miércoles, 17 de septiembre de 2014

Reseña: La poesía ha caído en desgracia, de Juan Carlos Mestre, en la revista Turia

La cornucopia
Por Agustín Pérez Leal
Revista Turia


La poesía de Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) ha reverdecido de un modo llamativamente juvenil desde que en 2009 recibiera el Premio Nacional de Poesía por La casa roja. Se han sucedido desde entonces reediciones, reimpresiones y libros nuevos de amplio vuelo que obligan a reemprender la aventura de una lectura de conjunto a quien se interese por la obra de este creador proteico y aparentemente incansable. Mestre es, además de poeta, músico y artista plástico. Sus recitales tienen mucho de juglaría renovada; de oralidad gozosamente recuperada para bien de la poesía y de los oyentes. Mestre tiene algo de fuerza de la naturaleza, irreprimible, energético, siempre en ebullición. Quedaba pendiente de reedición La poesía ha caído en desgracia, título emblemático con el que el poeta ganó en 1992 el premio Jaime Gil de Biedma, y que supuso entonces, en la obra del autor, un cambio radical que lo llevaba a fundir Chile con su León natal, y a abrir de par en par el repertorio de sus ecos a autores del Cono Sur poco o nada leídos en nuestra Península; y, en el panorama de la poesía española, un aldabonazo a medio camino entre la denuncia del relativo letargo imperante y el tirón de orejas por el olvido en que teníamos aquí a los poetas de América. Más que una reedición, lo que venimos a comentar aquí es un libro que incluye aquél, y hereda su título, pero que casi triplica las dimensiones del original. Son 116 poemas, casi todos en prosa o dispuestos a modo de versículos, los que integran esta nueva y ya conocida entrega del Mestre más afianzado en su voz: el de su descubrimiento del continente americano; el que se abrió al influjo de la rica y variada tradición poética chilena, en la que ha permanecido, inquieto y fértil, el espíritu de las vanguardias históricas. La situación de Chile bajo la sangrienta dictadura del golpista Augusto Pinochet hizo que todo lo que oliese allí a cultura (poesía incluida) tuviera aroma de rebeldía; que toda rebeldía se entendiese como subversión y que, en fin, cualquier acto gratuito (y la poesía lo es) fuese a la vez, y no en menor medida, un acto revolucionario. Este libro, ya desde su mismo título general y desde los títulos de los poemas, no escapa ni pretende hurtarse a ese clima reivindicativo, de acción libérrima, que supone la creación de un verso, de un poema o de un volumen que tienen, o al menos tuvieron, algo o mucho de bandera. El lector impaciente hará bien en leer, en primer lugar, el poema “Metamorfosis de la rebeldía”: uno de los mejores del libro; quizá, también, el que más nítidamente ejemplifica lo que estoy diciendo. Ciento cincuenta páginas de poemas dan, sin duda, para mucho. Mestre sustituye aquí la intensidad por la avidez. Su poesía pretende dar cuenta de un mundo inmenso, poliédrico y cambiante, en el que la visión del autor contempla un incesante devenir de metamorfosis probablemente simultáneas. Es ésta una poesía cimentada en la fuerza de las incesantes metáforas; en la enumeración, en la salmodia, en el acopio de imágenes oníricas (“el fluir hipnótico de las imágenes”, como lo ha descrito Jordi Doce). La imaginación portentosa de Mestre, eminentemente visual como corresponde al modo de ver el mundo de un artista plástico, se ejercita en el acarreo constante de realidades nombradas, casi atropelladamente, en un fervoroso intento por dar cuenta de todo: de la fauna, la flora, el paisaje, las lecturas, las pinturas, la humanidad, los objetos visibles que se agolpan en el poema generando, con sus fortuitos encuentros, las simpatías galvánicas que nos sorprenden e intrigan a cada paso.

Es imposible hacerse una idea cabal de todo lo que contiene este libro. Unos poemas son como escenas: estáticos, construidos mediante la repetición y el paralelismo, comienzan y terminan en un bucle que los asocia al mantra. Abundan en ellos las anáforas, las enumeraciones, los excursos que actúan como meandros de un río majestuoso e imparable. Otros recobran el aliento profético de un Pound, de un Péguy, de un Claudel o un Huidobro que se acercasen al hervor onírico de Rimbaud, a la inventiva imaginista de Gonzalo Rojas o a la herencia irracionalista del surrealismo francés de la postguerra: Ponge, Char, Michaux, Dubuffet, Bellmer… Hay poemas políticos, eróticos, paisajísticos, paródicos y narrativos. También se evoca en otros la pintura de Max Ernst, del aduanero Rousseau, de Bruegel, Matta o Chagall. Un poema adopta la apariencia de un testamento; otro se construye como el acta de una reunión. No están ausentes ni el más severo localismo, ni el vocabulario de lo sagrado, ni los términos zoológicos o botánicos, entre Dioscórides y el Physiologus. Más que un libro, parece que nos hallemos ante la descripción adánica y aparentemente ingenua de un arca de Noé o de un Aleph borgiano sin orden ni concierto. ¿Sin orden ni concierto? ¿Es el libro una acumulación azarosa de poemas? ¿Es el poema una acumulación azarosa de palabras? ¿Hay un sistema? ¿Hemos de buscar la intelección, o dejarnos llevar por el torrente de las evocaciones y las sugestiones? Tres poemas del libro dan, en mi opinión, algunas claves: “Es recomendable poner en cuarentena la credibilidad / Es conveniente apartarse un palmo de los escudriñadores”, leemos en “Teoría estética” (pg. 109). Así pues, un término medio, una tercera vía entre el análisis puramente racional y la zambullida sensorial es lo que dará, en mi opinión, mejores frutos. De entre el “decorado hermético” (Mestre lo dice) que todo lo convoca a su magma inacabable surgen siempre, aquí y allá, asideros racionales que guían nuestra lectura y salvan la obra del autismo. El poema se resuelve así, muchas veces, como un juego de pistas cuyas piezas diseminadas se han de recomponer a partir de una clave interpretativa no siempre evidente. En “Ars patética” (pg. 137) se añade: “Me persigue un oficio solitario, vigilar toda la noche una gacela, hablar sin seducir, no poseerla y verla irse oscura al diccionario”. La observación del objeto poético tiene algo de inasible que se transmite al poema, y de éste al lector. No pretende el poeta poseer, sino mostrar. El misterio inherente a cada cosa queda, en cualquier caso, a salvo. Y por fin, en “Diario de un poeta recién premiado” (pg.145) el versículo “Él escribe poemas que recuerdan a los gatos que maúllan” remite, pese a su ambigüedad, al credo creacionista aquí revisitado en poemas - artefactos que parecen respirar al margen de la voluntad de su hacedor. Mestre asume sus riesgos con una honestidad desarmante. Ya dije que leerle tiene mucho de aventura y, para ser también honestos, algo de frustración. Da vértigo afrontar un libro tan extenso y tan tenaz con la voluntad de analizarlo y acercarlo a sus posibles lectores. Los ecos y reflejos se superponen y abarcan buena parte de la herencia irracionalista de las vanguardias históricas. El mundo natural y el factor humano se confrontan t aluden mutuamente con una insistencia desesperada y visionaria. Todo está convocado; todas las voces buscan ser oídas y hablan a la vez. Es mejor entrar en este libro como quien entra por primera vez en un bazar exótico y atestado de objetos en desorden: curioseando, sin miedo, entre los cachivaches que reclaman nuestra ya saturada atención. Yo me despido aquí. Pasen y vean.




