comunicación, que marcó la poesía española de fin de siglo, es el único motivo tras este hecho. ¿Podría ser que la consagración de John Ashbery, al sentar escuela, suponga la instrumentalización de un lenguaje de incertidumbres para mantener el statu quo? En todo caso, más allá de las usurpaciones y las mutaciones, de las acciones reparadoras o normalizadoras ante un tiempo de crisis, la poesía de John Ashbery encarna los riesgos, las posibilidades y las limitaciones de lo posmoderno y, por lo mismo, El juramento de la pista de frontón es una gran herramienta para quienes pretendan efectuar continuos y calculados saltos al vacío.


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Revista Piedra del Molino, n.º 14, primavera de 2011

Ashbery: un lírico collage
Por Beatriz Villacañas
A finales de los años cincuenta, un joven poeta americano, atrincherado en las vanguardias parisinas, preparaba ya munición para llevar a cabo un asalto poético. Neoyorquino, parecía también querer mostrar que la manera menos engañosa de percibir Nueva York y, desde ahí, América, era desde el otro lado del Atlántico. Con el Premio de Yale para Jóvenes Poetas a sus espaldas y la influencia de Auden, entre otras voces anglófonas, mñas el apoyo prácticamente incondicional de sus amigos de la "New York School", John Ashbery publica The Tennis Court Oath / El juramento de la pista de frontón (desde ahora JPF) en 1962. Ya el título semeja una declaración de intenciones. El cuadro inacabado de Jacques-Louis David, Le serment du jeu de paume, es aquí presencia textual y simbólica que no puede sino traer a la memoria aquel juramento de los diputados franceses, pistoletazo de salida de la Revolución Francesa. Sea o no declaración de intenciones, es evidente la relación entre el acontecimiento histórico plasmado en el cuadro y el punto de arranque de un libro que, enfrentado a la tradición, hace de este enfrentamiento principio y procedimiento. Lo que nos trae de nuevo a las vanguardias.

Imposible desligar JPF del surrealismo y del expresionismo pictórico. Ambos son no sólo influencia sino articulación misma de las pinceladas con las que Ashbery traslada la pintura y el cuestionamiento de lo real al lenguaje poético, evidenciando a su vez influencias de poetas franceses como Pierre Reverdy y Rsaymond Roussel. Es, por tanto, JPF un libro radicalmente experimental. Esta experimentación y su radicalidad se fundamentan en la propia sustancia del experimento, pues éste aparece como entidad matriz desde la que puede fundarse la realidad misma, una realidad que no se presenta ya como objeto de observación y de sentido, sino como construcción lingüística. "Construcción" es palabra clave respecto a JPF, pues aquí el andamiaje verbal es el poema. Ashbery evidencia preocupaciones filosóficas y políticas, pero su conocimiento en ambos ámbitos se manifiesta más que como idea, como forma.

Podría decir que aquí la forma es la idea. Que la sintaxis, forzada en sus límites, desestructurada y reconstruida por Ashbery, es lo que hace cada poema. Así, una composición como "Cuánto tiempo más podré habitar el sepulcro divino" es, más que su evidente raíz platónica y bíblica, un largo retazo experimental, una representación fragmentada y múltiple de una realidad que se presenta precisamente así, fragmentada y múltiple y sin sentido específico. Del mismo modo, poemas como "Europa", "América", "Fausto" o "Saliendo de la Estación de Atocha" son formas de realidad múltiple y contradictoria más que referencias unitarias de carácter geográfico, político o literario.

Lo onírico. lo sensual, la visión crítica, la reflexión, el amor, el sexo, son piezas de un collage que reta a lo unívoco. No se trata, desde luego, de misterio, nada hay parecido a los poemas de Emily Dickinson, contundentes manifestaciones del enigma, que, en sí mismo, es un significado, sino del rechazo al significado mismo, de su no reconocimiento como entidad posible, siquiera necesaria. En esto, Ashbery aparece como el poeta de la posmodernidad. Aunque su vanguardia, como toda vanguardia, haya terminado siendo la de ayer, JPF ha sido, y sigue siendo, sustento del cuestionamiento posmoderno de lo real y de la tradición basada en verle y darle a lo real un sentido. JPF y los libros posteriores vendrían a ser imagen especular de la fragmentación y la multiplicidad posmodernas, de la coexistencia de elementos y discursos dispares, de la desaparición de rangos estéticos. Ashbery ya no es un poeta contracorriente, sino un poeta en el que esta épica se contempla.

Excelente la edición bilingüe de Calambur en la que hay que destacar una traducción y una introducción, asimismo excelentes, de Julio Mas Alcaraz. El exquisito cuidado puesto es éstas se completa con una ilustrativa entrevista a John Ashbery y con unas más que oportunas notas, todo obra de Julio Mas Alcaraz. La edición se cierra con un brillante epílogo de Jordi Doce.

miércoles, 27 de abril de 2011

John Ashbery, entre los recomendados por El Cultural para este Día y Noche de los Libros

A. SÁENZ DE ZAITEGUI
- El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery (Calambur). Una de las obras maestras de la literatura del siglo XX, de la mano de una leyenda viva de la poesía norteamericana contemporánea, en una completísima edición a cargo de Julio Mas Alcaraz. Un clásico inagotable, pura energía.


viernes, 8 de abril de 2011

Reseña de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, en El Cultural


El Cultural (El Mundo), 8 de abril de 2011

El juramento de la pista de frontón

Por A. Sáenz de Zaitegui

Los escritores nos odian. Si James Joyce concibió su Finnegans Wake con la intención de mantenernos ocupados durante trescientos años (de momento, su plan funciona), John Ashbery se propone crear un poema de decir una sola palabra. Los críticos no somos malas personas. O no tanto como para merecer esto.

