miércoles 10 de febrero de 2010

Presentación de Sonora antología de Sol y edades, de Ilia Galán


Sábado 13 de febrero de 2010, 19:00
Ateneo de Madrid. Salón de Actos
c/ Prado, 21

Presentación del libro Sonora antología de Sol y edades, de Ilia Galán.

Con la presencia de los autores del prólogo y el epílogo del libro, Diego Valverde Villena y Luis Alberto de Cuenca y de Emilio Torné, editor de Calambur. Con la actuación al piano de Josué Bonnín de Góngora, autor de la música que forma parte de la edición del libro-CD.

Premio Ausiàs March para "Cuadernos" de José María Millares Sall


El blog "Crítica poética y contracrítica" ha otorgado el
"Premio al mejor libro del año - Premio Ausiàs March"
a Cuadernos, de José María Millares Sall, editado por Calambur en 2009.

El jurado ha justificado así la concesión del premio:
"Ha habido unanimidad a la hora de votar el libro póstumo de Millares Sall como el mejor del año. Contención discursiva y retórica, profundidad existencial en su lenguaje, visionario, poseedor de un profundo dominio del léxico, emoción lírica...Poesía desde el comienzo al final. Es cierto que repite el esquema de finalización de poema buena parte del libro y que no es un revolucionario prosódico, pero Millares Sall se confirma en este libro como uno de los mejores poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX. El injustificado olvido que ha sufrido por parte de la crítica y el tardío rescate de su obra nos llevan a pensar que puede haber más Millares Sall escondidos y es una de las razones para seguir con este blog. Debería ser premio Nacional 2009 pero no lo será. Sería como reconocer que la crítica ha sido ciega y boba durante decenas de años. Al margen de que el carácter político del premio impida que una editorial, en especial una que no es Tusquets ni Visor, repita."

Como recordatorio de la trayectoria vital y poética de José María Millares Sall, reproducimos aquí la necrológica que publicamos en este blog el pasado 14 de septiembre de 2009:

EL ÚLTIMO PERIPLO DEL POETA JOSÉ MARÍA MILLARES SALL


Un poeta, amigos míos, es un hombre como vosotros

Y como vosotros sueña en un mundo igual,

Tierno como una legumbre en nuestras bocas.

(De “Hong-Kong”, en Liverpool)


Tras larga enfermedad, que nunca doblegó ni su energía ni su entusiasmo, el pasado día 8 de septiembre falleció, en Las Palmas de Gran Canaria, el poeta José María Millares Sall. Nacido en esa misma ciudad en 1921, en el seno de una familia de destacada tradición artística y literaria, la juventud y los estudios del poeta se vieron interrumpidos por la guerra civil y la inmediata posguerra, al tiempo que la vida familiar quedaba marcada dramáticamente por la persecución y depuración política de su padre, el profesor y también escritor Juan Millares Carló. Las circunstancias, por tanto, obligarían al poeta a desempeñar un trabajo administrativo en una compañía naviera, lo que no sería obstáculo para que iniciase entonces su actividad como escritor. De 1946 datan sus primeras entregas poéticas, en la colección Cuadernos de Poesía y Crítica que, también en Las Palmas, animaba el ensayista Juan Manuel Trujillo: A los cuatro vientos y Canto a la Tierra. En 1947 será uno de los poetas incluidos en Antología Cercada (Col. El Arca, Las Palmas), primera tentativa de poesía social, celebrada y animada desde Madrid por, entre otros, Leopoldo de Luis, Gabriel Celaya, Ramón de Garciasol y Vicente Aleixandre.


