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jueves, 11 de diciembre de 2014

Reseña: Otrora (Antología poética 1988-2014), de Javier Pérez Walias, en el blog de Carlos Alcorta

Otrora (Antología poética 1988-2014), Javier Pérez Walias
Por Carlos Alcorta
Carlos Alcorta. Literatura y arte, 10/12/2014


Mucho ha llovido desde que Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960) publicara su primer libro, Ceremonias del barro (1988), en la colección «Ángel», una de las, nunca suficientemente ponderadas, ediciones malagueñas dirigidas por Ángel Caffarena. Mucho ha llovido, y para bien, porque durante todos estos años la dedicación poética de nuestro autor, dedicación que se ha visto consumada en nueve poemarios, además de sendos libros de artista, uno en colaboración con Juan Carlos Mestre y otro con Javier Alcaíns y una antología de su obra escrita entre los años 1988 y 2003, publicada en la Editora Regional de Extremadura en 2004 ha sido fecunda tanto cualitativa como cuantitativamente.

Otrora, esta antología publicada exquisitamente (como es costumbre de la casa) por Calambur, comienza con Impresiones y vértigos del invierno (1989) – escrito antes de Ceremonias del barro, aunque publicado un año después- y llega hasta el ahora mismo, hasta Al Qarafa, publicado el año en curso. Acaso esa inmediatez sea la causa de que Pérez Walias no haya incluido ningún poema inédito, una norma no escrita que, sin embargo, practican gran parte de los poetas que se enfrentan a la estructura de una antología, y digo se enfrentan deliberadamente, porque no resulta fácil ajustar la voz actual a las distintas voces del pasado. Se necesita establecer un diálogo íntimo entre los diversos yos que conforman la identidad actual para entresacar de lo escrito aquello que mejor ha contribuido a la construcción de esa identidad, identidad, por otra parte, nunca conformada del todo, a pesar de lo que proclaman los diagnosis de la medicina general, relacionándola de manera simplista con el paso del tiempo, madre de la experiencia. Y es que, como dice el poeta Eduardo Moga en «Poesía para no olvidar», el imprescindible texto que prologa esta selección, «Una obsesión persigue a Javier Pérez Walias y a su poesía: la recuperación del pasado. Otrora es un conjuro incesante para la reviviscencia de lo perdido», pero acaso sean las palabras del propio poeta las que aclaren mejor la idea que hemos apuntado más arriba: «Así, y por mor del enfoque casi encelado de esta lente, que es la poesía, podemos rescatar, desde la oscuridad recóndita de nuestro ser, lo esencial de nosotros mismos y trasmitirlo, para hacerlo palpable y visible, a nuestro semejantes».


Durante esta ya larga travesía poética se han producido algunos cambios en la poesía de Pérez Walias, como no puede ser de otra forma en un poeta que se interroga sobre su lugar en el mundo de forma permanente y que está sujeto a los vaivenes emocionales y las trasformaciones tanto de índole personal como social. La escritura, mejor será decir, los motivos de la escritura pueden ser, y de hecho, son similares, pero es distinta la manera de reflexionar sobre ellos. Lo contrario denotaría una especie de peterpanismo, nada extraño, por otra parte, en aquellos poetas que se empeñan en escribir siempre el mismo libro, tal vez porque desde sus libros juveniles impostaban una voz reflexiva que sólo el paso del tiempo ha conseguido hacer creíble. No es este el caso, por supuesto, de Pérez Walias, como delata la versatilidad poética de la que somos testigos desde sus primeros libros hasta los últimos. No sobra aquí recordar lo que Auden escribía sobre este propósito: «En todos los poetas distinguimos entre su obra juvenil y la de madurez, pero en el caso de los poetas mayores el proceso de maduración continúa hasta la muerte y, por tanto, si comparamos dos poemas suyos de igual valor pero escritos en diferentes momentos el lector puede decir inmediatamente cuál de ellos es anterior». Esta diversidad muestra, entre otras cosas, el proceso evolutivo de la escritura, pero también, la transformación del artista que mueve los hilos desde las bambalinas, de la persona que sirve de molde al personaje que vive en el poema. Toda antología es una especie de, utilizando un símil artístico, retrospectiva, en ella se dan cita todos los periodos por los que atraviesa la escritura, periodos engarzados por un hilo común, la conciencia de que el lenguaje es una herramienta —no del todo eficaz, si se quiere, en muchos casos— que hay que tratar con delicadeza y respeto para sacarla el mejor partido, para trasladar la emoción al poema con la mayor fidelidad posible. «La escritura, a veces, como la lentitud del paso de las estaciones o la visita inoportuna del sufrimiento, se me antoja/ cuesta arriba,/ y otras veces soportable,/ a duras penas», escribe Pérez Walias en un poema de carácter confesional. Soy de los que creen que cada asunto busca su propia retórica y, tal vez, esta sea la razón por la que Javier Pérez Walias ha experimentado con formas diversas, que van desde el poema breve, proclive a la esencialidad, con un lenguaje concreto, con pocas concesiones a lo discursivo, hasta el poema en prosa y el versolibrismo de los últimos libros, versos de largo aliento llenos de reminiscencias sonambulescas, misteriosas, irracionales, con abundancia de imágenes y de metáforas. Como escribe Eduardo Moga en el citado prólogo, «De la barahúnda expresiva de la juventud se pasa, con mayor o menor templanza, a un lenguaje más austero, más pudoroso. Pérez Walias es uno de los pocos casos de autores actuales que ha evolucionado en sentido contrario: de cierta parquedad inicial a una eclosión de imágenes y acentos en el tramo más reciente de su producción». Otrora, la antología que comentamos, permitirá al lector realizar una vista panorámica sobre la fecunda trayectoria de Pérez Walias y descubrir por sí mismo las virtudes de tal pluralidad compositiva.



