viernes, 1 de agosto de 2014

Reseña: 'Lo que dejó la lluvia', de José Antonio Zambrano, por Carmen Fernández-Daza

José Antonio Zambrano: Lo que dejó la lluvia
Por Carmen Fernández-Daza Álvarez
Diretora de Cultural Santa Ana de Almendralejo


Escribía Emilio Lledó en El surco del tiempo que nuestra experiencia de lectura, la de cada uno de nosotros, está marcada por la sensación y por la memoria. Nada más cierto. Por ello, a pesar de que el crítico debe tender a la objetivación, a menudo no puede (acaso por fortuna) liberarse de las palabras leídas en la solitarias costas de su intimidad; las palabras, si se me permite, son granos de arena que se adhieren a la piel del lector. Se adhieren a sus anhelos, a sus emociones, a su parcialidad, a una historia individual (intelectual y vital) concreta e irrepetible. Es un prodigioso misterio y como tal carece de una regulada comprensión.

Lo que dejó la lluvia ha alagado estos días unos anhelos concretos, una historia precisa, la de quien escribe estas líneas, nacidas todas desde el asombro. Soy una gota más de lluvia sobre una lluvia poética, una gota que a la par se une a los vertederos de agua de tantos lectores ignotos, a la propia lluvia del autor, vacilando la emoción y la razón entre la timidez y la valentía. El título del libro ya nos avisa del encuentro con la esencia de lo que, tras un proceso de purificación, habita en lo más íntimo del poeta.

En El surco del tiempo, con cuyo recuerdo iniciábamos estas líneas, Lledó traía a colación unas conocidas palabras de Nietzsche, insertas en el prólogo a su Aurora, y referidas al arte o a la maestría de la lectura, que deseamos revivir aquí también: “filólogo quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba también por escribir lentamente”. Escribía allí que “ese arte enseña a leer bien, es decir, a leer despacio, con profundidad, con cuidado, con atención y con intención, a puertas abiertas y con ojos y dedos delicados”.

Huelga explicar que por filología no entendemos aquí unos estudios académicos, sino, en pureza etimológica, el amor a la palabra. Es decir el amor por aquello que nos hace más hombres, en la imposible ruptura entre razón y palabra (Logos). Vuélvanse al Crátilo platónico y recuerden la feliz sentencia: “Quien conoce los nombres, conoce las cosas”.

Más de una vez he expresado que el hombre no es hombre por sapiens, sino por loquens. Homo loquens, ergo homo sapiens. Es el don divino que nos distingue sobre las demás especies. Y muchos poetas, los poetas auténticos, lo saben. Homo loquens fue el título que contuvo los asombros del gaditano Antonio Hernández ante los besos sin labios del lenguaje:

He entendido por fin
Que escribir es amar
Sin amor que te bese

Amor y conocimiento; filología y filosofía en un todo originario indisociable. También el todo que dejó la lluvia de Zambrano.

Tal es el poeta en el que durante estos días me he recogido. Me ha envuelto su amor a la palabra, amor de profundis, amor en calma, sin prisas, en entrega vocacional, amor fidelísimo. Él escribe, como decía Nitzsche, “con profundidad, con cuidado, con atención y con intención, a puertas abiertas, con ojos y dedos delicados”, porque la verdadera obra de creación no es producto de una inmediata elaboración, sino fruto de un largo proceso tejido con dolores y gozos. De tal modo que, cuando el lector sostiene en sus manos las cincuenta páginas de esta obra literaria, sostiene un conjunto de partes, de versos, de palabras, de sílabas, surgidas al ritmo del latido del autor. Latido que apunta a una real existencia, la del escritor, pero también a una metáfora que señala el hilo histórico que va enhebrando los momentos que la constituyen, en el telar visible e invisible al mismo tiempo de una tradición.

Iniciaré por ello, por esta tradición e individualidad cosidas a la forma. Por esa escritura atenta e intencionada a la que nos referíamos.

Todos cuantos nos acercamos a la obra de Zambrano coincidimos en mencionar su exigencia. Es una exigencia poética que juzgo tan llena de luz en el resultado, como supongo agotadora en el transcurso de la creación. Dije un día, y repito ahora, que José Antonio explora hasta el límite la verdad de la palabra poética. Procura acercarse a ella desnudo, y sin horizontes, en la ilusión de lo que busca el que mira por sí. Una vez más en este libro lo hallamos como el demiurgo de su propio lenguaje. De ello ya nos avisa en el primer poema, Memoración. En él, en sus confesiones a Edinda, (¡qué hermoso nombre recuperado! Edinda que viene a ser la Érato de Zambrano), expresa José Antonio volver a la palabra poética para sentirse en ella, para vivir lo distinto, sin diccionarios que aleccionen las palabras, enmarcando en la lluvia lo que siempre tuvo como patria, es decir, volver libre y purificado. Vuelve a Edinda que es en realidad la ida hacia el lugar que le pertenece. Ida que, con una frase de Julio Cortázar, y con el sentido expresado, nos anticipa el poeta en los preliminares del libro.   