En 1948 funda la colección Planas de Poesía, a la que incorpora a sus hermanos Manuel, pintor, y Agustín, poeta. El primer volumen de la colección será su libro Liverpool (1949), una rareza en aquel momento poético y libro que, todavía hoy, sorprende por su vitalidad expresiva, hecho que propició que, a comienzos de 2009, con motivo del sexagésimo aniversario de su aparición, Calambur lo reeditase y fuese acogido con notable interés por parte de las jóvenes generaciones de poetas españoles. En 1951, publica Manifestación de la paz y Planas de Poesía será suspendida por orden gubernativa, siendo procesados y encarcelados sus más directos responsables. En 1952, contrae matrimonio con la también poeta Pino Betancor (1928-2002). Con ella se traslada a Madrid, ciudad en la que el matrimonio residirá entre 1956 y 1960, y en la cual establecerá contacto, en la histórica tertulia de la revista Ínsula, con los escritores Leopoldo de Luis, Gabriel Celaya, José Luis Cano, José Hierro o Jorge Campos, entre otros. José María y Pino regresarán a Las Palmas por un corto período de tiempo, y vuelven a Madrid en 1964, donde residirán casi dos décadas, durante las cuales la vida literaria de José María se verá interrumpida por su trabajo; aunque va publicando algunos de sus libros escritos con anterioridad: Aire y humo (1966), Ritmos alucinantes (1974) o Hago mía la luz (1977).


Desde los años ochenta, el matrimonio fija su residencia en Las Palmas, y la entrega de nuestro escritor a la poesía será cada vez más intensa y continuada: Los aromas del humo (1988), En las manos del aire y Los espacios soñados (1989) o Los párpados de la noche (1990). A estos les seguirían: Azotea marina (1995), Paso y seguido y Blanca es la sombra del jazmín (1996), Escrito para dos (1997), Objetos (1998), Sillas y Pájaros sin playa (1999), en los cuales se vislumbra ya un proceso de cambio en su escritura que se completará hacia el año 2000. En ese momento, se define el que será nuevo rumbo para su escritura: el poeta se entrega intensamente a la búsqueda de una expresión más personal y más arriesgada, en un ejercicio de escritura abundante y continuada, al tiempo que muy exigente en el rigor expresivo. José María Millares distribuye esa poesía nueva en sucesivas series, de las cuales ha dado a la imprenta, hasta la actualidad, Cuartos (2006), Celdas (2007) o Esa luz que nos quema (2009). Junto a esa escritura poética debe señalarse la experimentación con escritura y representación visual que José María Millares Sall llevó a cabo con gran dedicación y de la que recogió una muestra en el volumen Paremias y otros poemas (2006). En la actualidad, es de inmediata aparición la antología esencial, Casi cien poemas, traducida al gallego por el profesor Manuel Fernández Rodríguez y publicada por el PEN Club de Galicia.


Como culminación de su trayectoria, en este año 2009, José María Millares Sall recibió, con el Premio Canarias de Literatura, el reconocimiento a su fecunda labor literaria y a su indiscutible calidad humana.

martes 9 de febrero de 2010

Reseña de La aldea de sal, de Lêdo Ivo


Papel Literario Digital, febrero de 2010


Por M.ª Victoria Reyzábal


LA POESÍA COMO DEFENSA DE COMPROMISOS

Se recoge en esta obra una relación de poemas del autor brasileño Lêdo Ivo, de la conocida en su país como generación del 45, un proyecto de actualizar el modernismo y las vanguardias de la lírica. El autor posee una extensa obra, reiteradamente premiada, que abarca también narraciones y ensayos, además de unos veinte libros de poesía. Reconocido en su patria como Intelectual del Año (1990), sus textos revelan el compromiso de un escritor capaz de solidarizarse con los más marginados, sin recurrir a frases doctrinales de ideologías perfectamente estructuradas pero distantes a la realidad de aquellos seres humanos descartados hasta por los credos más caritativos Lêdo canta al amor no romántico, a la vida no excepcional ni en lo placentero ni en lo trágico, a aquellos cuya miseria excede el concepto de pobreza; canta a los poetas como personas perdidas en la inmensidad de una lengua que nunca cabe en los diccionarios, canta a su breve territorio local y denuncia los desmanes de los poderosos y de los intrascendentes, de los destacados y los ocultos en la mediocridad de la existencia.