Lee la reseña en el blog de Carlos Alcorta.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Reseña: Autorretrato de otro, de Cees Nooteboom, en el blog de Carlos Alcorta

Cees Nootebooml Autorretrato de otro. Sueños de la isla y la ciudad de antaño
Por Carlos Alcorta
Carlos Alcorta. Literatura y arte, 4/10/2013

La casa que posee Cees Nooteboom en Menorca desde hace más de cuarenta años, glosada recientemente por Antonio Muñoz Molina en las páginas de Babelia, es una especie de refugio al cual se retira el escritor durante los meses del estío. Allí escribe, pasea, cuida del huerto y recibe a los amigos, y a esta casa llegaron en su momento los dibujos de Max Neumann que complementan Autorretrato de otro (Sueños de la isla y la ciudad de antaño), dibujos que alimentaron y sirvieron de coartada a la escritura. No es la primera vez que pintor y escritor establecen correspondencias entre sus respectivas obras. Nooteboom recoge en el libro El enigma de la luz un texto para el catálogo de la obra de Max Neumann—autor de quien tuvimos el privilegio de contemplar la serie de inquietantes collages «El mundo pasado-en la cabeza» en la galería cántabra Robayera hace unos años— titulado «Conversación en un futuro cualquiera», y es que la colaboración resulta inevitable porque, como escribe Nootebomm a propósito de Hopper, «Un poeta que ama a un pintor no puede remediar ver los cuadros de éste como seres vivos, como personas incluso, o, cuando menos, como objetos con un universo propio que el cuadro permite visualizar», por esta razón el escritor, más que glosar lo que los dibujos representan con mayor o menor fortuna, se ha dejado llevar «por el clima mental o psíquico de los cuadros, unido a mis recuerdos e invenciones de la isla y la ciudad de antaño», este dejarse llevar ha provocado que entre ambos artistas se produzca una simbiosis. Obsesiones, angustias existenciales o el apasionamiento creativo de cada uno de ellos ha trasmigrado de una mente a otra hasta el punto de que en algún momento sus obras parecen escaparse del control de la razón, dando paso a un arrebato irracional difícil de contener y más complicado aún de explicar, porque lo que sugiere una obra de arte, lo que emociona a cada espectador tiene mucho que ver con los prejuicios mentales y sensoriales que condicionan la mirada. Los acontecimientos descritos en los poemas en prosa no se circunscriben a la realidad, sino a cómo ésta va construyendo la identidad del poeta, una realidad multiforme en la que adquieren similar importancia los derrelictos que la ficción abandona al arbitrio de la intuición que los voluntariosos intentos —fallidos— de representar un hecho o un objeto concreto, algo que deja una especie de malestar subsanado en la mayoría de los poemas por el júbilo que el mero hecho de escribir provoca en Nooteboom. «Alimentar ciertos sentimientos de angustia puede resultar placentero» escribe en el ensayo titulado «El filósofo sin ojos» —un filósofo que parece remitir al Schopenhauer que afirma que « la carencia, es la condición previa de todo placer»—, y es que el autor, lejos de regodearse en el pesimismo o en la melancolía, algo que algunos sueños descritos, pesadillas más bien, parecen abocados a inspirarnos, rehúye esa veleidad tan común de buscar una explicación lógica, de interpretar las emociones o los pensamientos  como si fueran algo material, medible, cuantificable.