viernes, 5 de septiembre de 2014

Reseña: La hija del capitán Nemo, de Cecilia Quílez, en Encuentros de lecturas

La hija del capitán Nemo, Cecilia Quílez
Por Santos Domínguez
Encuentros de lecturas, 26/07/2014


Padre,
Estoy temblando de agua y frío. Me has arrojado a la casa de la tempestad, en el páramo más alto donde la miseria está preñada de sudor y miedo.
Oh, mi hermosa infancia entre las letras cenicientas de Alejandría. Éste, padre, es el mayor naufragio de la tierra prometida.


Con la fuerza expresiva que otorga la desobediencia, con la energía de quien ha decidido levantar una barrera de resistencias frente al océano, Cecilia Quílez, que a pesar de todo, como escribe Julio Mas, “cree en el mundo como quien cuida de un fuego o despierta a un amante”, ha escrito La hija del capitán Nemo que publica Calambur.

Poesía visceral, poesía que respira en el verso genitalmente, habitada por una ausencia que hace que siempre sea octubre en estos textos desgarrados que vienen de la pregunta y de la ceja del asombro.

Una poesía de signo visionario que no mira hacia atrás aunque escuece como la sal en las heridas de quien sabe que el miedo es la melodía del mundo y declara: Al fin esta es mi victoria /amanecer y no pensarte.


Lee la reseña en Encuentros de lecturas

Reseña: Trazar la salvaguarda, de José Luis Puerto, en la revista Quimera

La salvación de la palabra
Por Asunción Escribano
Revista Quimera, nº 368-369, julio-agosto de 2014


El último poemario de José Luis Puerto refleja la madurez de un poeta que siempre ha sabido colocar su estética al servicio de lo esencial, a disposición de las experiencias constituyentes del ser humano. Trazar la salvaguarda es sobre todo un libro unitario, a pesar de su estructuración en cuatro partes: "Hilos de tiempo", "Nueve huellas de marzo", "Cinco motivos clásicos" y "Dextro: la salvaguarda", puesto que bajo esta división —claramente no arbitraria— se explicita una misma manera de contemplar el mundo y de expresarlo, mediante el ritmo primordial de lo que late y está profundamente vivo. 

Ya desde el título se apunta a la guarida, al refugio, a la salvaguarda: ese espacio de salvación en los juegos infantiles, a pesar de las heridas que se van acumulando con el paso del tiempo. Y ese hogar recuperado en el que uno se refugia tiene mucho que ver con la unida, con la comunión de todo lo que vive. Por ello, quizá, la belleza no pueda ser separada del canto a la dignidad de los excluidos por la historia, "ese rumor que purifica, / el de los más humildes", los expulsados que aparecen retratados en los objetos y en los paisajes que han sido habitados por ellos. "Proclama tu silencio / La melodía de la dignidad. / Se oyen las voces de los derrotados. / Sus herederos hablan. / Los fusilados del amanecer. / Cunetas y cunetas / Al olvido entregadas / Por la barbarie de los vencedores", escribe José Luis Puerto, dejando entrar en el verso la honestidad de quien no se limita a nombrar la belleza del universo, sino que, sin perder un ápice de estética y musicalidad, se hace cómplice y hermano del mundo en el que vive. De ahí que todos esos lugares, reales o simbólicos, se conviertan, por la naturaleza de su verdad, en mediadores de la protección, en enviados, en señales ajenas al poder y a sus profanaciones.

Son eso pequeños elementos, la bayas de los arbustos, las piedras, las piñas, las alas de los insectos, la propia tierra y sus habitantes, los que recuerdan al hombre su naturaleza esencial y, por ello, ejercen un modo original de redención. Son todos ellos esos bienaventurados de los que María Zambrano decía que "están como alojados en el orden divino que abraza sin tocarlas todas las cosas y todos los seres, todas las almas también, como una posesión amorosa que ni necesita ser sospechada en quien la recibe". Entre ellos las mujeres, con su intensa presencia emocional, se tornan un espacio esencial de sanación de las heridas. También los ancianos, que portan la melodía antigua de la profecía, y que nombran con sus existencia la Verdad. Esos ancianos "Que caminan unidos por la calle / De la ciudad sagrada. / El pálpito enlazado de la sangre / De sus manos fundidas / Acaso sea / Esta tarde de marzo / Lo único capaz / De vencer a la muerte".

Enhebrados todos ellos por el hilo nominal de la palabra poética, ese cauce que concede voz a la derrota, pero que nombrándola la ilumina y le da sentido. Canto engarzado en el respeto del silencio. "Canto y silencio, / Todo proclama / La hermosa melodía / Que a todos nos abraza", entona José Luis Puerto. De ahí que en la misma línea de Juan Ramón Jiménez, que pedía a la inteligencia el nombre exacto de las cosas, Puerto solicita al alma que abrace en ella los senderos del corazón: "Canta / Pronuncia la palabra / Exacta y clara / De la mañana / Acaricia las cosas // Abrázalas", concluye el poeta.

Es, en definitiva, la poesía de José Luis Puerto una poesía auténtica y enormemente esperanzada, a pesar de dar cobijo contundente a los claros espacios del dolor. Porque, a pesar de todo, como José Luis Puerto afirma en su poema "Nos queda", el hombre todavía puede encontrar innumerables espacios de redención al alcance de la mano: "el vaso de cristal", el amanecer, los árboles, las "sílabas limpias", las "palabras intactas", el viento. Pequeñas cosas cotidianas que hacen de la vida un lugar digno de ser habitado.




jueves, 4 de septiembre de 2014

Reseña: Pobreza, de Víktor Gómez, en Nayagua

Alzar la voz
Por José María Castrillón
Nayagua, nº 20, junio 2014 

Y no es la cita del autor de Ideas de orden una simple guirnalda de similitudes sonoras o una más profunda reflexión sobre el despojamiento de la mirada poética. Experimentó igualmente la poesía de Stevens la sacudida social tras la crisis del 29 con la misma intensidad, aunque con distinta resolución ideológica y estética, con que golpeó y ahormó los versos lorquianos de Poeta en Nueva York. Sin necesidad de recurrir a la etiqueta simplista de poesía política, los textos poemáticos nacen con frecuencia como candente superficie de contacto entre visión poética y realidad social. Pero, asimismo, como en los casos citados de plenitud creativa, los estados de conciencia traen aparejada una crisis de lenguaje ineludible para afilar la expresión de la realidad lacerante. En Pobreza (Calambur, 2013) el reflejo poético del trauma se nos ofrece en toda su expresión, ya que la percepción del deterioro social se amalgama con la dificultad de construcción de un discurso alternativo y con la experiencia de una quiebra personal.

