jueves, 22 de enero de 2015

Reseñas: Argentina y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, en la revista Iberoamericana

Argentina y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, Nial Binns (ed.)
Por Aníbal Salazar Anglada (Universitat Ramon Llull, Barcelona)
Iberoamericana, año XIV (2014), nº 55


La Guerra Civil española se ha convertido en un filón editorial inagotable en los lustros que llevamos recorridos del siglo XXI, y aun desde antes. En España, los largos años de “aznarato” –1996-2004–, que dejaron entrever el escoramiento de la sociedad española hacia un pensamiento de derechas, así como la disputa en torno a la Ley de Memoria Histórica puesta en marcha de forma calamitosa bajo la presidencia de Rodríguez Zapatero, y las movilizaciones ciudadanas frente a un gobierno, el de Mariano Rajoy, que se muestra incompetente ante la actual crisis, sin duda son hechos a tener en cuenta a la hora de explicar la brecha reabierta en nuestra sociedad y en la clase política, y la consecuente búsqueda, por parte de historiadores, sociólogos y politólogos, de las claves de tal divisoria en el pasado inmediato: la Guerra Civil, la interminable dictadura y la Transición, tres periodos de nuestra historia social y política que están sufriendo una profunda revisión (sobre todo la Guerra Civil y la Transición) con el aporte de nuevas relecturas e  interpretaciones.
 

En lo que atañe a la Guerra Civil, pese al enorme caudal de publicaciones –ensayos, historias, crónicas, epistolarios, novelas, poemarios, etc.– es mucho lo que aún queda por rescatar del olvido. En el marco de los llamados estudios transatlánticos, por ejemplo, aún está por realizar un estudio sistematizado de la participación de la intelectualidad latinoamericana en la guerra de España, y la recopilación exhaustiva de escritos (de ficción y no ficción) referidos a los trágicos hechos ocurridos en la península entre julio de 1936 y abril de 1939, y a sus consecuencias inmediatas. Ello implica una narración en un doble escenario: España y Latinoamérica, pues importa no solo poner de relieve el compromiso de muchos intelectuales americanos con la República española, que les llevó a desplazarse a España y a participar de un modo u otro en los acontecimientos; sino, además, examinar el reflejo que tuvo el conflicto peninsular en la sociedad civil latinoamericana y el modo desigual en que los gobiernos de turno se posicionaron respecto a uno y otro bando en liza: la legítima República y la Junta Militar establecida en Burgos. A esta tarea tan necesaria como inagotable se ha dado Niall Binns (Londres, 1965), profesor e investigador –además de poeta– de la Universidad Complutense de Madrid, a quien avala una sólida trayectoria en los estudios americanistas. Binns ha confesado su fascinación por la Guerra Civil desde que descubriera España a finales de los ochenta: “Cuando llegué a España por primera vez, en 1987, vine con la mochila llena de lecturas de rigor para un británico de vacaciones: Homage to Catalonia de Orwell; Ask I Walked Out One Midsummer Morning de Laurie Lee; For Whom the Bell Tolls de Hemingway”. Muchos años después, fruto de esta curiosidad por la guerra española, vería la luz el libro La llamada de España. Escritores extranjeros en la Guerra Civil (Barcelona: Montesinos, 2004), al que siguió Voluntarios con gafas. Escritores extranjeros en la Guerra Civil española (2009). El autor da cuenta de aquellos intelectuales foráneos que mostraron una seria preocupación por el conflicto español y actuaron como milicianos, brigadistas, corresponsales, o bien, sin moverse de su lugar, reflexionaron sobre aquel drama humano incomprensible.

El volumen Argentina y la guerra givil española es el número dos de la colección “Hispanoamérica y la Guerra Civil española”, que publica la editorial madrileña Calambur, una aventura entusiasta que tiene su arranque en el proyecto de investigación “El impacto de la Guerra Civil española en la vida intelectual de Hispanoamérica”, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid y financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia de España. En 2012 se publicaron los tomos correspondientes a Ecuador y Argentina; y en 2013, los dedicados a Perú y Chile. Argentina y la Guerra Civil española se abre con una amplia introducción a cargo de Niall Binns –coordinador de la colección y responsable de la edición de este tomo en particular, así como del de Ecuador– en la que a lo largo de casi un centenar de páginas nos ofrece una minuciosa indagación acerca del impacto de la guerra española en la sociedad argentina, que fue enorme. “Las noticias de la Guerra Civil estremecieron la Argentina entera –afirma Binns–. Las numerosas páginas dedicadas al conflicto por todos los periódicos argentinos ofrecen un testimonio del alcance de ese estremecimiento, que seguiría en pie durante los casi tres años que duró el conflicto […] Argentina vivía la guerra como si fuese suya”. Esta conmoción por lo que estaba sucediendo a más de diez mil kilómetros de distancia y la movilización inmediata de la ciudadanía argentina en ayuda, sobre todo, de las milicias populares y del pueblo español, no es difícil de entender. Proclamada en abril de 1931, la Segunda República española había llevado un halo de esperanza a ciertos sectores desencantados de la sociedad argentina que descubrían atónitos que la suya era una “República imposible”, dicho con la expresión del eminente historiador Tulio Halperin Donghi. Imposible porque la democracia de corte liberal restaurada en 1932, poco menos de un año y medio después del golpe militar del general Uriburu, se reveló un simulacro, un juego electoral orquestado por la oligarquía de signo conservador para perpetuarse en el poder. La República española, contemplada desde lejos y por ello de algún modo idealizada, proyectaba en buena parte de la sociedad argentina el deseo de una carencia motivada por una crisis sistémica de la cultura política del país. Lo que explica que, a pesar de que el eco de la Guerra Civil extremó los posicionamientos en el campo ideológico argentino y redefinió la posición de algunos partidos políticos y sindicatos, el pueblo se volcara mayoritariamente con la causa republicana. Algunos estudios de referencia, como el publicado por Mónica Quijada en 1991: Aires de República, aires de cruzada; la Guerra Civil española en Argentina (Barcelona: Sendai), que cita con frecuencia Binns, nos muestran a partir de una documentación rigurosa cómo se vivió la guerra en Argentina, qué tipo de ayudas a la República española o a los militares rebeldes se activaron y la forma sinuosa en que se condujeron los gobiernos de Justo y Ortiz. Lo que diferencia el trabajo de Binns de sus predecesores, sin restarles a estos su mérito, es la formidable antología que sigue al estudio introductorio, un vasto corpus textual sobre cuanto publicaron acerca de la Guerra Civil española escritores, periodistas y milicianos argentinos a uno y otro lado del Atlántico. De manera que el libro, así como el resto de la serie, constituye un testimonio excepcional nunca antes reunido, que revela en la voz de los intelectuales, entre otras cosas, el sentimiento de hermandad que despertó la guerra de España en las repúblicas latinoamericanas. En lo que toca a Argentina, son conocidos los casos de Roberto Arlt, quien regresó compungido a la Argentina solo unas semanas antes del estallido de la guerra; o de Raúl González Tuñón (el “Raúl” del conocido poema de Neruda “Explico algunas cosas”), quien estuvo en los frentes y dejó escritos un buen número de poemas dedicados a la guerra en Madrid. Más allá de estos y de la presencia de autores tan familiares como Borges, Victoria Ocampo, Oliverio Girondo, Alfonsina Storni o Enrique Anderson Imbert, el volumen armado por Binns reúne alrededor de 180 testimonios –entre artículos, proclamas, manifiestos, crónicas, novelas, cuentos– pertenecientes a intelectuales la mayor parte de cuyos nombres nunca llegaron a tener eco en España e incluso son desconocidos hoy en Argentina. Se agradece por ello la exhaustividad del índice y asimismo las notas biobibliográficas que anteceden a cada autor. De lo dicho en estas últimas líneas, y tomando en cuenta las 700 páginas que abarca aproximadamente el corpus seleccionado, puede inferirse el incalculablevalor documental de este volumen y sus pares, un trabajo de laboriosa arqueología filológica que sin duda debemos agradecer como depositarios de una memoria que no debe perderse en el olvido y que hoy resulta más necesario que nunca recuperar y vindicar. 




martes, 20 de enero de 2015

Reseñas: Cantos : & : Ucronías, de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, en La poesía que leo (y me gusta)

CANTOS : & : UCRONÍAS de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán
Blog La poesía que leo (y me gusta), 3/11/2014

Este libro de poesía de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán es uno de los libros más bellos que he leído en los últimos tiempos, y leo mucha poesía normalmente.