A pesar de todo, ¿hasta qué punto las imágenes, los dibujos de Neumann que preceden el texto han condicionado la escritura o, más aún, la propia identidad del poeta? ¿El autorretrato que esbozan los poemas es producto de una interpretación de los dibujos  o los textos trazan un retrato emancipado del interprete? ¿Se puede «seguir siendo uno mismo», como defendía Montaigne, después de contemplar una obra de arte? Como no podía ser de otra forma, los poemas no aclaran ninguna de estas cuestiones. La tercera persona que protagoniza los poemas es un «él» que indaga sobre sí mismo, sobre su propia identidad —«Cuando está solo la multitud se convierte en un enigma para él, entre los otros ya no sabe quién es»—, porque se desconoce, se siente extraño, el futuro transforma el concepto que tiene de sí mismo, el tiempo erosiona pero también purifica: «A medida que avanza el día ve cambiar los rostros, volverse irreconocibles. Se pregunta si le estará pasando lo mismo a él, pero no se atreve a tocarse la cara y esconde la mirada de los escaparates». Los sentidos, pues, quedan marginados de ese conocimiento, de esa transformación que parece operarse sólo en regiones mentales inaccesibles al raciocinio. La apariencia física puede no haber variado sustancialmente —«Él es otro, pero sigue teniendo los mismos ojos»—, sin embargo,  en su interior las cosas han variado, aunque los espejos no puedan reflejarlo y los otros no sean capaces de precisar en qué consiste la transformación. «… su cuerpo parecía no existir. Cuando lo buscaba siempre estaba en otro sitio», otro sitio que no tiene por qué ser, que no es, un lugar concreto, sino una dimensión metafísica que se encarna en la memoria, la memoria de una casa en la cual «termina el camino y el mundo».


Fernando García de la Banda, el magnífico traductor de Autorretrato de otro, escribe un clarificador epílogo en el que revela los orígenes de un libro tan inclasificable y hermoso —casi un libro de artista— como el que tenemos en las manos. A medio camino entre la prosa ensayística y el poema en prosa, estos fragmentos de realidad, esta miscelánea de sueños y evocaciones inducidas no sabemos muy bien cómo por los dibujos de Max Neumann, nos seducen no sólo por la intensidad de lo narrado, sino por la honestidad y la sencillez que trasmite su forma de contarlo, la sencillez de las cosas contándose a sí mismas, dando cuenta, como en un registro visual, de lo que sucede en el pensamiento, más allá de posibles mitificaciones cósmicas. La claridad expositiva y la elegancia retórica son los engranajes de su mecanismo creativo, con ellos elabora un estilo conciso y penetrante, exento de palabrería, con un perfecto manejo de las pausas y los silencios.  Como Nooteboom ha escrito en otro lugar, «lo que importa no es lo que se pone por escrito en particular, lo que importa es el escribir en sí, la acción. Buscar o crear una forma de orden, que es siempre una forma de meditación.»


Lee la reseña en el blog de Carlos Alcorta

 