El activismo político y poético de Víktor Gómez (Madrid, 1967) deja profunda marca en Pobreza. No ha de ser ajeno a su tarea de animador de encuentros literarios el diálogo intenso que el poeta cruza a lo largo de estas páginas con otros autores coetáneos, más de una treintena, en una red de citas más o menos literales que suponen, de algún modo, una vivificante transfusión de inquietudes poéticas e ideológicas pocas veces tan radicalmente subrayadas por un autor. Sus disidencias acerca de la realidad sociopolítica circundante ya habían veteado su poesía, como bien sugieren los títulos de libros anteriores: Detrás de la casa en ruinas (Amargord, 2010) y Trazas del calígrafo zurdo (Varasek Ediciones, 2013). Pero en Pobreza trazan un devastado paisaje de injusticia y explotación: los niños consumidos en las minas del Perú; los inmigrantes arrumbados en los centros (sarcasmo sobre las periferias de ningún lugar) de internamiento para extranjeros; las trampas del capitalismo que llamamos salvaje, pero que es siniestramente programado; los basurales de la tierra; los barrios invisibles de Los Ángeles o Valencia…

Pero adelantábamos que el discurso sobre lo circundante enraizaba en un terreno, si cabe, más íntimo: la experiencia de la enfermedad. La analogía entre el cuerpo propio y el cuerpo social establece una de las líneas interpretativas del poemario, (si “enfrente prendería el basural […] dentro sangre acuosa raspando las carótidas”). En los textos menudean referencias a la debilidad y la impotencia del enfermo, quien, más allá del “sintrón”, los “betabloqueantes” o los “parches de nitratos”, resiente la insalubre realidad social y se esfuerza no sólo en alzar (airadamente) la voz, sino en levantar (creativamente) una voz que diluya el “cocido gramatical” de lo “mendaz” y las “paráfrasis” del poder. El entramado de quiebras personales y naufragios colectivos, la enfermedad (propia y ajena), la explotación, la visión y la denuncia, la confianza ciega en el lenguaje a condición de que este se agriete y depure, todo ello supone un rastro de aguas poéticas con origen en Baudelaire y crecidas en la voz de Rimbaud y su lema changer la vie. 

Alzar la voz. ¿Pero sobre qué discurso?

El propio autor reconoce en un comentario aclaratorio una pre-historia de dispersión textual. Ahora bien, ese mismo reconocimiento testimonia un segundo proceso de unificación que necesariamente implica una acción de montaje posterior. La inicial dispersión de materiales parecería confirmar la alianza de su poesía con las líneas de fuerza de la postmodernidad que conceden protagonismo a lo disgregado. Y, sin embargo, Pobreza no se aviene dócilmente al pacto con la moldura poética de lo fragmentario. La voz poética que modula el libro ratifica el esfuerzo por construir un relato de los tiempos, y si bien se golpea contra un mundo fragmentado y contra la propia lucidez de un autor que reconoce las limitaciones y contradicciones del discurso, no ceja en el ardiente deseo de alzar una voz, de generar un relato sin relativismos ni ángulos muertos. En contradicción fértil, la trabazón y solidez del discurso cuajan en sus mismas vacilaciones, pues, como la vida social y la del autor, el relato avanza tambaleante (“es la ilación un puede”), —pero, al fin y al cabo, avanza—, compactado por la analogía entre lo interior y lo exterior o por poemas que en ocasiones se hermanan, como variación, con un texto precedente. Va, en fin, construyéndose el discurso poético a través de la provisionalidad de letras tachadas, de frases entre corchetes, de palabras cuya sonoridad provoca la aparición de otras semejantes... Y así se alza la voz del poeta dejando el rastro de un contemporáneo work in progress. 

La dificultad del discurrir poemático se hace plástica a mitad del libro, en una página prácticamente en blanco acotada brevísimamente en su principio (“no es necesario…”) y final (“…ensuciar este espacio pero sí salvarse de su frontera”). Ese episodio de isquemia discursiva supone un hiato que certifica, de manera en apariencia antagónica, la percepción de que el libro se estructura de una forma más armónica y férrea de lo que se podría suponer a primera vista. No ha de ser casual que algunos de los poemas que siguen a la página comentada, en un ejercicio de sístole y diástole, sean de los más extensos y de ritmo más fluido. Los espacios en blanco deben traspasarse en sólo parecida soledad a la de los espacios sin justicia, a esos territorios de nadie “sin denuncia ni delito sin jurisprudencia”. En consonancia figurada con el emigrante indocumentado, el poeta se adentra, empobrecido de certidumbres y asideros, por la dolorosa singularidad de su lenguaje y su conciencia. En definitiva, la dispersión, lo circunstancial han sido elusiva y delicadamente ordenados en un discurso que trata de alzarse contundente y sólido, y que en tal dificultad subraya su existencia.

En este discurrir vacilante se palpa el nervio central de un poemario que se nutre, no sin angustia, de lo que ansía echar a andar, bien sea un relato del mundo, un lenguaje a la contra, una mecánica social permanentemente saboteada o un cuerpo (las vicisitudes del propio poeta) que trata de sobreponerse a la enfermedad. La imagen que proyecta esta aproximación se nos hace suficientemente poderosa como para reubicar, sin más prueba que la fuerza imaginativa de nuestra lectura, esa red aquí comentada de transvases (transfusiones) desde otros poetas en un mecanismo que alimenta un discurso de factura ardua y una voz que se quisiera fortalecida por lo colectivo.

El sujeto poético evidencia a lo largo del libro la dureza de este propósito (d)enunciador (“oh dolor del ver”, “qué verdad no es úlcera”) y encuentra momentos de alivio en la compañía de un cuerpo amado (y sano): “no una / fuerza ni un territorio inexpugnable apenas una vocal / dibujada con la mínima saliva donde ambos acordaran la / sal y el frescor de lo suficiente / ¿sabéis de otro pacto mejor?”. Alivio transitorio que no restaña, ni en el fondo se pretende, la contemplación de “los montos de tierra baldía” ni de la hiriente realidad bajo las túnicas (“no los caballos en tropel… el temblor de la tierra pisoteada”).

