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miércoles, 9 de julio de 2014

Noticia: homenaje a Félix Grande en los Cursos de Verano 2014 de la UCM



Homenaje a Félix Grande en los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid de 2014.

Participarán su esposa, Paca Aguirre, Premio Nacional de Poesía, y su hija, también poeta, Guadalupe Grande; además del cantaor Paco del Pozo y el guitarrista Óscar Herrero.

Sus poemas serán leídos por los poetas y escritores Alberto Porlan, Antonio Lucas, Antonia Cortés, Javier Lostalé, José Manuel Carcasés, José Manuel Martínez Cano, Jorge Riechmann, Juan Carlos Mestre, Luis Alberto de Cuenca, Manuel Francisco Reina, Manolo Rico y el actor Pepe Martín.

El homenaje tendrá lugar este jueves, 10 de julio, en la sala Príncipe de Asturias del Felipe II, una de las sedes de los Cursos de Verano Complutense en San Lorenzo de El Escorial, a las 19.00 horas y la entrada será de libre acceso.



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Jueves, 10 de julio de 2014, 19:00 horas
Euroforum Felipe IISala Príncipe de Asturias
Avda. Carlos Ruiz, s/n.
San Lorenzo del Escorial (Madrid)

 
Más información

miércoles, 24 de julio de 2013

Reseña: Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández, en El blog de las Artes y las Letras

Nueva York después de muerto
Por Manuel Francisco Reina
El blog de las Artes y las Letras, 26/06/2013



Pocas ciudades tan evocadoras, tan sugestivas literariamente como Nueva York. Su capacidad de evocación está clara en el cine, que es, no nos engañemos, otro género literario con soporte visual, como el teatro, y hay pruebas de esta capacidad de imán en la narrativa y, sin duda en la poesía. La fundamental obra de Federico García Lorca, Poeta en Nueva York lo evidencia, así como el libro del santanderino José Hierro, Cuaderno de Nueva York, dos libros esenciales a los que ahora se suma un tercero, como en toda tríada que se precie con este Nueva York después de muerto del poeta andaluz Antonio Hernández. Alrededor de esta sirena urbana con nombre de ciudad, gira la meditación vital, biográfica y poética de este nuevo libro ya fundamental en el panorama de la poesía española contemporánea.

Observo de un tiempo a esta parte que, las propuestas más rompedoras en poesía, no vienen, como debieran, de la mano de los poetas jóvenes, sino de los mayores. Sin citar a nadie, para no levantar suspicacias, he de decir que, este libro de Antonio Hernández es un ejemplo claro de propuesta radical, en sentido etimológico, tanto de raíz literaria, como de propuesta extrema. Un disparo a bocajarro de la conciencia, de la sensibilidad y del oficio de escribir. Los bríos de sus versos y contenido en este poemario serían más propios de un enfant terrible que cante sin prevenciones las verdades del barquero, pero su quehacer es el de un autor ya hecho, con la maestría y el poso de lo vivido y escrito. Nueva York después de muerto, nace del difícil compromiso del poeta con su amigo Luis Rosales, como explica en la justificación de la obra: “mi maestro, me dijo un día, antes de dejarlo escrito, que quería terminar su obra con un trilogía titulada Nueva York después de muerto; que en ese texto quería hablar del exilio, del problema de la gran ciudad, de la lucha de clases y de razas así como de otros conflictos que agobian al hombre. Y que lo que representaba para él Nueva York era, grosso modo, la mecanización, el automatismo de la vida, la desigualdad entre distintas razas, el imparable avance del mestizaje… y, obviamente, Federico.” La enfermedad y poco después la muerte impidió a Rosales el cumplimiento de esta obra pero comprometió a su discípulo entonces, Antonio Hernández, la realización de la misma, con confidencias e información que se ven reflejados ahora en este libro silente muchos años con el sueño de la prudencia.

Es éste un libro importante. Tanto por su revolucionaria concepción, como por la madurez poética y talento de su autor. Un libro insertado en eso que Octavio Paz o Ernesto Cardenal llamaron “la poesía total”, y que tanto interesó a Rosales, que suponía la asunción en lo poético de los recursos y técnicas de otros géneros como la narrativa, el teatro o el cine. Poesía que sin perder la cadencia musical de la rima, aportase nuevas fuerzas y técnicas de géneros ajenos. Antonio Hernández va incluso un poco más lejos, incorporando recursos propios del periodismo, con la aportación de datos, fechas, noticias…Dividido en tres partes, de forma aristotélica y su preceptiva, pero sobretodo como homenaje a esta trilogía comprometida por Luis Rosales, el poemario como la santísima Trinidad es trígono y uno; a saber: en él están entre otras las voces de Luis Rosales, de Lorca y de Nueva York, con su silbo de sirena simbólica, pero quien las unifica en su misterio, es la voz reconocible y única en nuestra poesía de hoy, de Antonio Hernández. Una poesía más relacionada con los americanos citados con anterioridad, de la llamada “poesía total”, si no fuese porque en este poema cántico, a la forma del coro griego en el que muchas voces se convierten en una sola voz, asoma la tradición andaluza más universal de la que Hernández es claro ejemplo. En la metafísica paseante de estos versos sobrecogedores, aparece la reflexión filosófica de un senequismo contemporáneo como cuando dice: “Recordar, recordar, cangrejo de las lágrimas.” Otro apunte de los tantos de esta poética pulsión meditadora sería: “Pero así es la vida, así: la paradoja./Como dicen que el Caos se ordena en la Felicidad,/en donde hay desdicha, hay materia sagrada./¿No hay que sacar las cosas de quicio, no, señor?/Hasta el ombligo en el gozo, hasta lo hondo,/hasta lo más hondo del corazón en la tristeza./Incluso Dios. En Luzbel, en lo que más quería.” Lorca y su tragedia están presentes, como buena parte de nuestra más negra y luminosa historia, que marcó a Rosales y también a nosotros como pueblo, como una nueva épica emocional en el fragmento que se inicia “El azar tiene la sangre fría” y continúa: “Únicamente necesita/tener a un tonto cerca, a un/asesino cerca, a un infeliz/para hacerlo feliz por un día,/o a un ser angelical, o a un genio/para que nunca más utilice sus alas.” En estos versos, y en su reflexión, se retrata la culpabilidad de toda una sociedad ante la muerte del poeta de Granada: “Nada más duro que una tentación/que es libertad en otro. El tiro más letal/lo da la cobardía.” Pero también aparece el Lorca riente, vivo e ilusionado por un joven, Juan Ramírez “enamorado triste/y que acusó con las manos alzadas,/como dimensionando su estupor,/a una homofobia crucificadora / en capuletos y montescos / y que al desheredado por amor/de blasón y de hacienda,/ fue él, Luis Rosales,/quien lo llevó de crítico/de arte a un diario de Madrid/porque no le faltara/el pan, la dignidad,/y a Federico/un corazón latiendo todavía/cuando ya estaba muerto.”