Alguien dijo que el hombre será inmortal cuando decida serlo. El juramento de la pista de frontón se acerca bastante a ese punto de no retorno. De Ashbery suelen predicarse surrealismos y posmodernidades. Pues estupendo. A otros nos parece que se trata simplemente de introducir por la fuerza una montaña rusa en las circunvoluciones del cerebro: "E incluso se negó a vivir/ en un mundo y devolvió el silbido/ de todo lo que existe terriblemente cerca de nosotros/ como tú mi amor, y la luz". No es un sistema de pensamiento à la Robert Frost. Tampoco una enmienda a la totalidad divina, como ocurre con Wallace Stevens. Ashbery es más material, más concreto. Privilegia la narración en detrimento de la abstracción. Las palabras como pura geometría prevalecen sobre lo semántico. La sintaxis es apenas un mal recuerdo de pasadas esclavitudes. Ashbery es un dios de cosas pequeñas: sus pronombres son misterios de la humanidad. Se divierte con el cortaypega incluso más que Burroughs. Y cuando saca el T. S. Eliot que lleva dentro, hace encajar las piezas del puzzle a base de martillazos: "Mi única cosa nueva:/ el castigo de la luz eterna/ sobre las cabezas de los que estaban allí/ y de nuevo en la noche, la tos del pétalo moribundo". Ashbery no es un poeta: es una voluntad suprema a punto de levantarse en armas contra la condición humana. Deberíamos detenerle antes de que sea demasiado tarde. "He perdido los hermosos sueños/ que lograban seguir caminando,/ fríos y pacientes". Ashbery es cruel. Nos da esperanza. Conocemos el significado de todas las palabras. No intuimos ideas prohibitivas. De vez en cuando, incluso creemos haber encontrado el hilo del que tirar para deshacer la trama: "Ya no había ninguna necesidad de que el mundo se dividiera/ en conejito, cuando él había perseguido a la liebre./ Él tenía que ser/ presión, tan desaparecida del aire". Editor, traductor y un valiente, Julio Mas nos provee de todas las piedras necesarias para derrotar a Goliat: introducción, notas, incluso una entrevista con el gigante.

Parece que nos habla un dios. Ashbery nos pone a prueba. Desafía nuestra inteligencia, nuestra cultura. Nos impone un nivel de autoexigencia como ningún otro poeta vivo. Nos hace mejores lectores, menos conformistas, más ambiciosos. Modifica nuestra percepción de la literatura. Cuando nos enfrentamos a "Idaho", célebre por ser probablemente el poema con más signos de interrogación de todos los tiempos, comprendemos que la poesía puede ser una experiencia más allá de la pura interpretación: "Y los nombres propios,/ sangre sacada del coraje/ para arreglar/ para sentir/ el tallo del aire". Ashbery crea una especie nueva de lector: inmunizado contra la manía de desear entenderlo todo, consciente de que la incertidumbre s una posibilidad, y es buena. De "Idaho" nos atrae el secreto. Nos hace sentir que aspiramos a algo más grande que nosotros mismos.

Las mejores mentes de varias generaciones trabajan en régimen estajanovista para romper el Código Ashbery. No apto para autoestimas delicadas. El juramento de la pista de frontón es historia viva de nuestro inconformismo contra todo. El infierno poético se ha desatado. Que los genios continúen castigando la estupidez con sus obras maestras. Que sigan odiando. Porque nosotros los amaremos con locura, siempre.


martes, 1 de marzo de 2011

Reseña de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery

La Nueva España, 24 de febrero de 2011


Furor experimental

Se traduce por primera vez al español El juramento de la pista de frontón, el libro más radical de John Ashbery

Por LUIS MUÑIZ
El norteamericano John Ashbery (1927) es sobradamente conocido en España: prácticamente cada año se traduce un libro suyo al castellano, y en Estados Unidos su crédito es tal que en 2008 se convirtió en el primer poeta vivo que ve canonizada su obra en la prestigiosa colección The Library of America. Un verdadero honor para un autor cuyo reinado en la poesía contemporánea que se escribe en inglés sigue siendo visto como una paradoja. El debate sobre si los poemas de Ashbery «quieren decir algo» aún no se ha cerrado, y ninguno de sus libros ha contribuido tanto a mantenerlo abierto como El juramento de la pista de frontón, publicado originalmente en 1962, seis años después de Algunos árboles, su primera entrega (o la segunda si, como el poeta hace, se excluye de la cuenta Turandot y otros poemas).

Además de las 30 piezas que componen el volumen, magníficamente traducidas por Julio Mas Alcaraz, que firma también el prólogo, la edición española de El juramento… contiene abundantes notas, una entrevista con Ashbery y un estupendo epílogo de Jordi Doce: todo lo necesario para enfrentarse a un artefacto lingüístico tan radical que medio siglo después de su aparición todavía provoca el rechazo de una de las dos ramas más poderosas de la crítica norteamericana, la representada por Harold Bloom. En cambio, para la otra, la de Marjorie Perloff, y para los poetas del movimiento «Language» (Bruce Andrews, Susan Howe, Bob Perelman), su importancia es capital.

Bloom y Helen Vendler defienden el conjunto de la obra de Ashbery, pero el primero describió el libro como un «terrible desastre» y la segunda lo tachó de «estridencia voluntaria». Sin embargo, quien dio en el clavo fue Mona van Duyn, la crítica de «Poetry», al reconocer que sólo cambiando su definición de poesía podría llegar a sentirse satisfecha con el «estado de exasperación continua» que el poemario le creaba. Y así es, porque la ruptura con el pasado que Ashbery preconiza empieza por establecer, como Doce atina muy bien a explicar, que un poema es menos un objeto que un proceso, y un proceso, además, que no se conforma con presentar la destrucción del código como un reclamo teórico, sino que aspira a hacer de ella una verdadera experiencia de lectura.

No es necesario decir que fue este corte en la «linealidad» de la tradición lo que molestó a Bloom, incapaz de ver sino diferencias de orden secundario entre la obra de Wordsworth y, pongamos, la del propio Ashbery en libros posteriores como Ríos y montañas (1966) y Autorretrato en espejo convexo (1975). Lo curioso del caso es que en El juramento… el poeta neoyorquino ensaya por primera vez muchas de las técnicas que empleará el resto de su carrera, aunque no con el furor experimental y la frecuencia con que aquí lo hace. Pero, más importante que el uso señalado de procedimientos como la fragmentación, la ambigüedad pronominal, la agramaticalidad, la abstracción, la parodia y la elipsis (u otros, importados de la pintura y la música contemporáneas, como el «collage», el «cut-up» o la atonalidad), es el juego que el autor se trae con ellos y el desmontaje de la noción misma de poema que se atreve a acometer.