Libro de su tiempo este Pobreza, inhóspito y tierno a la vez, asertivo y tambaleante, incómodo hasta el verso final: “¿Y no habrán de resucitar los vivos?”.


Lee la reseña en la revista Nayagua


Reseña: Lo que dejó la lluvia, de José Antonio Zambrano, en la revista Clarín

Lo que dejó la lluvia, de José Antonio Zambrano
Por Alonso Guerrero
Clarín, revista  de nueva literatura. Año XIX, nº 111. Mayo-junio de 2014

El pasado, y el futuro, son los territorios preferidos de la poesía. Nadie dudaría de esta afirmación. Toda la tradición a nuestro alcance la respalda. La poesía acuña mensajes permanentes cuando el poeta, convenientemente inspirado desde su presente, ha mirado hacia atrás o hacia adelante. Ambas miradas son siempre modos de nostalgia. En cambio, cuando la poesía se ha quedado en el presente, o el carácter de los poetas no ha podido escapar de él, el resultado suele adquirir extraños nombres: vitalismo, por ejemplo. Safo, o Sylvia Plath nunca miraron al pasado, ni pensaron en el tempus fugit; Szymborska, la poetisa polaca (a quien Zambrano cita -Así, por obra del azar, soy y miro- al comienzo de la tercera parte de Lo que dejó la lluvia), solía considerar que el presente es la vida, y que de los demás tiempos ni siquiera con la cultura puede construirse una maqueta. Lo que dejó la lluvia, el libro de José A. Zambrano recientemente publicado por Calambur, nos proporciona la visión de un cambio que han experimentado muy pocos poetas: Yeats, Rilke, Pasolini... No se trata de un mero cambio de punto de vista, pues todo punto de vista es vicario, irrelevante, sino de la aceptación vital de que sólo escribir desde el presente, y sobre el presente, procura al poeta un contacto verdadero con la verdad. En todos los poetas citados, a los que ahora hay que añadir a Zambrano, el pasado aparece como un conjunto de hechos, no como una playa en que el oleaje nos trae los recuerdos y, con el propio movimiento de la resaca, se lleva los trozos que ya hemos concedido a la muerte. El pasado deja de ser una escultura de la nostalgia, una escultura casi parnasiana, y se vuelve una herramienta para ver, construir y presentir lo que se siente y lo que se escribe. No es casual que Zambrano recurra, una vez más, a Edinda, una figura cálida de mujer a la que se ama y con la que se dialoga. El poeta la rescata porque, de nuevo, la necesita, como si quisiera decirnos que ya no es posible escribir poesía reflexionando, sino manteniendo una conversación. Ya la inspiración tiene que hacerse eco.

Este cambio no es brusco, sino -da la impresión- impuesto por la vida, precisamente por el tiempo. Si es así, sobre todo hablando de José A. Zambrano, su poesía ha de contenerlo hasta las últimas consecuencias. El presente que Zambrano ha descubierto, es vital, pero no metafísico. Va más allá: es ontológico. En Lo que dejó la lluvia no abandona sus temas, sus poéticas, su revisión continua de lo que la escritura debe contener y lo que ha de quedar fuera de ella, aunque hay algo en las referencias, en las fuentes que aparecen, que plantea nuevas preguntas sobre el ser. Sigo así, existencial y absorto a todo, declara en el poema titulado De otra manera. No se trata ya de la búsqueda de las certezas, una búsqueda que siempre ha obsesionado a Zambrano, sino de un impostergable y definitivo encuentro con ellas. Más que con las certezas, con la verdad. Las certezas cambian, la verdad, como decía Machado, es igual se diga al derecho o al revés. Es lo que parece que ha hecho Zambrano, darles la vuelta, a las certezas y a la verdad, mirarlas pensativo igual que si mirara su epitafio. Todo poeta es machadiano cuando llega a esa verdad, incluido el propio Machado, que sólo llegó a ser machadiano con aquellos cielos azules y aquel sol de la infancia. Escribo útilmente para el olvido, verso contenido en “Nada serio”, es una declaración seria en sí misma, ontológica, un juicio sobre el oficio y sobre el ser y, sin embargo, atado a la picota de ese útilmente. La palabra trabaja en su propia disolución, en definitiva. Es lo más concluyente en el libro: sólo pertenecemos al presente, a una cronología aislada y enormemente sentimental en la que nos movemos, la única que valida cualquier palabra con propósito de verdad. Sin embargo, el tiempo, como instrumento que acumula un aprendizaje ineludible, sigue teniendo la clave: lo que enseñan los años:/ que hay sólo una verdad,/ lo demás es la niebla. Vivimos con la conciencia de que esa verdad se nos escapa, pero parte de lo que la poesía utiliza como instrumento sólo sirve para buscar quimeras. Zambrano sabe que el presente empieza a fundirse con el futuro -igual que un río que pierde su memoria/ y va a otro río-, y ese futuro sólo puede ser la obra. El último poema del libro es, en efecto, un epitafio. Mensaje final, reza el título. Las palabras, el candor que sustentan el poema son de Zambrano, pero parecen una decantación venida del futuro, de lo que el poeta será, de lo que lega. Puede que este libro no sea más que otro paso en el largo camino de perfección de José A. Zambrano. Todos desearíamos, a tenor de lo que nos lleva entregando en los últimos años, que nunca la alcanzara.



Reseña: La poesía ha caído en desgracia, de Juan Carlos Mestre, en Encuentros de lecturas

La poesía ha caído en desgracia, Juan Carlos Mestre
Por Santos Domínguez
Encuentros de lecturas, 20/08/2014

Calambur reedita La poesía ha caído en desgracia, un espléndido libro de 1992 en el que Juan Carlos Mestre se muestra ya dueño de una voz potente e inconfundible en el panorama de la poesía española reciente.

No se trata de una simple reimpresión. Esta versión contiene el doble de textos de los que aparecían en aquella primera edición. Se añaden los poemas chilenos de Las páginas del fuego y otros más recientes, pero que comparten en conjunto una semejanza de tono y de fondo que no perjudica la sólida unidad del libro imprescindible de un desvelado testigo de la noche que da voz a los olvidados y percibe en el viento el aroma de la oscuridad cuya memoria yo habito.