Esos cuatro años distanciado de Edinda a los que se refiere en el poema “Cuestión de tiempo” se refieren quizás al inicio de la propia génesis del libro pero bien pudieran entenderse como el tiempo que Lo que dejó la lluvia de los Apócrifos de marzo, ese espacio que media en el calor de una búsqueda, el retorno, que es la ida, a su poesía más auténtica, a esos límites de la palabra sobre los que el autor reflexionaba en Las orillas del agua. Entre uno y otro libro Zambrano nos sorprendió con la rabiosa originalidad de sus Tonás de los espejos, tonás que engarzan con una trayectoria paralela, en la que ese mismo poeta, cultísimo, camina sobre los senderos de una tradición literaria muy honda y que nunca ha despreciado, como buen poeta, el paisaje de la rica lírica popular española. Porque en ella, además, su voz individual es perfectamente reconocible.

Más que un “buscador de palabras”, como lo apoda Ramón Pérez Parejo en su magnífico prólogo, Zambrano se me antoja un alquimista de ellas, un perfumista que cuida la frágil materia prima, un perfumista exquisito. Extrae la esencia, macera los aromas y nos devuelve un perfume concentrado. Todo ello requiere experiencia pero también implica la valentía de la experimentación, de la innovación, del riesgo. Tras de esa esencia obtenida, condensada, el lector  puede reconocer los aromas y su procedencia. En ello se distingue el buen del mal perfume.

Todos esos aromas han sido sometidos a la destilación mediante recursos literarios medidos, controlados, sabios y arriesgados a un mismo tiempo. En el serpentín del creador han operado magníficas metáforas implícitas; sustantivos concretos que se hacen símbolos sonoros y adquieren una belleza que nos resulta ajena en lo cotidiano, o lo primario; aposiciones sometidas a una fantástica reducción; lucidos recursos del oxímoron o de paradojas que se viven, por su buscada armonía, lejos de asombro de las contradicciones. El resultado es un verdadero placer que rebosa la lectura. Y vamos ensimismándonos en ese perfume del que no podemos alejarnos: nos sometemos al encantamiento del verbo. Percibimos una limpieza en el aire cuando sonamos los versos y una limpieza en la mente cuando los pensamos adentro. Percibimos la sensualidad que se va prendiendo en nuestro olfato, el olor a limpio de la vista, “olor limpio de tus ojos”, dirá Zambrano en el “Poema de la culpa”, el que se concentran de manera magistral una gran multitud de las figuras literarias apuntadas. Pero también, adentro, vamos sintiendo esa cordura anhelada palmo a palmo, esa cordura de quien pretende ser contenido, alcanzar existencia, en el mismo acto poético:

Y es que no busco otra cordura
que la de sustentar lo que no encuentro.
Y acaso
ser palabra que se refuerza en lo escrito.

Y si no fuera así,
dónde entonces la vida
para contar al mundo
lo que envejece como un fruto indefenso.

Zambrano siempre es innovación, pero en el decoro poético, en la mesura. Y ello se agradece. Se agradece mucho la hermosa manera de decir, la forma ataviada de galas nuevas o reconocibles, siempre cuidadísimas; se agradece en un panorama contemporáneo donde todo es aseo superficial, vestido harapiento que se vende y se presenta como lenguaje literario. Ante ello, como es habitual en el quehacer de Zambrano, nada se cede al abandono o al descuido. Los ritmos van contenidos en sus pentagramas exactos. No hay una figura sin su silencio. Y esos silencios, esa música callada, nos van marcando el tiempo que se libera desde la reflexión del propio texto poético. Zambrano ha concebido una sonata en tres movimientos y una coda. Cada uno de esos movimientos que conforman Lo que dejó la lluvia consta de diez fragmentos melódicos o temas, con sus extensiones o estrofas también muy medidas, muy maduradas. La coda, el último poema, el mensaje final, es sin duda una de las músicas mejores que haya escrito José Antonio Zambrano:

Aquí sigo, Edinda,
apoyado en tu nombre,
y obstinado en saber
lo que entraña un corazón hundido en un beso.

Sobre el olor de la tierra
Y sobre el crepúsculo del sueño
está flotando mi voz día y noche,
envolviendo sobre mi boca
el alba gris y enmudecida de los cantos.

Es una música de versos libres, mas sometidos. Un música para tres instrumentos, para tres interlocutores, dos de ellos ausentes o silentes: Edinda y el lector, y el tercero (que es primero) omnipresente: el yo poético.

Edinda, amor o poesía, que es lo mismo, bondad y belleza (kalós) o poesía, que igual es, es el vocativo que también sirve al lector de puente con el propio yo poético. Edinda es confidente, asidero, desahogo. Pero Edinda es mucho más. Edinda es el guiño a toda una trayectoria, al ser creador que transita por encima de toda su obra, en una continuidad, en un diálogo intertextual con el que sólo saben cohabitar los grandes autores. Edinda es el pozo de la unidad y de la coherencia, del poeta, sí, pero también de sus lectores.

Edinda es el tránsito del tiempo poético desde 1987:

 Edinda es la paloma fúlgida,
la que corona el mimbre.
Traeremos de otros valles
perlas y amuletos
que persistan su reino.