Debo confesar que no conocía a Miguel Ángel ni le había leído nunca, y para mí ha sido un gran descubrimiento, ahora que tantas editoriales publican libros que más que libros de poesía parecen de prosa mala.
 

La misma portada –plagada de signos– nos remite al título, a aquellos acontecimientos que no sucedieron pero que hubieran podido suceder. Asimismo, los signos nos sumen en un universo físico que acompañará a los pequeños títulos de cada poema después del número del mismo y de los dos puntos, antes del título puesto entre corchetes, siendo así referencia de cada poema. Posteriormente y a lo largo de los poemas, en cada uno de ellos, Miguel Ángel juega con la puntuación y con su significado.

El libro está dividido en dos ciclos: el primero es cóncavo, el segundo, convexo.

La afirmación que voy a hacer ahora es mi lectura, que puede ser totalmente errónea. Interpretar lo que el poeta ha querido decir es siempre arriesgado, sobre todo si es un poemario vanguardista, onírico, en el cual los conceptos son a veces oscuros y siempre simbólicos.

El círculo cóncavo se refiere a la muerte. Está lleno de referencias sobre el tánatos, tantas, que no las quiero transcribir porque podría rellenar lo que queda del folio sólo copiando versos de los poemas, que por cierto son poemas en prosa.
La muerte, vivida con angustia, vivida como tragedia, impregna esta primera parte del poemario que es como una herida –pero la herida es la vida, no la muerte– y como si ese final –seguro para todos nosotros– tuviera también –y al final el poeta se la reconoce– una parte de belleza.

El círculo convexo se refiere a la palabra. Las dudas o mejor dicho la incertidumbre sobre la existencia o la inexistencia de Dios, ese destino fatal que es la muerte segura, lo podemos sortear mediante el verbo, mediante el idioma, mediante la lengua.
Quizá la palabra sea la forma más trascendente que tiene el hombre para comunicarse, para aliviar esa soledad que inevitablemente sentimos.

Este libro de poemas es un libro de conceptos: conceptos que los titulan y que se ven desarrollados por otros conceptos, con referencias egipcias, bíblicas y una potente presencia de los gatos, sobre todo en la primera parte.

El tú al que se refiere el poeta debo confesar que me desconcierta. ¿Es la amada, quizá, a la que van dirigidos los poemas? ¿Sería en este caso un libro de amor? No lo sé y por ello nada puedo afirmar.

Pero desde luego sí puedo decir que es un poemario en la que las referencias son constantes, que pide un esfuerzo al lector para poder entrar en este mundo que se nos ofrece con tanta generosidad, en este mundo hermoso, bien armado, bien estructurado, en el que las lecturas pueden ser miles, en el que más de una vez vas al diccionario a buscar palabras, palabras que a veces el poeta inventa, como álbeas, por ejemplo, y no es la única.

Miguel Ángel nos pide un pequeño esfuerzo. Soledad, silencio y unos poemas cultivados, cultos, llenos de sangre, guerra y muerte, y que nos deja la esperanza de que al fin la palabra llegue a salvarnos de buena parte del dolor.



Lee la reseña en el blog La poesía que leo (y me gusta)



Reseñas: El día anterior al momento de quererle, de Concha García, en Mundiario

El día anterior al momento de quererle, una vida, un poemario de Concha García
Por Manuel García Pérez 

Mundiario, 17/01/2015
 

La poesía de Concha García demuestra que la trascendencia reside también en la cotidiana experiencia de una realidad que nos desborda en la vigilia y en el sueño.

El poemario de Concha García, El día anterior al momento de quererle, publicado en Calambur, en 2013, profundiza en la memoria como un espacio transitable donde la juventud y la madurez se confunden, donde no existe la nitidez entre lo que ha sido encantador, deliciosamente vivido, con aquellos momentos traumáticos, llenos de aspereza y de frustración. Como se puede revisar también en obras anteriores, la autora busca esa frontera intermedia donde la vida no es juzgada, sino contemplada como una fuerza inasible a la que no podemos renunciar y a la que no podemos increpar para que las tornas cambien: "Unos seres que se repiten/ en el tiempo, una serpiente/ espalda abajo que se ausenta/ de los momentos felices y aparece/ cuando la derrota es previsible" (pág. 65).

Lo que siempre me ha cautivado de la poesía de Concha García es esa manera aparentemente sencilla de reflexionar sobre los problemas existenciales, puesto que es cierto que su estilo no es excesivamente abigarrado, pero su sintaxis y la riqueza conceptual que en ella se incluye inciden en ese eterno debate entre el yo y su alteridad. Alrededor de la pérdida, alrededor del miedo a morir, giran esos fantasmas errantes que son quienes habitan la casa, las habitaciones, los recodos, los espacios en los que la ausencia se hace visible.

Los objetos, los detalles mínimos y los recuerdos repetidos son rasgos de ese mundo personal que Concha García prevé dentro de los límites de su escritura. La vida como experiencia del recuerdo tiene las mismas demarcaciones que la literatura, erráticas, confusas, pero hipnóticas: "Cuando lees: solía tejer guirnaldas/ lo que te llega/ no pertenece a tu tiempo./ No es real ¿sabes?/ potencia de pensamiento/ que forma solo/ imágenes aproximadas/ de la dulzura/ que te habita" (pág. 13). La ausencia de quienes han completado nuestra existencia, el reproche a quien no va a respondernos y el dolor contenido ante la inminencia de experiencias inevitables construyen toda una poética donde el amor no es idealizado, sino que son los idealismos los que han destruido la continuidad del afecto entre nosotros: "Ayer, entre las cosas que tiro,/ fotos, papeles, ropa, llovían plazoletas/ donde estuve hace tiempo,/ los singulares rostros de arcángeles/ que bordeaban algunas fuentes blancas/ transitaban conmigo en el anterior día/ de la tristeza" (pág. 35).

Quizá la autora busca en el recuerdo de la ausencia ese momento de la controversia que todo creador necesita para reflexionar sobre sí mismo, en la solitud, como describe Hannah Arendt. No hay otro fin que perseverar por perseverar, sentir ese tiempo que se va rápida y silenciosamente. Es inevitable que el lenguaje sobreviva a tantas acciones que apenas recordamos, pero que con voluntad van marcando de cicatrices nuestra piel. Lo que el poema entona es el instante, una acción simbólica que repercute en todo lo que somos: "Ella se desnuda, siente la tibia/ temperatura del alba en un/ alegre balanceo que provoca/ una sombra perfectamente enlazada/ a otro cuerpo." (pág. 38).

Gracias, Concha, por tus consejos.


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Reseñas: La hija del capitán Nemo, de Cecilia Quílez, en Castilla. Estudios de literatura

La hija del capitán Nemo, Cecilia Quílez
Por Juan Carlos Abril
Castilla. Estudios de Literatura, 6 (2015): I-III ISSN 1989-7383
 

La escritura de Cecilia Quílez (Algeciras, Cádiz, 1965) parte de las premisas de la libertad absoluta de una conciencia creativa sin ataduras ni rémoras. Radicalmente inconformista en su propuesta, la propia escritura se concibe como procedimiento que pone orden frente al caos, frente a una vida errante y nómada donde “Tu fe se ahoga” (p. 23): “Algún día escribiré que mi vida fue un desastre” (p. 13), nos dice en la primera línea del primer poema. “Mis manos subrayan la palabra exilio sobre mi piel. Pero también escriben que la inexistencia es un quebranto del deseo. Nieva sobre la playa artificial. Quien baila también está temblando de frío. Pienso en el vacío. Mi tristeza se llena de vacíos.” (ibíd.). Para confirmar ya al final: “Mi vida fue un desastre, escribiré” (p. 14). La única verdad es que no existe la verdad: “Y ahora, ¿qué hago con la verdad?” (p. 49). El poeta es el pastor del ser y el lenguaje es la casa del ser, Heidegger dixit. Nadie excepto la poeta puede traducir “el lenguaje de las tuberías” (p. 57). Por eso a través del lenguaje ordenamos —al menos para entendernos a nosotros mismos— el mundo: “Sólo me inspira o no / Calculen bien el movimiento / Lo que aún ni sé / Si encaja canta o desafina / Un absoluto caos que he de querer / Que por mío aunque no guste / Es incompleto” (p. 67). La poeta encuentra lenguajes escondidos u olvidados allá donde otros no los perciben, y esa es precisamente su labor en el límite de lo comprensible, en la creación de sentido más arriesgada, en los precipicios del signo lingüístico.
 