Queda Rosales ensalzado en la voz de Hernández, en sus versos, memorialísticos casi, como en el fragmento que se inicia “Me acusaron de todo,/ (…)Me han insultado en todos los idiomas”. Y sin embargo, en la resonancia de la ciudad totémica, Nueva York se funden todas las voces, y la propia absolución del sufrimiento del poeta Rosales cuando pregunta Hernández con su propia voz: “¿Y no has visto, maestro, a Federico,/no estará entre las nubes su tumba?”. Un libro ya esencial, rompedor y heridor, como suele ser la belleza, que decía Platón era “el esplendor de la verdad”. Una poesía insólita y brillante, totalizadora de géneros y emociones en la que se demuestra que no todo está dicho ni escrito. Aquí la poesía de Antonio Hernández se faja y se confirma como digno hijo de sus mayores, pero dueño de su propia e inconfundible voz. Como cierra la segunda parte del libro: “Pero hasta ahora es él, Antonio a quemarropa.”

Un libro que debiera formar parte del imaginario y las bibliotecas de la tribu poética hispana, a pesar del cainismo que impera en dicha grey, y que huele ya a Premio nacional de Poesía. Pocos libros son capaces de conmover, de herir de verdad y belleza, incluso de cambiar la vida del lector, si este entiende la liturgia de la poesía de un modo profundo, como este Nueva York después de muerto del poeta de Arcos de la Frontera Antonio Hernández.

Lee la reseña en El blog de las Artes y las Letras


viernes, 22 de marzo de 2013

Reseña: Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández, en Babelia


Compromiso con Rosales
Por Manuel Francisco Reina
Babelia, El País, 16/03/2013


Observo de un tiempo que las propuestas más rompedoras en poesía no vienen, como debieran, de la mano de los poetas jóvenes, sino de los mayores. Sin citar a nadie, para no levantar suspicacias, he de decir que este libro de Antonio Hernández es un ejemplo claro de propuesta radical, en sentido etimológico, tanto de raíz literaria como de propuesta extrema. Un disparo a bocajarro de la conciencia, de la sensibilidad y del oficio de escribir. Los bríos de sus versos y contenido en este poemario serían más propios de un enfant terrible que cante sin prevenciones las verdades del barquero, pero su quehacer es el de un autor ya hecho, con la maestría y el poso de lo vivido y escrito. Nueva York después de muerto nace del difícil compromiso del poeta con su amigo Luis Rosales, como explica en la justificación de la obra: “mi maestro, me dijo un día, antes de dejarlo escrito, que quería terminar su obra con una trilogía titulada Nueva York después de muerto; que en ese texto quería hablar del exilio, del problema de la gran ciudad, de la lucha de clases y de razas así como de otros conflictos que agobian al hombre. Y que lo que representaba para él Nueva York era, grosso modo, la mecanización, el automatismo de la vida, la desigualdad entre distintas razas, el imparable avance del mestizaje… y, obviamente, Federico”. La enfermedad y poco después la muerte impidió a Rosales el cumplimiento de esta obra pero comprometió a su discípulo entonces, Antonio Hernández, la realización de la misma, con confidencias e información que se ven reflejados ahora en este libro silente muchos años con el sueño de la prudencia.

Es éste un libro insertado en eso que Octavio Paz o Ernesto Cardenal llamaron “la poesía total”, y que tanto interesó a Rosales, que suponía la asunción en lo poético de los recursos y técnicas de otros géneros como la narrativa, el teatro o el cine. Poesía que sin perder la cadencia musical de la rima, aportase nuevas fuerzas y técnicas de géneros ajenos. Antonio Hernández va incluso un poco más lejos, incorporando recursos propios del periodismo, con la aportación de datos, fechas, noticias… Dividido en tres partes, de forma aristotélica y su preceptiva, pero sobre todo como homenaje a esta trilogía comprometida por Luis Rosales, el poemario como la santísima Trinidad es trígono y uno; a saber: en él están entre otras las voces de Luis Rosales, de Lorca y de Nueva York, con su silbo de sirena simbólica, pero quien las unifica en su misterio, es la voz reconocible y única en nuestra poesía de hoy, de Antonio Hernández. Una poesía más relacionada con los americanos citados con anterioridad, de la llamada “poesía total”, si no fuese porque en este poema cántico, a la forma del coro griego en el que muchas voces se convierten en una sola voz, asoma la tradición andaluza más universal de la que Hernández es claro ejemplo. En la metafísica paseante de estos versos sobrecogedores, aparece la reflexión filosófica de un senequismo contemporáneo como cuando dice: “Recordar, recordar, cangrejo de las lágrimas”. Otro apunte de los tantos de esta poética pulsión meditadora sería: “Pero así es la vida, así: la paradoja. / Como dicen que el Caos se ordena en la Felicidad, / en donde hay desdicha, hay materia sagrada. / ¿No hay que sacar las cosas de quicio, no, señor? / Hasta el ombligo en el gozo, hasta lo hondo, / hasta lo más hondo del corazón en la tristeza. / Incluso Dios. En Luzbel, en lo que más quería”. Lorca y su tragedia están presentes, como buena parte de nuestra más negra y luminosa historia, que marcó a Rosales y también a nosotros como pueblo, como una nueva épica emocional en el fragmento que se inicia “El azar tiene la sangre fría” y continúa: “Únicamente necesita / tener a un tonto cerca, a un / asesino cerca, a un infeliz / para hacerlo feliz por un día, / o a un ser angelical, o a un genio / para que nunca más utilice sus alas”. En estos versos, y en su reflexión, se retrata la culpabilidad de toda una sociedad ante la muerte del poeta de Granada: “Nada más duro que una tentación / que es libertad en otro. El tiro más letal / lo da la cobardía”. Pero también aparece el Lorca riente, vivo e ilusionado por un joven, Juan Ramírez “enamorado triste / y que acusó con las manos alzadas, / como dimensionando su estupor, / a una homofobia crucificadora / en capuletos y montescos / y que al desheredado por amor / de blasón y de hacienda, / fue él, Luis Rosales, / quien lo llevó de crítico / de arte a un diario de Madrid / porque no le faltara / el pan, la dignidad, / y a Federico / un corazón latiendo todavía / cuando ya estaba muerto”.