Lee la reseña en Encuentros de lecturas

Reseña: Chile y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, en El País

Don Carlos
Por Jorge Edwards
El País, 31/07/2014

Una diversidad de visiones retrató el drama de la Guerra Civil española

Una editorial española, Calambur, publica testimonios de intelectuales latinoamericanos sobre la Guerra Civil de España. Lo hace por países, en forma escalonada, y a finales del año pasado le tocó el turno a Chile. Un aspecto novedoso de la empresa consiste en que figuran autores de todas las tendencias, de izquierda y de derecha. Estábamos acostumbrados a leer proclamas y poemas épicos, de la línea de España en el corazón de Pablo Neruda. Ahora encontramos escritos y poemas del mismo Neruda, de Rosamel del Valle, de Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, de Ángel Cruchaga Santa María y Luis Enrique Délano, de Eduardo Molina, poeta de un poema único, junto a escritos del inefable Bobby Deglanné, además de Jaime Eyzaguirre, de Maximiano Errázuriz, de Sergio Fernández Larraín, personajes de una derecha connotada y clásica. No sé si esta diversidad de visiones y de posiciones nos permite avanzar algo en el conocimiento de la dramática historia. En general, los puntos de vista parecen polarizados al máximo, enquistados en sus trincheras respectivas. La furia, la rabia de unos, se contraponen a la dureza, a la intolerancia de los otros. ¿Es posible, en estas cuestiones dolorosas, dramáticas, mantener una mirada serena? Hay mucha sangre, muchos fusilados de ambos lados, muchos niños que morían en los bombardeos.

Para mi gusto personal, no necesariamente compartido, uno de los relatos mejores es el de Alberto Romero, el olvidado novelista de La viuda del conventillo, de La mala estrella de Perucho González. Romero, en un libro publicado en 1938 en la Editorial Ercilla, llega en los primeros meses de la guerra a un pueblo que ha quedado en el lado republicano y que se llama Minglanilla. No sé si es un nombre ficticio o si existe en la geografía real. Las páginas de Romero son decididamente antifranquistas, pero tienen un tono de objetividad, de serenidad, incluso de humor soterrado, que eran muy propios del autor y que lo diferenciaban de sus compañeros de generación. En la descripción de Minglanilla descubrimos el hambre, la angustia, la desesperante tristeza que dominaba en el ambiente. Los niños del pueblo, de repente, empiezan a cantar en un balcón. Al comienzo no es más que un murmullo infantil, pero después reconocemos la melodía y la letra de La Internacional. Una señora inglesa camina por la plaza del pueblo tomada del brazo de una madre joven. Las dos mujeres lloran a moco tendido y la inglesa, al final del paseo, levanta la mano empuñada. Alberto Romero visita ese pueblo, no sé si real o imaginario, en compañía del poeta cubano Nicolás Guillén y del inglés Stephen Spender. Spender es alto, desgarbado, británico hasta la médula, y Guillén tiene un color aceitunado oscuro. Todos comulgan apasionadamente con la causa, pero la mirada de Alberto Romero tiene algo humano y a la vez distante, preocupado, pensativo. Llegaré pronto a Santiago, mi ciudad natal, y buscaré libros de don Alberto en librerías de viejo.

Otro fragmento que me interesó en la recopilación de Calambur es de Carlos Morla Lynch. Fue publicado en Sevilla en 2010, pero escrito un martes 28 de marzo de 1939. Como se sabe, Morla, ministro de la legación de Chile, había dado asilo a más de 2.000 ciudadanos españoles que corrían peligro en los años de la República. Ese día martes, las tropas del general Franco hacían su entrada en la capital. Los asilados en la residencia chilena salieron en tropel, eufóricos, y algunos ni siquiera se despidieron del dueño de la casa, que probablemente les había salvado la vida. Pero no había tiempo para despedidas ni para ceremonias. Los primeros camiones de los nacionales, con sus banderas blancas, llenos de muchachos de brazos levantados, desfilaban ya por Cibeles y por la Castellana. Muchos cantaban el Cara al sol, a diferencia de los niños del relato de Alberto Romero. Se abrían ventanas por todos lados, entre gritos de alegría, y las banderas blancas asomaban por todas partes. Don Carlos, a quien conozco muy bien, que fue mi primer embajador en mis años de diplomático, tuvo entonces un gesto muy suyo. Se acordó de que en uno de los rincones de la residencia había un grupo de 17 refugiados recientes del bando de la República. Eran hombres extenuados, deprimidos, que podían esperar lo peor. Morla cuenta que entra, con un nudo en la garganta “y sin pronunciar palabras que considero inútiles, estrecho las manos de cada uno”.

Alguien, hace pocas semanas, describió a Morla en presencia mía como un “hombre de izquierda”. No era el momento de rectificar, guardé silencio, pero puedo asegurar que Carlos Morla estaba muy lejos de ser de izquierda. Era un hombre moderado, más bien conservador, cercano a la familia Alessandri, que representaba a una derecha liberal, civilizada, del Chile de mediados del siglo pasado. Pero el gesto de saludar a los vencidos, de solidarizar con ellos en los instantes más difíciles, era típicamente suyo. Si esto no se entiende hoy, significa que estamos avanzados en tecnología, en máquinas, en cifras, pero trágicamente atrasados en las grandes cuestiones éticas y humanas. E incapaces de ponernos al día, puesto que leer viejas páginas de Carlos Morla Lynch, de Alberto Romero, de gente como ésa, no nos interesa un pepino.



Lee la reseña en El País 

Otros títulos publicados en la colección 'Hispanoamérica y la guerra civil española':
Ecuador y la guerra civil española. La voz de los intelectuales
Argentina y la guerra civil española. La voz de los intelectuales
Perú y la guerra civil española. La voz de los intelectuales

Reseña: La hija del capitán Nemo, de Cecilia Quílez, en Resblues

La hija del capitán Nemo, Cecilia Quílez
Por Rafael Escobar
Resblues, 19/08/2014

En el capitán Nemo, Verne trazó el perfil de  un autoexiliado, un ser hipersensible que desahoga su extrañamiento ante el mundo en la fabulación de otra identidad capaz de integrar el intelectualismo, el afán de justicia y el resentimiento, quizá a la espera de que se opere su conversión mágica en otro auténticamente habitable. Por ello resulta del todo pertinente reivindicar su genalogía para, aun sin proponérselo, sentar cátedra sobre el desencanto y su hipotética redención en la soledad elegida, tal y como hace Cecilia Quílez en su nuevo y excelente poemario.