La tensión erotanática alimenta estas páginas de fugas e integrales, planos y contraplanos en un continua superposición de imágenes y libérrimas asociaciones de ideas, que se escapan a la razón instrumental, y que plantean una voz insobornable a los códigos establecidos —morales en sentido lato: amorales, inmorales— aliándose a los más variopintos procedimientos, y siempre con la complicidad de las palabras, esas fieles compañeras a pesar de todo: “Ningún tiempo pasado en mi memoria / Colmar el presente aire furtivo / Pero tú mañana / En el babel exacto / De los signos / Desnuda llegas / Ave Palabra / Violentamente amanecida” (p. 66). Nos encontramos con los alrededores de un personaje que no sólo escribe sino que a la vez se escribe a sí mismo, la palabra que al decir se constituye en semiosis, recorriéndose en sus frustraciones y miedos por donde pasan desde las relaciones dolorosas: “Viví tu guerra y tú la II mía / El olvido ha dejado flores en mi lecho / Esta es mi victoria / Amanecer y no pensarte” (p. 69); el amour fou de esos cuerpos celestes en “Las esferas se encontraron” (p. 51); el complejo de Electra (pp. 64-65); en sus deseos e ilusiones, etcétera, y que se autoengaña —como el resto de la humanidad— con la esperanza: “Como una campana en el vientre / Ese querer prehistórico de madre / Que amamanta eternamente la esperanza” (p. 72). Las coordenadas del deseo y un profundo vitalismo empujarán esta escritura de superación: “Mi mejor bestia, mi deseo” (p. 55), “antes de caer al imperio del deseo.” (p. 77).
 

Sin embargo, la marca del dolor, la oquedad del ser, el vacío que nos invade no podrá solventarse con ninguna artimaña. En esta poesía no caben argucias frívolas porque “Nada distingue a las bestias en su último suspiro. Pero tú cantas” (p. 59). Por eso La hija del capitán Nemo nos interpela a no frecuentar el territorio de la herida, incluso si sabe que es inevitable ese merodeo: “Mañana tampoco vuelvas por aquí: Aún duele” (p. 61). Con este epígrafe se abre la última parte homónima de un libro que se estructura en torno a cuatro fragmentos de un discurso amoroso/desamoroso: “I. Signos vitales”, “II. El peine del viento”, “III. Cuerpos vitales” y “IV. La hija del capitán Nemo”. Una onda energética atraviesa este poemario mostrándonos una fuerza dionisiaca imparable: “Ved / Probad / La obscenidad de la plenitud / Ha de caer el pétalo torrente / Sin indulto […] Aguantad las ganas / Y si podéis / Imaginad el rocío / Que encierran / Las rosas en primavera” (p. 54). Prosas encontradas de una materialismo aleatorio, tal y como esbozara Althusser.
 

Signos o constantes vitales de un sujeto al borde del abismo, en el filo de la desesperación, en el naufragio de la melancolía y con el equipaje inestable de las emociones, su inefabilidad rilkiana: “En las chimeneas / Las gaviotas esperan / La lágrima inaudita del poeta / Un ángel hace surf en traje de neopreno / Es octubre como siempre ha sido octubre / Sólo me hace llorar / Lo impronunciable” (p. 17). El conflicto interior se traduce en muchas ocasiones en angustia y obsesión “Con un cuchillo ensangrentado / A los pies de la cama” (p. 18), o con la composición inmediatamente posterior que comienza “Una boca que preña la luz”, pero que concluye: “Avanza la palabra / Sangran las bocas” (p. 19). Aunque ningún poema como “Ando en círculos” podría ilustrar este vacío interior que se va rellenando con los ingredientes más heteróclitos para conformar a ese sujeto que resista a los embates del tiempo y la historia: “Ando en círculos / A III veces choco de frente / Con mi propio fantasma / Agotado de agotarse / En este mismo lugar / Donde nada más puede decirse” (p. 41). Se trata de la frontera de las emociones, allá donde las palabras ya no alcanzan a decir, una tierra de nadie —hija de Nemo— donde el sujeto cambia de máscara para sobrevivir, con el resultado final de no reconocerse en lo que más bien se parece a una fantasmagoría de sí mismo. Pero poeta a pesar de todo, después del horror de haber visto, de estar vivo, de no poseer una identidad estable, de tener que mudar, migrar, y en suma seguir aquí. Poeta consciente de ese estado de descomposición interior: “Ahí estoy yo / Dibujando en la baldosa / Sobre la nada” (p. 20), que se confirmaría con el rotundo texto “Qué hace esa mole imposible apuntando al cielo” (p. 28).

El desarrollo de La hija del capitán Nemo oscila entre el páramo abisal de las profundidades oceánicas, de la fosa de las Marianas, y el propio yo. Allí y aquí. Entre medias, las turbaciones del deseo y la nocturnidad de “La noche más corta”, título repetido adrede (p. 33 y p. 63) que escenifica de un modo u otro la ansiedad de la conducta que se aparta de la Norma, el territorio innegociable de la libertad, la rebeldía más iconoclasta y la disolución de las reglas del juego, comenzando por el amor y el deseo, en la desgarradura que nos produce: “La ciudad nos abre de luces verdes. Aquí tienes mi cuerpo florecido en tristeza. Estamos rotos, intermitente confusos como los párpados semiabiertos que retienen la línea entre la vida y la muerte.” (p. 33). La hija del capitán Nemo es un libro desafiante en su propuesta y en sus resultados, y la poesía de Cecilia Quílez todo un impacto para el lector, a quien hace ver las cosas desde el otro lado. Y esa invitación dialógica, precisamente, nos atrapa.



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lunes, 15 de diciembre de 2014

Reseña: La bruja del mar y otros cuentos de los hojalateros escoceses, de Duncan Williamson, en La República Cultural

La bruja del mar y otros cuentos de los hojalateros escoceses, Duncan Williamson
Por José Ramón Martín Largo
La República Cultural, 9/12/2014

El pasado mes de mayo se dirigió al Parlamento escocés un llamamiento, incluido en las medidas que se vienen tomando en esa nación a fin de preservar su memoria histórica. La iniciativa, obra de la escritora Jess Smith, ha sido aprobada, y a finales de septiembre un comité parlamentario la remitió al gobierno. Smith, y muchos escoceses que han suscrito la petición, reclaman que se garantice la protección y la restauración del llamado “Heart of Quartz”, un corazón de piedras de cuarzo que se encuentra en un paraje agreste, cerca de Loch Fyne, en el condado de Argyll, en la costa occidental de Escocia. Este sencillo monumento, que ya en una ocasión no fue admitido por el organismo público Historic Scotland, “por no cumplir con los criterios requeridos para catalogarlo como de importancia nacional”, es conocido popularmente como “The Tinker’s Heart”, y durante siglos fue el lugar preferido de aquella comarca para la celebración de bodas gitanas.

No se sabe con seguridad cuándo arribó este pueblo a las tierras de Escocia. En un documento de 1505, durante el reinado de Jaime IV, consta que unos “egipcios” llegados a Stirling recibieron un pago como compensación a algún entretenimiento que ofrecieron al rey, del que se sabe que era muy aficionado a la música, a los disfraces y a escuchar narraciones. Mucho antes de esta evidencia escrita, sin embargo, existían ya clanes de una población nómada que recorría Irlanda y Escocia. Ello explica que el término con el que se los designa, travellers (viajeros), englobe también a una comunidad celta o pre-céltica que ya era reconocida en la época de la invasión romana. Según algunos estudios recientes, una población autóctona de herreros nómadas que gozó de una alta posición social y que después fue decayendo, convirtiéndose sus miembros en vendedores ambulantes y charlatanes, se mezcló con una etnia procedente del norte de la India, la cual atravesó Egipto y el Este de Europa, y que es la antecesora de los gitanos europeos. Fruto de dicho mestizaje son los tinkers (hojalateros).