 

Ajeno a lujos lingüísticos, pero innovador en la plasmación de las misma imágenes dichas de otra manera no trillada, en sus últimas composiciones surge casi evangélico desde la retórica bíblica (“Felices los sedentarios que un día se fueron”), metaliterario así en “Rilke va al dentista”, tiernamente ácido como en “Los pobres en la estación de autobuses”, texto magnífico y casi insoportable, o mítico en “Finisterra”.

 

Esta antología, correctamente traducida y con una adecuada elección de poemas, permite descubrir –para quién no lo conociera– a un autor poco frecuentado en España, representante de un tipo de escritura profunda, no siempre fácil ni amena, sino desgarradora en sus serenas reflexiones, propias de alguien que ha meditado a través de la palabra, de la metáfora y que se vuelca en versos libres, los cuales, a veces, duelen como flechas: “Los poetas son sepultureros que entierran palabras/ y se contentan con algunas migajas del diccionario./ Criaturas frugales, no admiten que las palabras brillen como/ luces de navíos/ [...]/ Pero [...] las palabras desterradas se levantan de sus tumbas/ y, en el espacio reservado a las fulguraciones perpetuas,/ componen el gran poema del universo”.

 

Identificado con Ulises o Nadie, alter ego de Noé, deslumbrado por el peso de las galaxias, por los andrajos de los mendigos, aporta otras coordenadas emocionales a la poesía, un precario registrar injusticias que van cambiando de víctimas y verdugos, pero que atraviesan las épocas como las tijeras del viento; por eso puede resultar sublime y grotesco, trivial y necesario, fríamente válido.


http://www.darrax.es/typo1/index.php?id=269&tx_ttnews[tt_news]=3700&tx_ttnews[backPid]=288&cHash=625112b284

Reseña de Poesía y edición en el Siglo de Oro, de Ignacio García Aguilar


Revista Iberoamericana, [Año IX (2009). No. 36]

Ignacio García Aguilar: Poesía y edición en el Siglo de Oro. Madrid: Calambur. 2009. 442 páginas.

 Por Antonio Sánchez Jiménez

Las de 1543 y 1648 son dos fechas clave en la historia de la lírica impresa del Siglo de Oro, pues marcan respectivamente la aparición de las Obras de Boscán y Garcilaso y del Parnaso español de Quevedo. Los 105 años que los separan fueron esenciales para la lírica en castellano, que vivió una transformación total tanto en sus objetivos como en su contexto y consideración social. La lírica culta no religiosa de comienzos del siglo XVI que culmina en el libro de Boscán y Garcilaso debe entenderse en su ambiente cortesano. Era una de las habilidades que adornaban al caballero, y por tanto tenía tanto sus productores como sus receptores y sentido en el exclusivo contexto de la corte, donde servía para estrechar los vínculos entre determinados nobles. La concepción del género como adorno poco prestigioso en contraste con otras formas literarias comenzó a cambiar precisamente tras la publicación póstuma de las Obras de Boscán y Garcilaso. Desde entonces, la lírica del siglo XVI pasó por un proceso de autoafirmación tras el cual consiguió finalmente el reconocimiento como modalidad literaria elevada y prestigiosa, hasta llegar al momento en que Quevedo pudo orgullosamente preparar su producción para la imprenta, a mediados del siglo siguiente.