Emociona aquí, como en cualquier libro de su autora, el monólogo de un sujeto lírico deseando sugestionarse para creer que su propio anhelo es una manera de transfigurar la ruina y la negación (Empieza el espectáculo/Con ustedes la maga que convierte en luciérnagas/las polillas) o retomar el pulso de la inocencia (creer que la vida era una fiesta/o que esos ojos prometieran/la corona de una rana), una ficción salvadora que alumbra brevemente hasta el “fatum” de su tropiezo con los límites del lenguaje (Solo me hace llorar/lo impronunciable), grieta de una incomunicación ante la que incluso el amor se revela impotente (Como romper el vidrio/de lo indecible/diciendo/todos a cubierta/No sirve el amor en estos casos), lo cual le lleva a sentenciar su propio epitafio como escritora urgida por la honestidad

No tengo ganas de escribir
Más explicaciones
Son sin duda alguna impertinentes
Para concluir que no me entiendo
O lo que es peor
Que no hay nada que pueda disuadir
Este sino visionario
Solo espero a que prosperen las respuestas
En la fatalidad de un dato equidistante
Del silencio.

 o a reconocer que la esencia de su identidad es su propia fantasmagoría (A veces choco de frente/con mi propio fantasma/agotado de agotarse/en este mismo lugar/donde nada más puede decirse). Intensamente suya es también esa continua apelación a la intensidad vital, tentarnos a la devastación y al delirio desafiando los límites de esa cordura que desustancia la vida (Sentid/y doleros/de la espina violenta/en vuestra lengua./Aguantad las ganas/y si podéis/imaginad el rocío/que encierran/las rosas en primavera), ese proclamar el vértigo como su mayor asidero vital junto a la autenticidad y el consuelo que solo se encuentra en formas de existencia irracionales (No hay bosque para tanto dolor que no acoja la mirada serena de un perro), seres que conectan con su propia capacidad de casi remitir al mismo germen telúrico del origen (Así te siento/como una campana en el vientre/ese querer prehistórico de madre/que amamanta eternamente la esperanza). Y, en definitiva, convertir la vida en una letanía de actos puros, de impremeditada verdad, que aúnen atrevimiento, placer hedonista y sana insurrección (Proteger la fórmula original del alba/del falso precio de la corona(…)Hacer sopa boba de gallina vieja/celebrar la tempestad para que el rayo parta/al que no sepa hacer de la risa un puro semental).

Desconozco si este “Laura tú de niña” está dedicado a Laura Giordani, pero tiene la misma hechura de la palabra de aquella, su misma cualidad de conjuro del dolor a través de la piedad porque, como bien nos recuerda Cecilia, somos albaceas de la herencia de un llanto… Enhorabuena una y mil veces, querida.

Laura tú de niña
Al lado de una perra herida
Sigues allí Caminas sin esconderte
La duda es un cepo donde espera el engaño
Escarbas en las hojas podridas Sabes
Cómo sangra el río
La muesca que no dice que nunca dirá
Laura tú de niña escapulario en llamas
Pupila en el ábaco Misma resta de la furia
Misma almohada de huesos miserables
Y una calavera demasiado tierna
Para digerir la pesadilla frente helada
La noche escucha aún tus oraciones
Tú y yo hemos pasado Laura
Por la misma carretera
Que rodeaba esa agonía
Con tierra entre las uñas
Agua de junco para pequeños cementerios
Aquellos animales
Y todas las demás bestias regresan
Dicen
Gracias por no dejarnos ir
O ser arteria en la locura
De los muertos
Absolutamente muertos
Eso Niña Laura
Era lo que tú escribías
Tan despierta.


Lee la reseña en Resblues
 

viernes, 1 de agosto de 2014

Reseña: 'Lo que dejó la lluvia', de José Antonio Zambrano, por Carmen Fernández-Daza

José Antonio Zambrano: Lo que dejó la lluvia
Por Carmen Fernández-Daza Álvarez
Diretora de Cultural Santa Ana de Almendralejo


Escribía Emilio Lledó en El surco del tiempo que nuestra experiencia de lectura, la de cada uno de nosotros, está marcada por la sensación y por la memoria. Nada más cierto. Por ello, a pesar de que el crítico debe tender a la objetivación, a menudo no puede (acaso por fortuna) liberarse de las palabras leídas en la solitarias costas de su intimidad; las palabras, si se me permite, son granos de arena que se adhieren a la piel del lector. Se adhieren a sus anhelos, a sus emociones, a su parcialidad, a una historia individual (intelectual y vital) concreta e irrepetible. Es un prodigioso misterio y como tal carece de una regulada comprensión.

Lo que dejó la lluvia ha alagado estos días unos anhelos concretos, una historia precisa, la de quien escribe estas líneas, nacidas todas desde el asombro. Soy una gota más de lluvia sobre una lluvia poética, una gota que a la par se une a los vertederos de agua de tantos lectores ignotos, a la propia lluvia del autor, vacilando la emoción y la razón entre la timidez y la valentía. El título del libro ya nos avisa del encuentro con la esencia de lo que, tras un proceso de purificación, habita en lo más íntimo del poeta.

En El surco del tiempo, con cuyo recuerdo iniciábamos estas líneas, Lledó traía a colación unas conocidas palabras de Nietzsche, insertas en el prólogo a su Aurora, y referidas al arte o a la maestría de la lectura, que deseamos revivir aquí también: “filólogo quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba también por escribir lentamente”. Escribía allí que “ese arte enseña a leer bien, es decir, a leer despacio, con profundidad, con cuidado, con atención y con intención, a puertas abiertas y con ojos y dedos delicados”.

Huelga explicar que por filología no entendemos aquí unos estudios académicos, sino, en pureza etimológica, el amor a la palabra. Es decir el amor por aquello que nos hace más hombres, en la imposible ruptura entre razón y palabra (Logos). Vuélvanse al Crátilo platónico y recuerden la feliz sentencia: “Quien conoce los nombres, conoce las cosas”.

Más de una vez he expresado que el hombre no es hombre por sapiens, sino por loquens. Homo loquens, ergo homo sapiens. Es el don divino que nos distingue sobre las demás especies. Y muchos poetas, los poetas auténticos, lo saben. Homo loquens fue el título que contuvo los asombros del gaditano Antonio Hernández ante los besos sin labios del lenguaje:

He entendido por fin
Que escribir es amar
Sin amor que te bese

Amor y conocimiento; filología y filosofía en un todo originario indisociable. También el todo que dejó la lluvia de Zambrano.

Tal es el poeta en el que durante estos días me he recogido. Me ha envuelto su amor a la palabra, amor de profundis, amor en calma, sin prisas, en entrega vocacional, amor fidelísimo. Él escribe, como decía Nitzsche, “con profundidad, con cuidado, con atención y con intención, a puertas abiertas, con ojos y dedos delicados”, porque la verdadera obra de creación no es producto de una inmediata elaboración, sino fruto de un largo proceso tejido con dolores y gozos. De tal modo que, cuando el lector sostiene en sus manos las cincuenta páginas de esta obra literaria, sostiene un conjunto de partes, de versos, de palabras, de sílabas, surgidas al ritmo del latido del autor. Latido que apunta a una real existencia, la del escritor, pero también a una metáfora que señala el hilo histórico que va enhebrando los momentos que la constituyen, en el telar visible e invisible al mismo tiempo de una tradición.