El músico escocés Martyn Bennet, prematuramente fallecido en 2005, escribió acerca de su encuentro, siendo niño, con los travellers, los cantantes gaélicos, los cuentacuentos y los bardos que frecuentaban las fiestas populares. Y escribió: “Los orígenes de los gitanos escoceses son tan esquivos como fascinantes. Su vibrante cultura, modo de vida nómada y fuertes lazos familiares son parte de una tradición en la que muchos de nosotros podemos encontrar nuestras raíces”. Unas raíces que en las Islas, como en el Continente, fueron marcadas por el acoso y la persecución. El rey Enrique VIII prohibió la entrada de los gitanos en Inglaterra y mandó deportar a los que ya vivían allí. La medida no tuvo mucho efecto, y más tarde se aprobó la Ley de los Egipcios, en virtud de la cual los gitanos fueron condenados a muerte. La última ejecución registrada en las crónicas es la de una gitana en la década de 1650, un período en el que los gitanos isleños estaban siendo deportados masivamente a América. Hoy en día los gitanos están reconocidos por el gobierno escocés como una minoría étnica bajo la Ley de Relaciones Raciales de 1976.

Son pocas las familias gitanas que hoy conservan el nomadismo. Algunas viajan sólo durante una parte del año, y otras viven en casas de ladrillo y mortero. Mantienen vivos oficios como la cestería o la fabricación y reparación de utensilios de cocina, actividades que alternan con el cambalache. Los más prósperos son tratantes de ganado. La mayoría, sin embargo, ha sido asimilada por la sociedad dominante, lo que no impide que mantenga un acusado sentido de su identidad cultural. Muchos de los conflictos que todavía existen entre los blancos y los gitanos se derivan del escaso valor que estos conceden a la educación formal, y que compensan con otros procedimientos pedagógicos que pueden rastrearse a través de la artesanía y las ferias tradicionales, y en especial a través de los cuentos y la música. Pues la tradición oral de los gitanos hojalateros posee una riqueza que sólo ha empezado a ser reconocida en los últimos años. Gran parte de esta justa valorización de su cultura se debe a Duncan Williamson.

Nació en Furnace, Argyllshire, en 1928. Su padre confeccionaba canastas y utensilios de hojalata. Había nacido nómada y así vivió su juventud, hasta que formó una familia y se instaló en Argyll. Gracias a haber sido soldado en la Gran Guerra, y gracias también a que al regreso de ésta se casó oficialmente con su mujer, fue aceptado por las gentes blancas de Argyll y pudo enviar a sus hijos a la escuela. “Aquellos tiempos fueron difíciles”, escribió Williamson. “Fue difícil nacer en una comunidad itinerante de gaiteros, cantantes de baladas y narradores de historias. En aquellos tiempos era muy duro criarse bajo un robledal, junto a algún pueblecito… Si desaparecía algo, los culpables eran siempre los hojalateros del bosque. Por supuesto, los problemas venían por el prejuicio de la gente, no por el tipo de vida que lleváramos nosotros”. En la escuela, los padres blancos aconsejaban a sus hijos que no se acercaran a los hijos de los tinkers, ya que iban mal vestidos y se temía que tuvieron piojos. Williamson se crió entre los cuentos y las leyendas que relataban sus mayores. Y muy pronto empezó también a relatar esas historias a otros. La fuente principal de las mismas era su abuela, y la prodigiosa memoria del nieto es la causa de que hayan sobrevivido hasta nosotros. Esa memoria con la que Williamson llegó a retener cientos de narraciones se debía, según él, a una insolación que sufrió siendo niño, la cual le puso a las puertas de la muerte, permaneciendo “completamente ausente durante dos meses y medio”. De ese estado se restableció de pronto, convertido ya en cuentacuentos. “Sufrir aquella insolación tuvo un efecto maravilloso en mi memoria. Porque recuerdo todo lo que ha sucedido en mi vida desde el principio. No hay nada en el mundo que no recuerde”.

A finales de los años cincuenta, y en la década siguiente, diversos intelectuales escoceses empezaron a interesarse por ese archivo inagotable de historias que era Williamson, y la poeta Hellen Fullerton registró su voz en una cinta de magnetófono. También grabaría a su madre y a dos de sus hermanas. Ese material, que más tarde enriquecerían otros folcloristas, incluye narraciones, baladas y cantering, una modalidad de canto onomatopéyico en el que el intérprete imita el sonido de una gaita. Un papel destacado en la producción, el estudio y la divulgación de estas grabaciones lo tuvo la School of Scottish Studies, que fue fundada por Hamish Henderson, poeta e intelectual comunista que creó también el efímero People’s Festival de Edimburgo en 1951. A invitación suya, Williamson asistió al Festival de Blairgowrie, lo que le empezó a dar renombre en toda Escocia. No menos importante, a este respecto, fue el trabajo de Linda Williamson, folclorista norteamericana que llegó a la Universidad de Edimburgo para estudiar la tradición oral de la narrativa y la música escocesas y que se casó con Duncan en 1977.

Los abundantes materiales grabados no tardaron en ser publicados en forma de libro a este y al otro lado del Atlántico. Y aún siguen publicándose, de lo que es buena prueba el volumen Scottish Traveller Tales (University Press of Mississippi), recopilación de Donald Braid aparecida recientemente. De igual modo, una selección de dieciséis narraciones grabadas en su día a Williamson ha sido traducida al castellano por la editorial Calambur, en una edición a cargo de Javier Cardeña Contreras, bajo el título de La bruja del mar.

El libro, única fuente de la que dispone el lector hispanohablante para acceder al legado de la tradición oral de los tinkers de Escocia, está dividido en seis partes, cada una de las cuales reúne un grupo de narraciones en función de su temática: cuentos de animales, cuentos maravillosos y cuentos del diablo; y tres secciones dedicadas a las leyendas de broonies, de silkies y de sirenas. El volumen concluye con un ilustrativo estudio de quien es su editor y traductor, y sus páginas contienen diversas fotografías históricas que evocan el estilo de vida de los tinkers.

El modo en que están narradas estas historias responde al que es común en la tradición oral de todo el mundo. Quiere decir ello que son narraciones que se nos aparecen con una extremada sencillez, aptas por tanto para un público infantil, pero cuyos argumentos esconden no pocas sugerencias que perturbarán al lector adulto. El estilo con el que han sido reproducidas respeta escrupulosamente su origen oral, con los consiguientes giros expresivos, repeticiones y llamadas de atención formuladas en segunda persona. A menudo los relatos vienen precedidos por una breve introducción en la que el narrador nos informa de dónde, y de quién, los aprendió. En algunos de esos textos introductorios se anuncia ya anticipadamente al oyente-lector el contenido moral o aleccionador de la fábula, como sucede en el primero de ellos, El muchacho y la serpiente, que nos advierte de “cómo los padres creen saber qué es lo mejor para sus hijos, y sin embargo a veces los niños saben más”. Otros textos introductorios sirven para situarnos en el momento y el lugar en el que el cuentacuentos inicia su actuación, tal como ha venido haciendo el hombre durante miles de años: “Y después de caminar durante todo un día nos sentimos algo cansados y montamos las tiendas en forma de arco en las lindes de un bosque. La mujer se fue a dormir, los niños también, y él y yo encendimos un gran fuego delante de las tiendas. Yo no era muy mayor, debía de rondar los diecisiete o dieciocho años. Y, de este modo, nos quedamos sentados contando anécdotas y las últimas noticias que había habido… Y esta es la historia que me contó”.

Muchos de estos relatos lo son de iniciación, es decir, de iniciación a la vida, al amor, a la muerte o a los misterios de la naturaleza. Por lo demás, ese rasgo iniciático es parte inseparable del acto mismo de narrar, con lo que, como sucede en la descripción que hace Williamson de la escucha de los relatos de su abuela, el narrador adopta temporalmente el papel de maestro; y el oyente, el de pupilo. Abundan en estas historias las alusiones a la vida y la cultura de los hojalateros: a sus oficios, a sus lazos familiares, a los viajes y a su respeto a los animales. Quizá entre estos últimos puedan figurar los protagonistas de las leyendas aquí recogidas: los broonies, hombrecitos vestidos de manera andrajosa, de cara morena y cabeza peluda, que salen por la noche y terminan las faenas que algún humano a dejado a medias; o los silkies, una especie de híbrido entre hombre y foca que es muy popular en la costa oeste de Escocia. A este género pertenece el relato que da título al libro, el cual nos cuenta la historia de un muchacho que se enamoró de una sirena y fue en busca de una red para capturarla. Como otros, el de La bruja del mar nos habla de un grupo humano estrechamente vinculado a la naturaleza, de los mundos y seres desconocidos que habitan en ella y de lo costoso que resulta todo aprendizaje.

