martes, 24 de enero de 2017

Reseña: "Los otros", de Luis Romero, en El Imparcial, por Francisco Estévez.


                                Luis Romero: Los otros

                                                 Por Francisco Estévez



                                                                                                         El Imparcial, 22/01/2017                                                                                 

Entre varios centenarios que pasaron de puntillas el año apenas difunto uno de los más silenciados fue el del nacimiento de Luis Romero. Sin embargo, la atenta colección “Textos desatados” de Calambur ha realizado el mejor homenaje posible para con el escritor, o sea, poner en circulación versión íntegra de Los otros, novela de relieve sobre la insolidaridad de finales de los años 40 en la España franquista. Un ponderado y atento estudio del crítico Santos Sanz Villanueva presenta con acierto la obra y figura del autor que no dudó en desmarcarse de su filiación política inicial y exponer de forma crítica, del modo que toleraba el propio régimen, los graves claroscuros de la sociedad postguerra.

Luis Romero historió la Guerra Civil y novelizó sus trágicas consecuencias en clave de realismo social (donde destacan por ejemplo la magnífica obra de Juan Eduardo Zúñiga, trilogía de la Guerra Civil en Madrid, o las virguerías literarias de Ignacio Aldecoa). El lector memorioso recordará con agrado y aprecio el personaje colectivo de La noria (1952), portentosa novela donde retrató un día de Barcelona y adelantó el realismo social. Pocas veces alcanzó después las cotas arribadas con esa opera prima, aunque no desmerecen nada Carta de ayer (1953) o la inquisitiva El cacique (1963). La crónica Tres días de julio (1967) es un parteaguas en su producción pues desde entonces se decantará por un periodismo literario de nuevo cuño y sus escritos rayan la frontera entre historia y novela, donde cabe destacar Cara y cruz de la República (1980). Por último, merece atención la significativa biografía que realizar a su coterráneo pintor, Todo Dalí en un rostro (1975).

En la excelente novela que es por variados motivos Los otros Luis Romero retrata la desesperación moral de todo un pueblo a través del relato de un atraco fallido inducido por la miseria social de un carpintero. Como bien anota Santos Sanz, un protagonista sin nombre apunta más al arquetipo y una ciudad como aquella Barcelona, que bien podría ser cualquier otra, dan dimensiones universales a la historia al generalizar como abstracción aplicable a cada uno de nosotros. Son geniales la dosificación del suspense, el retrato coral, la denuncia de la Guerra Civil como causa de los desequilibrios. La red queda sustentada por una base documental que otorga exacto verismo al relato por entero desde su síntesis, la delincuencia como única alternativa posible, a las distintas fases de la novela: el atraco, la casualidad, la persecución policial, la herida de bala y el triste final.

Resulta un error sustantivo y una falsificación histórica que el realismo crítico y la novela de testimonio de Luis Romero sean hoy apenas nota de una línea en las historias literarias. La mezquindad española es despiadada con una de las cumbres narrativas de la posguerra. La oportunidad de publicar una edición integra de Los otros con un pertinente estudio introductorio es un acierto tan importante como necesario. En estos momentos de asfixiante preponderancia de eso que mal se llama autoficción, la novela Los otros adquiere vigorosa vigencia al mostrar muchos otros caminos para contar igual de legítimos y poderosos pero quizá más sugestivos ahora en el viejo arte del narrar. Pero más allá aún, la novela presenta un duro alegato frente a un mundo capitalista con trono presidido por el dinero, lo cual la otorga una exacta y afilada vigencia. No se la pierdan.

Véase también en http://www.elimparcial.es/noticia/173834/los-lunes-de-el-imparcial/luis-romero:-los-otros.html

Noticias: Artículo sobre "Los otros", de Luis Romero, en El Correo de Andalucía, por la poeta Concha García


                                                                     

                                  Los otros y Barcelona

                                                         

                                           Por Concha García     

                             

                                   El Correo de Andalucía, 9/1/2017
                                                                   

Un día de diciembre de 1990 caminaba por la izquierda del ensanche barcelonés hacia la casa del escritor Luis Romero. Tenía el encargo de entrevistarlo. Luis Romero nació en Barcelona en 1916. Vivió y viajó a otras ciudades como Buenos Aires y París en un tiempo en que solo se permitían viajar los ricos. El autor barcelonés ganó el Nadal en 1952 con una novela titulada La Noria.
La Noria era una novela que podía etiquetarse con la palabra ‘social’ porque lo que mostraba era un friso de la situación social en aquel momento. Treinta y siete personajes y una acción que dura un día. Siempre me han gustado los relatos sobre ciudades cuando el autor no intenta idealizarlas ni empobrecerlas a base de ficciones.
Su casa era algo oscura y el estudio estaba lleno de libros colocados por todas partes. Era un hombre de casi setenta años muy amable. Flotaba una patina de tiempo, como la que flota ahora rememorando aquella tarde. Comenzamos a hablar. Su profesión, vendedor de seguros, le permitía viajar y conocer todo tipo de gente, esa que después aparecería en sus novelas. Decía que las diferencias sociales eran muy violentas, sobre todo en el campo. En aquella época quien caía en la miseria no se podía levantar, «lo que pasa es que el hombre se acomoda y vivíamos así como si fuese a durar siempre». Aquella afirmación se me quedó grabada. No volví a ver a Luis Romero que moriría mucho tiempo después, en 1996 a la edad de 90 años, en Barcelona.
La figura de aquel escritor barcelonés fue diluyéndose no sé por qué. Quizás no fue un hombre de grupo, -autor de más de trece novelas, libros de arte, una biografía de Dalí de quien fue amigo cuando vivió en Cadaqués; de un libro de poesía que dejó porque no era rentable, dijo -, y algunos libros de historia, así como libros de viaje-, el caso es que desapareció. Ya sabemos que las novedades dan empujones a los libros anteriores y que los libreros no tienen espacio para buenos fondos porque es oneroso tener un libro en la estantería. También es cierto que lo que no se muestra no existe. Alguien me contó que en Buenos Aires en algunas librerías el autor o editor paga para que sus libros sean expuestos.

Hace poco mi editora me regaló la reedición de Los otros, de Luis Romero. La edición recupera por vez primera la integridad del texto original, que fue mutilado por la censura en 1956. La devoré en dos tardes. La trama no es demasiado compleja, la historia de un atracador inexperto, su persecución y muerte a manos de la policía. Las motivaciones del delincuente no son otras que el condicionante social y económico. A través de un inteligente retrato sicológico, entramos en la conciencia de los personajes y de paso visitamos algunos barrios sórdidos. Sorprende que aquel libro pasara la censura, y eso lo explica muy bien Santos Sanz Villanueva: «¿Cómo no se prohibieron noticias sobre el hambre, el paro, los salarios miserables, la violencia, los abusos del empresario o la existencia de un movimiento de oposición organizado? Aquel censor permitió que circulase el documento oscuro de la sociedad de aquel tiempo. No deja de sorprender que Luis Romero con su pasado de militante falangista, se acercara a la miseria de tal manera que se puede decir que en Los otros no hay moraleja alguna, es el retrato de un tiempo seccionado por las conciencias de sus protagonistas». Castellet, el influyente crítico barcelonés, quizás desde posiciones de izquierda más comprometidas llegó a acusar La Noria de falsedad moral.
Recordé aquella Barcelona llena de edificios sucios, casi oscura por los humos de las fábricas de Poble Nou, los paseos con mi familia por las playas de ese mismo barrio, hoy uno de los más caros de Barcelona. Los desagües de las cloacas, eran visibles puesto que no estaban demasiado lejos de donde se formaba la última ola de la playa, en realidad eran vertederos. Allí estuvo el barrio del Somorrostro que albergó en sus chabolas a más de dieciocho mil personas. Allí nació Carmen Amaya. Fueron varias Barcelonas las que se iban colocando en mi evocación mientras leía Los otros, tuve la sensación de estar dentro de aquella otra ciudad. Ya no queda apenas nada y menos mal que borraron aquella miseria, aunque la borrasen solo para desplazarla a otros lugares. La pobreza se invisibiliza y no entra en preocupaciones de índole identitaria. La pobreza iguala.
Romero explora la conciencia de sus personajes, la narración viene desde adentro hacia afuera. Los otros, son los pobres, los que no son ni empresarios ni clase media, personas obedientes y temerosas a las órdenes de gente sin escrúpulos, como ha sucedido siempre. El miedo y la obediencia son armas letales para la libertad y sin embargo... En los pliegues de la novela vemos frisos de los terribles terratenientes que conservaron un poder con la República –como escribe en el prólogo...- y eran sostén del nuevo Régimen, o el empresario enriquecido a costa del obrero, ignorante y con total ausencia de principios sociales, sustituidos por un cínico sentido paternalista. A medida que vas leyendo, la ciudad reaparece con sus chimeneas llenas de humo, ahora trasladadas a unos kilómetros de la ciudad; los barrios emergentes, en uno de ellos viví parte de mi adolescencia, mi familia tuvo que emigrar como otras tantas, las políticas favorecían el impulso industrial en Cataluña y en el País Vasco, donde la gente emigraba. En el colegio te decían que inmigrar era emigrar, pero dentro de tu país. Un retrato parecido al que tenemos actualmente. Aquel hombre con una barba descuidada, rodeado de libros en su salón del ensanche barcelonés, sin saberlo, me había dado una lección de historia, contra el capitalismo, contra las personas mediocres y obedientes. Es una novela que podría haberse escrito hoy: salarios misérrimos, pérdida de derechos laborales, vivienda miserable, desahucios, egoísmo rampante que, como dice en el excelente prólogo Santos Sanz Villanueva, se llama especulación financiera. La lección está aprendida, ahora se trata de resolver qué hacemos con este aprendizaje.