Escribía Zambrano en sus Coplas a la bella Edinda.

No es ya sólo la unidad del libro que presentamos, sino la unidad del libro en su camino sobre otros libros y otros versos, lo que nos seduce y subyuga. Los lectores estamos latiendo por tanto con el autor en la complicidad de quienes conocen el camino transitado, de quienes ahora sabemos (se nos advierte) que volver es ir. Y escribe:

Nunca cierro el portón de mis ojos al alba
porque quien ama mucho
no espera ni se abraza al tiempo que no vuelve.

El tiempo que no vuelve. Detengámonos someramente en el fondo, en la reflexión sobre el tiempo, que se sostiene a lo largo de toda la obra.  Decíamos al principiar estas líneas que concebíamos en un todo filología y filosofía, y así es porque nos volvemos de nuevo al primigenio origen. Sofía (sabiduría) no es otra cosa sino la capacidad del hombre para ampliar el horizonte de la inmediatez al que la naturaleza le somete. La escritura no depende, como la voz, de la sola naturaleza. Ante lo frágil de la oralidad, la escritura nos muestra la fortaleza que emana de un producto de cultura, del producto cultural por excelencia del hombre. Por ello, en el Fedro platónico, se expresa que con ella los hombres se hacen más sabios y más memoriosos; que, mediante ella, se superan los límites que la naturaleza nos impone. Y ser sabio (insistimos), en el sentido griego de la palabra, en el sentido etimológico, es cultivar la independencia ante el mundo; y, a través del logos, desarrollar la capacidad de interpretar, de transportarse a un lado abstracto. Zambrano nos dice:


Cada uno de mis versos ha buscado
salirle al paso al mundo,
la constante curiosidad
de acumular certezas,
y saber de esos territorios cercanos al frío
donde se apaga el sol
y se aíslan las respuestas olvidadas.

En la primera parte del libro que presentamos el poeta nos sitúa en su objetivo: aspira a ser en la poesía. Aspira, tras un proceso de purificación, tras el abandono de lo que siempre tuvo como patria, reconocerla a ella como lugar de nacimiento, el lugar al que ama, al que también le ata una intrahistoria cultural, heredada, y el deseo de defender ese espacio para que sea. Para cumplir esa aspiración, tal catarsis purificadora, tal viaje de ida, parte desnudo de prejuicios, también de otros tiempos y de otras palabras. Ha de iniciar un proceso de profunda soledad, casi de desamparo, en orfandad:

A esto aspira este retorno que atardece,
a vivir lo distinto,
sostener lo visible de su voz en tu voz
y enmarcar en la lluvia lo que siempre tuvo como patria.

Aunque ahora, Edinda, los días se suceden tímidos.
Sin esos diccionarios que aleccionan las palabras
y sin que los ojos adviertan el deseo de los desiertos.
Sin patria, sin lengua,
solo para sentirme en tu nombre al que vuelo
con las manos mendigas que presta la orfandad.

El poeta anhela la certeza, encontrar la verdad. Esta búsqueda de la certeza ha sido siempre una constante en la trayectoria poética de Zambrano. En esa búsqueda, en ese esfuerzo de comprensión de la vida, del mundo, el poeta ha rozado el mal y el vacío, la oscuridad. En el poema “Noción palpable de mi mundo”, es decir, de ese mundo que rodea al poeta y que es visible a todos, también a él, aparecen un conjunto de sustantivos o versos completos que son símbolos negativos de los espacios de aquel hombre en búsqueda fuera de los territorios de la poesía: frío, olvido, vacío, oscuridad, nombres sin encantamientos. Y por ello, porque no puede alcanzar comprender ese mundo, no puede comprender esa vida, el poeta nos confiesa que ha optado, como posición vital decidida, como posición también esencial, sólo amarla. Amarla sí, no comprenderla, pero en el convencimiento de que su única abundancia es la poesía y amarla sí, muy por encima de esa propia vida física, por encima del aire. Amarla sí y decirnos que la ama, y que desea habitar en el espacio donde sólo se siente visible, en la poesía, asumiendo que puedan en el egoísmo de lo propio, el vicio de lo propio:

Es necesario elegir
-como afirma Ribeyro-
entre amar la vida o comprenderla.

Yo he optado por amarla
sin perder la advertencia
de no tener otra abundancia
que no seas tú,
y sin entender el descuido
que deja
el tiempo que envejece a mi lado.

No puede haber calma en esta afirmación
ni regreso a otro calor de cifras,
oscuro y desleal,
que apague el murmullo de este canto
en su interminable certidumbre.

Solo la intimidad
que linda con mi pecho
mientras los días pasen
y pueda amar la vida
por encima del aire y su extrañeza.