No se trata ya de que Ashbery nos diga que es el acto de composición lo único que determina el resultado, como ya habían hecho antes el primer Eliot, Pound o Williams, sino que, yendo mucho más lejos, convierte el hecho de escribir poesía en un continuo reniego contra lo que la factura de un texto poético puede (y debe, según muchos) ser: corta donde el material empieza a fluir, asume el azar y la indeterminación como elementos propulsores, monta fragmentos lingüísticos de diversa procedencia sin miedo al descalabro semántico y, en el colmo de la escritura paródica, el poema «Idaho», camufla su estilo y presenta un texto propio como si fuera parte de la novela barata de la que se está mofando.

El lector encontrará en este libro muy pocos ejemplos del tipo de poema que ha hecho famoso a Ashbery: esos largos flujos de conciencia que ignoramos quién emite ni a quién van dirigidos y que no versan sobre ningún asunto grave; todo lo más, sobre la ausencia de reflexión acerca de lo grave que está en la raíz del presente: sobre la intrascendencia de nuestras vidas y el lenguaje con el que nos las contamos, que, de tan usado, ya no significa. De esa poesía «meditativa» del nuevo milenio, que ha dado piezas como «Fragmento» y «Una ola», tan magistrales como enervantes, sólo disponemos en El juramento… de la titulada «Un último mundo», la mejor del conjunto según Bloom. El resto del libro lo componen poemas que frustran constantemente las expectativas del lector y lo conminan (ése es el objetivo) a prescindir de la búsqueda de sentido y a asumir como recompensa la delectación, morosa o atropellada, en el propio despliegue del texto, que el poeta nos obliga a tomar más por su acción compositiva que por su carga semántica.

Sin embargo, de ahí a afirmar que los poemas del estadounidense «no quieren decir nada» hay un abismo, y prueba de ello es que en un texto que escribió por encargo de la editorial Wesleyan, responsable de la primera publicación de El juramento…, Ashbery explica que la «forma abstracta» en que emplea las palabras no es sino «un intento por llegar a una clase de realismo más completo y mayor». Un realismo según el cual no es tarea del poeta componer un mundo que se descompone, pero sí mostrar sus ruinas de una manera lingüística y rítmicamente eficaz, aunque esta vez sin apelar al mito y a sus arquetipos para poner un poco de orden. El resultado es un libro revolucionario y seminal, pero de ensayo, no de madurez, en el que ya están, como dice Mas Alcaraz, «los muchos Ashberies del futuro», pero no el Ashbery (al menos no del todo) que ha dejado huella en la poesía contemporánea con su poema prototípico. Doce describe su asunto a la perfección: «Vivir ante la pantalla o detrás de una ventana en una casa de las afueras, qué más da, estar siempre del otro lado con la sensación algo melancólica de que algo importante sucede sin nosotros; y luego pensar que no es para tanto y seguir mirando».

viernes, 4 de febrero de 2011

Reseña de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, en la revista Quimera