Véase también en http://elcorreoweb.es/aladar/los-otros-y-barcelona-EN2528789.

lunes, 23 de enero de 2017

Reseña: Las proximidades, de Concha García, en El Cultural. Por Túa Blesa


                          Las proximidades

                                            Por Túa Blesa


                                                    EL CULTURAL, 6/1/2017

Se lee en uno de los poemas que el “destino” de quien aquí habla es “anotar en la roca una serie / de composiciones para que no / desaparezca el recuerdo de lo hermoso”. Esto puede, o debe, entenderse como declaración de principios que explican este libro y quizá también toda la producción de Concha García (La Rambla, Córdoba, 1956), toda ella muy valiosa y que viene teniendo el reconocimiento que merece. Ahora bien, lo hermoso aquí, ¿a qué se le denomina así?, ¿de dónde surge? No de la contemplación o evocación de lo grandioso o tópicamente bello, sino de chispazos, epifanías si se quiere, de percepciones de pequeños momentos de la vida cotidiana, del recuerdo en ocasiones, y de ello el yo de los poemas cumple su destino y lo rescata de su ser pasajero y del olvido.

Si aquello que se percibe está necesariamente en un afuera del sujeto, del cuerpo, el título, Las proximidades, da la clave: las cosas no son ajenas, sino próximas, es más, se hacen interiores, como se afirma, por ejemplo, en “Sentir / la savia / en la sien” y es que “Estamos dentro / de los maridajes / cósmicos”, lo que hace que el yo no sea un mero observador, sino que es partícipe de todo aquello que el mundo le ofrece, como si la frontera que delimita lo interior y lo exterior se hubiese desvanecido y, así, todo concierne como propio. Y es que lo que se percibe transmuta en emociones. Así se lee que “revierten su sombra dándome / la percepción de que estoy / cerca de todo”. Se diría que en estos poemas percibir es ser (y a la inversa).

Este gesto por el que se desestabilizan las nociones de interior y exterior tiene también su manifestación en que hay poemas en primera persona en que habla de sí misma -o de nosotros-, otros dirigidos a un tú y otros más en los que se habla de ella, como si la voz se desplegase en diversos sujetos, dos de los cuales habrán de ser exteriores al yo aun cuando se entienda que son sus proyecciones. Y no habrá que olvidar que en una poética afirmaba esta poeta: “He construido un sujeto poético afín a mi experiencia, a veces no soy yo la que habla, sino mis otredades”. En cualquier caso, esta estrategia de diseminación otorga variedad al conjunto. Lo anterior tiene relación con ciertos movimientos sintácticos que proyectan un cierto halo de intriga, como en “Gozoso caminar / que se expande / alrededor de ella, / muevo los brazos” o “Ella siente que todo ocurre / como si no le afectara”, todo bajo el título “La culpa estruja tu cerebro”.

Concha García utiliza en no pocos poemas de este libro un verso corto, incluso muy corto, que implica una fractura del discurso; ello y la irrupción de finales que causan una cierta sorpresa son otros de los elementos que otorgan fuerza poética a Las proximidades.

Véase también http://www.elcultural.com/revista/letras/Las-proximidades/39067

Entrevista a Concha García en El Babelia




                              Babelia, 21/11/2016


Concha García nació en La Rambla (Córdoba) en 1956 pero vive en Barcelona desde niña. También ha vivido en Buenos Aires y Montevideo. Poeta y escritora de diarios, es autora de libros como Ayer y calles (Visor) y Acontecimiento (Tusquets). Su obra está recogida en las antologías más representativas de la poesía española reciente. Ahora publica Las proximidades (Calambur).

¿Qué libro le hizo querer ser poeta?

Muchos, por ejemplo El Romancero Gitano, de García Lorca; Trilce, de César Vallejo; Primero sueño, de Sor Juana Inés de la Cruz, fueron mi primer canon.
¿Qué poema ajeno le habría gustado escribir?

Me hubiese gustado escribir Questions of Travel, de Elizabeth Bishop; y Tabaquería, de Fernando Pessoa. La poesía debe ser percibida, de lo contrario corremos el riesgo de escribir bajo estereotipos y reglas, sentimos su ritmo y podemos entrar al lenguaje, por eso es fácil identificarse con poemas extraordinarios.

Lo cotidiano aparece trascendido en sus poemas sin dejar de estar presente, ¿cuántos poemas han surgido de una anotación de sus diarios?

Diarios y poemas forman parte del mismo proceso de escritura. Acontecimientos cotidianos de los que apenas nos apercibimos, hay que estar atenta a lo mínimo, a lo infravalorado, a lo que no se puede consumir e intercambiar. El diario da cuenta de ello, el poema lo trasciende. Lo cotidiano es un anclaje necesario porque somos también cuerpo.

Usted conoce bien la poesía latinoamericana. ¿Qué autor o autora merecería más atención a este lado del Atlántico?

Hay mucha poesía que aquí apenas se conoce, por ejemplo de la uruguaya Selva Casal, su padre fue el creador de la revista Alfar, Julián del Casal; Circe Maia, también uruguaya; Graciela Cros y Cristiana Aliaga, de la Patagonia argentina. Un poco anteriores hay poetas como Edgar Bayley y Juan L. Ortiz.

De no ser escritora le habría gustado ser...

Me gustaría ser escribana de cartas en un pequeño pueblo con río, para ayudar a la gente en sus trámites; es un oficio que todavía existe en algunos lugares remotos.

¿Cuál ha sido el último libro que le ha gustado?


Imaginar otras vidas, de Remo Bodei.

¿Cuál es la película que más veces ha visto?

Hay más de una, por ejemplo: En la Ciudad Blanca de Alain Tanner; Blue Velvet, de Davd Lynch¸ y Nostalgia, de Andrei Tarkovski.

¿Qué está socialmente sobrevalorado?

La gastronomía y el fútbol.

¿A quién le daría el próximo premio Cervantes?

A Selva Casal, léanla.

Véase también en http://cultura.elpais.com/cultura/2016/11/15/babelia/1479211198_130682.html?id_externo_rsoc=FB_CC

Novedad: "La publicidad del libro en el mundo hispánico (siglos XVII-XX): Los catálogos de venta de libreros y editores", de Pedro Rueda y Lluís Agustí (ed.)


Biblioteca Litterae nos trae uno de los mejores estudios publicados hasta el momento
sobre La publicidad del libro en el mundo hispánico (siglos XVII- XX),
edición de Lluís Agustí y Pedro Rueda.


Novedad: "Las proximidades", de Concha García

Las proximidades, el nuevo libro de Concha García, una de las voces con más trascendencia poética de la literatura contemporánea.


Reseña: La hija del Capitán Nemo, de Cecilia Quílez, por Idoia Arbillaga en la revista "Paraíso"






                                                                             