Al borde de la primera parte hallamos también una reflexión sobre el tiempo pasado. Tal como ha escrito Alonso Guerrero el pasado vale casi como memoria fructífera. El pasado no es una escultura de nostalgia, sino una herramienta de la que puede servirse como un estremecimiento figurado. Es más, la memoria es un tiempo mediador, nunca zozobra por algo perdido. En el último poema de esta primera parte, Zambrano finaliza con unos versos que anuncian el asunto principal y central de la segunda parte, quizás del libro íntegro: el presente. Es el tiempo real, el único tiempo válido, pues el pasado sólo puede reconocerse en el presente. Pero ese presente no es un “nunc fluens”, un tiempo limitado por otros dos tiempos. Y nos dice:

Pero esta claridad solo la prueba
el sol lento del día,
la madrugada muda de tus alrededores
y esa altivez prestada
que aún permite afirmar:
hoy somos,
es hoy, tan solo hoy
                  el mundo.

Por eso, nos acerca, todo sucede “en lo que va viviendo”; por eso nos dice que celebra el momento que respira, sin hurtar nada a los momentos de los demás, sin temor, sin angustia. El tiempo pasado es una forma especial de memoria del mundo, y la poesía, su vivir en ella, la luz de las palabras como único código, doblegan el futuro, que al fin no es sino el espacio donde viven los sueños.

En la tercera parte del libro el yo poético mira al otro yo, al creador, desde la memoria, que es distancia, como un observador que percibe una sombra. La lluvia va limpiando lo que un día fuera ese otro yo en el poema “aireada certeza”.  También en la tercera parte se fija la reflexión sobre el futuro que había anunciado, está llegando al fin de sus certezas, a ese saludo que no tiene distancias:

Ahora
que las certezas viven a nuestro alrededor,
sabemos que pensar en el mañana
no es ronda de tu vuelo,
y aunque el sabor a lluvia no sea el mismo
las calles siguen bebiéndose tus pasos
al decirnos a todos:
a veces solo un gesto es suficiente
para salvar el día.

Queda este gesto hoy entre mis dedos, ahora, ese que salva también la tarde en la que escribo, y que se hace gratitud, como colofón de unas reflexiones; un gesto de escritura que porta en su sonrisa amable muchos años de entrega, la de un Zambrano lluvioso y purificado, del que espero siga dándonos la bondad de lo suyo, para que sea también bondad de lo nuestro.


jueves, 31 de julio de 2014

Noticias: entrevista a Juan Carlos Mestre en la Feria del Libro de Valencia de don Juan (León)

«Hay que devolver a las personas la capacidad de crear»
Por Miguel Ángel López

El Norte de Castilla, 13/07/2014 
 

El autor leonés firma en la Feria del Libro la edición revisada de su obra de 1992 La poesía ha caído en desgracia

Decir que Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) es escritor y grabador es una simplificación, acertada, pero inexacta. Han pasado veintidós años desde que su obra ‘La poesía ha caído en desgracia’ le reportara el Premio Jaime Gil de Biedma, y en este tiempo su intensa actividad artística le ha dado muchos más reconocimientos, entre ellos los nacionales de Grabado (1999) y de Poesía (2009). Lejos de acomodarse, se mantiene como ‘artista global’ y sostiene que «hay que devolver a las personas la capacidad de crear».

–Vuelve a Segovia con una edición revisada de ‘La poesía ha caído en desgracia’.

–Es un libro que en su día se adaptaba a las exigencias editoriales y quedaron fuera una cantidad importante de poemas que he incluido en esta edición, que duplica su extensión. Y era para mí una tarea pendiente porque este libro ha sido muy significativo en mi experiencia de vida y da cuenta de un periodo radicalmente importante en mi toma de conciencia del mundo. Son los mismos textos, no se han tocado, y otros que no se incluyeron y son la edición definitiva.

–Veintidós años después, ¿el título sigue siendo válido?

–Creo que sí, porque viene a testimoniar que lo que ha caído en desgracia es el gran proyecto liberador de lo humano, la crisis de las utopías, el gran proyecto de aquellos que creemos que los seres humanos somos responsables unos de otros y que frente al expolio de una sociedad basada en la rentabilidad oprobiosa del capitalismo hay otro proyecto espiritual, que es el que la poesía a través de la lectura de las civilizaciones ha venido a recordar, si no como ejemplaridad sí al menos como conducta, la de aquellos que piensan que la vida no tendría sentido sin resistencia al mal. La poseía sigue siendo un acto de legítima defensa contra la soberbia obstinación del poder para mentir, y testimonia cuál ha sido la zona de desgracia, la de los discursos críticos que se han postergado para favorecer la imposición irrestricta de los valores del mercado.

–¿Es una literatura contestataria, hoy más que nunca?

–Ningún tipo de creación literaria puede tener otro fin que el elogio de la dignidad humana o reforzar el sistema de valores morales y éticos de los que deviene la estética de aquello que buenamente se hace para favorecer la mejora de las condiciones sociales y la evolución crítica de la sociedad contemporánea. En ese sentido, toda obra artística está comprometida con la belleza y, así, con la verdad de lo justo.

–¿Es por eso que en tiempos de crisis la creación cobra más fuerza?

–Responde a una necesidad histórica. Cuando se derrumban las construcciones utópicas de imaginar un porvenir mejor, frente al pragmatismo de los que predican que el único valor de uso de lo que genera la sociedad es lo que produce rentabilidad y usura, está la voz de los poetas que devuelven a las palabras el verdadero sentido para el que están hechas, para construir la casa de la verdad y seguir recordando qué significan las palabras justicia, piedad o misericordia. La literatura, el arte, es hoy más útil que nunca como faro que guía en el camino a los errantes.