martes, 5 de enero de 2010

Entrevista a Carlos Alcorta


El Diario Montañés, 3 de enero de 2010
"Encontrar la palabra exacta justifica toda la angustia"
Es una de las voces de referencia de la poesía cántabra. Veinte años después de ver la luz su primer poemario, Lusitania, publica Sol de resurrección
Conocimiento y celebración señalan el norte de la brújula poética de Carlos Alcorta (Torrelavega, 1959). El poeta, quien atisba una escritura más rica en matices, más abierta y plural, ha sido coartífice de hitos en la creación local como la colección 'Scriptvm', de aventuras como la revista 'Ultramar' y de una incesante actividad cultural, ahora ligada también a la editorial Quálea. El autor de 'Corriente subterránea' y 'Sutura' reflexiona sobre la creación y su obra.
-'Sol de resurrección' (Calambur) implica vitalidad y optimismo, ¿hay reconciliación y redención en su escritura?
-La poesía es revelación. Refleja ese intento, siempre infructuoso, nunca satisfecho del todo, de decir, a través de la metáfora y el símbolo, lo indecible. Creo, con Rimbaud, que la poesía es en sí misma un medio de conocimiento que sirve para transformar el entorno y, obviamente, al ser humano. Desde esta premisa, la escritura de este libro ha supuesto una reconciliación con la naturaleza. En mi infancia, mis experiencias con la naturaleza me pasaron desapercibidas, aunque, al parecer, su influencia permaneció soterrada, y un cambio de domicilio ha resultado providencial para que despertaran. La preeminencia del paisaje no excluye la nostalgia por la infancia ni la contienda moral, aunque esta se haya desplazado hacia un personaje reconciliado consigo mismo.
-¿En qué contexto de su trayectoria enmarca este nuevo poemario?
-De Ryszard Krynicki son estos versos con los que me identifico absolutamente: 'Extraña sensación/ ser un poeta/ de mediana edad'. Y es que la poesía es el resultado de la propia vida, de la experiencia que uno va acumulando, y en ésta no menudean conflictos, fracasos, aciertos, recompensas o sanciones que contribuyen a conformar la imagen del hombre maduro que uno es. 'Sol de resurrección' no es otra cosa que un peldaño más en esa escalera del conocimiento personal. Tras innumerables descensos emocionales reflejados en libros anteriores llega el momento de la resurrección, de la ascensión, de la celebración vital. El paso del tiempo modera ambiciones y sueños y te ayuda a apreciar con mayor intensidad aquello que posees, el amor de tus seres queridos y un grado de estabilidad personal lo suficientemente elevado como para sentirse dueño de un lugar en el mundo.
-Me equivoco, o ¿también puede quedar uno cegado, quemado y deslumbrado por un sol de resurrección?
-El sol de resurrección es un sol tibio, fugaz, enmarcado por incesantes nubes que luchan por cegarlo, por negarlo. Es un sol efímero que no debe engatusar a quien lo contempla. Uno es consciente de ese tránsito vital entre la luz y la sombra y, en este caso, la resurrección no es más que una construcción simbólica que me permite reflexionar sobre un momento determinado de mi vida.
-¿No cree que algunos emplean más en tener y vender una poética que en mantener una voz propia?
-La búsqueda temeraria de la fama o el éxito acostumbra a nublar las mentes. En el ámbito poético no es fácil conseguir una voz propia, ésta sólo la poseen los verdaderos poetas. A su lado florecen, casi por generación espontánea, decenas de epígonos que consagran su obra a repetir, generalmente con escasa fortuna, esos aciertos que hacen grande y especial a un poeta. La poesía, como decía Conrad hace exactamente un siglo, no cuenta en la escala de valores mercantiles y editoriales, sólo cotiza o incrementa las magras rentas de la vanidad. Valor éste al alza en esta sociedad hipnotizada por el mercadeo de la intimidad y la ley del mínimo esfuerzo.
-De la experiencia, por otra parte exitosa de las Veladas poéticas, ¿qué reflexiones y conclusiones ha extraído?
-La reflexión más concluyente es que el esfuerzo que se viene repitiendo año tras año desde el Vicerrectorado de Actividades Culturales de la UIMP se ve recompensado por la asistencia de un público fidelísimo que merece todo nuestro respeto y admiración. La programación se prepara concienzudamente con el ánimo de ofrecer un espectro amplio de poéticas diversas, con nuevos formatos y distintas lenguas de expresión. La lectura pública de poesía promueve un lugar de encuentro que, en muchos casos, sorprende al propio espectador, quien corresponde a tal desafío con su incondicional presencia.
-Ver publicado un nuevo libro, ¿qué aporta a la trayectoria, más allá de alimentar el ego?
- Creo que no es necesario significar que un cierto grado de vanidad es consustancial a todo creador, pero más allá de esta constatación, supone el merecido final a un tiempo de creación y un reto. Habitualmente el poeta piensa que el último libro escrito es el mejor de todos los suyos, pero esta impresión se ha de ver confirmada por la crítica y los lectores, lo que no siempre ocurre, por eso, la incertidumbre ante la recepción que sufre ese desnudamiento emocional que en todo poema resulta inquietante.
-Nos olvidamos muchas veces de la herramienta esencial, así que defíname lenguaje...
-Efectivamente, es la herramienta que tiene a su disposición el poeta para exprimir la realidad. Con el lenguaje se reconstruye el mundo y gracias a él, a su flexibilidad, logramos acomodar el pensamiento a la mirada. En mi caso, parto de un lenguaje figurativo, de una situación apegada a la realidad, que me sirve para iniciar una indagación por la parte mas oscura de mi conciencia y, a la vez, por la zona menos visible de esa realidad que trato de aprehender, aunque no soy tan ingenuo como para ignorar que para describir las plurales experiencias personales o para descifrar el complejo mundo que habitamos, el lenguaje resulta insuficiente. La persecución de lo real y de las sombras que lo conforman siempre es un intento frustrado.
-¿Cómo es su vínculo con las palabras?
-La búsqueda de aquella palabra que precise lo que uno quiere realmente decir es uno de los más apasionantes desafíos a los que me enfrento como poeta. Cuando uno consigue acercarse a eso -siquiera tangencialmente, porque no podemos obviar la distancia entre el hecho acontecido y la palabra que lo evoca- se siente recompensado por tantos momentos de angustia e incertidumbre. El encuentro con la palabra exacta, con ese verso anhelado justifica la angustia de la creación.
Heridas abiertas
-Pasadas las batallas estéticas inanes, superado el cuerpo a cuerpo de algunas sectas poéticas, ¿hay un pórtico abierto a otra época?
-A juzgar por las declaraciones de algunos jóvenes poetas (caso reciente del último premio Loewe), al parecer, todavía quedan heridas abiertas causadas por aquellas polémicas que espero se cierren ya definitivamente. Creo que la mayoría de los poetas actuales, sobre todo los más jóvenes, apuestan por una especie de sincretismo capaz de aglutinar lo mejor de cada una de las corrientes o tendencias. Esa conciliación está produciendo una poesía mucho más rica en matices y en intenciones. Desde el presentimiento de que todo es vulnerable y efímero, las nuevas generaciones ensayan formas menos encorsetadas de enfrentarse a lo real.
-Su actividad ligada a la edición (Quálea), ¿supone otra ventana para vivir el libro de forma diferente?
-Sin duda, porque la edición es una forma más de creación poética que permite además seguir el proceso de elaboración de un libro. Desde que llega un original a Quálea, el trabajo que realizamos involucra a todo el equipo con tanta intensidad como cuando uno está escribiendo un poema. En poesía pensamos que el cuidado del continente contribuye del mejor modo posible a resaltar la belleza de los poemas. El respeto que sentimos por la creación poética nos obliga a ser extremadamente cuidadosos tanto con el autor como con su obra.
Desaprovechada o insuficiente
-A su juicio, ¿qué debe aportar Santander 2016 a los creadores, y viceversa?
-Debemos aportar todo nuestro bagaje intelectual en las diferentes áreas de trabajo que se produzcan. Conocemos la historia y el entorno social en el que desarrollamos nuestra obra, y para que ese capital no se malgaste ni se desdeñe se deberán habilitar institucionalmente los mecanismos que faciliten esa colaboración. Y Santander 2016 debe aportar un nuevo concepto, no sólo cultural sino cívico, el de una ciudad moderna capaz de reinventarse para ofrecer a sus habitantes una calidad de vida acorde con sus expectativas. Disfrutamos del mejor momento para dotar a la ciudad de una infraestructura cultural que en la actualidad, o esta desaprovechada, o es insuficiente. No estoy muy al corriente de la marcha de los distintos proyectos, pero tengo la impresión, no sé si equivocada, de que la correspondencia entre los intereses de unos y de otros no está dando los frutos deseados.