Revista Quimera, n.º 327, febrero de 2010
JUST SOMEONE YOU SAY HI TO
Aproximación a Juramento de la pista del frontón (Calambur, 2010), de John Ashbery
POR ERNESTO CASTRO CÓRDOBA
En una célebre carta, Rainer M. Rilke expresó su preocupación ante la exorbitante tecnificación que el mundo estaba alcanzando coincidiendo con sus años de madurez. Para ser más exactos, localizó al otro lado del charco el origen del progresivo desencantamiento de la realidad perpetrado: “De América nos llegan ahora cosas vacías, indiferentes, cosas artificiales que nos engañan simulando la vida.” En una no menos célebre respuesta, Paul de Man sacó su vena más patriota tachando de ideológica la nostalgia tradicionalista del poeta alemán:
La tranquilidad de los sueños de Rilke, la tranquilidad de nuestros antepasados metidos en sus casas y vestidos con sus ropajes, ¿eran algo real o son mero producto de nuestra imaginación? (…) Tal vez, debido a que la tecnología es empobrecedora y quema la historia sin dejar ningún residuo palpable, nos obliga a prescindir de algo que, al fin y al cabo, no es sino una falsa serenidad.[1]
Pues bien, mejor tarde que nunca, se traduce a nuestra lengua uno de esos B-52 en su versión literaria. No hace falta aquí recordar las conexiones heideggerianas entre tekhne y poiesis para decir que nos referimos al poemario más importante de la segunda mitad del siglo pasado en el ámbito anglosajón (publicado en ¡1962!) en cuanto a experimentación, atrevimiento y polémica se refiere: El juramento de la pista del frontón (JPF). Celebremos la tardía, pero no por ello menos valiente iniciativa de su traductor, Julio Mas Alcaraz, quien en el espléndido prólogo subraya como en este difícil texto encontraos in nuce buena parte de la producción posterior de John Ashbery, posiblemente el más influyente poeta americano vivo en nuestros días. Su herencia se extiende reticularmente desde la New York School hasta los Language poets. En éste, su segundo libro, Ashbery sintetiza en una misma voluntad de privilegiar el significante sobre el significado las dos corrientes más importantes de la lírica anglosajona por entonces vigente. Por un lado, el impulso democratizante, vital y totalizador, de Whitman, cuya influencia ya fue de sobra subrayada por el autor en una entrevista concedida en 1972. Allí dice: “si mi poesía es oblicua es porque quiero inclinarla a una audiencia lo más amplia posible, por extraño que esto suene en la práctica”[2]. Por otro lado, hallamos aquí presente el trabajo de archivo, fragmentario, reticular y elitista, del primer Eliot, eso sí: transformado en práctica sampleadora. Como ha subrayado Marjory Perloff, la poesía de JPF habita un contexto discursivo mucho más permeable y confuso que el presente en The Waste Land; Ashbery no se limita a referir y a citar las fuentes, sino que se las apropia, modifica y recodifica a placer. La relación entre “Idaho” y el best-seller que toma como punto de partida poemático, es menos mimética que de clara confrontación. Cada poema de JPF es un vórtice con múltiples influencias y textos solapados, un calidoscopio paratáctico en el que se da cabida, en un mismo torrente de conciencia, a todo tipo de experiencias discursivas. El libro avanza a través de deslizamientos retóricos que en el interior de la conciencia individual, tomando como punto de partida la heteroglosia constitutiva del lenguaje americano como potlach cultural donde se dan la mano resonancias épicas del Antiguo Testamento y la retórica banalizada de las revistas de moda (cfr. Poemas como “How much Longer hill I Be Able to Inhabit the Divine Sepulcher…”). El sujeto de la enunciación es un mero nudo gordiano constituido a través de la apropiación ambiental, “envuelto en una identidad como si fuera un traje”, como dijera al inicio de Houseboats days (1977).[3] Los poemas de Ashbery constatan el movimiento contrahegeliano que va desde el yo como sujeto de la enunciación a la estructura gramatical como substancia literaria en sentido pleno. A la pregunta ¿quién soy?, da la respuesta el título de otro poema del autor: “Just someone you say hi to” (A Wave, 1981) que termina con los siguientes versos:
Y nos quedamos tan solo con sensaciones de nosotros mismos
Y de la seca alteridad, como un puño fuertemente cerrado
Entorno al acelerador mientras vamos cayendo, de lado y hacia abajo.[4]
En algunos poemas JPF (“Night” y “Rain”) se halla presente lo que consideramos la aportación más relevante de Ashbery a la poesía actual: la construcción más relevante de Ashbery a la poesía actual: la construcción arquitectónica del poema, tomando como punto de partida una estructura descentrada de producción de expectativas en el lector, expectativas semánticas que no serán colmadas del todo; como mucho satisfechas tangencialmente por significados que se cristalizan entorno a un vacío central que opera positivamente como resto no colmado. Esta falta constitutiva como origen del texto, que después será tematizada en De la grammatologie por Derrida (1967), obliga al poema a salir fuera de sí, no hacia una exterioridad más real que el lenguaje, sino a una aceptación de la ubicuidad textual que pasa a eclipsar y sustituir la función privilegiada de Realidad como campo semántico donador de sentido. El poema, en calidad de dispositivo autorreferencial, tomó como punto de partida esta falla textual en su dimensión preformativa, poniendo en cuestión las estructuras gramaticales del lenguaje y la función referencial sobre la cual supuestamente se asienta el ejercicio literario. Más allá de la mimesis, la poesía apela a la ekfrasis, esto es, a la descripción de un espacio de fricción, juego e improvisación literaria.
Junto con “Idazo”, los poemas más destacables de JPF son “Leaving the Atocha Station” y “Europa”. El primero, según declaración expresa del poeta, es una expresión paradigmática de su poética de apropiaciones fragmentarias. Dice: “los fragmentos dislocados, incoherentes que crean el movimiento del poema se parecen probablemente a la sensación que uno tiene cuando el tren sale de una estación desconocida. El ruido, la suciedad, ese marchar deslizándose, todo parece un movimiento dentro del poema.”[5] “Europa”, por su parte, está construido como un falso collage a partir de un best-seller. Su composición desordenada, fragmentaria, ofrece al lector una versión de aquella imagen que la vanguardia americana tenía del continente europeo, tras dos guerras mundiales en su territorio, como un enorme basurero, escombrera de la memoria perdida. El potencial estético de este residuo en la Historia habría de ser rescatado mediante el apropiacionismo; procedimiento alquímico por excelencia que transforma lo escatológico, sin alterarlo, en producto de consumo de primer orden estético. Ashbery forma parte del comité de expropiación que robó la vanguardia a París para dársela a New York. Un espía más en tierras francesas. La poesía de este su segundo poemario tiene como horizonte literario elaborar un retrato fiel de Estados Unidos, pero tomando la paleta de colores que ofrece Europa. Eloy Fernández Porta dixit: “Reescribir la cultura pop desde Europa implica siempre, para el autor serio, una perversión; raptar, sacar de su hábitat, poner en circulación, estrujar y echar a perder la inocencia.”[6] Esta perversión del ideario norteamericano, si bien es cierto que ofrece una imagen invertida del gran asalto a la vanguardia histórica que en aquellos años estaban perpetrando los grandes artistas norteamericanos, tiene notables puntos en contacto con ella. Si Burroughs tomó el cut-up dadaísta como expresión de una existencia drogadicta y desordenada, y Rauschenberg adaptó el collage cubista al contexto de la sociedad de consumo, Ashbery modificó la erótica lingüística de los surrealistas a la luz de la épica democrática (Whitman) y la sinceridad del paisajismo cotidiano (William Carlos William). ¿Cómo? Abandonando la prosodia iterada de los surrealistas, garantía última del avance hipnótico, a favor de lo que Ezra Pound, refiriéndose a Henry James, consideraba el formato americano por excelencia, a saber: el paréntesis, el cual suspende la linealidad narrativa propia del discurso burgués, articulado a través de la subordinación causal de los acontecimientos; introduciendo en el relato la deriva errática, desestructurada entorno al principio paratáctico de la adición democrática de más y más y más detalles, uno al lado del otro. El paso del surrealismo a JPF es el paso desde la comprensión de la palabra como unidad gramatical de sentido a la problematización sintáctica de la oración. En una palabra: si para Breton les mots font l’amour (eso tan cursi), para Ashbery serán las estructuras oracionales the one who have sex (sin pelos en la lengua). Ambos, en definitiva, apelan a la lectura del poema como experiencia creativa autotélica donde es más importante el proceso que el producto. Así, no es de extrañar que a la pregunta sobre el contenido de sus textos, Ashbery responda alternativamente biendiciendo que su poesía carece de tema, bien declarando que sólo escribe poemas de amor. Lo mismo da:
“uso un verso muy largo frecuentemente en mi poesía porque me parece que proporciona un medio expandido de enunciación, y decir algo muy largo en lugar de lo que podría haber sido originalmente mucho más corto y conciso supone un derrame del significado. Con frecuencia tengo la sensación de que posee una cualidad casi sexual, en el sentido de que el acto sexual es una especie de prolongación del tiempo y una improvisación sobre el tiempo”[7]
Queda claro. De una manera bastante más articulada que sus antecesores europeos, el autor de JPF propone una concepción del poema como espacio de fricción estructural donde no sólo cuentan las palabras utilizadas, sino el contexto de expectación sintáctica en que se inscriben. Muy à la Hitchcock, el poema es aquí un crimen en busca de autor, cada verso un Mc Guffin literario que pone en movimiento todo un dispositivo de anticipación de acontecimientos y frustración de deseos. Como una compleja trama policíaca, el lector tiene el cadáver ante sus ojos, todo a la vista, y sigue sin comprender muy bien qué sucede. Es más: el fin último de este ejercicio poético bien puede ser el mismo que Ashbery atribuye al detective, a quien caracteriza como “un símbolo del hombre intentando descubrir lo que es.”[8] La experiencia que produce un poema de Ashbery es similar a la de un cuarteto de Antón Webern, esto es: una cómoda incertidumbre sobre el por venir. Aquí analogías entre Burroughs y Ashbery se multiplican: tanto en JPF como en Naked Lunch, la espera se erige como experiencia fundamental del tiempo; ambos son maestros de la temporalidad dilatada reflejada en la experiencia de los trayectos muertos; sus textos compuestos con retazos se mueven dentro de una lógica des-instrumentalizada de la escritura, esto es: los tropos literarios se multiplican entorno a la ausencia de un sentido unitario que los trascienda; son, en última instancia, medios a la búsqueda desesperada de fines. El objetivo en estos dos autores no consiste en alcanzar la profundidad abismal del inconsciente, sino dar cuenta de la realidad pluriforme que acosa el espacio de la representación, perfectamente consciente de su esquizofrenia superficial, epidérmica diríamos (un sarpullido existencial en vez de un descensus ad inferos romántico). Ashbery añade a este factor una conciencia claramente postmoderna acerca de la repetición consustancial al ejercicio de escritura, en última instancia una práctica hermenéutica de decisión que parte de un material cultural ya elaborado. El poema (“Late echo”, de As We Know (1979) comienza:
Solos con nuestra locura y nuestra flor favorita
vemos que en realidad no hay nada más sobre lo que escribir.
O mejor, es necesario escribir sobre las mismas cosas de siempre
del mismo modo, repitiendo las mismas cosas una y ora vez”[9]
John Ashbery es un poeta de la conciencia y la subjetividad en su desfondamiento, se suele decir. Según Jody Norton, nos encontramos ante “el último poeta del sujeto y el primer poeta del predicado libre.”[10] Sin embargo, en su poesía, la voluntad de incorporar todo lo real en el discurso conduce a privilegiar la posición del sujeto, a pesar de que este se conciba, bajo el signo de la corriente de conciencia, como un receptáculo de experiencias. Otra consecuencia vinculada al hiperrealismo vanguardista que practica Ashbery es que, llevado a su extremo más radical, este estilo conduce con frecuencia al olvido de lo empírico en favor de lo absoluto. En el poeta americano, la voluntad de decirlo todo se vincula a un solo desencarnado de las expresiones. Así, la primera edición de JFP llevaba una sobrecubierta en la que el poeta declaraba que a la hora de escribir el libro había utilizado las palabras de manera abstracta, como un pintor usa los pigmentos, lo cual, según él, conducía a una manera de realismo mayor y más complejo. Tomando como premisa que la materia de lo poetizable es la carencia, ya Paul de Man subrayó cómo, en la época de la literatura autoconsciente, "la poesía del devenir se mantiene como conciencia a expensas del objeto sensible"11. Esto no es sólo aplicable a Baudelaire y a Mallarmé. También a Ashbery, en la medida en que su escritura parte de la conciencia como dispositivo de producción temporal (expectación gramatical) en el que se incorporan todos los discursos; todo ello a expensas de su correlato empírico. Claro que en Ashbery no está presente la nostalgia por la unidad perdida que Paul de Man percibe en los poetas franceses, pero sí un deseo de totalizar el discurso poético mediante la incorporación de material en bruto de campos estrictamente no literarios (aquí hace aparición el gran espectro de los mass media) o de géneros literarios tradicionalmente denigrados (digamos: de las comedias de enredo hasta la novela policiaca pasando por el folletín novecentista). En resumen: todos los atentados que el poeta perpetra en contra de la unidad sustancial del yo son, por así decir, pro domo sua, en favor de ese mismo yo que se declara a sí mismo disuelto. Al igual que hiciera Unamuno con la contradicción al convertirla en principio constitutivo de la subjetividad, el proyecto de Ashbery totaliza, pero nunca disuelve al sujeto. En una entrevista, declaró que el objetivo de su poesía era reflejar la conciencia en su totalidad, aunque para ello tuviera que tomar "elementos del inconsciente para darle perspectiva"12. En su introducción a Three poems, Julián Jiménez Hefferman ha subrayado el solipsismo presente en su poesía: "no hay más conciencia que la de Ashbery. El poeta americano no acepta ninguna otra conciencia en sus textos"13. Aquí nos enfrentamos a la trampa de la que habló Foucault en su defensa de un pensamiento del afuera:
Todo discurso puramente reflexivo corre el riesgo, en efecto, de devolver la experiencia del afuera a la dimensión de la interioridad; irresistiblemente la reflexión tiende a reconciliarla con la conciencia y a desarrollarla en una descripción de lo vivido14.
En otras palabras: el afuera de Ashbery carece de exterioridad. Nos enfrentamos a la caducidad del pensamiento crítico que tiene como principio l negación de lo establecido; nos enfrentamos a la impotencia de dispositivos retóricos como el de Ashbery que critican un determinado sistema con el objetivo de apuntalarlo. A la luz e estas consideraciones, uno no sabe cómo tomarse los versos de "Soonest Mended" (The Double Dream of Spring, 1966):
Todos hablamos
Es cierto, pero debajo del habla yace el
Sentido suelto, desordenado y simple como el suelo trillado
Moviéndose y no queriéndose mover15.
¿Hasta qué punto participamos del movimiento experimentalista presente en JPF su versión más radical y refinada? Puede que la vanguardia de Ashbery ya no sea la nuestra; y que, sin embrago, en su desfase, este texto ofrezca unas virtualidades no realizadas que esperan a un nuevo ejercicio de apropiación. No está de más recordar, aunque sea a modo de epílogo, las palabras de este poeta canónico con motivo de una reflexión sobre la caducidad de la vanguardia: "Se podría argumentar que el arte tradicional es incluso más riesgoso que el arte experimental, que no puede ofrecer a sus acólitos verdaderas garantías, ya que las tradiciones están siempre pasando de moda16.