Del libro pueden extraerse múltiples reflexiones, en especial en lo que concierne al valor indeclinable de la memoria y a la fascinación y el asombro ante la vida. Y es verdaderamente, sobre todo, una de esas obras cuyo autor anónimo y colectivo, al susurrarnos al oído su historia a través de los siglos, nos devuelve al inicio del placer de la lectura.


Lee la reseña en La República Cultural.


Reseña: Otrora, de Javier Pérez Walias, en Proyecto desvelos

Otrora (Antología poética 1988-2014), Javier Pérez Walias
Por Agustín Calvo Galán
Proyecto desvelos, 13/12/2014

Una antología es un momento para el punto y seguido, para detenerse y prestar atención no al instante sino a la trayectoria de una flecha que fue disparada ya hace tiempo, y una oportunidad para dar un pequeño salto hacia delante e imaginar también el futuro. Una antología que llega a finales de otoño es una oportunidad también para podar y que el árbol, en la primavera, rebrote sin redundancias y siga dando buenos frutos.

En una antología podemos reseguir alguna palabra o un motivo; en el caso de Javier Pérez Walias, con su Otrora, antología poética 1988-2014 (Calambur, 2014) me place estirar del hilo del paisaje, pienso en el paisaje interior tanto como en el extremeño, en el propio del poeta, en sus cauces, en sus arterias, en sus bosques, en su piel, y se va formando ante el lector una pintura preñada de interpretaciones de la realidad, de fragilidades:

El lienzo estucado es la tarde
y se cubre lentamente de pigmentos.
(Pág. 60)

Y de la voz del poeta:

Mira,
mira callado el silencio frío
de esta sierra.
(Pág. 75)


O de la presencia del poeta:

bajo la sombra inmensa del desconsuelo
por ti mismo
en la ciudad dormida.
(Pág. 121)

Para llegar, en esta posibilidad de recorrer las páginas, en estos ejemplos apresurados, hasta el último libro del poeta, ese Al Qarafa, ese barrio de El Cairo en el que conviven los vivos y los muertos en perfecta y mísera armonía; llegar sin finalidad posible, llegar ahí para darse cuenta de que todo continúa:

Atravieso el umbral sellado por la muerte.
Salgo extramuros.
(Pág. 201)

Porque todo continúa, felizmente, en la esperanzadora nostalgia de Pérez Walias.



Lee la reseña en Proyecto desvelos

jueves, 11 de diciembre de 2014

Reseña: Otrora (Antología poética 1988-2014), de Javier Pérez Walias, en el blog de Carlos Alcorta

Otrora (Antología poética 1988-2014), Javier Pérez Walias
Por Carlos Alcorta
Carlos Alcorta. Literatura y arte, 10/12/2014


Mucho ha llovido desde que Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960) publicara su primer libro, Ceremonias del barro (1988), en la colección «Ángel», una de las, nunca suficientemente ponderadas, ediciones malagueñas dirigidas por Ángel Caffarena. Mucho ha llovido, y para bien, porque durante todos estos años la dedicación poética de nuestro autor, dedicación que se ha visto consumada en nueve poemarios, además de sendos libros de artista, uno en colaboración con Juan Carlos Mestre y otro con Javier Alcaíns y una antología de su obra escrita entre los años 1988 y 2003, publicada en la Editora Regional de Extremadura en 2004 ha sido fecunda tanto cualitativa como cuantitativamente.

Otrora, esta antología publicada exquisitamente (como es costumbre de la casa) por Calambur, comienza con Impresiones y vértigos del invierno (1989) – escrito antes de Ceremonias del barro, aunque publicado un año después- y llega hasta el ahora mismo, hasta Al Qarafa, publicado el año en curso. Acaso esa inmediatez sea la causa de que Pérez Walias no haya incluido ningún poema inédito, una norma no escrita que, sin embargo, practican gran parte de los poetas que se enfrentan a la estructura de una antología, y digo se enfrentan deliberadamente, porque no resulta fácil ajustar la voz actual a las distintas voces del pasado. Se necesita establecer un diálogo íntimo entre los diversos yos que conforman la identidad actual para entresacar de lo escrito aquello que mejor ha contribuido a la construcción de esa identidad, identidad, por otra parte, nunca conformada del todo, a pesar de lo que proclaman los diagnosis de la medicina general, relacionándola de manera simplista con el paso del tiempo, madre de la experiencia. Y es que, como dice el poeta Eduardo Moga en «Poesía para no olvidar», el imprescindible texto que prologa esta selección, «Una obsesión persigue a Javier Pérez Walias y a su poesía: la recuperación del pasado. Otrora es un conjuro incesante para la reviviscencia de lo perdido», pero acaso sean las palabras del propio poeta las que aclaren mejor la idea que hemos apuntado más arriba: «Así, y por mor del enfoque casi encelado de esta lente, que es la poesía, podemos rescatar, desde la oscuridad recóndita de nuestro ser, lo esencial de nosotros mismos y trasmitirlo, para hacerlo palpable y visible, a nuestro semejantes».


Durante esta ya larga travesía poética se han producido algunos cambios en la poesía de Pérez Walias, como no puede ser de otra forma en un poeta que se interroga sobre su lugar en el mundo de forma permanente y que está sujeto a los vaivenes emocionales y las trasformaciones tanto de índole personal como social. La escritura, mejor será decir, los motivos de la escritura pueden ser, y de hecho, son similares, pero es distinta la manera de reflexionar sobre ellos. Lo contrario denotaría una especie de peterpanismo, nada extraño, por otra parte, en aquellos poetas que se empeñan en escribir siempre el mismo libro, tal vez porque desde sus libros juveniles impostaban una voz reflexiva que sólo el paso del tiempo ha conseguido hacer creíble. No es este el caso, por supuesto, de Pérez Walias, como delata la versatilidad poética de la que somos testigos desde sus primeros libros hasta los últimos. No sobra aquí recordar lo que Auden escribía sobre este propósito: «En todos los poetas distinguimos entre su obra juvenil y la de madurez, pero en el caso de los poetas mayores el proceso de maduración continúa hasta la muerte y, por tanto, si comparamos dos poemas suyos de igual valor pero escritos en diferentes momentos el lector puede decir inmediatamente cuál de ellos es anterior». Esta diversidad muestra, entre otras cosas, el proceso evolutivo de la escritura, pero también, la transformación del artista que mueve los hilos desde las bambalinas, de la persona que sirve de molde al personaje que vive en el poema. Toda antología es una especie de, utilizando un símil artístico, retrospectiva, en ella se dan cita todos los periodos por los que atraviesa la escritura, periodos engarzados por un hilo común, la conciencia de que el lenguaje es una herramienta —no del todo eficaz, si se quiere, en muchos casos— que hay que tratar con delicadeza y respeto para sacarla el mejor partido, para trasladar la emoción al poema con la mayor fidelidad posible. «La escritura, a veces, como la lentitud del paso de las estaciones o la visita inoportuna del sufrimiento, se me antoja/ cuesta arriba,/ y otras veces soportable,/ a duras penas», escribe Pérez Walias en un poema de carácter confesional. Soy de los que creen que cada asunto busca su propia retórica y, tal vez, esta sea la razón por la que Javier Pérez Walias ha experimentado con formas diversas, que van desde el poema breve, proclive a la esencialidad, con un lenguaje concreto, con pocas concesiones a lo discursivo, hasta el poema en prosa y el versolibrismo de los últimos libros, versos de largo aliento llenos de reminiscencias sonambulescas, misteriosas, irracionales, con abundancia de imágenes y de metáforas. Como escribe Eduardo Moga en el citado prólogo, «De la barahúnda expresiva de la juventud se pasa, con mayor o menor templanza, a un lenguaje más austero, más pudoroso. Pérez Walias es uno de los pocos casos de autores actuales que ha evolucionado en sentido contrario: de cierta parquedad inicial a una eclosión de imágenes y acentos en el tramo más reciente de su producción». Otrora, la antología que comentamos, permitirá al lector realizar una vista panorámica sobre la fecunda trayectoria de Pérez Walias y descubrir por sí mismo las virtudes de tal pluralidad compositiva.