Queda Rosales ensalzado en la voz de Hernández, en sus versos, memorialísticos casi, como en el fragmento que se inicia “Me acusaron de todo, / (…) Me han insultado en todos los idiomas”. Y sin embargo, en la resonancia de la ciudad totémica, Nueva York, se funden todas las voces, y la propia absolución del sufrimiento del poeta Rosales cuando pregunta Hernández con su propia voz: “¿Y no has visto, maestro, a Federico, / no estará entre las nubes su tumba?”. Un libro ya esencial, rompedor y heridor, como suele ser la belleza, que decía Platón era “el esplendor de la verdad”. Una poesía insólita y brillante, totalizadora de géneros y emociones en la que se demuestra que no todo está dicho ni escrito. Aquí la poesía de Antonio Hernández se faja y se confirma como digno hijo de sus mayores, pero dueño de su propia e inconfundible voz. Como cierra la segunda parte del libro: “Pero hasta ahora es él, Antonio a quemarropa”.

domingo, 3 de julio de 2011

Los toros furtivos, de Javier Villán, e Insurgencias, de Antonio Hernández, en el blog de M. Fco. Reina

Estando muy avanzada la Feria taurina de San Isidro, con la consolidación de José Mari Manzanares que salió por la puerta grande de Las Ventas, como ya sucedió unos días antes en La Maestranza de Sevilla donde hizo historia con el indulto de un toro, y la de otras jóvenes figuras de su generación como Sebastián Castella o El Juli, parece conveniente tratar y recomendar algunos de los libros que versan directa o indirectamente el tema de la tauromaquia. Uno de ellos, con prólogo del académico Pere Gimferrer es el que le da título a este artículo, Los Toros Furtivos, del escritor y crítico taurino Javier Villán. Este volúmen, editado por Calambur, es una serie de irónicos relatos con gran conocimiento del tema y buena pluma, en un estilo que recuerda a veces los esperpentos valleinclanescos y, en otros, la sabia literatura de José María de Cossío. En palabras de la crítica literaria Pilar Castro, estos textos “son, para entendernos, su embestida y su estoque contra las prohibiciones que rondan la fiesta de los toros. Y son, frente a ella, la posición de quien decide dar respuesta al “abolicionismo antitaurino” sirviéndose de la exageración crítica de Rabelais y el magisterio de la ironía cervantina. En palabras de Gimferrer , que abre esta preciosa edición (ilustrada con mimo por Gonzalo Torné), en nombre de quienes no disimulan su descontento: ya que “debemos quedarnos en el callejón, el mejor burladero es el sentido del humor”. El catalán Gimferrer hace una defensa a ultranza del libro, inteligente, argumentando los valores culturales de la tauromaquia diciendo que «Hay que responder al abolicionismo con las armas de Swift, de Rabelais, de Cervantes e incluso de Petronio. Éste es el camino elegido lúcidamente por Javier Villán».
Existe una enorme tradición intelectual sobre la tauromaquia, más allá del exotismo que fascinó a Orson Welles o a Hemingway, que va desde los Machado a Unamuno, pasando por Federico García Lorca, Rafael Alberti, o José Ortega y Gasset. Uno de los poetas contemporáneos que más han defendido la tauromaquia desde la intelectualidad y la poesía es el maestro Antonio Hernández, natural de Arcos de la Frontera, cuya obra poética completa, con el título de Insurgencias, se ha editado también por Calambur y presentado como se merece en la sede del Instituto Cervantes de Madrid. Una de las cosas que más profundamente han calado en mi manera de concebir el mundo, y esto es extensible a mi interés por determinadas figuras de las artes y las letras, es el compromiso real, las apuestas en las que la vida se ha puesto encima de la mesa con cada línea o cada verso escritos. Apunto todo esto porque, aunque en algún momento de juventud, y ahora que ya no lo soy tanto, algún malintencionado me colgó el San Benito de “niño terrible”-dándome en el palo del gusto en vez de insultarme porque adoré a Rimbaud desde adolescente-, calificativo que te endosan los acomodaticios, siempre me sentí atraído y fascinado por las personas, y los escritores en particular, que anteponen su honestidad a otros premios, en el sentido más extenso, de los que otros gozan con la condición de renunciar a la decencia y a sus principios. Entre estas figuras, también adornado por toda clase de atributos feroces, una de las más preclaras en coherencia y exigencia literaria que he seguido es la de este poeta arcense Antonio Hernández, Premio Nacional de la Crítica por el poemario ”Sagrada forma”. Huelga decir, aunque lo haré, que este es un libro en el que nada es gratuito, como acostumbra el poeta, mucho menos su título, que anuncia un fulgor de madurez poética, versos de desgarramiento hondo y verdad descarnada, de desnudez sin paliativos, brasa que se pueden permitir los que nunca usaron máscaras, y elaboraron su obra con la urdimbre de la belleza sin renuncias, que siempre resulta hiriente para los que vendieron su alma a la nada. Los volúmenes recogen una vivísima y apasionada-incluso en el desapasionamiento-reflexión sobre el amor, la muerte y la soledad en la que Hernández vuelve la vista a sus querencias literarias y personales, sin pirotecnias, con el peso y la maestría que dan el talento y un alto oficio. Un ejercicio soberbio de sabiduría y sinceridad poética para disfrutar.

miércoles, 22 de junio de 2011

Sobre Vísteme de largo, de Cecilia Quílez, en el blog de Manuel Francisco Reina

La gaditana de Algeciras Cecilia Quílez es ya una realidad, y no una promesa de la joven poesía española. Con un riguroso ejercicio de exigencia ha conseguido que su poesía aúne un misterio ancestral y encantador, en el sentido etimológico y en el mágico, y un profundo conocimiento antropológico. Un equilibrio perfecto de ética y estética. En palabras de la crítica Idoia Arbillaga, el libro publicado por Calambur Vísteme de largo, es un “poemario que nos pone en directo contacto con verdades de gran hondura existencial: el otro yo con el que convivimos, que nos desarbola y enriquece; los pactos autobiográficos entre la renuncia y la osadía del vivir; la estabilidad y el riesgo; varias poéticas informales; también la infancia; el amor y el deseo, su rotura al fin. Todo ello a través de una voz que, si ya era madura, alcanza aquí mayor expresividad y alcance.”

