martes, 17 de febrero de 2015

Reseñas: El piano del pirómano, de Ángel Antonio Herrera, en el blog Arte en vena

‘El piano del pirómano’ o la alta pira del lenguaje
Por Javier Menéndez Flores
Arte en vena, 6/02/2015

Todo buen poeta, aun sin pretenderlo, deja entrever en aquello que escribe el temblor que origina sus versos y el peso de su biografía. También, los libros leídos hasta la extenuación. Esto es algo que se cumple al milímetro en este poemario, el sexto, de Ángel Antonio Herrera, quien debutó en 1987, jovencísimo, con el alucinado El demonio de la analogía, y que desde entonces no ha hecho otra cosa que poesía en distintos géneros, incluido el periodístico.

«He venido a fundar una métrica del tigre, un cuaderno de añadidura cuya lira arañe en lo ahondado, un parlamento de mágicas lámparas donde pueda verse que hay en el tambor del alma un daño dormido». Y: «La oscuridad la conozco por dentro, cuando el daño decide sus manadas y el miedo se gusta como un palacio desierto». Ahí están expresadas, inequívocamente, esas condiciones; los sólidos pilares de una existencia entregada a la metáfora como a un sacerdocio y atravesada por la pérdida, que es algo que no sólo sucede cuando nos es arrancada una vida amada sino a cada instante.

La pérdida, desde luego. En cada verso de El piano del pirómano, en cada palabra, incluso, hay un tumulto sordo y sin embargo ensordecedor de ausencias, de personas capitales, amadísimas, hombres y mujeres, que ya tan sólo perviven en la sufriente memoria. Y quizá sea esa la única razón por la que vale la pena seguir soportando el embate de los días («qué último carbón se emociona si pulso la pureza de la mácula de aquel septiembre cuando se acabó una madre que fue la mía», o bien: «Un día mejor, amé en el sur, tuve padre, dije paraíso»).

Tejer la vida con la muerte ―con el recuerdo de los que se fueron― es el cometido ineludible del escritor, su obligación y su condena, y todavía más del poeta, quien se convierte así en un despiadado cronista de la desgracia y sus afluentes.

Basta con leer «arrastro un solfeo de tristes fórmulas» para advertir que aquel que escribe está siempre solo, aun en el corazón de la fiesta, y que ni una sola de las acciones de su vida sucede de manera mecánica: coger un vaso, cerrar una ventana, cortar queso, ver cómo un plato cae al suelo y explota en mil pedazos. Todos esos actos cotidianos, ordinarios, se desarrollan de un modo consciente, vívido. Y eso se eleva a categoría, claro, en su escritura, musculada de esa «remota sensación de tempestades» de la que hablaba Aleixandre y en la que el poeta ejerce de implacable sicario de sí mismo. Pues en este libro hasta la luna llamea.

La poesía del lenguaje, la del riesgo y el exceso, pura abstracción, la única que siendo rigurosos merece ser llamada poesía, tiene en ÁAH a uno de sus más destacados representantes, aunque muchos parezcan no haberse dado cuenta aún. Allá ellos. Herrera es capaz de crear imágenes deslumbrantes con la facilidad con la que otros compran pan o piden una cerveza, de forma natural, sin esfuerzo aparente. Solo que al leerle nos viene a la cabeza ese insensato funámbulo que, vendados los ojos, camina por un cable a cincuenta metros del suelo.

Esto viene siendo así desde la aparición de su ya citada ópera prima, que anticipaba un poeta distinto, con una obstinada inclinación a las alhajas métricas de los clásicos, pero en sus últimos títulos se ha afilado hasta convertirse en un hecho impugnable. El piano del pirómano se me antoja el reverso natural de Donde las diablas bailan boleros (2004), una de sus obras anteriores, la cual, pese a tener idénticas trazas formales, fue alumbrada como una celebración de la sangre quemante. El piano…, en cambio, sigue la estela de acedía y desprendimiento de su predecesora, Los motivos del salvaje (2012), pues es una constelación de pesares, un álbum del más puro desasosiego, un grandes éxitos de la desdicha atesorada con afanes de avaro.

Si algún reproche puede hacérsele a este largo poema, a esta canción para ser cantada en la más estricta soledad y sin otro coro que el silencio, es su intensidad, su ausencia total de anticlímax, su paroxismo sin freno. No hay en ese desbocado viaje interior, en ese fiero paisaje que es «la academia de adioses en los sueños donde no hay nadie», un solo apeadero en el que sentarse a tomar aliento. Pero eso es algo que su autor buscaba, ya que estas páginas, además de un testamento intelectual y una fotografía crudelísima de otros esplendores, son por encima de todo una ofrenda al lenguaje, auténtica patria y razón de vida para Herrera.

Nombrarle a Ángel Antonio a Baudelaire, Valéry, Rilke, Lorca, Neruda, Caballero Bonald, Gimferrer, Mestre es señalarle la geografía tantas veces transitada. Una geografía más real, para él, que la de la existencia diaria, asfixiada de prosaísmo y carente de la menor épica y emoción.

Hay un mundo ahí fuera poblado por el ruido y las risas y los brindis constantes en honor a la nada, y luego está el palacio hiriente de ese hombre asediado por sus propias fieras que únicamente cree «en el futuro de la antigüedad del hombre solo».

La poesía es un deneí imposible de falsificar, y los versos son los datos fidedignos e intransferibles que el poeta arrastra como arrastra el fantasma su bola de hierro. Unos datos que lo identifican, sin margen de error, allá donde va, y que son su himno y su bandera.

«Voy a creer que aún le queda cancionero a mi errancia», afirma, o más bien anhela, en uno de los pocos momentos en los que la esperanza asoma.

Piensen un piano en llamas y, junto a él, un hombre que ausculta el mar como si en la hondura de su inmensidad avistara el edificio desmantelado de su propia vida.

Eso es este libro.


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