Estas dos fechas, hitos en la historia de la literatura áurea, marcan el perímetro del libro de Ignacio García Aguilar. Poesía y edición en el Siglo de Oro es un erudito y exhaustivo estudio de la lírica impresa afrontado desde el punto de partida de los paratextos, es decir, los cotextos
—portada, preliminares— que acompañan al texto y que, junto a él, contribuyen a formar el significado del libro. García Aguilar comienza analizando los diferentes paratextos —portadas, aprobaciones, etc.— y examinando su evolución cronológica desde 1543 hasta mediados del siglo XVII. Sobre esta base empírica, el autor construye un capítulo final (“Una propuesta de análisis diacrónico y tipológico”) que resume los hallazgos del libro y estudia las implicaciones de los mismos. El resultado de esta disposición es un producto excepcionalmente sólido, firmemente basado en copiosos datos, sus fuentes primarias: 193 ediciones de lírica áurea enumeradas en el apéndice. Además, es un trabajo plenamente consciente de la bibliografía secundaria, que aprovecha o al menos reseña, dependiendo del caso, de modo ejemplar.

García Aguilar abre el libro con espíritu de recontextualización, llevando a cabo un repaso de la normativa legal sobre la publicación de libros en el Siglo de Oro que presta especial atención a la historia de las ordenanzas reales sobre la imprenta, y también al papel de la Iglesia en la censura de libros. Estas páginas incluyen reflexiones de sumo interés, como las que versan sobre la Junta de Reformación, cuya influencia sobre la imprenta española ha sido estudiada en trabajos clásicos como los de Jaime Moll (1974) o Anne Cayuela (1993). Tras este panorama inicial, García Aguilar sigue construyendo su base contextualizadora estudiando la influencia que ejercieron en los libros áureos diversos elementos materiales del taller de la imprenta. Especialmente interesantes son las páginas que dedica a la evolución y función del frontispicio, cuya relación con la emblemática el autor pone de relieve. En esta sección, como en el resto del libro, García Aguilar utiliza con admirable soltura la tradición bibliográfica hispánica, anglosajona, francesa e italiana, aunque no se limita en absoluto a repasar lo ya escrito sobre el tema por autores como Pierre Civil, Aurora Egido, Felipe B. Pedraza Jiménez o Pedro Ruiz Pérez. García Aguilar aporta también sus análisis propios, casi siempre relacionados con la interacción entre lírica impresa y su contexto: la sociedad áurea en general y el mercado editorial en particular.

Por ejemplo, García Aguilar entiende la evolución de los frontispicios a lo largo del Siglo de Oro como un síntoma del enaltecimiento del género lírico: la lírica secular pasó de ser menospreciada por la tradición medieval y humanista a ser celebrada por sus cualidades a partir de las últimas décadas del siglo XVI, y esto se percibe en el progresivo enriquecimiento ornamental y simbólico de los frontispicios. Otro ejemplo es la lectura que García Aguilar hace de la evolución del formato, letrería y puesta en página de los libros de lírica. El autor repasa primeramente los cambios más importantes del campo —la invención del octavo (pp. 197-204) o el paso de tipo gótico a tipo redondo— y explica a continuación, a la luz de la bibliografía existente y de reflexiones propias, cómo debemos entenderlos en el contexto mercantil del momento. Una tercera muestra la constituye el modo en que García Aguilar trata el caso de las aprobaciones: primeramente resume ampliamente y con lujo de detalles la legislación acerca de las mismas, y después analiza un aspecto concreto en su evolución que resulta esencial para comprender la lírica áurea. Se trata del cambio en el contenido de las aprobaciones, que a lo largo del siglo XVI comienzan a acompañar las acostumbradas consideraciones morales con reflexiones o juicios estéticos. García Aguilar lo ejemplifica con el caso de Alonso de Ercilla, en cuyas aprobaciones de diversas obras de lírica de la época encontramos comentarios acerca del gran esfuerzo que dejan ver dichas obras. García Aguilar relaciona hábilmente este detalle, estudiado por Víctor Infantes (1991), con uno de los hilos conductores de su Poesía y edición en el Siglo de Oro: el importante cambio en la consideración de la lírica que se dio entre 1543 y 1648. El que Ercilla enfatice el trabajo del poeta supone una defensa de la dignidad de la lírica, que ya está muy lejos de ser el producto de la ociosidad y sprezzatura de los cortesanos renacentistas como Boscán y Garcilaso. El desplazamiento de los centros de producción y consumo de la lírica desde las cortes y círculos de nobles amigos hasta las ciudades de fin del siglo XVI afectó profundamente la consideración, motivación y distribución de la lírica. Gracias al público urbano y a la imprenta, que permitía alcanzar este público masivo, los autores líricos convirtieron la lírica en un producto del trabajo, en un negocio, totalmente opuesto al ocio que inspiraba al género en época de Garcilaso. Se trata de un cambio fundamental, que influyó notablemente en el modo de leer lírica. Esto se debe a que con este cambio la poesía mélica pasó de un contexto delimitado, en el que todos los agentes participantes en el proceso de producción y recepción eran conocidos, al maremagno de la ciudad y del mercado. En la nueva situación, dominante a partir de la segunda mitad del siglo XVI, el lector rarísimamente conocía al autor o era consciente de las circunstancias concretas a las que aludía un poema. Por tanto, el lector necesitaba un código interpretativo que le ayudara a leer los poemas, como, por ejemplo, una ordenación —biográfica o no— o una serie de paratextos (pp. 184-185). Esta reflexión sobre la importancia del mercado, sutil pero claramente evidenciable en la retórica de las aprobaciones, es uno de los ejemplos de cómo García Aguilar utiliza los paratextos para explicar la lírica áurea, y de cómo se apoya en datos empíricos —la labor de Ercilla, en este caso— para llegar a las tesis centrales del libro, dando cohesión al mismo.