Y es que, se pongan como se pongan algunos, y volviendo a Cernuda: “la primera palabra que pronunciaron tus labios era española, y española será la última que de ellos salga, determinadas precisa y fatalmente por esas dos palabras primera y postrera”.

Eso conforma nuestro mundo, ancho y de muchas orillas, y la grandeza secular de nuestra literatura. Quien lo leyó lo sabe.

http://blog.hola.com/elblogdelasartesylasletras/2011/06/la-fiesta-del-espanol.html

viernes, 23 de abril de 2010

Reseña de Las rosas de la carne, de Manuel Francisco Reina

El Cultural (El Mundo), 23 de abril de 2010

Por Túa Blesa

Es un riesgo inscribir en el título de un libro la palabra “rosas”, pues lo inserta en una riquísima tradición poética construida sobre este símbolo de la belleza, de la perfección, a la vez que de la caducidad de éstas. Esto sucede en este Rosas de la carne de Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974), que ha publicado varios libros de poesía y también novelas, que se presenta como “un mártir de la belleza” y una y otra vez parte del tópico mencionado para armar un libro que es un cántico, una celebración de la vida, de la carne -“Celebración de la carne” se titula el poema inicial-, del amor, pero también del lenguaje y de la poesía, de ahí las citas y las reiteradas referencias a otros textos. Celebración que rehuye lo elegíaco. Así, se lee: “La única certeza de mi vida / es que mis días sean como rosas […]. Deshojarme en silencio, suavemente, / como un pequeño sol en el espacio / que expande su corola luminosa / sin pena, sin rencor y sin tragedia”. Hay en estos poemas una cierta pretensión mágica: “decimos rosa / y florece en el aire su presencia”. De este modo, nombrar el placer, la belleza, habrá de suponer que con tal gesto surja un mundo en el que todo ello se haga realidad. Contrapartida, se diría, de que en la vida la presencia de la persona amada, del cuerpo deseado suponga también la elevación, mágica, del mundo a vivencia de intensidad poética.

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/27060/Las_rosas_de_la_carne

lunes, 7 de diciembre de 2009

Presentación: Javier Lostalé sobre "Las rosas de la carne", de Manuel Francisco Reina

La lectura de Las rosas de la carne nos deja tres huellas que continúan actuando dentro de nosotros una vez cerrado el libro: una huella sensitiva en su doble significado de lo táctil (léase piel, prolongada en atmósfera) y lo emocional; otra reflexiva, que nos induce a interrogarnos sobre el misterio de la existencia, donde cobran cuerpo, todo lo tiene en la poesía de Manuel Francisco Reina, el deseo, el goce, la memoria, el olvido, la pérdida, la búsqueda del amor, tan emparentado con la muerte, la eternidad de algunos instantes, la renuncia, la belleza no sólo relámpago, sino tensión anímica, estado de conciencia, y el engaño, tan presente en este libro, fecundador de la duda y la incertidumbre, noche y herida del corazón. Y una tercera huella, además de la sensitiva y la reflexiva, la del lenguaje, fundado en la mejor tradición literaria: que posee el diamante y la tormenta del barroco; la serenidad ,arquitectura y armonía de lo clásico y la cosmovisión aleixandrina. Un lenguaje en el que la rosa es un símbolo tan encarnado en el ser que se transubstancia en éste, de modo que lo humano transpira en ella y, a la vez, su fulgor, su fragilidad , su núbil perfección y su capacidad para hacer visible lo invisible se convierten en atributos del ser. Rosa terrenal por la que respira lo absoluto. Tres huellas nos deja la lectura de Las rosas de la carne que se compendian en una palabra: celebración. Celebración de la carne, que lo es también del espíritu, pues sólo se puede llegar al alma a través del cuerpo. Celebración de la plenitud (que entraña en la misma taquicardia dolor, alegría, encuentro y separación) y de la maravilla. Celebración nada solipsista, nacida de un impulso genesíaco hacia el otro, de un acoplamiento al latido total de la vida.

El libro está encabezado por un poema en el que existe esa “Celebración de la carne”, y dividido en tres partes que mantienen una unidad de sentido en las que, progresivamente, la rosa , desde su esencia y propiedades, va viviseccionando el comportamiento humano, integrándolo mediante natural correlato en un ámbito superior donde sentimientos, ideas y deseos arden desnudos, y desvaneciendo su figura con tantas radiaciones en el rostro de la vida para así iluminarla mejor. El título de cada una de las secciones se corresponde con lo expresado: “Naturaleza de la rosa”, “Las rosas de la carne (No os engañen las rosas)” y “Exhumaciones”. Doce poemas integran la primera sección, “La naturaleza de la rosa”, en donde ésta brilla exenta, dispuesta a sucesivas encarnaciones, de ahí su equívoca natura: Equívoca natura de las rosas —escribe Manuel Francisco Reina—que ajenas nos confunden los sentidos:/ no son más pétalos que piel o carne;/ no son menos labios que tallo o polen;/ Por eso nos embriagan sin saberlo,/ con punzada carnal de aguda espina,/ que nos lleva a poseerlas sin remedio/ con ese fiero afán de un cuerpo por otro cuerpo. El deseo sustenta sus raíces, /y es la voz del instinto quien nos llama. /Esa es la razón que desenfrena/ el impulso a tomarla en nuestras manos/ y aplastarlas con ansia enfebrecida,/ gozarlas con final de ardor doncello/ y pulsión de locura muy confusa. Rosa exenta concebida por el doble soplo de lo eterno mortal, mitad —dice el poeta— de barro ensangrentado/ mitad de etérea lágrima divina. Rosa que no necesita nombre, pues en su bautismo se marchita, como el primer beso: Los besos temerosos y primeros/ que un día se marchitan y se espinan,/ y escapan para siempre y luego nunca/ recuerdas al besar la nueva herida. Rosa sin nombre, que es ya beso, rosa-peligro al transformarse en boca: El peligro de las rosas es que nunca sabes/si eres tú quien besas su boca/ o su boca a ti te besa Versos que encuentran su verdadero significado según avanzamos en el poema: Cuidado con los incautos/ que se pierden entre rosas./ Nunca sabrán si es que besan/ o son besados (ya olvidamos la rosa) Rosa creadora de conciencia del final desde su propio destino: Vas buscando tu final, rosa, y no lo sabes,/ cada vez que te abres al abismo/ de una hora más de desmesura/ que es florecer sin más contra tu tiempo./ Inconsciente despliegas a la muerte tus pétalos/como una copa de aroma a la podredumbre. Rosa, alma exhalada de una mujer, la madre de Manuel Francisco Reina, que el lector siente como un pulso en uno de los poemas más emocionantes y bellos del libro.

