lunes, 16 de febrero de 2015

Reseñas: La hija del capitán Nemo, de Cecilia Quílez, en Nayagua

Arder para sentir
Por Ángel Guinda
Nayagua, nº 21, febrero de 2015
 


Durante el mes de septiembre de 2014, siguiendo la ruta de algunas de las catedrales góticas francesas más emblemáticas, residí en París, Chartres, Reims y Amiens. Y en esta última ciudad visité la Casa-museo de Julio Verne acompañado por el libro de poemas La hija del capitán Nemo, una de las obras que me acompañaban en ese viaje. Nemo, comandante del submarino Nautilus, es el protagonista de Veinte mil leguas de viaje submarino. Las huellas del pasado, el afán explorador de los acontecimientos, la justicia y la venganza son puntos en común entre el héroe verniano y nuestra poeta. 

Admiro el genio e instinto creadores de Cecilia Quílez, su compromiso intelectual militante, su defensa de la dignidad humana y literaria, la coherencia y riguroso criterio en sus intervenciones culturales. (¡Cómo olvidar aquella sustanciosa, acalorada, conversación de madrugada llameante de alcohol, al aire libre, en Lugo, acerca del estado de la situación de la poesía y del poeta en España, en estos tiempos hostiles para tantos valores del espíritu, concretamente para la inteligencia, la sensibilidad, la imaginación, la creatividad, la honradez!) Y la admiro más en poeta, por su trayectoria de superación constante y por su irreductible voluntad de ser. 

Como quien hace del adiós su compañía. Como quien forja y alza la belleza corporal por espada y sepultura. Como quien, decidida aunque misteriosamente, da visibilidad a su alma con talento, conocimiento, quimeras, valentía. Como quien ve la vida escapar y le dispara con esa magnanimidad del renunciamiento, con el desquite de la insurrección resucitadora, con el escudo del exceso. Como quien habla a los ojos a su interlocutor. Como quien se confiesa frente al cañón del mundo. O se atreve a decir ¡ven!, a gritar ¡vete! Porque sabe que la poeta y el poeta se atreven con el abandono, consigo mismo, con las multitudes, con la vida, con la muerte, con la libertad. 

Así poetiza Cecilia Quílez. Aguda, honda, auténtica, clara, directa, catártica, plástica, encarnizadamente. Poesía, de tan intimista, universalizadora de reconcomios, de esa ansiedad moral consecuencia de las más oscuras preocupaciones comunes a la condición humana. Poesía testimonial, amargorrealista, de la meditación, de la decisión. 

Sus propias palabras, “Arder para sentir”, más que un sabio consejo experiencial, conforman una poética de vitalismo existencial hedonista. Acto de abnegación empujado por vehemencia de inspiración y amor, que la lleva a concluir: “El poema es un sacrificio”, ofrenda a los referentes empíricos que motivaron los textos, pero también al lector. 

Salido del volcán de la memoria, La hija del capitán Nemo teje una elegía de vitriolo químicamente puro para intentar corroer el dolor e injusticia que es todo sobrevivir o resistencia, antes más que existencia, ocasionados por una doble adversidad externa e interior: “Mi vida es un desastre, mi vida…”. 

La dramaturgia de los símbolos, la rueda dentada del reloj cuyas agujas marcan los recuerdos, dejan entrever el porvenir a través de la alerta del presente, traen al tuétano del poemario el proceso experiencia-emoción-evocación-expresión-transmisión de sucesos cuyas consecuencias mueven, responsablemente, a nuestra poeta a afirmar y consolidar la grandeza, identidad e independencia del ser humano en general y muy particularmente de la mujer combativa. 

A semejanza de Wordswordth, a Cecilia Quílez parece importarle más la contemplación de la emoción que la experiencia de la misma. Pensamientos, sentimientos, deseos, conflictos, rememoración y reacción aparecen en su poesía inextricablemente ligados.

Pensamientos: de autoanálisis (“Estoy. No me hace falta más. Soy una androide de pómulos tristes, pero no tengo la culpa. Una placa de aluminio anula toda visibilidad accesoria. Ando siempre de frente porque no sé dar pasos hacia atrás. Voy y respiro sin tragedias. No tengo marcas de salvación porque jamás he necesitado medicina contra la rabia”), indagadores del propio carácter y temperamento (“Cómo dominar la tempestad si hasta yo desconozco mis mareas”), constatadores de la dureza del vivir el día a día con la presión de la precariedad, que sus versos declaran con atmósfera de cuadro de género en la que resplandecen la ironía y el humor desdramatizadores. No me resisto a reproducir, como ejemplo, este poema: “Pelo patatas pasa el tiempo / Tarareo patata tiempo y pasa / Llega el tiempo con hambre occipital / El cuchillo baila un vals consonante y miserere / Mi hija viene colmada de adjetivos / Relucimos como reinas al son de una cazuela / Mientras hierven las sobras de la ruina / Hablamos de lo justo y del exceso / Mañana toca sopa y de nuevo / Huevos con capirote y sal de yodo / La cocina es una fiesta y con saltitos / Celebramos el vacío / El sabor de no tener / La nada sabe a penas nada / Bailamos y bailamos / Como si esto / No estuviera sucediendo / Y reímos y reímos / Como si el hambre fuera sólo / Un mal guiso / Quemando al fondo de la lengua”. 


Sentimientos: inquietantes (“Todas las mañanas amaneces desnuda / Con un cuchillo ensangrentado / A los pies de la cama”), de pérdida (“Bajo esa alfombra de crisantemos / Yace lo que fuimos”), soledad (“Una mujer / Acaba / Donde nadie mira”), desamparo (“Tiro el vaso a la basura / La basura sobre el vaso / Mi cuerpo es el vaso), inevitabilidad y dificultades de un destino poético (Un poeta nace de espaldas / Una poeta nace de espaldas). 

Deseos: eróticos (“Se desviste con los ojos en las manos”), sexuales (“Mi juego solitario / Tiene nombre / De lengua que espera / La palabra golosina / Dentro muy dentro / De mi sexo”), apasionados (“Poséeme”). 

Emoción, tensión e intencionalidad son constantes en esta dramaturgua lírica nacida del empirismo existencial, desde el lado mágico del coloquialismo. Con sorprendentes versos y fragmentos aforísticos ya sentenciosos, ya axiomáticos o proverbiales: “La duda es un cepo donde espera el engaño”, “El crisol del adiós te está esperando”, “El miedo es la melodía del mundo” o “Placer por placer quema”. 

A la pregunta ¿qué hace que un texto sea literario?, Nuno Júdice plantea la necesidad de que dicho texto nos transporte a una dimensión en la cual nos sintamos proyectados a través de un espacio que podemos definir como el espacio de una experiencia que nos envuelve, como si cada uno de nosotros la estuviese viviendo. Condición que cumplen estos poemas turbadores, desgarrados y punzantes. 

Libro hermosísimo, impúdicamente duro como el diamante.



Lee la reseña en la revista Nayagua.