En este rico recorrido por los diversos paratextos, todos debidamente analizados para explicar su relevancia para la lectura de la lírica, destacan una serie de temas recurrentes que podemos encontrar estudiados en diversos capítulos del libro, y luego convenientemente resumidos en el capítulo final (la aludida “Propuesta de análisis diacrónico y tipológico”). Uno es el papel pionero de Lope de Vega, cuyo uso revolucionario de la imprenta y, por tanto, de todos los paratextos que acompañan a la lírica impresa, García Aguilar pone de relieve. García Aguilar analiza cómo el Fénix usa los frontispicios y sus emblemas —como el conocido centauro de las Rimas y varias Partes de comedias—, los múltiples retratos, los prólogos, las famosas dedicatorias, las aprobaciones, etc. Por ejemplo, García Aguilar parte del estudio de los retratos y títulos de las colecciones lopescas para reflexionar sobre la ordenación de los libros de lírica. El autor estudia la fortuna de la ordenación biográfica petrarquista en Italia y en España, y relaciona la renovación que ejemplifica la lírica lopesca con la profesionalización del autor. Es decir, si Lope difunde sin cesar sus retratos y acuña títulos relacionados —Rimas (1604), Rimas sacras (1614), Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (1634)—, alusivos a cíclicos procesos de pecado y arrepentimiento, ello se debe a la necesidad de promocionarse y de justificar un producto nuevo y distinto cada vez, pero pese a ello reconocible y consumible como “de Lope”. En este sentido, García Aguilar presta especial atención al hecho de que los libros de lírica españoles abandonan generalmente la estructura biográfica del Canzoniere y optan, a partir del último tercio del siglo XVI, por una variedad de metros y temas que atraiga y distraiga al lector (p. 221) —como estudia García Aguilar a partir de un riguroso análisis de la evolución de los títulos (pp. 254-272)— y que llega a incluir, ya entrado el XVII, poemas mitológicos narrativos (pp. 241; 247). Como explica García Aguilar, la profesionalización del autor exige abandonar el modelo del Canzoniere. Un autor profesional tiene que publicar algo cada cierto tiempo, y no se puede permitir esperar hasta el final de su vida para publicar su lírica y a ordenarla entonces de acuerdo con un ciclo de enamoramiento, muerte de la amada y arrepentimiento (p. 144), como pedía el modelo biográfico petrarquista. Esta exigencia, unida a la necesidad, ya analizada, de agradar el gusto del público lector, influyó decisivamente en la ordenación de los libros de nuestra lírica áurea, como ejemplifica el caso lopesco.