Iniciaré por ello, por esta tradición e individualidad cosidas a la forma. Por esa escritura atenta e intencionada a la que nos referíamos.

Todos cuantos nos acercamos a la obra de Zambrano coincidimos en mencionar su exigencia. Es una exigencia poética que juzgo tan llena de luz en el resultado, como supongo agotadora en el transcurso de la creación. Dije un día, y repito ahora, que José Antonio explora hasta el límite la verdad de la palabra poética. Procura acercarse a ella desnudo, y sin horizontes, en la ilusión de lo que busca el que mira por sí. Una vez más en este libro lo hallamos como el demiurgo de su propio lenguaje. De ello ya nos avisa en el primer poema, Memoración. En él, en sus confesiones a Edinda, (¡qué hermoso nombre recuperado! Edinda que viene a ser la Érato de Zambrano), expresa José Antonio volver a la palabra poética para sentirse en ella, para vivir lo distinto, sin diccionarios que aleccionen las palabras, enmarcando en la lluvia lo que siempre tuvo como patria, es decir, volver libre y purificado. Vuelve a Edinda que es en realidad la ida hacia el lugar que le pertenece. Ida que, con una frase de Julio Cortázar, y con el sentido expresado, nos anticipa el poeta en los preliminares del libro.   

Esos cuatro años distanciado de Edinda a los que se refiere en el poema “Cuestión de tiempo” se refieren quizás al inicio de la propia génesis del libro pero bien pudieran entenderse como el tiempo que Lo que dejó la lluvia de los Apócrifos de marzo, ese espacio que media en el calor de una búsqueda, el retorno, que es la ida, a su poesía más auténtica, a esos límites de la palabra sobre los que el autor reflexionaba en Las orillas del agua. Entre uno y otro libro Zambrano nos sorprendió con la rabiosa originalidad de sus Tonás de los espejos, tonás que engarzan con una trayectoria paralela, en la que ese mismo poeta, cultísimo, camina sobre los senderos de una tradición literaria muy honda y que nunca ha despreciado, como buen poeta, el paisaje de la rica lírica popular española. Porque en ella, además, su voz individual es perfectamente reconocible.

Más que un “buscador de palabras”, como lo apoda Ramón Pérez Parejo en su magnífico prólogo, Zambrano se me antoja un alquimista de ellas, un perfumista que cuida la frágil materia prima, un perfumista exquisito. Extrae la esencia, macera los aromas y nos devuelve un perfume concentrado. Todo ello requiere experiencia pero también implica la valentía de la experimentación, de la innovación, del riesgo. Tras de esa esencia obtenida, condensada, el lector  puede reconocer los aromas y su procedencia. En ello se distingue el buen del mal perfume.

Todos esos aromas han sido sometidos a la destilación mediante recursos literarios medidos, controlados, sabios y arriesgados a un mismo tiempo. En el serpentín del creador han operado magníficas metáforas implícitas; sustantivos concretos que se hacen símbolos sonoros y adquieren una belleza que nos resulta ajena en lo cotidiano, o lo primario; aposiciones sometidas a una fantástica reducción; lucidos recursos del oxímoron o de paradojas que se viven, por su buscada armonía, lejos de asombro de las contradicciones. El resultado es un verdadero placer que rebosa la lectura. Y vamos ensimismándonos en ese perfume del que no podemos alejarnos: nos sometemos al encantamiento del verbo. Percibimos una limpieza en el aire cuando sonamos los versos y una limpieza en la mente cuando los pensamos adentro. Percibimos la sensualidad que se va prendiendo en nuestro olfato, el olor a limpio de la vista, “olor limpio de tus ojos”, dirá Zambrano en el “Poema de la culpa”, el que se concentran de manera magistral una gran multitud de las figuras literarias apuntadas. Pero también, adentro, vamos sintiendo esa cordura anhelada palmo a palmo, esa cordura de quien pretende ser contenido, alcanzar existencia, en el mismo acto poético:

Y es que no busco otra cordura
que la de sustentar lo que no encuentro.
Y acaso
ser palabra que se refuerza en lo escrito.

Y si no fuera así,
dónde entonces la vida
para contar al mundo
lo que envejece como un fruto indefenso.

Zambrano siempre es innovación, pero en el decoro poético, en la mesura. Y ello se agradece. Se agradece mucho la hermosa manera de decir, la forma ataviada de galas nuevas o reconocibles, siempre cuidadísimas; se agradece en un panorama contemporáneo donde todo es aseo superficial, vestido harapiento que se vende y se presenta como lenguaje literario. Ante ello, como es habitual en el quehacer de Zambrano, nada se cede al abandono o al descuido. Los ritmos van contenidos en sus pentagramas exactos. No hay una figura sin su silencio. Y esos silencios, esa música callada, nos van marcando el tiempo que se libera desde la reflexión del propio texto poético. Zambrano ha concebido una sonata en tres movimientos y una coda. Cada uno de esos movimientos que conforman Lo que dejó la lluvia consta de diez fragmentos melódicos o temas, con sus extensiones o estrofas también muy medidas, muy maduradas. La coda, el último poema, el mensaje final, es sin duda una de las músicas mejores que haya escrito José Antonio Zambrano:

Aquí sigo, Edinda,
apoyado en tu nombre,
y obstinado en saber
lo que entraña un corazón hundido en un beso.

Sobre el olor de la tierra
Y sobre el crepúsculo del sueño
está flotando mi voz día y noche,
envolviendo sobre mi boca
el alba gris y enmudecida de los cantos.

Es una música de versos libres, mas sometidos. Un música para tres instrumentos, para tres interlocutores, dos de ellos ausentes o silentes: Edinda y el lector, y el tercero (que es primero) omnipresente: el yo poético.

Edinda, amor o poesía, que es lo mismo, bondad y belleza (kalós) o poesía, que igual es, es el vocativo que también sirve al lector de puente con el propio yo poético. Edinda es confidente, asidero, desahogo. Pero Edinda es mucho más. Edinda es el guiño a toda una trayectoria, al ser creador que transita por encima de toda su obra, en una continuidad, en un diálogo intertextual con el que sólo saben cohabitar los grandes autores. Edinda es el pozo de la unidad y de la coherencia, del poeta, sí, pero también de sus lectores.

Edinda es el tránsito del tiempo poético desde 1987:

 Edinda es la paloma fúlgida,
la que corona el mimbre.
Traeremos de otros valles
perlas y amuletos
que persistan su reino.

Escribía Zambrano en sus Coplas a la bella Edinda.