                         Revista Paraíso, número 11, pp. 155-159


                                                   Por Idoia Arbillaga 




Cecilia Quílez ha publicado cinco poemarios en los últimos trece años, su trayectoria dio comienzo en 2002 con La posada del dragón, libro al que sigue en 2006 Un mal ácido, un poemario de ricas ambigüedades erigidas sobre la figura de la écfrasis; y su acertada consecución en 2008, El cuarto día, en Calambur. En la misma editorial aparecen sus restantes libros, en 2011 Vísteme de largo, un poemario que nos ponía en contacto con verdades existenciales: la dualidad del ser, ese otro yo que
nos desarbola y enriquece, los pactos autobiográficos entre la renuncia y la osadía vital; asimismo incluía varias poéticas informales, y temas que se reiteran en su obra como la infancia, el amor y el deseo. Incluso con una mayor lucidez vertebrando el texto, aparece en 2014 La hija del capitán Nemo, un poemario que puede definirse como paralelo a todos los demás por su constitución formal: mediante la predominancia del versículo, sí, pero con total ausencia de puntuación sintáctica, salvo los puntos seguidos y aparte de las prosas poéticas, que carecen igualmente del uso de la coma y el punto y coma. Otra peculiaridad formal añadida es la constante apertura en mayúscula a principio
de cada verso, un rasgo poético clásico del cual se han servido otros muchos autores durante los siglos precedentes, este uso dio nombre a las letras versales, esto es, a las mayúsculas. No obstante, este rasgo parece que en la actualidad halla más sucesores en las estéticas coetáneas y no se trata ahora de una mera fijación tipográfica editorial, sino que abre numerosas posibilidades interpretativas y de significación, como las que aquí se producen. Esta suma de rasgos singulariza la intelección de cada poema, los versos parecen doblemente libres, y la ausencia de puntuación crea esas 156 expresivas ambigüedades tan del gusto de Quílez. El texto gana en solidez expresiva según nos adentramos en el mismo, y como sucede en toda obra literaria de acusado impacto, el lector ha de hacerse primero con ese universo formal y estilístico del autor para afianzar la intelección de la obra. Entre las restantes particularidades formales, figura algún coqueteo caligráfico, como en «A mi hermano le enseñaron a disparar» (p. 15), epistolar, como «En aquel instante preciso» (pp. 64-65), también alguna irónica glosa (p. 39), o las ya referidas y más abundantes prosas poéticas o poemas en prosa (pp. 13, 29, 33, 45, 49, 55, 59, 63 y 77).
Estilísticamente puede decirse que del superrealismo contenido de sus libros anteriores, avanza aquí hacia un simbolismo que determina formalmente todo el libro, otorgando unidad a la rica pluralidad formal. Sin duda quienes afirman que la poesía ha de ser sólo una y en accesible forma, no hallarán respuestas cómodas en un libro de la riqueza y pluralidad formal de La hija del capitán Nemo. Incluso el tan cuidado y formal léxico dominante se ve en algunos lugares completado con usos coloquiales que otorgan al texto cierta espontaneidad y frescura —«Y qué /
Llamarme lo que os plazca / Ay qué sofoco / Tú / Qué penita / Siempre invierno» (p. 46)—; en otros lugares figura un lenguaje plenamente cotidiano, sin el uso de la metáfora (p. 57). No obstante sobreabunda, según adelantábamos, el Simbolismo y la metáfora críptica, en ocasiones in absentia. En cuanto a la extensión, de un lado son abundantes los poemas esencialistas o minimalistas (pp. 16, 17, 37, 48, 53, 69,74, 75...), de otro lado predominan igualmente los poemas de extensión media (pp. 28, 34, 36, 38, 40, 41, 42, 46, 52...); no figuran en cambio poemas de mayor extensión que los que aquí se aluden. Temáticamente la pluralidad vuelve a ser semánticamente determinante en la obra, que se divide en cuatro partes, «I. Signos vitales», «II. El peine del viento» (¿Homenaje onomástico a la célebre escultura de Chillida?), «III. Cuerpos celestes», y «IV. La hija del capitán Nemo». Los temas no se adscriben promediada ni equitativamente a las partes, únicamente se profundiza en los mismos con un mayor distanciamiento o con una mayor cercanía en el tratamiento semántico de los mismos, sea éste último el caso de la parte final. En torno al desengaño, el amor y el 157 deseo, se despliegan los tres campos semánticos que rigen el conjunto de subtemas de la obra.
El desengaño avanza desde la desolación hacia la curación final, o más modestamente, hacia una cierta esperanza contenida. En principio un dolor árido impregna los versos, como en el memorable y minimal poema: «Dentro de la piñata / Pájaros muertos / Yo la vara / Ellos la venda» (p. 48); en otros poemas comienza a cobrar relieve la impotente lucidez que prosigue al desengaño, «Y ahora, ¿qué hago con la verdad? [...] Incendiamos todas las ausencias» (p. 49). El desengaño se ve paulatinamente anulado e igualmente desaparecen los ácidos tintes
del rencor: «El odio termina / En el ala zurda / Del corazón / ¿Notáis como baila?», o «Escribe que la rabia es un postre caducado en el contenedor del recuerdo» (p. 77). En torno al desengaño aparece la soledad (p. 22, 57 et alii), también la impotencia o frustración del escritor —en un notable poema metapoético—: «El poema siempre es un sacrificio / La mayor tortura / Es no escribirlo / No hay limosna suficiente / Que calme la soberbia de los dioses» (p. 56). El nivel léxico textual adquiere una obvia relevancia por cuanto enmarca el largo duelo que da fondo y forma al desengaño latente; así pues, una dura isotopía léxica recorre consecuentemente el poemario con verbos, sustantivos, adjetivos o adverbios como los que siguen: lágrima, mentira, cementerio, fatalidad, silencio, penitencia, negación, basura, muerte, maldición, azufre, miedo, hundidos, envidia, feroz, batalla, llanto, rabioso, ahoga, hunden, amordazan, endemoniadamente, ausencia, etc. Sin embargo, el amor fraternal —antes que el vitalismo y deseo finales—redimen el nihilismo existencial que dominaba la semántica,la interpretación del texto. De este modo, resultan redentores y particularmente luminosos los poemas dedicados a la maternidad y a su hija (Julia), que cobra protagonismo en varios poemas, lo que no había sucedido con tal rotundidad expresiva en ninguno de sus poemarios precedentes, todos dedicados a la joven. En este sentido sobresalen los poemas de las pp. 58 o 72. En cualquier caso, el valor de lo fraterno le lleva a referirse igualmente a las figuras del padre (pp. 64-65 et alii), del 158 hermano (p. 15), o el padre y la madre juntos (p. 73). La amistad, otra forma de amor fraterno, halla lugar en el poema «Laura tú de niña» (p. 42), tácito homenaje a la infancia de la poeta Laura Giordani y uno de sus mejores poemas. Finalmente, el vitalismo sensual, y la intensidad en la aprehensión del mundo y de la vida, resultan liberadores. No dejan de percibirse aun desde la primera parte, donde habla de «la palangana inoxidable de la fe» (p. 34). El deseo y las referencias a lo sensual también: «Nadie contradice/ A los parias del deseo» (p. 28), «La palabra golosina / Dentro muy dentro / De mi sexo» (p. 50), «Poséeme» (p. 52), «Mi mejor bestia,mi deseo» (p. 55), «Hervir en la noche y cribar el deseo» (p. 78), etc. En conclusión, La hija del capitán Nemo se presenta como un poemario muy plural formal y temáticamente, en ocasiones árido y seco en sus concesiones semánticas y léxicas, se trata de un poemario al que conviene una segunda lectura para un mayor discernimiento y una más completa interpretación de su sentido último, pues exige el lector más atento y capaz; si bien, a pesar de la aparente dispersión temática, se aprecia cierta intención, si no narrativa, sí argumental, pues late en su fondo un desengaño doliente que dará paso a una lucidez serena que abrirá espacios a su postura existencial siempre vitalista: esa atractiva necesidad de sentir, saborear, apostar por el futuro, en suma vivir gozosamente, una Estética que define líricamente el conjunto de la obra de la autora. Un duelo, pues, que termina y deja paso a una esperanza madura, realista y contenida, pero verdadera. Un libro determinante el de Cecilia Quílez, que no sabemos hacia dónde nos lleva ahora, tras la superación y renovación que manifiesta en este notable poemario último.

Reseña: Cantos: & : Ucronías, de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, en el blog Pirotecnia, de Óscar Pirot


Cantos : & : Ucronías, de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán o la épica del lenguaje  

                                                    

                                                                                                         
                                                                                                                   Por Óscar Pirot



El héroe es héroe por su concepción singular, por las circunstancias extraordinarias de su nacimiento. El héroe lo es por el designio de fundar una ciudad, por transfigurarse en muerte tras el fatalismo de su sombra. El héroe es canto que se aproxima, hazaña en constante recreación. Pulsión de misterio que transita de la nada hacia el ser.
De esa condición épica nace en gran parte la poesía de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán.

Su escritura viene determinada por la mágica gestación de una voz que avanza sin que sepamos quién o qué la pronuncia. Las palabras se suceden como dichas por una boca oculta en la niebla de la página: un oráculo en diálogo sostenido, una presencia que se apropia del lenguaje para reconvertirlo en sustancia bélica, en vigor transmutado. Los poemas de Cantos : & : Ucronías fundan ciudades que cantan y se fecundan a un ritmo acompasado, columnas y voces que se edifican a modo de letanía definiendo tras los signos de puntuación un discurso fundacional: el de nombrar el mundo a través del sueño y el delirio a sabiendas de que hemos perdido la sintaxis de todos los idiomas.

Cantos : & : Ucronías se desdobla en dos partes:  CICLO CÓNCAVO : y : CICLO CONVEXO : . En el primer ciclo, una tensión ocular acecha en las palabras. Las visiones se fermentan en sangre, sueños, ácido, amoniaco, guerreros, gatos, tumbas, decaimientos de nostalgia… La tinta desenvaina sus recipientes formando espadas que hienden sus imágenes hipnóticas: —Cuando las gentes duerman en la línea infinita de las olas branquiales (p. 20), la senil luz de este tránsito que nos recorre como un signo de tortura (p. 2), —A través de la córnea del teléfono sé que la muerte brota como un párpado (p.13), porque tu boca es un sarcófago con escenas de combate buscándome en esta noche curva como la sangre un muerto (p. 22).

El héroe invisible lucha contra sus propias amalgamas, parajes donde el vacío y la necesidad de sobreponerse a él hacen de cada poema una hazaña verbal, metalúrgica. Un sopor elegíaco y dubitativo hace del guerrero una sustancia dual en donde la dicha y la vulnerabilidad giran en realidades adversas. La voz épica indaga en los poderes ocultos de la vida y del lenguaje, en el carácter críptico y nominal de la existencia, en un ciclo de 45 textos que lucha hasta resolverse en un desgaste y una renovación en donde el olvido cree haber descubierto el origen de sus imaginaciones.

En : CICLO CONVEXO : asistimos a una reflexión epistemológica. El combatiente indaga sobre lo comunicable, sobre el idioma y sus espectros, se adentra en las palabras y las vuelve virginales, las trastoca con el fuego amigo del silencio restituyéndolas en balbuceos oníricos. Su cosmovisión es omnipresente y circular, parte de las reminiscencias del Antiguo Testamento para instaurarse en las auras de Cirlot, Robert Desnos, Rothko o Danilo Kis. Intertextualidad y diseminación, huevo cósmico, liturgia de símbolos que desembocan en una guerra constante entre el universo y la manera de nombrarlo. Las formas de codificación, puntuación y sintaxis reavivan sus raíces y producen la sensación de estar al pie de un frente de batalla en donde el lenguaje lucha consigo mismo hasta alcanzar su heroicidad.


Este poemario, como su nombre lo indica, bien podría definirse como un universo alternativo donde la génesis del canto nos vuelve cómplices de una nueva historia que implica la reconfiguración del presente mediante el delirio del lenguaje primigenio, forma en la que el lector es testigo de la épica que busca reconstruir el origen bajo sus ojos.

Cantos : & : Ucronías o la épica del lenguaje.


Véase también en: http://oscarpirot2.blogspot.com.es/2016/12/cantos-ucronias-de-miguel-angel-munoz.html

Novedad: Por sus culpas o por sus gracias, de Rosa Navarro Durán

Por sus culpas o por sus gracias. Pasiones y trucos en el gran teatro áureo: De Lope a Calderón, un minucioso estudio sobre el teatro en el Siglo de Oro, de la catedrática Rosa Navarro Durán.


Novedad: Casa útero, de Bárbara Butragueño

Calambur publica el nuevo poemario de la joven poeta Bárbara Butragueño. ¡Ya en librerías!



lunes, 24 de octubre de 2016

Novedad: Picasso en el burdel, de José Luis Calvo Carilla


Ya en librerías Picasso en el burdel, de José Luis Calvo Carilla, un ensayo imprescindible sobre la vanguardia antes de la vanguardia.



Picasso encontró en cubismo en un burdel de la calle Aviñón de Barcelona; ciertos escritores españoles prefiguraron intuitivamente el futurismo; Baroja practicó un futurismo no aprendido; entre Freud y Ramón y Cajal hubo un duelo silencioso y desigual; el Dr. Ruiz propuso una «ética del entusiasmo» para combatir el mal de siglo; Gómez de la Serna extrajo sus ideas de los juegos de sociedad; la estética «robótica» e los Ballets Rusos injertaron el fogoso duende del flamenco. Estas premoniciones ilustran cómo una vanguardia sociológica precedió, en vísperas de la Gran Guerra, la gran eclosión de las vanguardias europeas. Con el aderezo de instantáneas, anotaciones y breves chispazos reflexivos, los capítulos de este ensayo despliegan con agilidad un abanico de novedosas interpretaciones que perfilan la existencia de esa «vanguardia antes de la vanguardia» de que habló el dadaísta Richard Huelsenbeck.