Lee la reseña en el blog de Carlos Alcorta.


jueves, 4 de diciembre de 2014

Noticias: presentación de 'Otrora (Antología poética 1988-2014)', de Javier Pérez Walias


Presentación de Otrora (Antología poética 1988-2014), de Javier Pérez Walias

Acompañará al poeta: Eduardo Moga, antólogo y prologuista del libro

Jueves, 11 de diciembre de 2014, 19:30 h
Librería Café La Fugitiva
C. Santa Isabel, 7. Madrid
Más información

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La poesía de Pérez Walias aúna el impulso narrativo y la representación simbólica, la construcción de un yo lírico coherente y la fulguración de lo incontrolado, el vislumbre de lo anómalo, o incluso de lo imposible. El cincelado metafórico atraviesa los poemas sin privarlos de su enjundia figurativa, pero repujándolos con una intensidad infrecuente. Si algo caracteriza su propuesta es la busca de una dicción sosegadamente desgarradora, que renueve la vida pronunciándola otra vez, con más vigor, con más inocencia, que impacte en la sensibilidad y en el ánimo del lector. Otrora es un diorama del mundo, el óleo panorámico de un orbe que no deja de ramificarse. 
(Eduardo Moga)

Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960) es licenciado en Filología Hispánica —especialidad de Literatura— por la Universidad de Extremadura. Desde la aparición de su primer libro, Ceremonias del barro (Málaga, 1988), Pérez Walias ha publicado —entre otros— Versos para Olimpia (Málaga, 2003), Los días imposibles (Tres figuraciones) (Madrid, 2005) —editado por Calambur—, Cazador de lunas (Seis aguafuertes de Juan Carlos Mestre con ocasión de Cazador de lunas de Javier Pérez Walias) (Málaga, 2007), Largueza del instante (León, 2009, Premio Bienal de Poesía «Provincia de León»), Arrojar piedras (Sevilla, 2011) y Al Qarafa (Mérida, 2014). Ha colaborado en revistas especializadas, como El Maquinista de la Generación, Turia y Cuadernos del Matemático, y en ediciones y catálogos con los artistas plásticos Rafael Carralero, Juan Carlos Mestre, Javier Roz y Javier Alcaíns. Su obra poética está representada en diversas muestras colectivas.




Noticias: presentación de 'La isla que prefieren los pájaros', de Vanesa Pérez-Sauquillo


Presentación y concierto de La isla que prefieren los pájaros, de Vanesa Pérez-Sauquillo

Leerán junto a la autora: Richard García y Antonio Luque

Intervendrán: Paul Gladis (guitarra) y Nicole Pearson (cantante) con temas de la lírica tradicional celta y algunos propios.

XXI Ciclo Los viernes de la cacharrería
Viernes, 12 de diciembre de 2014, 20:00 h
Salón Ciudad de Úbeda, Ateneo de Madrid
C. Prado, 21, Madrid 
Más información

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La isla que prefieren los pájaros es el primer poemario de Vanesa Pérez-Sauquillo desde Bajo la lluvia equivocada. Responde a un silencio creativo de cinco años, una búsqueda desde el vacío y la alienación, desde la tierra arrasada del sentimiento, hacia el encuentro de la naturaleza y el amor.

Vanesa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978) ha publicado hasta ahora los poemarios Climax Road (Premio Ojo Crítico de Radio Nacional 2012 y accésit del Premio Adonáis), Bajo la lluvia equivocada (Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid, Hiperión, 2006), Invención de gato (Calambur, 2006), Vocación de rabia (accésit del Premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada, 2002) y Estrellas por la alfombra (Premio Antonio Carvajal, Hiperión, 2001). Como autora de libros infantiles, ha publicado en 2013 Cuentos con beso para las buenas noches, editado por Alfaguara en España y México, y el álbum ilustrado ¡Pobre mamá!, que ha visto la luz en Inglaterra, Francia y Alemania con la editorial Minedition y recientemente en España con Bruño. Una de sus últimas traducciones, Las ventajas de ser un marginado, de Stephen Chbosky, fue el título seleccionado en castellano para la Lista de Honor de ibby 2014 en la modalidad de Traducción.


 

Novedad: El héroe que fue al infierno y escuchó que cantaban allí su epopeya. Cantos épicos del pueblo djerma de Níger

El héroe que fue al infierno y escuchó que cantaban allí su epopeya
Cantos épicos del pueblo djerma de Níger

Traducción, edición y estudio de Safiatou Amadou y José Manuel Pedrosa
Calambur Narrativa, 56. 2014. 268 p. 14 x 22,5 cm.

ISBN 978-84-8359-349-3
PVP: 20 €

Este libro no canta (porque las letras son mudas y los lectores sordos), pero sí cuenta, algunas de las hazañas de cuatro de los notables más recordados por la memoria oral del pueblo djerma del sur de Níger: el tirano Da Monzón, que poseía un amuleto hecho con una cabeza de perro que sembraba la muerte por donde pasaba; los colosales y desdichados guerreros Bákari Dia (quien persiguió a un ejército de genios hasta las profundidades de un río y nunca regresó) y Gorba Dikko (muerto durante días, erguido sobre un caballo también muerto, en la inmensidad de la sabana, puesto que el infierno no fue capaz de derrotarlo); y Samba Soga, el músico que hechizaba a los muy pocos que tenían la fortuna de escucharlo, y que robó su joven esposa a un viejo rey de piel de cocodrilo. Quiere trasvasar este volumen, a la letra impresa y a una lengua muy distinta de la suya, el arte inmemorial de los jasarey, la casta de siervos músicos que, mientras tañían sus mooley de tres cuerdas, cantaban las hazañas, las alabanzas y las genealogías de sus señores. Legando al mundo el tesoro de una literatura oral y de un mundo tradicional que se apagan, puesto que solo sigue cantando hoy el último anciano jasare que guarda la memoria de estas asombrosas epopeyas, grandiosas Ilíadas injertadas dentro de coloreadas Odiseas.

Safiatou Amadou es doctora en Filología Hispánica, profesora y traductora de español en París.
José Manuel Pedrosa es profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Alcalá.




Novedad: No-Haiku, de José María Millares Sall

No-Haiku
José María Millares Sall
Selección y prólogo de Juan Carlos Mestre y Miguel Ángel Muñoz Sanjuán
Calambur Poesía, 147. 2014. 206 p. 14 x 22,5 cm.

ISBN 978-84-8359-243-4
PVP: 18 €

José María Millares Sall (1921-2009) es quizá el último de los poetas redescubiertos con los que se cierra el panorama de la poesía española del siglo XX. La reedición en 2008 de su primer libro, Liverpool —que vio la luz por primera vez en 1949—, le traería de nuevo, después de cincuenta años, a ocupar un lugar de preeminencia en la atención crítica y en la consideración por parte de las más jóvenes generaciones de poetas. Este renovado interés por su obra propició que un año después apareciese Cuadernos 2000-2009, que, nuevamente, amén de arrojar más luz sobre la poesía de Millares Sall, acrecentaría el interés por el conjunto de su creación. Dicho interés no quedaría solo en intenciones; así, en 2009 le fueron concedidos el Premio Nacional de Poesía, por su libro Cuadernos 2000-2009, y el Premio Canarias de Literatura, máxima distinción de las letras canarias. Con la publicación póstuma de Krak, en 2011, se confirmó el aprecio y consideración crítica de la que ya gozaba su obra en la perspectiva de la poesía española contemporánea. Entre la abundante producción que quedó inédita, se encuentran los textos que conforman este No-Haiku, esa otra cara de la moneda, esta vez referida a la tradición japonesa, de la que José María Millares Sall hace su personalísima exploración creativa. No-Haiku son las marcas y el testimonio de un camino místico y «apenas susurrante» en el que el poeta persiguió, con el entramado de su lenguaje espiritual, «escuchar» la luz, pero no «traducirla». 



Novedad: El piano del pirómano, de Ángel Antonio Herrera

El piano del pirómano
Ángel Antonio Herrera
Calambur Poesía, 146. 2014. 70 p. 14 x 22,5 cm.

ISBN 978-84-8359-322-6
PVP: 10 €

El piano del pirómano quiere beber de todos los riesgos, los de la existencia extrema y los del idioma desbocado. Tiene principio en el placer de la rebeldía y aspira a un éxtasis del lenguaje. Aquí se nos presenta el hombre que busca la última partitura del instinto, el hombre que conoce la oscuridad por dentro, el hombre, en fin, que sabe que «un palacio dice en pie una catástrofe». Aquí se indaga la belleza, o la noche, con todos sus hechizos, pero también con todos sus daños, porque quien sabe del dolor lo sabe todo, porque la vida, si es tal, «busca un lobo en cada víspera, apura otra eternidad en cada perfume». A bordo del largo vértigo de un único poema en prosa, barroco hacia adentro, El piano del pirómano cumple el viaje a las virtudes del exceso, el asalto a la verdad de un escritura que tiene «imaginación de imanes».