–La voz interior en relación con lo que le rodea...

–Claro, no hay ninguna voz personal que no se construya en relación a un otro. Las voces más íntimas de la conciencia son las que adquieren su reflejo en el espejo de los demás, de la sociedad civil, en suma, de la compleja red de relaciones sociales que determinan todos los actos de pensamiento, no desde la voluntad unipersonal sino desde la circunstancia colectiva de lo que nos rodea.

–Juan Carlos Mestre escritor, grabador, pintor... Sigue la simbiosis, no hay separación de géneros.

–No, no la hay. El maestro Gamoneda habla de que estamos en presencia de un género que carece de nombre, que hay que desafiar la falsa autoridad de límite de los géneros . Toda la teoría de separar los géneros forma parte de los discursos de orden que hacen más controlable el discurso. La conciencia y la inteligencia humana son fruto de un mismo sistema imaginario, y lo que hay que devolver a las personas es la capacidad de crear, y la creación no tiene compartimentos estancos, es una manera de respirar el aire que da oxígeno al territorio de los encantamientos de nuestra conciencia y nuestra imaginación. Pintar, escribir, hacer música, soñar, forman parte de una misma actividad del ser humano para la cual todos tenemos las mismas facultades, otra cosa es que el sistema nos obligue a elegir porque así se pierden áreas de libertad y de conciencia, y una persona sin libertad creativa es más susceptible de ser sometida a los sistemas de dominación. Pero el arte está precisamente ahí para cumplir la tarea contraria, que no es otra que la de desobedecer.



Lee la entrevista en El Norte de Castilla

miércoles, 23 de julio de 2014

Reseña: la colección 'Hispanoamérica y la guerra civil española' en Cazarabet


Cazarabet conversa con... Niall Binns, coordinador de la colección "Hispanoamérica y la guerra civil española" (Calambur)

Los países latinoamericanos en la Guerra Civil Española

Editorial Calambur está editando desde un tiempo acá una serie de libros que analizan y estudian el papel de ciertos países en la Guerra Civil Española y es que de Brigadistas que vinieron a defender la II República los hubo de todas las partes y lugares del planeta, pero éstos han llamado mucho la atención a nuestros editores y por ende a nuestros lectores. Calambur ha dado en el blanco en la publicación de esta serie de libros: comenzó editando y acercándose a Argentina, Ecuador para seguir, después y más recientemente con Chile y Perú. Están cociéndose en este momento: los libros dedicados a Cuba y a Uruguay.
Coordina o es el eje principal de esta colección Niall Binns.
 
¿Por qué una colección de libros dedicada a los países del Cono Sur y de Centro América que aportaron opiniones, a favor y en contra de la República?

Te voy a contestar, inicialmente, con una explicación personal. Cuando llegué a España por primera vez, en 1987, vine con la mochila llena de las lecturas de rigor para un británico de vacaciones: Homage to Catalonia de Orwell; As I Walked out one Midsummer Morning de Laurie Lee; For whom the Bell Tolls de Hemingway. En ese entonces había leído a un solo escritor en lengua española, Neruda, y ya conocía en la versión bilingüe de Penguin su poema, para mí impresionante, “Explico algunas cosas”. Luego, poco después de establecerme en Madrid, leí The Spanish Civil War de Hugh Thomas. Es decir, la guerra civil –y sobre todo, la guerra civil vivida por intelectuales de otros países– se me metió bajo la piel desde mi primer contacto con España.

Después de mis primeros meses en España, compré un par de antologías realmente notables, con largas y enjundiosas introducciones del catedrático de Oxford Valentine Cunningham, sobre el impacto de la guerra civil en los intelectuales de lengua inglesa, sobre todo los británicos. Veo ahora que han sido el modelo fundacional para esta colección de libros que estamos publicando en Calambur. Aparte de las antologías de Cunningham, hay varios libros monográficos dedicados a la repercusión de la guerra en el extranjero, sobre todo en Estados Unidos y en Francia, pero en cuanto me pusiera a indagar en estos temas me llamó la atención el hecho de que se haya escrito tan poco sobre la manera en que la guerra impactó en América Latina y concretamente en sus intelectuales. Hay estudios estupendos, evidentemente, sobre las relaciones con el conflicto de un Neruda, un Vallejo, un Nicolás Guillén, un Carpentier… pero tengo la sensación de que para los estudiosos de los intelectuales extranjeros en la guerra, es como si los latinoamericanos fueran españoles. Pienso, por ejemplo, en Paul Preston y su libro sobre los corresponsales de guerra, traducido como Idealistas bajo las balas, en el que existen los británicos, los norteamericanos, los franceses, algún soviético, algún alemán y ya está: ni Pablo de la Torriente Brau, ni Juan Marinello, ni Raúl González Tuñón. Mientras tanto, los especialistas en literatura española que han escrito sobre la guerra se han dedicado casi exclusivamente a los peninsulares, con las honrosas excepciones mencionadas. Así que es como si la América Latina –en los estudios sobre la guerra española– estuviera en una especie de tierra de nada: demasiado hispana para los estudiosos extranjeros, demasiado extranjera para los españoles.