Novedad: Eros y amistad, de David T. Gies

Llega el tercer título de Selecta Philologica, Eros y amistad, de David T. Gies, un sugerente ensayo sobre la cultura y la literatura de los siglos XVIII y XIX.


Entre los temas más candentes de los siglos XVIII y XIX en España (los tiempos de la Ilustración, el Neoclasicismo y el Romanticismo) se cuentan el amor (eros) y la amistad. Desde Cadalso, Forner, Cienfuegos y Moratín padre hasta Pacheco, Asquerino y Zorrilla, los autores más prestigiosos de época se preocupan por las relaciones humanas, tanto en su forma más inocente y social (la amistad) como en su vertiente más escabrosa (el incesto y la pornografía). Meléndez Valdés, el fino poeta de la segunda mitad del dieciocho, capta en sus versos una profunda sensualidad erótica que convirtirá a objetos domésticos, como una paloma o un perrito, en elementos cargados de un fuerte erotismo. Contrastamos estos sugerentes poemas con los conocidos cuadros de Boucher, Watteau y Fragonard. Asimismo, Don Juan Tenorio, el famosísimo calavera de Zorrilla, no termina sus escapadas en 1844 (año del estreno del original) sino que sigue viviendo en obras paródicas del mismo siglo, en una versión escandalosamente pornográfica y luego en versiones fílmicas del siglo XX, cuando se convierte en estrella de cine en películas dirigidas Mercero y Barrera.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Noticias: Presentación de "Memorias de un perro iraquí", de Abdul Hadi Sadoun, en el Centro Cultural La Corrala, Madrid

El pasado día 15 de septiembre presentamos en el Centro Cultural La Corrala el libro Memorias de un perro iraquí, de Abdul Hadi Sadoun.
Al autor estuvo acompañado de María Jesús Zamora Calvo (profesora titular de la UAM), Rafael Soler (escritor) y Noemí Fierro (traductora de la obra). Muchas gracias a todos los asistentes que nos acompañasteis en esta especial velada.












lunes, 26 de septiembre de 2016

Reseña: El piano del pirómano, de Ángel Antonio Herrera, por Julia Sáez-Angulo

                                                                                                                                                            Julia Sáez-Angulo
El periodista y poeta Ángel Antonio Herrera es el autor del poemario El piano del pirómano, publicado por editorial Calambur. Ejerciente del periodismo literario en agudas y bellas columnas de periódicos y revistas, la escritura de Herrera rezuma poesía por su visión profunda y capacidad de metáfora, no exentas de ironía.

“Acabé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu”. Con esta cita de Arthur Rimbaud, se abre el libro de Ángel Antonio Herrera (Albacete, 1965) –residente en Madrid-, que añade el verso de Vicente Huidobro: “los verdaderos poemas son incendiarios” y el de Federico García Lorca que dice: “Qué serafín de llamas busco y soy”.

“Sé que lo mejor duerme en desvanes, hablo a la lluvia de las cosas incontables que no saben que no existes”, dice en uno de sus poemas (…) me sucede la intuición del desconsuelo y la molienda de la melancolía”.

El poemario El piano del pirómano fue galardonado con el primer premio de XXIX certamen internacional de Poesía Barcarola, donde el jurado estuvo presidido por Félix Grande y compuesto por Luis Alberto de Cuenca, Marcos Ricardo Barnatán, Javier del Prado, Antonio Lucas y José Manuel Martínez Cano.

“Estoy violentamente a favor de un susto de un xilofón, sépalo claro el anhelo, rotundo sépalo también la ciega cordura./
Aquí lo firmo, porque tuve tanto alterne con el demonio del daño como con las bujerías del júbilo escritas o de otra atmósfera”, son algunos de sus poemas”.

Belleza de palabra y de pensamiento. Belleza de poesía. El poemario El piano del pirómano es un buen gran libro.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Entrevista en El Cultural a Abdul Hadi Sadoun, autor de "Memorias de un perro iraquí", por Javier Yuste

El Cultural, 16/9/2016

                                             Por Javier Yuste


Abdul Hadi Sadoun (Bagdag, 1968), escritor e hispanista afincado en Madrid desde 1993, sentía la necesidad de purgar los dolorosos recuerdos de su vida en Irak a través de la literatura. Las atrocidades de la guerra, de cualquier guerra, aunque en su caso acotadas a la primera guerra del golfo, acontecimiento que sufrió realizando el servicio militar, dejaron una mella imborrable en su recuerdo, con familiares y amigos perdidos en el sinsentido de la muerte y el asesinato. Incapaz de utilizar su propia voz, o la de un trasunto de sí mismo, se decidió a narrar los sinsabores de la guerra a través de las experiencias del perro Líder, un galgo afincado a orillas del Tigris, cuyo dueño es un maestro de Lengua y Literatura que representa la truncada esperanza de una democracia real para el país. Relato crudo y doloroso, que no deja apenas espacio para la esperanza, el escritor iraquí realiza un sentido homenaje a unos de sus escritores más queridos, Miguel de Cervantes, que en una de sus novelas ejemplares, El coloquio de los perros, ya humanizaba a dos canes, Cipión y Berganza, los guardianes del Hospital de la Resurrección de Valladolid. Hablamos con Abdul Hadi Sadoum, también poeta y traductor, de su experiencia en Irak, de la influencia de Cervantes y la novela picaresca en su literatura y de la situación que atraviesa Irak en estos momentos, en lucha por erradicar al Estado Islámico de su territorio.

Pregunta.- ¿Cómo le surgió la idea de contar los episodios más tristes de la historia reciente de Irak a través de un perro?
Respuesta.- En la novela queda explícita la gran influencia de Cervantes y de El coloquio de los perros en este libro, pero había más motivos para utilizar a un personaje como Líder. He estado mucho tiempo sin escribir nada sobre Irak, solo algunos cuentos cortos, y quería abordar literariamente el Irak moderno. Es un tema muy importante para mí, y no encontraba verdad utilizando la voz de un ser humano. Por eso establecí este juego literario en el que el narrador es un perro, un ser neutral pero a la vez cómplice y participante.

P.- ¿De esta manera son más digeribles para el lector las desgracias que provoca una guerra, utilizando la voz de un perro?
R.- Exacto, nos permite mirar la realidad de otra manera. En Irak ha surgido en los últimos años una importante generación de novelistas que escriben sobre lo que ocurre desde el punto de vista humano. Sin embargo, a mí el perro me facilitaba unos ojos neutrales para contemplar lo que hace el ser humano en Irak. Por otro lado, hay una intención de impactar con este punto de vista, pero es un juego literario.

P.- Líder es un perro con unas capacidades especiales…
R.- Ha vivido en Irak el tiempo de la dictadura y la guerra. También ha tenido la suerte de ser el perro de un maestro de Lengua y Literatura, que le enseña inglés, español... Líder entiende lo que hay en los libros y además es un perro libre de pensamiento gracias a las ideas de su maestro sobre política, economía, sobre la situación del país… Es un perro intelectual en tiempos de guerra.

P.- Incluso llega a hacerse vegetariano…
R.- Es una reacción a lo que ve. También a lo que hace el ser humano, actividades como la caza en la que él ha participado. No es un perro inocente ya que se mete en peleas e incluso mata, y también ve derramarse la sangre de sus seres queridos. Llega un punto en el que entiende que la sangre no lleva a ninguna parte y la rechaza.

P.- Usted vivió la primera Guerra del Golfo… ¿Es este libro su manera de enfrentarse a aquellos recuerdos?
R.- Sí, era una manera de apaciguar mis pesadillas. Mi generación vivió su infancia durante la guerra de Irak contra Irán y la adolescencia y juventud durante la Primera Guerra del Golfo. Yo hice el servicio militar durante la invasión del ejército de Sadam a Kuwait y después vino la Guerra del Golfo. Tuve suerte porque no me metí en batallas directamente, pero sí serví en el ejército iraquí y vi toda la barbaridad que puede llegar a cometer un ser humano. Viví un tiempo de absoluto caos en mi país y estuve a punto de conocer la muerte. Mi hermano murió en la guerra y también muchos amigos. Necesitaba explicar lo que nos ocurrió a todos nosotros.


La influencia de Cervantes y la novela picaresca

P.- ¿Cree que existe una tradición de novelas protagonizadas por perros?

R.- La novela moderna llegó a los países árabes a principios del siglo XX, solo teníamos tradición de narraciones y cuentos al estilo de Las mil y una noches. En el mundo árabe es la primera vez que un perro es protagonista, aunque alguno ha habido en poesía o teatro. También hubo un escritor palestino que escribió las memorias de una gallina para trasmitir la experiencia de ser palestino bajo la ocupación a mediados del siglo XX. Sin embargo, el perro es protagonista en muchas novelas en la tradición europea occidental, algunas magníficas como la de Cervantes.

P.- ¿En qué sentido es este libro un homenaje a Cervantes y su El coloquio de los perros?
R.- Cervantes ha influido mucho en todo lo que he escrito y también en todas mis lecturas. Todos mis amigos saben que leo El Quijote una vez al año, al menos algunos episodios y capítulos. Pero simplemente es un homenaje, no quería entrar directamente a imitar la novela ejemplar de Cervantes.

P.- Por ese carácter episódico, por las penurias para lograr la subsistencia... ¿Hay algo de novela picaresca en este libro?

R.- Sin duda. En la tradición árabe tenemos muchos cuentos y narraciones antiguas de este estilo y después está la literatura española con El Lazarillo, El Buscón… En este libro he utilizado muchas técnicas pertenecientes a la picaresca porque las circunstancias de este perro son las de cualquier mendigo de cualquier país.


La crisis de los refugiados

P.- Líder no deja de ser un refugiado. ¿Qué opina de la actuación de Europa respecto a los refugiados sirios?
R.- Mi opinión como escritor, y creo que Líder estaría de acuerdo conmigo, es que todos somos refugiados. Ninguno tiene una tierra firme, fija. Todos somos de muchas sangres, de muchas culturas. Ser español ha significado siempre ser viajero y aventurero, refugiado en muchas tierras… Para mí es lamentable que haya voces que quieran cerrar el paso a refugiados necesitados, que huyen de guerras y conflictos. Tenemos que ser más humanos para entender a los demás, si no vamos a acabar mal.