Ángel Antonio Herrera (1965) es autor de los poemarios El demonio de la analogía (1984-86), En palacios de la culpa (1986-88), Te debo el olvido (1997-1998), Donde las diablas bailan boleros (2000-2002) y Los motivos del salvaje (2007-2010). Dos antologías reúnen parte de su obra poética: El sur del solitario (1984-2000) y Arte de lejanías (1984-2006). Paralelamente, ha publicado la novela Cuando fui Claudia, la biografía Francisco Umbral, el ensayo El Falo, o el diccionario de fa­mosos Esto no es Hollywood, entre otros libros de diverso género. Ha cumplido treinta años de oficio en el cronismo o columnismo literario. También ejerce en radio y televisión.



Novedad: Otrora (Antología poética 1988-2014), de Javier Pérez Walias

Otrora (Antología poética 1988-2014)
Javier Pérez Walias
Selección y prólogo de Eduardo Moga
Epílogo de Javier La Beira
Calambur Poesía, 145. 2014. 226 p. 14 x 22,5 cm.

ISBN: 978-84-8359-350-9
PVP: 20 €

La poesía de Pérez Walias aúna el impulso narrativo y la representación simbólica, la construcción de un yo lírico coherente y la fulguración de lo incontrolado, el vislumbre de lo anómalo, o incluso de lo imposible. El cincelado metafórico atraviesa los poemas sin privarlos de su enjundia figurativa, pero repujándolos con una intensidad infrecuente. Si algo caracteriza su propuesta es la busca de una dicción sosegadamente desgarradora, que renueve la vida pronunciándola otra vez, con más vigor, con más inocencia, que impacte en la sensibilidad y en el ánimo del lector. Otrora es un diorama del mundo, el óleo panorámico de un orbe que no deja de ramificarse.
 
Eduardo Moga

Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960) es licenciado en Filología Hispánica —especialidad de Literatura— por la Universidad de Extremadura. Desde la aparición de su primer libro, Ceremonias del barro (Málaga, 1988), Pérez Walias ha publicado —entre otros— Versos para Olimpia (Málaga, 2003), Los días imposibles (Tres figuraciones) (Madrid, 2005) —editado por Calambur—, Cazador de lunas (Seis aguafuertes de Juan Carlos Mestre con ocasión de Cazador de lunas de Javier Pérez Walias) (Málaga, 2007), Largueza del instante (León, 2009, Premio Bienal de Poesía «Provincia de León»), Arrojar piedras (Sevilla, 2011) y Al Qarafa (Mérida, 2014). Ha colaborado en revistas especializadas, como El Maquinista de la Generación, Turia y Cuadernos del Matemático, y en ediciones y catálogos con los artistas plásticos Rafael Carralero, Juan Carlos Mestre, Javier Roz y Javier Alcaíns. Su obra poética está representada en diversas muestras colectivas.



miércoles, 3 de diciembre de 2014

Reseña: Porción del enemigo, de Enrique Falcón, y Pobreza, de Víktor Gómez, en Babelia

Geografía insoportable
Cinco pistas sobre... La poesía y la crisis
Por Manuel Rico
Babelia, El País, 25/10/2014

La poesía reciente indaga en el dolor y la identidad de un mundo que se hunde en la desigualdad.
 
1. Indagar en los secretos de la resistencia frente a quienes controlan los procesos económicos, políticos y sociales en el sistema global. Enrique Falcón se adentra, con una mirada compleja y un lenguaje de una enorme riqueza, que niega, con inteligencia e intuición, lo convencional, en las contradicciones del “enemigo”. Porción del enemigo (Calambur, 2013) combina la visión estratégica de los males y desigualdades globales con la visión desoladora de lo inmediato, de cuanto observamos a nuestro alrededor en la España de la crisis: “En el mercado de divisas el euro mejora: / ya supera el nivel de 1 con 21. // Y en esta sucursal: / ataduras, cacerolas y holocaustos”.

2. Para Ana Pérez Cañamares, la crisis tiene una proyección especialmente dura en la cotidianidad de la mujer. Versos afilados, cargados de ironía, que nos hablan de la propia identidad en un mundo que se hunde en la desigualdad, en el que no hay certezas, ni seguridades o solo en la memoria de la infancia. Así nos lo advierte en Las sumas y los restos (Devenir, 2013). La felicidad es relegada o condenada a ser una quimera. La conciencia se divide (“No parecemos reparar en / cómo se mancha la conciencia / mientras nos quedamos quietos”) y se siente culpable por la impotencia y las renuncias.

3. En Comida para perros (Baile del Sol, 2014) no hay concesiones a la facilidad. El protagonista colectivo del libro son los guardianes, quienes cierran las manifestaciones o violentan las leyes desde la coerción y la posesión del poder en forma de uniforme o de placa. Su autor, Gsús Bonilla, disecciona la crisis situándose en la conciencia de una generación que, entre la rebeldía y el miedo, ha vivido el 15-M y sus consecuencias y, sobre todo, sufre los efectos de la ideología artificialmente manipulada de quienes procediendo de las clases desfavorecidas se identifican, en la calle, con las dominantes. Son los “perros”. “Tu perro confunde a sus vecinos, ladra a la tercera edad; a la vecina de enfrente, a su hijo parapléjico”.

4. Somos hormigas. Seres condenados a la soledad entre la multitud. Silvia Nieva disecciona una época que olvida, a marchas forzadas, un tiempo de derechos, protección y cierta seguridad. Es la época de lo precario, en la que la mujer está más sola y desasistida, en la que la amenaza, que viene de fuera, sólo puede ser conjurada con palabras. En La fábrica de hielo (Canalla Ediciones, 2014) hace frío de intemperie colectiva y, a la vez, calidez de intimidad. La crisis es el telón de fondo que disturba la conciencia: “El miedo a ser mujer en esta época. / El miedo a soltar la cuerda, / que caigan ángeles para aplastar tu penitencia”.

5. Pobreza (Calambur, 2013), del madrileño Víktor Gómez, pone en primer plano la secuela más pavorosa de la crisis en el mundo de la autosatisfacción: los pobres han dejado de ser los mendigos de siempre. La pobreza es el habitante no invisible de nuestras ciudades. El poeta dibuja, entre lo racional y lo imaginario, una geografía insoportable. Una lírica experimental, que indaga en los límites del idioma, acoge una reflexión sin concesiones sobre la impiedad de los artífices últimos de la crisis y sobre el dolor de las víctimas: “como tanto atroz atropello al bachiller le tortura un presente bastardo”. 


Lee la reseña en El País

Noticias: presentación de 'Otrora', de Javier Pérez Walias, en Plasencia


Presentación de Otrora (Antología poética 1988-2014), de Javier Pérez Walias
Jueves, 4 de diciembre de 2014, 20:00 horas
Centro Cultural "Las Claras"
Plasencia (Cáceres)
Acompañará al poeta: Eduardo Moga, antólogo y prologuista del libro


Noticias: presentación de 'Otrora', de Javier Pérez Walias, en Cáceres


Presentación de Otrora (Antología poética 1988-2014), de Javier Pérez Walias
Miércoles, 3 de diciembre de 2014, 19:30 horas
Biblioteca Pública Rodríguez-Moñino
Cáceres
Presentación a cargo de  Eduardo Moga 




jueves, 16 de octubre de 2014

Noticias: Antonio Hernández, Premio Nacional de Poesía 2014 por 'Nueva York después de muerto'


El escritor gaditano, Antonio Hernández ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía 2014 con su obra Nueva York después de muerto, publicada por Calambur.

El autor también se alzó con este poemario con el Premio de la Crítica de Poesía Castellana este mismo año. 

El equipo de Calambur se siente muy orgulloso de haber publicado esta obra y queremos darle la enhorabuena a nuestro querido Antonio. ¡Enhorabuena!

A continuación recopilamos algunas de las noticias publicadas en la prensa:

El Cultural, 9/10/2014
Por Fernando Díaz de Quijano


El poeta Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1943) ha sido galardonado hoy con el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Poesía por la obra Nueva York después de muerto. El premio, dotado con 20.000 euros, lo concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte para distinguir la obra de autor español escrita en cualquiera de las lenguas oficiales del Estado y editada en 2013.