Cuando publiqué en 2004, en la editorial Montesinos, el libro La llamada de España. Escritores extranjeros en la guerra civil española, junté conscientemente a los latinoamericanos con los norteamericanos y los europeos. Lo que leí para ese libro me puso en la pista de nuevas lecturas, y me hizo ver que había un trabajo pendiente con la prensa de los países latinoamericanos, en revistas y diarios, para poder determinar el alcance y la naturaleza de la implicación de sus intelectuales en la guerra española.

Tú escribes sobre Ecuador y Argentina y sobre “el efecto” en estos países de la guerra civil española. ¿Por qué escoges esos dos países? ¿Cómo fue la experiencia?

Mientras preparaba el libro que acabo de mencionar, me enteré de la importancia que tuvo España para el escritor guayaquileño Demetrio Aguilera-Malta. Creo que ya había leído su novela Don Goyo, que es otra cosa: una especie de obra pionera del realismo mágico. Descubrí que llegó a Madrid en julio de 1936 con una beca para estudiar en Salamanca, y que terminó quedándose en la capital y luego en Barcelona durante un año. Publicó tres libros sobre la guerra civil, entre ellas una de las primeras obras publicadas sobre el tema en España, su novela ¡Madrid! Reportaje novelado de una retaguardia heroica.

Me picó la curiosidad. Pedí un proyecto de investigación a la Complutense para poder viajar a Ecuador y rastrear más cosas de Aguilera-Malta y de otros intelectuales ecuatorianos, y ver la repercusión de la guerra civil en los diarios de la época me dejó verdaderamente asombrado. Día tras día las portadas estaban llenas de grandes titulares, informaciones y fotografías sobre la guerra. Empecé a recopilar las numerosísimas aportaciones de los intelectuales ecuatorianos sobre el tema: poemas, crónicas, artículos de opinión, panfletos, manifiestos, obras de teatro... Descubrí su implicación apasionada en las campañas de recaudación de fondos para la República y, en algunos casos, para el bando franquista. Encontré la antología Nuestra España, preparada por Benjamín Carrión, que recoge las aportaciones a favor de la República de casi una veintena de poetas y seis artistas visuales. Encontré, también, a dos fascinantes escritores españoles ya integrados en la sociedad y el campo intelectual de Ecuador: el socialista Francisco Ferrándiz Alborz, que con el seudónimo FEAFA se había convertido en uno de los dos o tres críticos más influyentes del país, y que, después de ser expulsado del país en diciembre de 1936, viajó a España para luchar a favor de la República; y el marqués andaluz Alfonso Ruiz de Grijalba, un diestro e ingenioso escritor de romances que se convirtió en el hombre de Franco en el país.

Un año más tarde, formé un equipo de investigadores con Matías Barchino de la Universidad de Castilla-La Mancha y Olga Muñoz Carrasco de Saint Louis University, y empezamos a trabajar no solo sobre Ecuador, sino también sobre tres nuevos países: Argentina (yo), Chile (Matías) y Perú (Olga).

Si la repercusión de la guerra civil en Ecuador fue enorme, rastrearla en Argentina resultó ser una tarea de una vastedad casi inabarcable. He pasado meses y meses y meses peinando diarios y revistas en bibliotecas de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. Fue un trabajo de otra índole: Ecuador es un país casi desconocido para los lectores españoles, aun para los que trabajan como yo en la universidad como supuestos especialistas en la literatura hispanoamericana (fue un trabajo maravilloso en ese sentido: han sido años de grandes descubrimientos); en Argentina, en cambio, estaban las figuras de resonancia internacional como Arlt, Borges, Girondo, Marechal, Victoria Ocampo... De todos modos, una de las cosas fascinantes de este proyecto es la capacidad que ofrece de presentar algo así como una radiografía del campo intelectual del país en cuestión –y de sus relaciones con España– en la época de la guerra, dentro de la cual figuran también, por supuesto, escritores que han sido relegados al olvido, justamente o no, pero que tuvieron en su época una importancia notable. Me encontré, por otra parte, con los escritos de numerosos periodistas e intelectuales argentinos que vivieron la guerra en primera persona, muchos de ellos como corresponsales, pero en otros casos como testigos involuntarios, que simplemente estaban en España en el momento de la sublevación militar. De todos modos, una de las cosas interesantes en este proyecto es ver cómo la intensidad emocional que es uno de los rasgos centrales de cualquier testimonio existía también en los intelectuales que veían el conflicto desde la “lejana retaguardia” latinoamericana: una intensidad mezclada, muchas veces, con sentimientos de impotencia y hasta de culpabilidad, por no estar allí, participando en la guerra.

Luego hay otras plumas que se adentran en la relación de Latinoamérica con la España de la Guerra Civil, ¿qué nos puedes decir?