P.- ¿En qué punto se encuentra ahora mismo Irak?
R.- Irak es un completo caos. Yo lo defino como un campo de tiro abierto a todo el mundo: a milicias, a estados que quieran probar sus políticas… No tenemos un gobierno central fuerte y todo el mundo quiere meter mano allí. La única solución pasa por construir un estado civil bajo una democracia, pero tenemos que trabajarlo mucho. Tiene que ser una construcción fuerte que dé derechos a todos los iraquíes sin excepción. Creo que para un futuro próximo es muy complicado porque las fuerzas externas que ejercen su influencia hoy en día en Irak con total libertad son reacios a dejar el país en manos de los iraquíes.

P.- Irak lucha hoy contra DAESH. ¿Qué opina de la situación en la zona?
R.- Realmente DAESH en un problema internacional. Irak es un país débil con un gobierno débil y el DAESH aprovechó la retirada de las fuerzas internacionales de la zona para hacerse fuerte allí. La solución no está en manos de un gobierno débil iraquí. De todas maneras, DAESH es un peligro para toda la zona, e incluso llega a los estados occidentales. Hay que ayudar al ejército iraquí a plantar cara a este problema.


Véase también http://m.elcultural.com/noticias/letras/Abdul-Hadi-Sadoun-Irak-es-hoy-un-campo-de-tiro-abierto-a-todo-el-mundo/9831

Entrevista a Antonio Gamoneda en Revista LEER, por Alicia González

                                 Revista LEER, julio-agosto 2016


                               Entrevista al sinestésico Antonio Gamoneda
                                           Por Alicia González

Suenan las campanas de la catedral. Gamoneda ya no se asoma a los balcones, ahora es un hombre de puertas adentro. Bueno, lo ha sido siempre y esa introspección hace su poesía espesa, fieramente humana. Ahora recupera al niño desconcertado y morbosamente atraído por la guerra que coloreaba en su mente las imágenes de una España negra en Niñez, mientras mantiene el asombro gracias a su nieta y la voluntad impensada de sobreponerse con ese hipertensor de riesgo que es la poesía.




Su hija habla de la capacidad performativa de la niñez como relato de pasado, presente y futuro en su obra.
(Se lo piensa un poco antes de contestar). Ciertamente en mi niñez se dieron marcas que permanecen y que han condicionado y motivado muchos principales aspectos de mi vida.
Leyendo su obra uno diría que usted es más hijo que padre y esposo, e incluso ha dicho que postergó el ser poeta al ser hijo, padre y esposo. Y es cierto que ha hecho poca poesía estrictamente amorosa.

 ¿Optó por la poesía existencial desde el primer momento?
Tengo bastante poesía amorosa en el sentido de amor a la pareja, a la mujer elegida. Ahora, los datos biográficos míos suponen una relación y una dependencia en todos los órdenes muy fuerte con mi madre que enviudó muy pronto cuando yo tenía menos de un año; yo era hijo único. Y ésta es una circunstancia familiar que configura la convivencia donde las relaciones entre madre e hijo eran particularmente intensas. Eso es así no en mi caso, sino quizá en la mayoría de los casos, pero también es verdad que mi madre tenga en mi escritura un valor de símbolo viviente, como si la retracción, que es palabra que utilizo en algún poema, hacia la especie maternal supusiera para mí un refugio necesario.

Las manos de la madre o la figura femenina son telúricas, protectoras, necesarias para que el hombre descanse del vacío en el que se encuentra.
Está bien leído. Las manos maternas son precisamente el núcleo de ese símbolo de vientre, porque simboliza y al mismo tiempo de simbolizarlo es un refugio.

Habla de esos balcones asomados a la represión. ¿Siempre el niño entra en la edad adulta como observador o es concretamente en el caso de Antonio Gamoneda?
No me atrevo a generalizar. Yo no sé cómo un niño se convierte en adulto, pero sí que a mi receptividad infantil se sumó la terrible coincidencia de que empezase a tener conciencia precisamente en los años de la guerra civil en León, que no fue campo de batalla, pero sí de represión muy importante –no sé si poner comillas en lo de importante-. Esa intensidad del espectáculo terrible, que por otra parte era una normalidad, a un chiquillo quizá no le sobrecogía demasiado por ese ser algo de todos los días: la vida era así.

Utiliza un adjetivo tan curioso como “desconcertante” para hablar de la guerra, porque seguramente quien está hablando es el niño, muy precoz en su capacidad de observar…
No sé si era muy precoz, pero las observaciones tenían para mí un atractivo, en cierto modo morboso. Mi madre a veces me retiraba de los balcones, pero claro no podía evitarlo todo. Los gritos de las mujeres en la noche cuando iban a sacar a los hombres no los podía evitar.
Menciona la canción de una viuda imposible, loca, que coincide en el tiempo con el canario que tenían en una galería. ¿La vida es eso, mezclar la alegría y el dolor, sobreponerse?
Sí, claro, son acontecimientos pequeños dentro de la guerra y la represión. Enfrente de mi casa había una mujer a cuyo marido lo habían sacado de casa que enloqueció. La vida y la conciencia de la vida no pueden sustraerse a esa mezcla de ratos horribles y de circunstancias que se corresponden quizá con belleza, ternura. Unos y otros están configurando la vida.

Ese "grito amarillo", una imagen muy sinestésica, o las tramas azules que dibuja el grisú en el rostro no sé si el niño las intuía de esa manera o son aportaciones ya del adulto...
Aquí hay un laberinto neuropsíquico que yo no sé explicar porque tendría que tener unos conocimientos científicos que no tengo. Los gritos de las mujeres en la noche para mí pudieron tener en origen un componente de percepción, intelectual que incitaba al amarillo, es decir, los gritos eran amarillos. Claro, esa oscuridad, esa falsa pacificación que tiene la noche era interrumpida por un grito y esos gritos eran, siguieron siendo en mí amarillos.

Luego está ese poema tan atroz en el que une categóricamente "azul y jueves"...
No he racionalizado todos estos aspectos, pero determinados azules, sobre todo en ciertas circunstancias tienen en mí una noción de enfermedad, de peligro. Un azul que muchas veces es cianótico y va debilitándose hasta llegar al blanco más blanco y la desaparición.

Kandinsky asociaba los colores y las formas y tal vez como usted fue un lector de poemas que asimiló la musicalidad de la lectura muy pronto, puede que de ahí le venga el ritmo que hay en las palabras cuando no están dotadas de sentido, cuando son música...
Sí, esa percepción la tuve a partir de los cinco años en que aprendí a leer en un libro de poemas de mi padre y percibí la existencia de un lenguaje que tenía una condición rítmica y el ritmo entró en mí con independencia incluso de la significación, sabiendo al mismo tiempo que ese ritmo generaba significaciones que yo no comprendía. Sin proponérmelo se producen asociaciones visuales cromáticas y, de alguna manera, se han hecho denotativos en mi poesía. Sucede, (sonríe como disculpándose), no sé si para bien o para mal, pero sucede.

Esa infancia no es nada coloquial y a partir de ella se construye la realidad del adulto.
Sí. Los datos de mi infancia se han hecho claves y clavos en mí, de tal manera que han determinado una manera de ser y de estar en la vida.

Es un juez severo del niño que fue, de acuerdo con las anécdotas que cita: esa paloma del desván, la perra del sótano, la carta del soldado que no llega...
Sí, sí, sí, pero ahí ya es el adulto el que es, por decirlo así, crítico con el niño.

Habla de olores tristes y de ventanas abiertas que no logran orear la enfermedad y en un texto Julio Llamazares se disculpaba, porque decía que en el 77 hicieron una lectura muy pegada a la realidad, asociando esas ventanas que no conseguían eliminar el mal olor a la dictadura... ¿Es una lectura mal traída o realmente había un fondo triste en la dictadura?
No me es posible racionalizar todas las connotaciones o denotaciones que pueda mi poesía. Es cierto que abrir las ventanas tiene algo de apertura y la imposibilidad de abrirlas como decía Julio es la negación de esa libertad, pero estos razonamientos yo no sé aplicarlos a mi propia escritura. La escritura no es absoluta y totalmente automática, pero no hay en ella significaciones deliberadas. El poeta, hablo de mí, pero creo que también de otros muchos, sino es de todos: hasta que no me lo dicen mis propias palabras, lo cual no significa que no lo sepa o que aparezcan por casualidad, es un pensamiento impensado, subyacente en mí.

Y quizá por eso usted revisa sus poemas para adecuarlos a su yo actual.
Sí e intento no destruir los componentes existenciales que se dieron en el momento de la creación, pero sí pretendo hacer intervenir al hombre que ya soy ahora en la ancianidad en esas creaciones de hace treinta, cuarenta o sesenta años.
Porque el tiempo pasa y con él se modifica también el lenguaje poético de Gamoneda.
Sí, el lenguaje y en cierto modo la actitud existencial y la conciencia del poeta y del no poeta.

Perdió el hábito andariego después de un accidente. No sé si su palabra se ha vuelto sedentaria también tras ese suceso…
Es muy posible, porque incluso el hecho dinámico de andar crea una acomodación del pensamiento rítmico al paso andariego. Y este sedentarismo, obligado o no, permanece en la rítmica... Desde hace año y medio veo de una manera más notable una inclinación mía a un tratamiento rítmico bastante distinto al de mi último libro publicado.

Eso en su caso es muy importante, porque considera que el ritmo es la esencia de la poesía...

Sí, es el elemento generador de un pensamiento de otra naturaleza del discursivo, científico, filosófico, convencional y espontáneamente no da tiempo a separar pensamiento y lenguaje.

Incluso ha mencionado que el lenguaje es un hecho existencial previo a la reflexión...

Sí, yo pienso que el erectus, por ejemplo, hizo una fonación una vez que descubrió un alimento –estoy haciendo una hipótesis- que conservó y se repetía cuando encontraba o deseaba ese mismo alimento y fue la fonación la que de alguna manera creó en él un pensamiento elemental.

O sea que el lenguaje surgiría del deseo en última instancia.