El jurado ha considerado Nueva York después de muertocomo una obra “totalizadora, arriesgada y comprometida que recoge la herencia literaria y ecos históricos; un libro que rehumaniza y salva del olvido”. El libro se compone de un único poema que parte de un proyecto incumplido de su maestro, Luis Rosales, que quería escribir sobre la gran ciudad, la masificación, el racismo y la política, explica el autor. “Cuando Rosales estaba enfermo, me dijo que no iba a poder escribir el libro que tenía en mente. Yo le dije: 'Maestro, no te preocupes, si no puedes lo haré yo, y lo haré mejor que tú'. Él se sonrió, porque sabía que se lo decía en broma”, recuerda Hernández.


El País, 9/10/2014
Por Manuel Francisco Reina

Justo en estos días se cumplen cuarenta años de la concesión del premio Adonáis al entonces joven poeta de Arcos Antonio Hernández. El libro tenía por nombre “El Mar era una tarde con Campanas”, y el jurado, compuesto por Luis Rosales, Vicente Aleixandre, José Luis Cano y Gerardo Diego, de los que pronto fue cómplice y amigo, quedó impresionado con este golpe de mar y de sur que les llegaba contestatario y verdadero en forma de poemas. Pertenecía el escritor andaluz a esa hornada de la denominada“Generación del 60 o del Lenguaje”, como Diego Jesús Jiménez, Félix Grande, o Manolo Ríos Ruiz, entre otros deudos y fieles de muchos autores y postulados de la Generación del 50, y cuya renovación estética fue el germen, fundamental en realidad, de los poetas posteriores o “Novísimos”.

Ahora Premio Nacional de Poesía por Nueva York después de muerto, tras haber recibido este mismo año el Nacional de la Crítica de Poesía, avala la importancia y trascendencia de su obra y figura en todas estas décadas, y la relevancia de este libro. Un auténtico hito de la poesía española contemporánea. El poemario nació del difícil compromiso del poeta con su amigo Luis Rosales, como explica en la justificación de la obra: [...]


ABC, 9/10/2014

El jurado ha valorado la obra por ser «totalizadora, arriesgada y comprometida que recoge la herencia literaria y ecos históricos; un libro que rehumaniza y salva del olvido»

El jurado ha considerado «Nueva York después de muerto» como una obra «totalizadora, arriesgada y comprometida que recoge la herencia literaria y ecos históricos; un libro que rehumaniza y salva del olvid».

Nacido en Arcos de la Frontera (Cádiz), en 1943, Antonio Hernández cultiva narrativa, ensayo, periodismo, y, sobre todo, poesía, con títulos como: «El mar es una tarde con campanas», «Con tres heridas yo», «Sagrada forma», «Habitación en Arcos», «El mundo entero», «Insurgencias» (Poesía 1965-2007) o «Nueva York después de muerto».


El Imparcial, 9/10/2014

Por Adrián Sanmartín

A Antonio Hernández se le ha concedido hace poco el Premio Nacional de Poesía 2014 por Nueva York después de muerto, que se une al Premio de la Crítica, obtenido también este año. No es la primera vez que el escritor andaluz obtiene este último galardón, con el que ya se alzó en 1994 por Sagrada forma. Ni estos son los únicos reconocimientos que ha logrado a lo largo de su trayectoria, en la que ha conseguido numerosos premios como el Adonais, el Gil de Biedma o el Rafael Alberti, entre otros, que le distinguen como uno de autores más sólidos de la poesía española del último medio siglo. Un autor que bebe de nuestra mejor tradición poética para insuflarle un estilo propio.

Precisamente esa simbiosis alcanza, sin duda, una de sus cimas en Nueva York después de muerto, un poemario, como bien señaló el jurado del Premio de la Crítica, “sorprendente y arriesgado”. Y, añadiríamos, enormemente valiente al haber abordado un reto de gran envergadura.


En un bosque extraño, 10/10/2014

Por Santos Domínguez 

Nueva York después de muerto es un libro sorprendente y arriesgado en el que el autor recoge un cruce de vidas y destinos que acaban en la ciudad de la muerte y de la aurora, con columnas de cieno y aguas podridas.

Heredero de aquel proyecto, Antonio Hernández organiza su libro también como una trilogía en la que se suceden y se confunden ordenadamente en la muerte esos tres vértices, porque Luis Rosales es aquí ya emoción de otra sangre, ya / parte confederada, parte de Federico y está ya en Nueva York, después de muerto. / ¿Después de muerto quién, él, Federico, / Nueva York muerta?


La voz de Pinto, 15/10/2014

Por José Luis Esparcia

Antonio Hernández está en el otero de la poesía española; no mira por encima porque sus pies y su corazón son muy telúricos; pero ve, con los ojos que le nacieran en Arcos de la Frontera y con el corazón que le creciera en las pautas vitales del mundo real, también el de la realidad ensoñada, al resto de poetas actuales con una perspectiva de madurez ganada por trabajada. Su poesía resulta del don machadiano, pero también del halo lorquiano, del arrojo y la sensibilidad hernandianas y, sobre todo, de su honestidad como persona y poeta al que encendió el Sur gaditano y al que ha inflamado el mundo cerca de las personas reales, que sienten realmente cuanto Hernández sabe captar, apreciar y poetizar en versos leales a su sentido de la poesía para la inmensa mayoría.

El libro ganador de ambos premios: “Nueva York después de muerto”, no es realmente un libro, sino varios, aunque la temática y el tono confluyan y se distribuyan para crear la simetría que lo hace tan asequible a la persona lectora, y tan irrepetible a otra sensibilidad escritora. Los merecimientos de dos grande poetas: Luis Rosales y García Lorca, las inquietudes sociales y la consolidación de un sentimiento paganamente patriótico en los contrarios representados por la defección yanqui, son líneas de conducción principal de este libro que quedará entre los más grandes.



miércoles, 15 de octubre de 2014

Noticias: Antonio Hernández: La luz de la poesía

Antonio Hernández: La luz de la poesía
José Luis Esparcia
La voz de Pinto, 15/10/2014

Un jurado presidido por Luis María Ansón, ha otorgado, por diez votos contra uno, el premio nacional de poesía al poeta gaditano afincado en Madrid Antonio Hernández, que ya recibiera, antes del verano, el premio nacional de la crítica.

Antonio Hernández está en el otero de la poesía española; no mira por encima porque sus pies y su corazón son muy telúricos; pero ve, con los ojos que le nacieran en Arcos de la Frontera y con el corazón que le creciera en las pautas vitales del mundo real, también el de la realidad ensoñada, al resto de poetas actuales con una perspectiva de madurez ganada por trabajada. Su poesía resulta del don machadiano, pero también del halo lorquiano, del arrojo y la sensibilidad hernandianas y, sobre todo, de su honestidad como persona y poeta al que encendió el Sur gaditano y al que ha inflamado el mundo cerca de las personas reales, que sienten realmente cuanto Hernández sabe captar, apreciar y poetizar en versos leales a su sentido de la poesía para la inmensa mayoría.

El libro ganador de ambos premios: “Nueva York después de muerto”, no es realmente un libro, sino varios, aunque la temática y el tono confluyan y se distribuyan para crear la simetría que lo hace tan asequible a la persona lectora, y tan irrepetible a otra sensibilidad escritora. Los merecimientos de dos grande poetas: Luis Rosales y García Lorca, las inquietudes sociales y la consolidación de un sentimiento paganamente patriótico en los contrarios representados por la defección yanqui, son líneas de conducción principal de este libro que quedará entre los más grandes.



En todo caso, la lectura de la obra de Antonio Hernández, no requiere una pasión predeterminada, aunque sí una condición aconsejada: saber reconocer las inflexiones con que la “poesía del corazón” transita por la mayor o menor avidez del sujeto lector.

Es un poeta de lo que permanece, de la realidad que no se evapora en distintivos lingüísticos o en aburridas derivaciones argumentales; es un poeta “miliario” desde que, en 1964, publicara el libro “El mar es una tarde con campanas”, premiado en el certamen Adonais de 1963; un poeta que ha marcado camino y que hoy aún no reposa de su largo trayecto como referente de la “poesía del corazón” en concreto y de la poesía necesaria en general. Por eso, leer a este poeta es una de las experiencias más gratificantes no sólo para quien esté ávido de poesía, sino, también, para quien quiera adentrarse en una primera experiencia lectora de este género.


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