En la segunda parte del poemario, la más extensa, formada por veinte poemas y titulada, como dijimos, “Las rosas de la carne (No os engañen las rosas)”, todo sucede en el cuerpo, donde se libran todas las batallas y se escucha el misterio de la creación, revelado a través de imágenes con la visualidad y la esencialidad de lo mitológico; donde el deseo en suma libertad y sin culpa nunca la calma encuentra en su búsqueda y conquista de un ser. Su trastorno, no transitorio, tiene en la boca su paraíso y abismo, el tacto floreciente anunciado por la mirada; todo sucede en el cuerpo en el que ,no separado del deseo, amanece sin tiempo el amor, con sus espinas de engaño, sus tempestades, que nos destruye o resucita, que dorado también germina en la renuncia, y nos inviste de un poder divino. Amor o muerte, pues la muerte encuentra en él su último sentido. Metafísica del cuerpo, indagación en las verdades últimas son estos poemas de Manuel Francisco Reina. Y ello sin que dejen de abrirse los labios de la piel, ni cese el cuerpo de trasminar. Trasminación o alma, por eso el tacto es purificación. Escribe el poeta: Porque tengo en mis dedos aroma de tu sexo,/ y por mi piel las marcas de quien ha sido ungido/por la boca erudita y las manos muy santas/ de quien se entrega al deseo sin mancha y sin culpa./ Por eso me siento pleno y bendito;/ cumplido en la tierra como la rosa/ que otorga sus pétalos y su vida,/ y con su entrega consigue ser purificado,/dándole sentido hasta a su muerte.

Finalmente, en la tercera parte de Las rosas de la carne, “Exhumaciones”, la memoria y la pérdida, fiel a su título, son el tejido principal de los catorce poemas que la forman. Los ojos del poeta miran lo vivido y se desvelan con sombras reconocibles, con tantos seres amados, con tantos silencios poblados que perdieron su respiración. Manuel Francisco Reina “sin anestesia ,con idéntico frío del forense, pasa el metálico escalpelo por la memoria”, como dice en uno de sus poemas, y traza una biografía incompleta (por lo que no pudo quedar para siempre escrito) caracterizada por el diálogo con el amante a través de unos sonetos con la luz interior del Renacimiento (Tendrás que hacer verdad presunto cielo/ y hacer de tus mentiras las más bellas/ razones de decir que amor nos cura, atravesada por las brasas del olvido y por la conciencia asimismo de que la muerte no podrá con el amor ni con la belleza. Más allá de la muerte lo amado seguirá alentando —cito ahora al poeta— con los labios y voces de los otros. Reflexión y emoción conviven dentro de la misma carnalidad en esta labor de “rescate” realizada por el autor ,en la que no se renuncia a lo absoluto, a la primordial rosa última, y por eso no se agota la posibilidad de resurrección en un cuerpo, siempre uno con el alma: Y entonces tu llegaste como un pájaro incauto./ Entraste en mi casa confiado y sereno/ como nuevo presagio de fortuna y de dicha,/ y me brotaron yemas en las ramas marchitas,/ y en mis manos anidaron de nuevo las tórtolas/ y rosa resurrecta de amor quemando el labio.

Las rosas de la carne, de Manuel Francisco Reina no termina en el territorio limitado del libro, sino que es un horizonte de belleza, amor y goce donde todos en algún momento sentiremos la iluminación de la carne, y despertaremos la rosa todavía sin nombre para que crezca en nuestro jardín más secreto.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Reseña: "Las rosas de la carne", de Manuel Francisco Reina


Reseña firmada por Francisco Quintero, y publicada en el suplemento de libros de "La Opinión" de Málaga, con motivo de la presentación de "Las rosas de la carne" en la librería LUCES de Málaga. En la foto, Manuel Francisco Reina y el presentador, el poeta José Infante.

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Noticia aparecida en El Imparcial tras la presentación en Madrid, el 30 de septiembre de 2009 en la FNAC.

Manuel Francisco Reina ha presentado este miércoles en Madrid su nuevo poemario, Las rosas de la carne (Calambur). Acompañado por los también poetas Guadalupe Grande y Javier Lostalé, el autor ha condensado su trabajo en el vínculo entre el goce de lo vivido, lo humano, el amor, la ética y la estética.
Con Las rosas de la carne, Manuel Francisco Reina se confirma como un nombre de referencia en la poesía española. Los 46 poemas reunidos en su nuevo trabajo aúnan un interés por lo humano al tiempo que el goce de lo vivido toma protagonismo en sus versos.
Durante la presentación del poemario este miércoles en Madrid, Guadalupe Grande, en representación de la editorial Calambur, ha destacado del autor su “alma generosa” por su entrega a la poesía así como a otros ámbitos. Según Grande, el trabajo que ha llevado a cabo Reina en este poemario está pleno de gozo en el sentido de que el amor “se eleva a la categoría de conciencia del mundo”. En este sentido, el poeta Javier Lostalé ha destacado que la lectura de Las rosas de la carne “deja una huella sensitiva, reflexiva y vinculada al lenguaje”. Si para Grande, sus poemas son una “gran aventura a través de la entrega y el despojamiento”, para Lostalé “todo en su trabajo tiene cuerpo y todo es una celebración de la carne, de la plenitud y de la maravilla”.
Agradecido por los elogios de sus compañeros, el poeta ha coincidido con ellos en que la trama principal de su obra ha versado sobre el concepto del goce de lo vivido, “con el amor como vínculo fundamenteal con la ética y la estética”.