Sí, o de la necesidad o del odio, vaya usted a saber. Pero entiendo que el pensamiento es posterior a la fonación y por tanto a la palabra.

¿Cómo ha conquistado el éxito siendo ajeno a la tribu literaria y contrario a pertenecer a la Generación del 50, es un islote en sí mismo o no es necesario pertenecer a ellas?
Efectivamente no es necesario y poesía y soledad, que no excluye la solidaridad, se asocian de una manera bastante natural y puede que hasta necesaria. En lo demás yo he sido y quiero seguir siendo un poeta provinciano en lo más cómodo de la palabra (se ríe). Y no creo en la existencia de la generación del 50 y ahí se detienen todas mis supuestas “ofensas”. Me limito a no creer en la grupalidad y en la condición histórica de sus epígonos. Yo no compro mis respetos y el mundillo me trae sin cuidado.

¿Y cuáles son los poetas que usted rescataría aparte de Claudio Rodríguez?

Brines es un excelente poeta que no tiene nada que ver con la supuesta poética pregonada del 50. Amistad dentro de ese grupo supuestamente generacional no la tuve más que con Claudio y con Valente.

Y es curioso que estando como García Montero adscrito a la izquierda exista tanta distancia entre ustedes...
Bueno, pero yo no he creado esa distancia. García Montero y otros compañeros que no sé si se declaran como grupo son epígonos de la que pudiera ser la poética del 50. … No tengo interés en una supuesta poesía realista, porque la poesía no es, no ha sido nunca realista y por ejemplo, nuestros siglos XVIII y XIX están vacíos prácticamente de poesía, porque predominaba un realismo estéril. Es una opinión mía, si eso concita odios o antipatía lo siento.

Dice no ser realista, pero hace un relato minucioso sobre la posguerra con personajes como Pedro el Ciego que "anunciaba la profecías traicionadas por el régimen".
Vendía periódicos al pie del entonces Café cantante Lion d'or en la calle Ancha de León. Sentado allí voceaba sus periódicos y a su manera, hacía una especie de sermón informativo de esa actualidad según la entendía él.

Considera que la memoria es un olvido sobre el que se debe ejercer una vigilancia y por tanto es una poesía de denuncia.
Yo que identifico poesía con existencia y que la poesía meramente ornamental no me interesa pongo en situación de proximidad y hasta de interpenetración la poesía y la vida y en ese terreno están la historia, los hechos sociales. Me interesa mucho la realidad y muy poco el realismo.

Porque hay un verso suyo que dice que "ve la espalda de la indiferencia", quizá ésa es la carga de crítica contra lo que estaba sucediendo en esa España tan negra.
Pero simplemente porque soy un ser viviente y estoy en esa circunstancia histórica que me impregna.
Y esa impregnación deriva quizá también de los cuentos aterradores de la abuela, en los que le hablaba sin aderezos, sin tapujos del hijo muerto.
Caben todos los componentes, tanto infantiles como ya posteriores, pero sustanciales que la vida me ha proporcionado. La vida es inseparable de la circunstancia histórica.

Dice que la vejez es ir vistiéndose con el ropaje de las sombras…
Aunque tengo mucha desconfianza respecto de mi tiempo venidero, sea poco o mucho, no hay hombre tan feliz que no tenga sufrimiento ni tan desgraciado que no alcance el placer.

¿Querría dejar esa ética de la memoria con la que trabaja en sus libros?
Dejarla la dejaré irremediablemente, ahora dejarla como una herencia literaria, patrimonial, histórica no es cosa mía (ríe con sorna), depende de la estimación que se haga de mi escritura y no tengo ese tipo de ambiciones. Yo hago lo que me parece y debo y puedo... Y alguna vez me arriesgo a intentar hacer lo que no sé hacer... (vuelve a sonreír)

Usted reniega de buscar la coherencia en superficie…
La coherencia en superficie está ligada a la lógica convencional y la poesía es otro lenguaje, tiene otra coherencia. Es un lenguaje de otra naturaleza, no se produce por deliberación ni por reflexión, se produce de un cierto automatismo de índole endógena, por impulsos rítmicos de la conciencia subyacente, desconocida incluso por el propio poeta. El poeta se entera de lo que piensa y opina cuando ya ha escrito sus palabras, no antes.

¿Y le sigue siendo tan dañina para su tensión la poesía?
A Mallarmè tratando de terminar el poema de "Herodías" lo mata un espasmo de glotis. No se pueden tampoco disociar aspectos orgánicos y patologías del pensamiento. Es un riesgo que merece la pena… No siempre. (Se ríe)

Hay un poema que remata diciendo "es lo que queda de mi patria". ¿A ese cansancio se suma quizá la situación política?

No sé si porque tengo ya que cumplir 85 años, pienso algo que no sé si es muy decente, como que ya no me concierne. Yo tuve mi momento, un tipo de conciencia histórica que exigía una actividad y ahora lo veo, no con indiferencia exactamente, más bien como una conciencia de que no dan pie con bola, de que el hecho necesario en términos históricos para mí es mucho más radical y más profundo y que no se va a dar, porque únicamente se están peleando por votos y por escaños y ése no es mi mundo. Andan peleándose por un caramelo ya muy chupado. 

¿Sigue escribiendo todos los días?
Yo no tengo método y mucho menos uno temporal. Estuve quince años sin escribir y ahora puedo estar mucho tiempo sin escribir o me coge qué tipo de impulso y me dan las seis de la mañana.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Novedad: Memorias de un perro iraquí, de Abdul Hadi Sadoun



Calambur publica por primera vez en español una de las novelas más sobrecogedoras de la literatura árabe: Memorias de un perro iraquí



En este año de 2016, año del centenario del genial escritor
Miguel de Cervantes, queremos rendirle homenaje con
una de las obras que recoge su recepción en el mundo
árabe con una de las novelas más sobrecogedoras del
famoso poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun.

Líder, un galgo afincado en las orillas del Tigris, ve la
vida de un solo color: el color indescriptible de la guerra.
Memorias de un perro iraquí es un homenaje al genial
escritor Cervantes en una historia estremecedora que
narra la cruel realidad que sobreviene a las dictaduras y
a los periodos de entreguerra.
Esta fábula indaga en la profunda dimensión del ser
humano, con sus instintos más básicos como el odio,
la rabia y la tiranía, y sus emociones más elevadas como
la compasión, la amistad, el amor... Así, esta desoladora
historia humaniza a los animales y animaliza a las
personas en un escenario en el que la única esperanza es
la libertad y el pasado el único lugar donde vivir.

Novedad: Los otros, de Luis Romero. Con estudio e introducción de Santos Sanz



En este año 2016 se celebra el centenario del nacimiento de Luis Romero (1916-2009), autor imprescindible de la novela española de posguerra al que Calambur quiere rendir un homenaje recuperando su novela Los otros en una versión inédita que restituye la parte del texto tachada por la censura y cuenta con un prólogo y un apéndice del profesor Santos Sanz Villanueva, experto en la narrativa española de posguerra. Completa esta singular edición un emotivo texto del hijo del autor
Javier Romero.

Los otros es una novela negra, pero también una narración
colectiva, a un tiempo relato social y prefiguración del
realismo sucio, sobria de estilo y desoladora en su trama.
Con un ritmo indesmayable y técnica cinematográfica,
presenta la dramática escapada de un desdichado, uno
de los otros, que ha recibido un disparo durante un
atraco frustrado. Como un animal herido, el atracador
huye de sus perseguidores en un periplo agónico
al que sirve de escenario la Barcelona en blanco y
negro de los años cincuenta.
Diecisiete interminables horas a lo largo de las cuales, en una estructura coral, conocemos el borroso límite de la justicia, la violencia del sistema contra
los más débiles, las razones de la desesperanza. Esta edición ofrece a los lectores por vez primera
la integridad del texto original, que fue mutilado por la censura en 1956. Una obra que rezuma
tanta rabia como impotencia y se adelanta más de medio siglo a la actual novela de la crisis.

jueves, 8 de septiembre de 2016

reseña: La tumba de Keats, de Juan Carlos Mestre, por Santiago Trancón

Juan Carlos Mestre, la poesía sustancial                                    
La nueva Crónica
8 de septiembre de 2016                                                   



                                                                                            Por Santiago Trancón


Entre mis lecturas de este verano quiero destacar un libro de Juan Carlos Mestre, ‘La tumba de Keats’, Premio Jaén de Poesía en 1999, recién reeditado por la editorial Calambur e ilustrado por el propio Mestre. Se trata de un largo poema escrito con un gran impulso y una energía poderosa que le otorga una unidad de tono, ritmo y estilo absolutamente original. Ni por su estructura ni por su lenguaje se parece a cualquier otro libro de poesía. Quien se adentre en sus versos se verá obligado a dejar de lado su idea preconcebida sobre lo que es un poema para entregarse a lo fundamental: la experiencia poética.

El libro nace de una visita que Mestre hace en 1997 a la tumba de J.Keats, poeta romántico que murió muy joven en Roma. El marco físico es la ciudad de Roma, «cadáver esencial», símbolo y metáfora del mundo, por la que el poeta camina y se pierde. Lo importante es la vivencia arrebatada que provoca este deambular, que acaba convirtiéndose en un viaje interior: «No he descendido a ningún otro infierno que no fuese mi vida». La belleza y horror, el orden y el caos, las cúpulas y las cloacas, el pasado y el presente, todo se mezcla fuera del tiempo y provoca asociaciones insólitas, imágenes fascinantes y sentimientos desbordados.

El exceso. Mestre nos hace reflexionar sobre el mundo como exceso, algo esencialmente inabarcable, inexplicable, incomprensible para la experiencia humana. Algo que está siempre más allá de lo humano. Ante eso que nos desborda, el poeta, movido por la angustia y la desazón, busca lo esencial, lo sustancial, aquello que permanece en el mundo bajo todas sus infinitas formas. En esta búsqueda comprende que él no es más que otro sustantivo perdido en una cadena interminable de sustantivos. Todo es fragmento asociado a otro fragmento sin que podamos explicar el sentido de esa asociación. Nada de extraño que use la construcción nominal, la elipsis verbal, la anáfora y el paralelismo como recursos dominantes.