Matías Barchino, con la ayuda de Jesús Cano Reyes, ha preparado el libro sobre Chile. El caso chileno es fascinante, no solo por la recopilación que se ha hecho de textos de tantos intelectuales de peso, sino también porque la guerra española coincidió con el apasionante proceso de la formación y luego el triunfo del Frente Popular chileno.

El caso peruano es otra cosa: gobernaba en el Perú el general Óscar Benavides, que impuso una dictadura después del golpe de estado que lideró para mantenerse en el poder en agosto de 1936. Se prohibía cualquier manifestación a favor de la República Española, así que quizá el texto más fascinante encontrado en el Perú por Olga Muñoz haya sido un texto anónimo: la revista CADRE, escrita por tres autores, entre ellos dos de los grandes poetas del país: César Moro y Emilio Adolfo Westphalen, que sufrieron, respectivamente, el exilio y la cárcel por su apoyo a la República. El poeta Serafín Delmar escribió sobre la guerra española desde la cárcel; Magda Portal desde la reclusión forzosa en su casa; Víctor Raúl Haya de la Torre desde la clandestinidad. Muchos de los textos más interesantes del libro peruano corresponden a intelectuales conservadores residentes en el Perú (como José de la Riva-Agüero) o bien residentes –hasta el inicio de la guerra– en España (como Felipe Sassone). Y luego están los numerosísimos intelectuales establecidos definitivamente en el extranjero como César Vallejo, Blanca del Prado y Alberto Hidalgo, o bien exiliados: escritores comunistas como Eudocio Ravines y Armando Bazón, pero sobre todo apristas como Luis Alberto Sánchez, Enrique Portugal y Manuel Seoane.

¿Qué nos puedes adelantar del resto de la colección, la que nos espera… tengo entendido que Cuba y Uruguay están al caer?

Jesús Cano Reyes, Ana Casado Fernández y yo estamos trabajando sobre el libro cubano, que saldrá en Calambur a finales de 2014. Los estrechísimos vínculos entre la isla y España hacen que sea un tomo particularmente fascinante.

El libro uruguayo saldrá en 2015. Estoy escribiendo estas respuestas desde Montevideo, en la que está siendo mi cuarta estancia de investigación en Uruguay. Prácticamente vivo en la Biblioteca Nacional... Uruguay, a raíz de la herencia de José Batlle y Ordóñez, debe de haber sido el país más culto de América en los años treinta, y desde luego el país con el nivel más alto de alfabetización. La cantidad de diarios publicados simplemente en Montevideo es realmente impresionante (El País, El Día, El Plata, El Debate, La Mañana, El Bien Público, El Pueblo, El Diario Español, y podría seguir...), así que el trabajo está siendo lento, pero fascinante, realmente fascinante.

¿Cómo explicarías que fue la relación entre los países de Latinoamérica y la defensa de la República en la guerra civil española?

Habría que establecer un matiz básico. Solo México apoyó abiertamente a la República durante la guerra. El gobierno colombiano mostró ciertas simpatías con la República, pero los demás países, muchas veces desde una postura aparentemente no intervencionista, favorecían a Franco desde los primeros meses de la guerra. Rompieron relaciones con la República, durante esos primeros meses, El Salvador, Guatemala, Uruguay... Claro: una cosa es lo que decían y hacían los gobiernos; otra cosa es lo que sucedía con la opinión popular y con los intelectuales. La guerra mediática existía en todos los países donde no imperaba la censura. Por supuesto, había posturas ya establecidas de antemano, pero creo que se puede decir que si bien los franquistas convencían a sectores importantes de las sociedades latinoamericanas al comienzo de la guerra (las imágenes de violencia en la zona republicana, las iglesias incendiadas, las noticias sobre el “caos” comunista y anarquista, los testimonios de latinoamericanos adinerados que regresaban espantados de la península...), las noticias y las imágenes mostraban, con una fuerza cada vez más impactante, otras realidades: la masacre de Badajoz, la intervención masiva de aviones y tanques alemanes e italianos, la participación también masiva de tropas de Mussolini, y sobre todo los bombardeos de las ciudades, las casas derruidas, los niños muertos, las mujeres muertas, los ancianos muertas... Al final de la guerra, las repúblicas de América Latina veían con toda claridad lo que podía significar, para ellas también, el fascismo.

¿Cuáles fueron los países que más intervinieron en el conflicto de manera directa, o sea, mandando a voluntarios a las brigadas internacionales o yendo otros voluntarios a defender el bando fascista?

En términos proporcionales: Cuba, en primer lugar; y luego Argentina. Cuba es el único país donde se ha trabajado sistemáticamente sobre la historia de sus brigadistas: hay varios libros sobre el tema. Hace algunos años un grupo de historiadores de Mar del Plata publicó un libro importante sobre el tema: Voluntarios de Argentina en la Guerra Civil Española.

¿Qué postura mayoritaria adoptaron los ecuatorianos y argentinos, los pensadores e intelectuales de esos países, ante este conflicto?