En la foto, Javier Lostalé, Manuel Francisco Reina y Guadalupe Grande

miércoles, 14 de octubre de 2009

Entrevista: Manuel Francisco Reina

Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974), es novelista, dramaturgo, crítico literario y, ante todo, poeta. Ha publicado los poemarios Razón del incendiario, Naufragio hacia la dicha, Del insumiso amor, Consumación de estío, Las islas cómplices, El amargo ejercicio y La lengua de los ángeles, por los que ha recibido diversos premios como el «Ciudad de San Fernando», el «Ciudad de Irún» o el «Ibn Al-Jatib». Es autor de las novelas Los Santos Varones, La Coartada de Antínoo y La Mirada de Sal. Colabora en prensa con Culturas de La Vanguardia y el suplemento cultural ABCD las Artes y las Letras, entre otros. Cronista cultural del diario ABC de los domingos durante muchos años, actualmente es columnista del diario digital elplural.com. En 2007 colaboró en el documental de Emilio Ruiz Barrachina Goya y Orson Welles, y en 2008, con el mismo director, realizó el guión del documental La España de la Copla, presentado en el Festival de cine de Málaga en 2009.

Con motivo de la presentación reciente de su último libro de poemas, Las Rosas de la Carne, desde esta redacción nos pusimos en contacto con el prolífico autor, ya que después de leerle mucho, cosa que recomendamos desde aquí a todos, queríamos dibujar en este espacio el perfil de este gran poeta, y conocer mejor a la persona que nos había llegado a lo más profundo del alma.

Manuel Francisco nos concedió esta entrevista amablemente, que espero sinceramente que disfruten.

-Me gustaría comenzar con una pregunta, a mi parecer, primordial. Como lector, ¿cuándo y por qué comenzó tu relación con los libros?
Desde que era un niño. Mi madre cuenta con cierto estupor, todavía, que empecé a hablar antes que a andar, con nueve meses. Mi abuelo materno, al que le debo mucho, y que era un gran lector, se dio cuenta de esto y de la curiosidad de aquel niño por las palabras. Por esta razón me enseñaron a leer y a escribir antes de ir al colegio, y mi abuelo me abrió un mundo maravilloso contándome a la vez los cuentos tradicionales de Pulgarcito o Caperucita, y las leyendas de Aquiles o Helena de Troya, que para aquel niño que, en cierto sentido, sigo siendo, eran de la misma pandilla.

-¿Cuál fue el motor que te impulsó a escribir?
Tal vez el amor a la cultura y a las palabras, el consuelo, la esperanza y la fuerza que me dieron desde niño y adolescente, y el descubrimiento de que, tal vez algunas de las mías, podían dar esperanza y consuelo, ilusión o felicidad a los otros.

-Te han definido como novelista, dramaturgo, crítico literario y, ante todo, poeta. ¿El poeta nace o se hace o es que escribe simplemente para poder respirar?
Dice Hölderlin que “poéticamente habita el hombre la tierra” y, aunque parezca mentira mirando alrededor, yo tengo mucha fe en la poesía y en las palabras como totem de armonización, casi como arcano capaz de transformar todo el horror del mundo en algo mejor. Yo escribo, sobretodo poesía, porque no podría concebir mi vida sin ella. Es a la vez naturaleza y destino, vocación y condena. Creo que, en cierto sentido, los fundamentos filosóficos de los románticos, en este mundo tan pragmático y, por el contrario tan absurdo, siguen siendo válidos hoy.

-Recordando el verso de Pessoa, “O poeta é um fingidor”, ¿qué hay de vivido y de fingido en tus poemas?
Que diga Pessoa que el poeta es un fingidor, o un mentiroso en una traducción más libre, no deja de tener gracia y todo el sentido en su caso porque más de la mitad de su obra la firmó con heterónimos y pseudónimos. Yo creo que hay tantos poetas como personas. En mi caso hay mucho de vivido en mi obra porque creo que, incluso lo soñado ha de pasar por el tamiz de lo sentido para que pueda ser comunicado mejor a otros. Dios me libre de inventar cuando canto, como decía Antonio Machado. Creo que un texto, y más un poema, y si no está urdido con la piel de la pasión, de lo sentido, de lo interiorizado, nace muerto.


-Hablemos de la inspiración poética. Hay muchos poetas que afirman que en la gran mayoría de los casos el primer verso siempre es un regalo de los cielos, y después lo demás llega con trabajo. ¿Cómo te enfrentas personalmente al papel en blanco?
Normalmente le doy vueltas a una idea o a un concepto, y entonces llega un título o un verso, alrededor del cual suele girar toda la idea de un libro. No sé cómo lo harán los demás pero, en mi caso, suele aparecer antes el título del libro, y los primeros versos para darle encarnadura.

-¿Cuáles son los autores predilectos de Manuel Francisco Reina?
Muchos y de diverso ámbito: desde Juan Ramón Jiménez a Luis Rosales, de Rubén Darío a los Machado, de mi admirada y fundamental maestra Pilar Paz Pasamar a Antonio Hernández, de Francisca Aguirre a Juan Carlos Mestre, De Félix Grande a Javier Lostalé, de Pablo García Baena a Manuel Ríos Ruiz, pasando por John Donne, Shakespeare, Rimbaud, todos los Clásicos grecolatinos, los barrocos, con especial predilección por Góngora, los sonetos de Lope de vega, en fin, necesitaría varios tomos. Todo en lo que hay verdad y pasión, y hermosura, me interesa.

-¿Qué opinión te merece el panorama literario español actual?
Ya he hecho “amigos” por opinar al respecto desde la tribuna de los medios y en conferencias, y necesitaríamos un debate serio, cosa que en este país da mucho miedo o risa, según el caso. Yo creo que están haciendo cosas más interesantes y transegresoras los maestros que los más jóvenes, confundidos -en muchos casos interesadamente- por el ruido de los popes, la crítica -si esto existe- y las modas. Además, hay un panorama absolutamente sectarizado que sólo hace confundir y anquilosar más si cabe el panorama teórico y práctico de la poesía, aunque, afortunadamente, quedan creadores libres y lúcidos, en los márgenes de la literatura española.

-¿Crees que en el ámbito poético el autor lo tiene más difícil para publicar que en otros géneros que gozan de mejor salud, como la novela?
Quizá sí porque la edición de poesía es una aventura financiera que pocos encaran y, porque como decíamos antes, la sectarización del mundo de la poesía, que tiene más que ver con imbricaciones políticas y de poder que con la creación, lo ensucian y complican todo.

-Un poema que te ha marcado es…
Hay muchos que me acompañan y de muchos autores, pero tal vez uno muy importante para mi es ese ejercicio de sabiduría de Antonio Machado en el que dice:

"Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
- así en la costa un barco - sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.

Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa. "

- Después de tres años sin editar poesía, nace tu poemario Las Rosas de la Carne. ¿Qué esconde este título tan sugerente?
Un ejercicio de veneración por los símbolos y la tradición literaria, pero con la impudicia de hacerlos míos y darles otros sentidos, a veces primordiales o primeros, a veces personales, pero siempre desde el territorio de la emoción y de la pasión, del de hacer de la celebración, hasta de la muerte, un ejercicio de rebeldía, en el que la hermosura- entendido den el sentido griego de “esplendor de la verdad” como una categoría no sólo estética sino también ética- es la mejor manera de enfrentarse al mundo y lo feo, moralmente hablando también, que en él hay.

- ¿Qué va a encontrar el lector en “Las Rosas de la Carne”?
Emoción, reflexión, pasión, verdad, belleza revelada, juego, misterio...poesía.

- Y ya para finalizar, ¿podrías desvelarnos un enclave perfecto para disfrutar de tu último libro?
Cualquier lugar, si es ajardinado mejor, pero no es obligatorio, en el que uno encuentre unos minutos para perfumarse los dedos y los ojos de palabras.

Y como broche final, Manuel Francisco regala a los animalillos del Cuartito de Pensar uno de sus exquisitos poemas de su último libro Las Rosas de la carne, que no tiene desperdicio alguno. Os dejo con él.

Única Certeza
La única certeza de mi vida
es que mis días sean como rosas;
émulos de estas flores de verano
que arden en sí mismas como estíos.
Prender en el aire como una hoguera,
florecer desmesuras de alegría
aunque el daño mis pétalos lacere
con su hambriento gusano de amarguras.
Y una tarde morir, dando el perfume
de expirar celebrando la existencia
como un don del encanto y de la llama
de este barro sagrado hecho carne.
Deshojarme en silencio, suavemente,
como un pequeño sol en el espacio
que expande su corola luminosa
sin pena, sin rencor y sin tragedia.

© Una entrevista de Sandra Rubio, para El Cuartito de Pensar.
http://elcuartitodepensar.blogspot.com/2009/10/entrevista-manuel-francisco-reina.html

viernes, 18 de septiembre de 2009

Reseña: Las rosas de la carne


Leer, septiembre de 2009


Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974) es novelista, dramaturgo, crítico literario y poeta. Ha publicado los poemarios Razón del incendiario, Naufragio hacia la dicha, Del insumiso amor, Consumación de estío, Las islas cómplices, El amargo ejercicio y La lengua de los ángeles, libros por los que ha recibido diversos premios como el “Ciudad de San Fernando”, el “Ciudad de Irán”, o el “Ibn Al-Jatib”. “Nadie escapa a la desmesura de la rosa”, dice Dulce Chacón y cita el poeta. Fiel al aserto, las páginas de Las rosas de la carne están poseídas por la recreación de los topica renacentistas y barrocos, que se despliegan y confluyen en esa central y metafórica flor que en su perfume mítico y bífica existencia encierra celebración y desaparición, oda y elegía. En Las rosas de la carne lo celebratorio, incluso cuando se canta lo perdido para siempre, irrumpe con una sensualidad que pone la materia y la hermosura como revolucionaria categoría moral que desafía a la muerte y su amenaza. Lo amoroso, sin pudores, interroga las convenciones y los prejuicios de una manera libertaria y subversiva. “Susurro placentero desde el fondo de nada./ Racimos de rocío por la espalda del mundo”.

lunes, 6 de julio de 2009

Reseña: Las rosas de la carne


MANUEL FRANCISCO REINA

Las rosas de la carne

104 págs., 2009

ISBN: 978-84-8359-153-6

10,00 € (con IVA) 

 

ABCD las artes y las letras, 4-10 de julio de 2009 


Celebración 


Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974) es autor de una obra amplia y variada que tiene a la poesía como eje y núcleo generador. Su último poemario, Las rosas de la carne, representa un importante paso en su interesante trayectoria poética. Se trata de un libro de carácter unitario en torno a ese gran símbolo de símbolos que es la rosa. Estamos, por tanto, ante un verdadero tour de force, ante un reto del que el autor sale, una vez más, victorioso. El libro aparece organizado en tres partes con una especie de poema-prólogo, “Celebración de la carne”, en el que el yo lírico deja muy clara su actitud: “Para no hacer de la vida una elegía / (...) / canto el goce vivo del espelendor de los cuerpos. / Alabo el milagro de la materia que somos...”. 


La primera sección, “Naturaleza de la rosa”, indaga en el alcance y el significado –plural y contradictorio– de la rosa (“Porque los símbolos son el tótem de los hombres”), en sus diferentes caras y aspectos, en sus numerosas trampas y peligros (“Cepo seductor de fieras nobles, casi extintas; / corazón omnívoro de belleza / en el que caen todos los que de veras aman”) y en su compleja genealogía. La segunda, “Las rosas de la carne (No se engañen las rosas)”, se centra en el deseo con todas sus aristas (“Teoría del deseo”), y en el amor como juego y como conocimiento carnal. Al final, ésta es la “única certeza” en medio de tantas dudas: “La única certeza de mi vida / es que mis días sean como rosas; / émulos de estas flores de verano / que arden en sí mismas como estíos”. 


En la tercera, “Exhumaciones”, el yo lírico se adentra, sin melancolía, en la memoria del deseo (“Con idéntico frío del forense / paso el metálico escalpelo por la memoria...”), al tiempo que se muestra consciente de las continuas mudanzas del amor y de su gufacidad (“Cadáveres de rosas”). La obra concluye, de forma significativa,  con el poema titulado “La rosa resurrecta”: “Entraste en mi casa confiado y sereno / como nuevo presagio de fortuna y de dicha, / y me brotaron yemas en las ramas marchitas...”. Como en el libro anterior, La lengua de los ángeles (2006), en Las rosas de la carne ha logrado amalgamar —en síntesis armoniosa— el Renacimiento y el Barroco gongorino, el formalismo y la libertad y desnudez expresivas, lo profano y lo místico, lo mundano y lo religioso, el cuerpo y el espíritu, y, lo más importante, las grandes tradiciones amorosas  y la propia indagación personal. Sus versos nos ofrecen el nombre y la carne de la rosa.  