El caos y el orden no son más que una ilusión, todo está conectado con todo formando una red sustancial que apenas percibimos. La palabra es también un objeto sustancial que se mezcla, enlaza y asocia movida por su propio impulso. El verbo nace del sustantivo, no al revés. «El obstinado aliento / de la cansada luz de octubre en el baúl de las abejas». «La implacable hormiga en el blando bulbo de la boca helada». «… Un reloj de sol bajo los párpados,/ la aguja inmóvil como retina fría de los caballos muertos».

El poeta no hace otra cosa que liberar la energía de la palabra. El irracionalismo es un medio para ampliar el poder del lenguaje y la conciencia. El lenguaje se extraña de sí mismo, la palabra se mira y se sorprende a sí misma. La transgresión del género poético es una necesidad, no algo buscado por sí mismo. El resultado será ese fluir torrencial de concordancias, asonancias, resonancias y sincronías que otorgan a la palabra un poder esencial contra el orden impuesto, el orden de la sintaxis, pero también el orden político, civil, social. Hay, detrás de esta poesía desbordada, una conciencia cívica rebelde, irreverente, que lucha contra la imposición y la banalidad. «Están llenas de estiércol todas las escobas de la patria», dice en ‘La bicicleta del panadero’. Y: «La muerte anda viva entre nosotros».

No pretende el poeta imponer un orden humano al universo, sino describir lo que ve y siente. Una especie de monólogo exterior, de fuera hacia adentro, del mundo a la palabra. No hay propiamente subjetividad, sino conexión interior: el poeta como sustancia transparente en la que se refleja el mundo. «Llamas vivir al terrible corazón que rueda sin otro oficio que la necesidad».

El tono bíblico, salmódico, con ecos proféticos y alegóricos, la iluminación de los oráculos, es la forma adecuada para dar cauce a esta experiencia poética. El poeta poseído por la palabra, sustituto de la carne, también materia impenetrable. El cuerpo como un sentir desgarrado, atravesado por la palabra. «Conozco el lóbrego lugar del mundo donde los astros mueren». «He sido poseído por un extraño canto de insecto». Feliz lectura otoñal, para quien no lo haya hecho todavía.

martes, 6 de septiembre de 2016

Reseña: Viento variable, de Antonio Hernández, en el Diario de Jaén, por José Antonio Santano


                                                                                          José  Antonio Santano                                                             


Para esta ocasión viene como anillo al dedo aquella afirmación de Heidegger: «Todo gran poeta poetiza sólo desde un único Poema. La grandeza se mide por la amplitud con que se afianza a este único poema y por hasta qué punto es capaz de mantener puro en él su decir poético». En ese continuo reescribir lo no dicho podría circunscribirse la gran poesía, la poesía de altura, la que ahonda en el abismo, la que busca lo desconocido, el misterio, la palabra trascendida, la que deviene del silencio. Ya lo dijo nuestra más preclara María Zambrano: «Sin temblor no existe buen poeta». Todas estas circunstancias y otras más que podríamos añadir convergen en la poética del gaditano Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, 1943), último premio Nacional de Poesía, y del que nos llega ahora el poemario “Viento variable”, publicado por la editorial Calambur, que celebra el vigesimoquinto aniversario de su fundación.  Advierte el poeta, incidiendo así en la teoría de Heidegger,  que los poemas contenidos en el libro quieren ser “uno solo cohesionado”, que fueron escritos entre los años 2010 y 2015, y que forman parte de la “poesía total” que viene realizando desde su primer libro. No cabe duda que en “Viento variable”, una vez más, se reconoce el magisterio poético de Hernández, representativo a todas luces de la mejor poesía de su generación. Paisaje y paisanaje se dan cita aquí: el sonoro silencio de su tierra natal  y el estallido de soledades que habitan los jardines madrileños del Buen Retiro. Pero sobre todo, hallamos en este poemario la vuelta a ese paraíso de la infancia, de los recuerdos y la memoria, de la familia, de los amigos, también del amor, del tiempo, de la vida y de la muerte, que actúa como un revulsivo estético y ético, de claro signo romántico, y por ende  revolucionario si se quiere, que nos devuelve la esperanza y la fe en el hombre. En este poemario confluyen las sombras y  las luces, las alegrías y las tristezas, el dolor y el gozo, la ternura y la belleza, la queja, la solidaridad, la renuncia, todo bajo el prisma y la mirada siempre atenta del hombre y el poeta, y viceversa, en perfecta comunión. Como dijo muy acertadamente el poeta húngaro Sàndor  Weöres: «la misión del poeta es hablar del hombre en su totalidad, es decir, en su condición de ser humano». Esto es lo que ocurre cuando nos adentramos en el mundo poético de Antonio Hernández. Un mínimo detalle, un objeto, un recuerdo, la casa, una calle, un parque, unos ojos, un sueño es motivo suficiente para crear un mundo propio, un universo deslumbrante, para descubrir aquello que se oculta a nuestros ojos. Nos abruma ese aire de nostalgia que acompaña a cada uno de los poemas contenidos en “Viento variable”, esa creciente melancolía que envuelve la palabra poética de Hernández: «Tesis: cielo, paraíso. / Antítesis: infierno, Hades. / Síntesis: melancolía». El poeta se desnuda ante sí y ante todos, sin que nada le importe sino la vida, alejada ya de las ambiciones materiales, y así confiesa: «Yo, más voraz que nadie, / más ambicioso, más / pleno de avaricia, / he logrado, por fin, / tras tantas y tantas derrotas / insignificantes, el l éxito / definitivo. / Consiste en poder / jugar con mis nietos, / promover su sorpresa, / sin ahorro cantarles: / Juan Ramón tiene un burrito / con el que juegan los ángeles / del cielo de Puerto Rico». La palabra tiembla y se revuelve en su propio abismo para nacer a la luz en el momento de la madurez plena, de la edad más sabia. Grande es la poesía de Antonio Hernández, oportuna y honda, reflexiva siempre, sugerente y emotiva. “Viento variable” es un verdadero poema río, en el cual la experiencia vital del poeta está más que presente en en cada uno de los poemas que lo integran, y de entre los que merecen destacarse por su brillantez y fuerza expresiva, así como por su humanismo, los poemas “Ritual sobre el estanque” («Bajo la estatua ecuestre de Su Majestad / todas las tardes de la primavera y el verano / suenan sin pausa los tambores…»), “El corazón de las palabras” («Me hago muchas preguntas / de rabia y de dolor amordazados… / Pero pronto me olvido / del corazón de las palabras, quizás hasta que vuelva / a pasar por aquí y ya no estén / y yo también tenga la culpa / de que drama y comedia,  / tragedia y farsa, / sean la misma historia») , “El maestro”, que recuerda a Luis Rosales, “Ir a Granada”, que resume en este verso el deseo de reencontrarse con Federico: «Poder besar el mármol finalmente» o “Según el Sínodo”, un canto al demonio representado en la Fuente del Ángel Caído de los jardines de El Retiro: «Todo ha pasado ya. Lo ha dicho / el Sínodo infalible y vuelves / a ser un niño, un ángel repuesto, / sin mando en las mesnadas celestiales / esta vez, y para siempre, diablillo / de la gracia en tu papel más humano…». Pura poesía, poesía de altura la de Antonio Hernández, siempre. 

miércoles, 27 de julio de 2016

Reseña: "El reverso de la historia", de Jordi Ibáñez, en "Babelia", por José Luis Pardo



¿Qué pasa en la Facultad de Letras?

Jordi Ibáñez fundamenta la necesidad de la literatura, la filosofía, la filología o la estética frente a una administración que tiende a minimizarlas cuando no a amenazarlas


                                                                                                                          José Luis Pardo






Este no es un libro para profesores universitarios. Escrito con generosidad y benevolencia, sin pedantería y sin rencor, puede disfrutarlo cualquier lector “culto” o al menos interesado en “las letras”, pues su tema es el significado y el lugar de esas “letras” en el mundo contemporáneo. Su forma es la de un diario en el que se registran anotaciones con orígenes variados, pero incluso los “tres estudios” con los que acaba el texto mantienen el mismo ritmo estilístico —ensayístico, tentativo, narrativo y exigente— del resto del libro.

En este registro autorreflexivo, Ibáñez despliega los principales argumentos que suelen utilizarse para definir la literatura, la filosofía, la filología o la estética, y para fundamentar su necesidad frente a una administración educativa que, tras haberlas minimizado en el bachillerato, las amenaza en la enseñanza superior; y no es nada complaciente: muestra la grotesca grandilocuencia con la que a menudo sus apologetas —ya sea en calidad de profetas o de resentidos— enaltecen las virtudes de la cultura literaria y crítica al precio de dar de ella una visión ahistórica y falsificada, y matiza con mucha elegancia los argumentos de quienes se presentan como detractores o enemigos de las “humanidades”. Dedica, por ello, una buena porción de páginas a despachar sobre este asunto con los otros dos Jordis, Llovet y Gracia, que han intervenido recientemente en él, desmontando pieza a pieza la melancolía y el entusiasmo, aunque su dictamen no es salomónico ni imparcial. Y, al final (lo cual es cada vez menos corriente), se compromete con una explicación de lo que significan y valen las “letras” en nuestras sociedades, y de su alcance moral y político. Aunque se trate de una conclusión de las que no podrían ocupar los últimos minutos de un telediario, ni siquiera caber en la respuesta a las preguntas de un entrevistador en un programa cultural, ni tampoco tener un lugar relevante en un informe para la mejora de las universidades públicas, todavía puede escribirse en un periódico: «para que el mundo de la política y sus mentiras a medias no lo contagien y lo ensucien todo (…), para que la lucha por el poder no nos someta a una extendida y sostenida pantomima basada en la práctica de la intoxicación (…), para que la política, en fin, no se apodere de nuestros mejores y más nobles deseos (…), hay que pensar en unas zonas sagradas, en unos diques de contención, en unos puntos de referencia en los que la posibilidad de decir lo que son las cosas sea todavía una experiencia consistente, dotada de realidad y de sentido». Esos diques son los estudios de filosofía y letras (o, mejor dicho, son lo que constituye el objeto de esos estudios). Y lo malo es que en su interior también los acosadores cuentan con unos poderosísimos aliados dedicados exhaustivamente a convertir las “letras” en una inversión rentable a medio plazo.