No es ya sólo la unidad del libro que presentamos, sino la unidad del libro en su camino sobre otros libros y otros versos, lo que nos seduce y subyuga. Los lectores estamos latiendo por tanto con el autor en la complicidad de quienes conocen el camino transitado, de quienes ahora sabemos (se nos advierte) que volver es ir. Y escribe:

Nunca cierro el portón de mis ojos al alba
porque quien ama mucho
no espera ni se abraza al tiempo que no vuelve.

El tiempo que no vuelve. Detengámonos someramente en el fondo, en la reflexión sobre el tiempo, que se sostiene a lo largo de toda la obra.  Decíamos al principiar estas líneas que concebíamos en un todo filología y filosofía, y así es porque nos volvemos de nuevo al primigenio origen. Sofía (sabiduría) no es otra cosa sino la capacidad del hombre para ampliar el horizonte de la inmediatez al que la naturaleza le somete. La escritura no depende, como la voz, de la sola naturaleza. Ante lo frágil de la oralidad, la escritura nos muestra la fortaleza que emana de un producto de cultura, del producto cultural por excelencia del hombre. Por ello, en el Fedro platónico, se expresa que con ella los hombres se hacen más sabios y más memoriosos; que, mediante ella, se superan los límites que la naturaleza nos impone. Y ser sabio (insistimos), en el sentido griego de la palabra, en el sentido etimológico, es cultivar la independencia ante el mundo; y, a través del logos, desarrollar la capacidad de interpretar, de transportarse a un lado abstracto. Zambrano nos dice:


Cada uno de mis versos ha buscado
salirle al paso al mundo,
la constante curiosidad
de acumular certezas,
y saber de esos territorios cercanos al frío
donde se apaga el sol
y se aíslan las respuestas olvidadas.

En la primera parte del libro que presentamos el poeta nos sitúa en su objetivo: aspira a ser en la poesía. Aspira, tras un proceso de purificación, tras el abandono de lo que siempre tuvo como patria, reconocerla a ella como lugar de nacimiento, el lugar al que ama, al que también le ata una intrahistoria cultural, heredada, y el deseo de defender ese espacio para que sea. Para cumplir esa aspiración, tal catarsis purificadora, tal viaje de ida, parte desnudo de prejuicios, también de otros tiempos y de otras palabras. Ha de iniciar un proceso de profunda soledad, casi de desamparo, en orfandad:

A esto aspira este retorno que atardece,
a vivir lo distinto,
sostener lo visible de su voz en tu voz
y enmarcar en la lluvia lo que siempre tuvo como patria.

Aunque ahora, Edinda, los días se suceden tímidos.
Sin esos diccionarios que aleccionan las palabras
y sin que los ojos adviertan el deseo de los desiertos.
Sin patria, sin lengua,
solo para sentirme en tu nombre al que vuelo
con las manos mendigas que presta la orfandad.

El poeta anhela la certeza, encontrar la verdad. Esta búsqueda de la certeza ha sido siempre una constante en la trayectoria poética de Zambrano. En esa búsqueda, en ese esfuerzo de comprensión de la vida, del mundo, el poeta ha rozado el mal y el vacío, la oscuridad. En el poema “Noción palpable de mi mundo”, es decir, de ese mundo que rodea al poeta y que es visible a todos, también a él, aparecen un conjunto de sustantivos o versos completos que son símbolos negativos de los espacios de aquel hombre en búsqueda fuera de los territorios de la poesía: frío, olvido, vacío, oscuridad, nombres sin encantamientos. Y por ello, porque no puede alcanzar comprender ese mundo, no puede comprender esa vida, el poeta nos confiesa que ha optado, como posición vital decidida, como posición también esencial, sólo amarla. Amarla sí, no comprenderla, pero en el convencimiento de que su única abundancia es la poesía y amarla sí, muy por encima de esa propia vida física, por encima del aire. Amarla sí y decirnos que la ama, y que desea habitar en el espacio donde sólo se siente visible, en la poesía, asumiendo que puedan en el egoísmo de lo propio, el vicio de lo propio:

Es necesario elegir
-como afirma Ribeyro-
entre amar la vida o comprenderla.

Yo he optado por amarla
sin perder la advertencia
de no tener otra abundancia
que no seas tú,
y sin entender el descuido
que deja
el tiempo que envejece a mi lado.

No puede haber calma en esta afirmación
ni regreso a otro calor de cifras,
oscuro y desleal,
que apague el murmullo de este canto
en su interminable certidumbre.

Solo la intimidad
que linda con mi pecho
mientras los días pasen
y pueda amar la vida
por encima del aire y su extrañeza.

Al borde de la primera parte hallamos también una reflexión sobre el tiempo pasado. Tal como ha escrito Alonso Guerrero el pasado vale casi como memoria fructífera. El pasado no es una escultura de nostalgia, sino una herramienta de la que puede servirse como un estremecimiento figurado. Es más, la memoria es un tiempo mediador, nunca zozobra por algo perdido. En el último poema de esta primera parte, Zambrano finaliza con unos versos que anuncian el asunto principal y central de la segunda parte, quizás del libro íntegro: el presente. Es el tiempo real, el único tiempo válido, pues el pasado sólo puede reconocerse en el presente. Pero ese presente no es un “nunc fluens”, un tiempo limitado por otros dos tiempos. Y nos dice:

Pero esta claridad solo la prueba
el sol lento del día,
la madrugada muda de tus alrededores
y esa altivez prestada
que aún permite afirmar:
hoy somos,
es hoy, tan solo hoy
                  el mundo.

Por eso, nos acerca, todo sucede “en lo que va viviendo”; por eso nos dice que celebra el momento que respira, sin hurtar nada a los momentos de los demás, sin temor, sin angustia. El tiempo pasado es una forma especial de memoria del mundo, y la poesía, su vivir en ella, la luz de las palabras como único código, doblegan el futuro, que al fin no es sino el espacio donde viven los sueños.

En la tercera parte del libro el yo poético mira al otro yo, al creador, desde la memoria, que es distancia, como un observador que percibe una sombra. La lluvia va limpiando lo que un día fuera ese otro yo en el poema “aireada certeza”.  También en la tercera parte se fija la reflexión sobre el futuro que había anunciado, está llegando al fin de sus certezas, a ese saludo que no tiene distancias:

Ahora
que las certezas viven a nuestro alrededor,
sabemos que pensar en el mañana
no es ronda de tu vuelo,
y aunque el sabor a lluvia no sea el mismo
las calles siguen bebiéndose tus pasos
al decirnos a todos:
a veces solo un gesto es suficiente
para salvar el día.

Queda este gesto hoy entre mis dedos, ahora, ese que salva también la tarde en la que escribo, y que se hace gratitud, como colofón de unas reflexiones; un gesto de escritura que porta en su sonrisa amable muchos años de entrega, la de un Zambrano lluvioso y purificado, del que espero siga dándonos la bondad de lo suyo, para que sea también bondad de lo nuestro.