[1] Paul de Man: "La tentación de la permanencia" en Escritos críticos, ed. Visor, Madrid, 1996, p. 113.
[2] Janet Bloom & Robert Losada: "Craft interview with John Ashbery", en New York Quaterly, invierno de 1972, pp. 24s.
[3] John Ashbery: Collected Poems 1956-1987, The Library of America, New York, 2008, p. 491.
[4] John Ashbery: Collected Poems 1956-1987, op. cit., p. 775.
[5] cit. en Julio Mas Alcaraz: "Notas" a El juramento de la pista de frontón, Calambur, 2010, p. 309.
[6] Eloy Fernández Porta: Afterpop, Anagrama, Barcelona, 2010. p. 64.
[7] cit. en Hefferman: op. cit., pp. 12s.
[8] cit. en Julio Mas Alcaraz: "Introducción" a El juramento de la pista de frontón.
[9] John Ashbery: Collected Poems 1956-1987, op. cit., p. 672.
[10] Jody Norton: "Whispers Out of Time: The sintax of being in the poetry of John Ashbery", 20th Century Literature, otoño de 1995, p. 190.
11 Paul de Man: "El devenir en la poesía", en Estudios críticos, op. cit., p. 158.
12 cit. en Hefferman: "Prólogo" a Tres poemas, DVD, Barcelona, 2004, p. 17.
13 Hefferman: op. cit., p. 48.
14 Michael Foucault: El pensamiento del afuera, Pre-Textos, Valencia, 1988, p. 23.
15 John Ashbery: Collected Poems 1956-1987, op. cit., p. 184.
16 John Ashbery: "La vanguardia invisible" (disponible en: http://ustedleepoesia2.blogspot.com/2009/06/la-vanguardia-invisible.html