LUIS GARCÍA JAMBRINA


lunes, 8 de junio de 2009

Reseña: "Las rosas de la carne", Manuel Francisco Reina

Divertinajes - Eva Orúe

Después de tres años sin editar poesía, Reina vuelve con este poemario enraizado en la tradición literaria, desde la recreación de los tópicos estéticos y amorosos del Renacimiento y del Barroco, pasando por las poéticas reno¬vadoras del Modernismo o la Generación del 27, hasta las ramificaciones de la tradición poética andaluza del 50 y del 60. Sobre este sustrato, el libro camina firme hacia lo contemporáneo y lo futuro, al tiempo que se distancia de las modas anecdóticas del hoy, para no caducar con ellas cuando estas pasen. Lo celebratorio, incluso cuando se canta lo perdido para siempre, irrumpe con una sensualidad que pone la materia y la hermosura como revolucionaria categoría moral que desafía a la muerte y su amenaza. Lo amoroso, sin pudores, interroga las convenciones y los prejuicios, de una manera libertaria y subversiva. Así se trasciende lo físico a través de los sentidos y de lo lúdico, como salvaguarda del intelecto contra el olvido, y manera de comprender un poco más lo humano y su mundo.

http://www.divertinajes.com/nueva/modules/notices/notices.php?idpage=7

Reseña: Un nuevo libro de Manuel Francisco Reina

Diario de Jerez - Manuel Ríos Ruiz

En pocas fechas aparecerá, editado por Calambur, uno nuevo libro de poemas del jerezano Manuel Francisco Reina, titulado "La Rosa de la Carne", y del que el próximo martes ofrece su lectura en la Tertulia Literaria Hispanoamericana Rafael Montesinos, La trayectoria creadora y crítica de Manuel Francisco Reina, es un ejemplo de capacidad y de imaginación, de talento artístico. En muy poco tiempo, apenas ha sobrepasado la treintena, su bibliografía es verdaderamente rica. Aparte de su asidua colaboración en las más valoradas revistas y en importantes periódicos impresos y virtuales de aquende y allende los mares, ha publicado libros de poemas y libros en prosa.
Los poemarios se titulan "Razón del Incendiario", "Naufragio hasta la Dicha", "De Insumiso Amor", "Consumación de Estío", "Las Islas Cómplices", "El Amargo Ejercicio" y "La Lengua de los Angeles", por los que ha recibido diversos premios como el Ciudad de San Fernando para poetas andaluces, el premio Kutxa de poesía Ciudad de Irún, el premio Ab-Jatid del Centro de estudios Hispanoárabes de Almuñécar, obteniendo también mención especial en la modalidad de Arte en los premios Andalucía Joven. Otro galardón de singular importancia merecido por Manuel Francisco Reina, es el Premio de Teatro de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, por su obra "Olimpo busca chico nuevo".
En cuanto a su cualidad de narrador ha dado a la estampa las novelas: "Los Santos Varones", "La Coartada de Antínoo" y "La mirada de sal", que han sido recibidas por la crítica con amplio reconocimiento a su calidad en todos los órdenes. Y como antólogo, Manuel Francisco Reina ha realizado excelentes compilaciones, entre ellas "Poesía andalusí", "La paz y la palabra" (Letras contra la guerra) y la muy elogiada "Mujeres de Carne y Verso", una de las más logradas antologías de poesía femenina.
Y como nos demuestra Manuel Francisco Reina en su nuevo libro, al compilar citas en las que la rosa es el corazón de ellas, los poetas de todas las épocas, escuela y tendencias han respirado con las rosas en sus versos. Y "Las rosas de la carne" es un amplio poemario, dividido en varias partes, en el que la rosa simbólicamente inflama todos los poemas. Es realidad y sueño, gozo y sufrimiento, razón y desazón, fervor y destino, duda y celo, deseo y alegoría, sentimiento perenne, amor en todas sus fases y en todos sus estremecimientos.
"Las Rosas de la Carne", digámoslo ya, es un libro amoroso en su esencia y potencia líricas. Está escrito con plena convicción de su necesidad de hacerlo florecer palpando cada palabra, desnudándola para que sea más certera, dándole pálpito al reunirlas para que fructifique el pensamiento. Y un comedido énfasis se nos antoja la música requerida en cada verso. Leyendo "Las Rosas de la Carne" recordamos que Hesiodo dijo que el amor es el arquitecto del universo.
http://www.diariodejerez.es/article/opinion/407463/nuevo/libro/manuel/francisco/reina.html

jueves, 4 de junio de 2009

Novedad Poesía: Las rosas de la carne


Manuel Francisco Reina
Las rosas de la carne
Calambur Poesía, 96. 2009
ISBN: 9788483591536
104 págs. 10 €

Las Rosas de la carne nace enraizado en la tradición literaria, desde la recreación de los tópicos estéticos y amorosos del Renacimiento y del Barroco, pasando por las poéticas reno­vadoras del Modernismo o la Generación del 27, hasta las ramificaciones de la tradición poética andaluza del 50 y del 60. Sobre este sustrato, el libro camina firme hacia lo contemporáneo y lo futuro, al tiempo que se distancia de las modas anecdóticas del hoy, para no caducar con ellas cuando estas pasen. Lo celebratorio, incluso cuando se canta lo perdido para siempre, irrumpe con una sensualidad que pone la materia y la hermosura como revolucionaria categoría moral que desafía a la muerte y su amenaza. Lo amoroso, sin pudores, interroga las convenciones y los prejuicios, de una manera libertaria y subversiva. Así se trasciende lo físico a través de los sentidos y de lo lúdico, como salvaguarda del intelecto contra el olvido, y manera de comprender un poco más lo humano y su mundo.


Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974), es novelista, dramaturgo, crítico literario y, ante todo, poeta. Ha  publicado los poemarios Razón del incendiario, Naufragio hacia la dicha, Del insumiso amor, Consumación de estío, Las islas cómplices, El amargo ejercicio y La lengua de los ángeles, por los que ha recibido diversos premios  como el «Ciudad de San Fernando», el «Ciudad de Irún» o el «Ibn Al-Jatib». Es autor de las novelas Los Santos Varones, La Coartada de Antínoo,La Mirada de Sal. Colabora en prensa con Culturas de La Vanguardia y el suplemento cultural ABCD las Artes y las Letras, entre otros. Cronista cultural del diario ABC de los domingos durante muchos años, actualmente es columnista del diario digital elplural.com. En 2007 colaboró en el documental de Emilio Ruiz  Barrachina Goya y Orson Welles, y en 2008, con el  mismo director, realizó el guión del documental La España de la Copla, presentado en el Festival de cine de Málaga en 2009.