Pero, sin ser un libro para profesores de universidad, en sus páginas encontramos quienes lo somos la referencia constante al tormento que, mucho más que la supuesta “pérdida de rango” social que sufrimos, mina diariamente nuestra resistencia y tiende a ocupar todas nuestras conversaciones, antaño dedicadas a temáticas mucho más floridas, amargando la existencia a los más mayores y secuestrando la actividad intelectual y vital de los más jóvenes: me refiero a los sistemas de evaluación y promoción que determinan de antemano a qué congresos hay que asistir, qué artículos hay que escribir y en qué revistas han de publicarse, cuántos puestos de gestión hay que ocupar y, en definitiva, «todo, menos el criterio del interés o la originalidad, o la consistencia real de lo que se presenta para ser evaluado» (y esto no es patrimonio exclusivo de las humanidades, claro está). En los países civilizados, dice Ibáñez, se mira a la cara de los candidatos y se leen sus libros y artículos. En el nuestro, «se evita mirar a nadie a los ojos, conversar con él, leer sus cosas, discutirlas. Toda referencia al talento y la inteligencia se considera un signo de mala educación y una ofensiva impertinencia». Y aquí no estamos sencillamente ante unas medidas impuestas por un poder exterior, sino ante un sistema del que somos tanto víctimas como cómplices. Si todos sabemos que es ignominioso, ¿por qué no hacemos algo al respecto? Pues claro está: porque nos beneficiamos en mayor o menor medida de esa mediocracia, no solamente como evaluados (es mucho más fácil seguir un manual de instrucciones que escribir algo interesante) sino también como evaluadores (es mucho menos comprometido aplicar un baremo numérico que juzgar la calidad de un artículo). Tengan todo esto en cuenta cuando escuchen a rectores y ministros hablar de “calidad de la enseñanza” y de excelencia en la investigación.


Véase también en http://cultura.elpais.com/cultura/2016/07/19/babelia/1468926221_421135.html

jueves, 7 de julio de 2016

Reseña: "Cráter, danza", de Olga Muñoz Carrasco, en "Nayagua", por Azahara Alonso

Reconquista del cuerpo, bálsamo de la identidad 


Nayagua, 24, pp. 231-235


                                                                                                                           Azahara Alonso


                                                                                                   

Defendía Proust una literatura en la que “Se puede decir todo pero sin decir ‘yo’”, y qué duda cabe plantearse acerca de la calidad de las letras que a esa regla obedecen, norma tácita que vale no solo para la narrativa sino muy especialmente para el género poético que aquí nos interesa. Cráter, danza, el nuevo poemario de Olga Muñoz Carrasco (Madrid, 1973), es clara muestra de ello. Un libro elegante, sencillo en una forma que exige la lectura activa y complejo en un contenido que se armoniza en danza conceptual y anímica. Este cuarto poemario de la autora madrileña llega de la mano de la editorial Calambur tras los anteriores La caja de música (Fundación Inquietudes / Asociación 230 Poética Caudal, 2011), El plazo (Amargord, 2012) y Cada palabra una ceniza blanca (Ejemplar Único, 2013). Con él, Muñoz Carrasco ha quebrado la continuidad temporal de publicación y también ha ahondado en materias nuevas dentro de su poética. Organizado en dos partes, Cráter, danza responde en ellas a estas palabras fundacionales de su escenario. Los poemas, todos sin título y de una brevedad perseverante —ninguno va más allá de una página—, se presentan sin pautas ortotipográficas: no hay mayúsculas, no hay comas, puntos ni otros signos, por lo que todo el peso cae del lado de la gramá- tica, de la sintaxis que conforma la coreografía lingüística y reflexiva. De esta manera, el libro parece, en verdad, un solo y extenso poema, una exhalación (“con el aire / puede escapar todo”) con diferentes momentos engarzados por el tono. Podríamos decir que Cráter, danza es un libro de convalecencia, siendo este uno de los estados más fecundos de la literatura: uno no escribe —no tanto, no tan bien— en la cima de una dolencia, pero sí en sus laderas, en esa condición de restablecimiento que supone una reordenación de todos los componentes de la propia vida que ha quedado ahuecada. Es también, entonces, un libro de reconquista, la de una tierra arrasada que se ha convertido en planeta nuevo y que la autora descubre plagado de una fauna y una flora que quiere escudriñar, porque reconoce en ellas más significados de los previamente aprendidos en terrenos ya extinguidos. Ese planeta es el cuerpo, un territorio asolado por la explosión —o la caída del meteorito— que deja como centro gravitacional el cráter desde y sobre el que Muñoz Carrasco escribe: “una llanura que se desmorona / forma crestas nítidas / el cráter”. En la primera parte del libro, "Cráter", la poeta se mueve ya al principio “sin sonido sin aire”, como en el espacio interestelar, en el vacío silencioso y agravitacional que queda tras lo traumático. No se le escapa al lector, llegado a ese punto, la equivalencia formal —pero también de impacto— entre la palabra central y cáncer. Comprende entonces la correspondencia que se da entre ese cráter que ha desolado el territorio y el cáncer que ha hecho lo propio con el cuerpo y la identidad que lo asume: “Los órganos se agigantan / (…) / solo permanecen en su rincón / regenerando sus células acertada / o erróneamente”. Y es frecuente que el lector, especialmente el que ha rebasado el umbral del texto y lo aborda desde el otro lado, se cuestione la naturaleza radical de la escritura. Cabe preguntarse entonces si esta es más terapia o literatura. Y ni la cuestión es tan inocente ni su respuesta tan clara ya en un momento en que las propuestas dicotómicas resultan torpes, caducas. Este Cráter con su danza es también, por tanto, la confirmación de que la escritura puede ser salvífica —no solo para su autora— y, al mismo tiempo, una manifestación literaria de gran presencia estética. Encontramos en las páginas de este poemario una coreografía por parejas en la que sus miembros se complementan, lejos de la oposición excluyente a la que nos referíamos. Es claro, en este sentido, el caso de la levedad y el peso, que reordenan y anclan el poemario; así lo entendemos, por ejemplo, cuando dice “Al otro lado de 231 esta raya nada pesa / ni siquiera un cuerpo apuntalado al suelo”. Y añade en otro momento: “Canta la desaparición de la ligereza”. Porque es en la enfermedad cuando el cuerpo abandona su levedad de herramienta útil y deja de ser medio para ser fin, centro, objeto de cuidados. También danzan la oscuridad húmeda de las palabras semejantes a la tierra —esos tonos ocres— con una luz y blanca e intermitente que es tanto la del quirófano como la del tópico final del túnel. En correspondencia, encontramos entonces los términos antagónicos de una familia semántica arraigada a la tierra, casi bucólica, llena de calor natural, y los de otra ligada por completo a lo clínico y frío (sutura, sábanas, nieve, células blancas, hilos, linfa, algodón, gasas). Claro ejemplo de su confluencia serían estos magníficos versos: “los órganos en flor / sobre la mesa / del quirófano / pétalos / caen”. Esas flores son, a su vez, la encarnación de lo liviano que comentábamos. La reflexión sobre la propia escritura no aparece hasta la segunda parte del libro: “la letra ilegible canta / quién sabe / en otra vida / otro día cualquiera / incluso en estas líneas / que hacia nadie / se inclinan”. Los poemas, más breves aún en esta Danza, habitan ya lo onírico y ese cielo imaginado que deja caer el velo del pudor a los términos; es por eso que habla de tumor, de radiación: las palabras se organizan ahora en una conjura de las realidades por medio del lenguaje. Encontramos en este espacio un lugar más amable —aunque sin olvidar presencias anteriores, ya definitivas— en el que los elementos naturales pueblan por fin el cráter, sobrevolado por unas aves protagonistas de esa semántica del cielo. Quizá es a través de ellas que se significa una búsqueda esencial para Muñoz Carrasco, “en alguna parte / hay un lugar / para nosotros”, que aparece en tres poemas y muestra la importancia de ese rastreo del espacio necesario para situarse y continuar configurando realidades. Y es entonces cuando aparece, como vemos, el plural en la primera persona, porque el solipsismo no elegido de la enfermedad da paso, por fin, a un reencuentro con el otro. El organismo es ahora como los árboles —un olivo, un roble—, que “hacen crecer / el cuerpo / al cielo”, hacia el entorno, no ya hacia la tierra igualadora. Y será un animal —precisamente uno cargado de mitología, como la serpiente— el que le tome el pulso a la tierra estrenada y se mueva sobre el cráter con su baile sinuoso, ya sin miedo, superviviente, “esperando a que los años pasen / nos conviertan en héroes”. “Con un pañuelo a modo de bandera”, la autora asiste a “esa belleza sin espectadores” con la que la figura del convaleciente, tan lúcido, está familiarizado. Observa, asiste y tiende un cuerpo-puente en el laberinto entre la naturaleza y la dolencia, consciente de la facilidad de los pasos en falso: “la baba del caracol abre una grieta / tiende sobre ella un cable / se desliza el funambulista a oscuras / adelante sin perder de vista / el horizonte tembloroso”. Horizonte que es un cielo como alivio en el que está depositada quizá no toda esperanza pero sí una idea de futuro probable en el que las fuerzas vitales empujan, enérgicas y 232 cotidianas: el paraíso está más en la memoria que en la imaginación, en la recuperación de los ritos felices por diarios: “menta para la sangre / menta para la sangre / repito como si fuera una oración / porque algo se espera siempre / aunque no recemos”. Olga Muñoz Carrasco ha escrito un poemario cargado de matices y de puntos de fuga, de una facción del espíritu de nuestra época. Toda una teoría del conocimiento a través del cuerpo como clave de la identidad. Es este “grasa huesos sal / todo lo necesario para dormir al raso”, pero es mucho más, como ella muestra. Y con la vuelta a la salud no es el tiempo proustiano lo recobrado, sino el cuerpo con el que se puede cumplir ya todo cometido: “Hay que sostener / fieramente / la mirada”.