lunes, 17 de enero de 2011

Reseña de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, en Babelia (El País)

Babelia (El País), 15 de enero de 2010

Entre el cielo y ningún lugar 

Aparece un libro de John Ashbery por primera vez en España: El juramento de la pista de frontón. Una obra de 1962 llena de experimentaciones

Por Antonio Ortega

La capacidad de John Ashbery (Rochester, 1927) para mantenerse un paso por delante durante más de medio siglo es impresionante. Como un Proteo contemporáneo, tiene una inagotable capacidad para reinventarse. Parafrasear sus poemas, identificar su sujeto, sus temas, establecer su entorno, es tarea ociosa: el poema existe por sí mismo, inimitable, dueño de su ser y su expresión. Una escritura tan metamórfica que los cambios de tono y de registro verbal hacen que los versos acaben en lugares diferentes a los de partida. Sorprenden sus prestidigitaciones de sintaxis y dicción; su oído para detectar las construcciones del lenguaje coloquial que distorsiona el significado; su ironía, la frescura sutil de sus poemas. Solo "corriendo bajo los aros de / ecuaciones probables", es posible mostrar la inestabilidad e interdependencia de la identidad en la sociedad posmoderna, definir cómo pensamos y quiénes somos. Tratar de atar los meandros de su escritura acaba siendo un esfuerzo restrictivo.

El juramento de la pista de frontón, aparecido en 1962, muestra un mundo distinto al de Algunos árboles, su primer libro. Son poemas abstractos, fragmentarios y disyuntivos, muchos fruto del collage. El significado y la sintaxis expuestos a "condiciones extremas". Una ruptura poética revolucionaria: "No fuiste elegido presidente y sin embargo ganaste la carrera". Un libro clave, aquí están las bases de un nuevo lenguaje poético, indicativo del curso que luego tomará su obra. De difícil lectura e interpretación, su fecundidad crece con los años, sugiriendo nuevas lecturas, demostrando su naturaleza de texto canónico. Un libro de experimentación, pleno de meditaciones sobre la realidad diaria, lejos de lo establecido. Su profundidad nace de la superficie del vacío, de sonoridades abstractas, de la mezcla impura de dicción lírica y coloquial. Poemas nada figurativos que, como en los cuadros del expresionismo abstracto, semejan superficies con múltiples focos y desplazamientos. "Las palabras gotean de la herida", movidas por la inmediatez del acto creador. 'Saliendo de la estación de Atocha' ejemplifica esta disposición de palabras y silencios, la frescura del instante de la experiencia. Lo que allí tiene lugar podría haber pasado en cualquier otro sitio, como en 'Europa', donde nada es concreto y definitivo: el poema es una "bola de construcción", "un barrido continuo de la superficie". Es el ensamblaje y la borradura de la pincelada verbal: "soy como alambre / cuando el lienzo debe extenderse / hacia nueva basura". Consecuencia del extravío de la existencia, el lugar del poema podría ser tanto un espacio interior como exterior, el resultado de un equilibrio precario y fugaz: "hasta que la verdad pueda ser explicada / Nada puede existir".