http://www.eldiariomontanes.es/20100103/cultura/literatura/encontrar-palabra-exacta-justifica-20100103.html

viernes, 20 de noviembre de 2009

Novedad Poesía: Sol de resurrección, de Carlos Alcorta


Carlos Alcorta
Sol de resurrección
Colección Poesía, 104. 2009
ISBN: 9788483591734
96 págs. PVP: 14 €


En Sol de resurrección, Carlos Alcorta —antes más atento a la indagación sobre el propio devenir de la conciencia—, se reconcilia con las cosas y la naturaleza que las envuelve. El lenguaje desvela la parte oculta de lo cotidiano gracias a una mirada más tranquila y profunda, no sujeta a los dictados de la actualidad y de lo accesorio. Si hay un hilo vertebrador en este libro es la constatación de que la realidad es lo suficientemente heterogénea y misteriosa como para atraer nuestro interés por sí misma. Una situación rememorada y asentada en una circunstancia concreta sirve, en la mayoría de los poemas, como pórtico a la construcción de un universo simbólico en donde la subjetividad de una anécdota se diluye en beneficio de un significado general y trascendente.

Carlos Alcorta (Torrelavega, 1959) ha publicado los libros de poesía Lusitania (1988), Condiciones de Vida (1992), Cuestiones Personales (1997), Compás de Espera (2001), Trama (2003), Corriente Subterránea (2003) y Sutura (2007); y las plaquettes Doureios Hippos, (1986), Un Lugar en la Memoria, (1988), Pormenor (2005), A la intemperie (2007) y Ritual de la luz (2008). Codirigió la colección de poesía Scriptvm (1985-1991) y la revista de literatura Ultramar (1997-2007) y las colecciones de cuadernos poéticos El Astillero y Travesías. Actualmente coordina, en el campo de la edición y de la actividad cultural, diversos proyectos literarios.