En el caso ecuatoriano, casi todos los intelectuales importantes de la época dieron su apoyo a la República. Benjamín Carrión, en su prólogo a la antología Nuestra España. Homenaje de los poetas y artistas ecuatorianos, escribió lo siguiente: “aquí, en el Ecuador, hemos podido recoger este tesoro precioso salvado del naufragio, esta verdad consoladora: todos los intelectuales de valor, los que, en realidad, algo han hecho por la cultura, sin excepción válida, sin transfugio penoso, se han puesto, sin vacilaciones, junto a la causa de la república española. Ni una sola voz discordante digna de tomarse en cuenta dentro del gran concierto de rabia contra los bárbaros y de amor por los defensores de la patria materna. Y si alguno ha sentido la tentación de huir, de ser neutral o, peor aún, de traicionar, ha temido a la sanción suprema que impone la cultura a sus tránsfugas: la muerte espiritual”.

En el caso argentino, hubo importantes intelectuales conservadores y nacionalistas que escribieron a favor de España: pienso en Leopoldo Marechal, que tradujo la “Oda a los mártires españoles” de Paul Claudel, o bien en Manuel Gálvez y Carlos Ibarguren. Hubo también liberales que no sabían muy bien dónde posicionarse: Borges firmó un par de manifiestos al comienzo de la guerra –contra la sublevación militar, contra el asesinato de Lorca–, pero prefirió callarse después; Girondo lamentó la “epidemia” de preocupación política que vivían sus compañeros de generación e insistió en la necesidad de dar la espalda a Europa para pensar en cosas americanas; Victoria Ocampo y Eduardo Mallea, los dos intelectuales fundamentales de la revista Sur, ensayaron la neutralidad pero se vieron obligados, en cierto momento, a tomar partido en contra de Franco y sus aliados. Pero claro, la gran mayoría de los intelectuales estaban en contra de Franco desde el comienzo: los anarquistas (Rodolfo González Pacheco, Diego Abad Santillán) y trotskistas (José Gabriel), a favor de la revolución; a la vez, la Agrupación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (A.I.A.P.E.) reunió a la mayoría de intelectuales de izquierda en una especie de frente común (con predominio comunista) en defensa de la cultura y contra el fascismo.


Cazarabet, también ha podido tener una breve pero muy valiosa declaración de Olga Muñoz Carrasco, que escribió sobre Perú y la GCE:

Olga, tú escribes sobre Perú y sobre “el efecto” de este país en la guerra civil española. ¿Por qué escoges este país? ¿Cómo fue la experiencia?

Conocía Perú desde hacía años cuando comencé a participar en el proyecto sobre la guerra civil e Hispanoamérica, ya que mi tesis doctoral me llevó a estudiar su literatura y el panorama político y cultural del siglo XX. Aunque mis primeras investigaciones se centraron en la poesía peruana de los años cincuenta, los poetas de los años 20 y 30, excepcionales, fueron para mí una lectura muy frecuentada. Y ahí encontramos a un referente imprescindible en la repercusión de la guerra entre los intelectuales peruanos: César Vallejo. Pero no solo él, también otros poetas de esta época como Emilio Adolfo Westphalen o César Moro se comprometieron con la República española a través de publicaciones clandestinas como CADRE (Comité de Amigos de la República Española).

El Perú ofrecía, sin embargo, una dificultad especial con respecto a la búsqueda de materiales que documentaran el impacto de la guerra civil entre sus intelectuales: entre 1936 y 1939 el país andino se encontraba bajo la dictadura del general Óscar R. Benavides, régimen que prohibía cualquier tipo de manifestación de apoyo a los republicanos españoles. La investigación en Lima, por tanto, resultó bastante limitada, pues tanto la prensa como las revistas, en su gran mayoría, respaldaron al bando sublevado abiertamente y solo algunas publicaciones clandestinas –CADRE, España Libre o Voz de España– dieron cuenta de una corriente subterránea en favor de la República. Algunos de los documentos incluidos en el libro, finalmente, fueron recopilados fuera del Perú, gracias a la ayuda de mis compañeros de proyecto. Así sucedió con textos pertenecientes a autores que permanecieron exiliados durante esos años y desarrollando su actividad fuera del país por razones ideológicas.

Pese a todas las dificultades derivadas de la peculiar situación política del Perú entonces, la investigación me permitió trazar un mapa de la época apasionante, pues la guerra civil española se vivió allá como un acontecimiento propio. El hallazgo de ciertos materiales clandestinos de difícil ubicación, como las revistas arriba aludidas, facilitó completar el panorama cultural e ideológico de los intelectuales peruanos en los años treinta. A través de la guerra civil muchos autores del Perú indagaron en su propia identidad nacional y, tanto para unos como para otros, el conflicto español supuso una reconciliación verdadera con España, una reconciliación marcada por la herida de la guerra.

Introducción, estudio y edición de Olga Muñoz Carrasco
562 páginas. 15,5 x 24 cms. 27,00 euros
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Introducción, estudio y edición de Matías Barchino
696 páginas. 15,5 x 24 cms. 30,00 euros
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Introducción, estudio y edición de Niall Binns
824 páginas. 15,5 x 24 cms. 35,00 euros
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Introducción, estudio y edición de Niall Binns
584 páginas. 15,5 x 24 cms. 30,00 euros
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