Estamos 'En el campo de juego de la vida', evasiva y múltiple. Un rompecabezas sin las piezas necesarias para alcanzar la imagen y el instante precisos. El poema es su proceso de construcción. Así 'Idaho', el poema que cerrando el libro semeja "pequeñas manufacturas", la suma de lo que allí está y de lo que no está. Al lector le cumple la pregunta sobre su significado, leer "para arreglar / para sentir / el tallo del aire". Acaso llegar a saber que 'Un silbido sonó estridente'. Un laboratorio poético que Julio Mas ha traducido con esmerada brillantez, ofreciendo una inteligente introducción que, junto con las notas, una entrevista al propio Ashbery y la excelente lectura epilogal de Jordi Doce, ofician de inmejorable guía de lectura. Una edición magistral para un libro que, "en algún sitio entre el cielo y ningún lugar", sigue siendo ferozmente asombroso.

jueves, 13 de enero de 2011

Reseña de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, en Culturamas.es


Culturamas.es
Una nueva forma de escribir: John Ashbery y John Cage
Por Luis Franjo
En 1951 John Ashbery atravesaba un periodo de sequía creativa, pero el día de Año Nuevo de 1952 John Cage, el controvertido y vanguardista compositor de 4’33’’, dio un concierto al que asistió el poeta y en el que interpretó la pieza Music of Changes. Después del concierto, Ashbery comentaría que había percibido el potencial para escribir de una nueva forma. Esto fue lo que escuchó:
Diez años después aparecería el segundo libro de poemas que Ashbery entregó a la imprenta y al que llamó El juramento de la pista de frontón (Editorial Calambur), rompiendo radicalmente con la poesía de su anterior y prometedor poemario Algunos árboles. La técnica que John Cage utilizó para llegar hasta su pieza musical le permitía crear algo así como composiciones de “azar-controlado”, etiqueta que le viene como anillo al dedo al estilo con el que John Ashbery elaboró las composiciones poéticas más importantes de su segundo libro, piedra angular de su poesía que más tarde le convertiría en uno de los poetas vivos más conocidos a nivel mundial y probablemente el más influyente. Aún hoy, esa nueva forma de escribir de la que Ashbery fue capaz después de aquel concierto sigue provocando un cierto eco de extrañeza e incomprensión. Y no es para menos.
¿Escribir de una nueva forma? Hace cincuenta años por lo menos debieron pensar eso, con la penosa consecuencia de lo poco que suele gustar a los críticos que les rompan los esquemas. Por citar alguna crítica, Mona Van Duyn escribió: “si un estado de constante exasperación, de expectativas siempre frustradas (…) es respuesta suficiente a un libro de treinta y un poemas (…] debo modificar mi noción de poesía”. Por no hablar de que el académico literario por excelencia, S. A. el Ilmo. Dr. Don Harold Bloom lo calificó de “terrible desastre” y comparó ácidamente el libro con una “ciénaga”, llegando a decir de él que era un libro innecesario. Pero, como hemos aprendido, si un libro, por el milagro divino de las manos que lo escribieron más ese providencial empujón(cito) de algún valiente editor, resiste y sobrevive al escarnio de tan altivas y punzantes voces, el libro (ya santo) acabará (y en este caso así acabó) por estar considerado como una gran obra, y de las más influyentes, si no la más, en la poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo XX.
Y es que los esquemas se rompen y mucho (pero no sin razón) al leer El juramento de la pista de frontón.Collages, cut-ups, técnicas que mutilan buena parte del lado semántico del lenguaje, elipsis, destrucción de la linealidad temporal… Mucho debe la estética de Ashbery al expresionismo abstracto que conoció dePollock o a los collages de Rauschenberg. Lo que Ashbery hace es dar un golpe en la mesa y como un ácrata convencido se aleja de cualquier tradición o corriente poética creando su propia vanguardia. Desde esa nueva forma de poetizar y con la rabia precisa en el golpe, se atreve con la democracia de la América que le tocó vivir, la misma que perseguía su homosexualidady que entonces pudo plasmar en sus versos, pero también descarga contra los medios de comunicación o los best-sellers que, a su juicio, están acabando con el valor de la palabra a fuerza de un uso banal y abusivo del lenguaje. Y por supuesto, como poeta nos habla a su manera también del amor o del recuerdo bucólico de su infancia como salvación. En sus propias palabras, Ashbery explica que él habla “sobre la experiencia de la experiencia” y todo devolviendo a la palabra su dignidad perdida. A veces, entre versos, nos recuerda lo que va haciendo para no perdernos y nos va dando pequeñas dosis de aliento semántico:
“Me limitas a lo que digo.
El sentido de las palabras tiene
un movimiento hacia atrás, que me clava
al modo de luz diurna de mi declaración”.
El juramento de la pista de frontón es un libro para dejarlo cerca cuando se termina, que parece seguirse escribiendo continuamente, un libro donde descubres a cada paso nuevas texturas y colores extraños y donde la sensación de extrañeza nos obliga a ser pacientes. El suceso en sí no importa, lo que importa es vivirlo como lo hace Ashbery y vivirlo a secas, sin extraer conclusiones satisfactorias. Es así un libro que es un desafío a un mundo fundamentalmente semántico, pero con recompensa, donde las experiencias no se van haciendo y creando, levantando preciosos castillos delante de nuestros ojos, sino que más bien esas mismas experiencias se van deshaciendo y descomponiendo lentamente delante de nuestras narices.

martes, 11 de enero de 2011

Reseña de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, en ABC Cultural

ABC Cultural, 8 de enero de 2011

El olor de la luz
Por Jaime Siles


Nada mejor que el libro más difícil para medir y comprender los diferentes grados de su dificultad. Eso es lo que hacen, cada cual a su modo, tanto Julio Mas Alcaraz en su inmejorable versión del texto, iluminada a la luz de su documentadísimo prólogo, redoblado por un imprescindible y precioso aparato de notas, como, de manera más concentrada y sucinta, Jordi Doce en el inteligente epílogo que sirve de colofón.

Gracias a esa maravillosa colaboración de ambos el lector tiene acceso a la enmarañada complejidad de un territorio por el que, sin el correspondiente mapa, resulta casi imposible transitar. De ahí que este volumen cumpla una doble función: la de ser una rigurosa y exacta traslación poética del texto, y la de constituir un competente y sólido análisis del mismo, así como un admirable y completo ensayo de interpretación, que ayuda a entender tanto el sistema poético de su autor como las diferentes dimensiones de la obra misma.

Escritura inaugural
Estamos, pues, ante una memorable traducción de un libro en sí mismo memorable: porque El juramento de la pista de frontón, escrito a mediados de los años cincuenta y publicado en 1962, no solo contiene la base fundacional del estilo y los temas posteriores de Ashbery sino que supone un cambio en el sistema de dicción de toda una época, al romper la tradición poética previa e introducir en la poesía escrita en lengua inglesa los modelos surrealistas de los que en los años veinte careció.

Escritura, por tanto, inaugural, que toma su título de un cuadro inacabado de Jacques-Louis David, Le Serment du Jeu de paume (1791), pero que se mueve en los entornos de la pintura metafísica. Este libro, el segundo de Ashbery describe una fuga de sentido que retoma determinados puntos y técnicas de la vanguardia histórica —la poesía de pierre Reverdy y la narrativa de Raymond Ruoussel, el collage y el cut-up, la sintaxis sin conectores, las frases suspendidas, el lenguaje infantil y la agramaticalidad, entre otros—, y construye con ellos un universo poético pero también político, gráfico y sexual, en el que el americano transterrado a París que en aquellos años era su autor enumera —de manera elusiva e implícita— una visión de América y Europa como espejo de fondo de la crisis de identidad y de sujeto que entonces está sufriendo él.

Lo que convierte la obra en un testimonio biográfico, pero también histórico, de lo que su autor entonces era y de lo que y quién quería ser. De ahí que los finales de los poemas sean abiertos; que hablen en ellos diferentes personas poemáticas y que el yo sea prácticamente solo pronominal es aquí la identidad de Ashbery. De ahí también que el texto resulte polifónico, politemático y polimorfo y que su unidad resida precisamente en el fragmentarismo: en un fragmentarismo menos óptico que acústico y menos plástico que musical, en el que las teselas del mosaico no siempre son palabras y en el que los tonos del fraseo son tan significativos como la aliteración, la estrofa y la rima que también utiliza aquí.

Lírica del porvenir
La sensación que todo ello produce en el lector es la de sentirse al borde de un abismo en el que tal vez hay algún tipo de significado, pero en el que ni el yo ni el conjunto tienen significación. De ahí la angustia y el placer que su lectura produce y que a algunos de sus primeros críticos tanto les indignó. y es que en este libro abolía no pocos de los postulados poéticos de la primera mitad del siglo XX, salvaba otros y fundaba nada menos que la lírica del porvenir: una lírica, hecha de ironía, parodia y dislocaciones, que devolvía la poesía a su terreno propio, que no es otro que el de la imaginación. Pero esto que sabemos hoy no fue comprendido en su momento y casi me atrevería a decir que tampoco ahora, porque Ashbery genera dos tipos de lectores: los que lo aceptan y los que lo rechazan, sin que haya aún un término medio entre los dos. Y es que la suya es poesía absoluta y, por lo tanto, no sujeta a las limitaciones del discurso burgués, heredado luego por una supuesta poesía de izquierdas: según Ashbery «un poema que comunica algo que el lector ya conoce no le está realmente comunicando nada y de hecho muestra una falta de respeto hacia él». Por eso su lenguaje está libre de toda referencialidad y no sigue otra lógica que la poética.

Máscara y escudo
Lo que no quiere decir que su escritura sea automática en el sentido de Breton. Tal vez la parte más díficil de este volumen de Ashbery sea su forma de automatismo, que le sirve de máscara y escudo bajo el
que ocultarse y protegerse y que —como a Aleixandre— le permite mezclar experimento y abstracción, aunque con una clara diferencia: en Ashbery está muy presente la teoría del signo de Merleau-Ponty, cuya
fenomenología impregna toda su percepción. El juramento de la pista de frontón es, por muchas razones, un libro de lectura obligatoria.


viernes, 3 de diciembre de 2010

Presentación de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, en el CBA (Madrid)

El CÍRCULO DE BELLAS ARTES y la EDITORIAL CALAMBUR

tienen el gusto de invitarle a la presentación del libro
El juramento de la pista de frontón
de John Ashbery

Intervendrán:
Julio Mas Alcaraz, traductor y poeta
Jordi Doce, traductor y poeta
Emilio Torné, editor

Leerán poemas del libro:
Alejandro Céspedes • Guadalupe Grande •
Juan Carlos Mestre • Vanesa Pérez-Sauquillo

Jueves, 9 de diciembre de 2010, a las 19,30 h.

CÍRCULO DE BELLAS ARTES DE MADRID
Sala Ramón Gómez de la Serna
c/ Marqués de Casa Riera, 2
28014 MADRID



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John Ashbery (1927) es uno de los poetas vivos más reconocidos de los EE UU y probablemente el más influyente. El autor ha logrado un estatus difícil de igualar y es el primero que, además de ganar el Pulitzer, el premio Nacional y el premio de la Crítica, logra ver publicada su obra completa en vida por la Library of America.
El Juramento de la pista de frontón (JPF) es el libro más vanguardista y arriesgado de John Ashbery. Equivalente poético a Las señoritas de Avignon en pintura o la Fontaine de Duchamp en escultura, el poemario fue recibido por la crítica con la misma incomprensión y perplejidad que estas obras. Hoy en día, JPF es un texto de culto y es imposible entender las vanguardias poéticas de la segunda mitad del siglo XX sin esta pieza angular. En JPF, Ashbery desarrolla un nuevo lenguaje y un estilo fundacional de toda su producción futura e incluso de una nueva corriente poética (LANGUAGE). Jamás el neoyorquino ha vuelto a ir tan lejos en su experimentación y jamás un libro suyo ha sido tan controvertido e influyente a la vez. JPF es una prueba del virtuosismo técnico aplicado a la poesía postmoderna: por muy alejados que sitúe los elementos, por muy fragmentado que a veces sea su tono, por poco convencional que sea la forma en que se ordena el lenguaje, el poema termina mostrando una unicidad inexplicable, misteriosa y maravillosa, plenamente lírica.

Julio Mas Alcaraz es poeta y traductor especializado en literatura norteamericana. Entre sus traducciones recientes, destacan la antología La diferencia entre Pepsi y Coca-Cola y el libro de Anne Sexton Vive o muere. Para la traducción de JPF ha escrito una extensa introducción y ha desarrollado una detallada sección de notas dedicadas a cada uno de los poemas.