Además, Lope le sirve al autor de Poesía y edición en el Siglo de Oro para ejemplificar la evolución en el concepto del decoro que se da a finales del siglo XVI. García Aguilar entiende el decoro como la adecuación o equilibrio entre res y verba, tema y estilo, y relaciona la primera parte del binomio con la inventio y el docere, y la segunda con la elocutio y el delectare (pp. 107; 118). La renovación barroca implica para el autor la ruptura de este equilibrio a favor del segundo de los grupos —estilo y elocutio— y a favor, por tanto, del gusto frente a lo justo, por expresarlo con una rima lopesca. García Aguilar estudia este paso que tienen en común Lope y sus enemigos, los cultistas, como una consecuencia de los factores económicos a los que tanta atención presta Poesía y edición en el Siglo de Oro: puesto que con la imprenta y la ciudad la lírica se ha convertido en un producto de consumo, es lógico que el gusto del público consumidor acabe determinando las reglas del juego.

Esta atención especial a Lope de Vega —reconocida por el propio autor (p. 137)— no debe hacernos limitar Poesía y edición en el Siglo de Oro a una monografía en potencia sobre el Fénix, porque el libro es mucho más que eso: los ejemplos sobre Lope son abundantes y apasionantes, pero en absoluto los únicos. Por ejemplo, resulta especialmente interesante el estudio de otros autores plebeyos y protoprofesionales que también utilizaron magistralmente la imprenta, como Jorge de Montemayor; de escritores eruditos que emplearon la lírica impresa para hacerse un lugar en el campo literario del momento, como Fernando de Herrera —también ejemplar y extensamente estudiado por García Aguilar—; o de autores que buscaban en la impresión de su obra beneficio económico en tiempos difíciles —Góngora— o un lugar en el Parnaso literario del momento —Quevedo—.

En suma, Poesía y edición en el Siglo de Oro es el libro más completo sobre la poesía áurea que ha aparecido en los últimos años: es a un tiempo erudito y ameno, riguroso y original. Pese a ello, en su por otra parte encomiable exhaustividad deja a veces notar que procede de una tesis doctoral, hecho que explica, por ejemplo, que el autor se considere obligado a incluir una especie de apéndice sobre la publicación de obras líricas en centros periféricos como Valencia, Lisboa o Amberes, que resulta un poco ajeno a la exquisita estructura del libro. Su rigor no excluye algunos errores —de erratas está casi totalmente limpio, pues sólo hemos notado una, la falta de la nota 28—. Por ejemplo, García Aguilar escribe consistentemente “Vander Hammer” en lugar de “Van der Hammen”, y cae en el tópico de indicar que La Dragontea lopesca no menoscaba al enemigo inglés (p. 36), aunque en la obra notemos que la inspiración inglesa es el diablo y que Draque acaba su existencia retorciéndose de dolor mientras su alma baja precisamente al lugar que, según Lope, merecen él y todos los herejes ingleses, el infierno. Poesía y edición en el Siglo de Oro compensa con creces estos mínimos defectos, pues ambos podrían ser perfectamente justificables —la grafía del nombre de Van der Hammen es errática ya desde el siglo XVII, y el tópico sobre La Dragontea viene avalado por la autoridad de, nada más y nada menos, Joaquín de Entrambasaguas—. Para empezar, Poesía y edición en el Siglo de Oro comparte con otra obra de García Aguilar —Imprenta y literatura en el Siglo de Oro: la poesía de Lope de Vega (2006)— grandes cualidades que hacen que sirva como ejemplar obra de referencia sobre varios temas, destacablemente la evolución de la imprenta áurea en todos los aspectos relacionados con la lírica. Además, su impresionante dominio de la literatura primaria y secundaria, junto con la profundidad e importancia de sus reflexiones sobre el contexto de la lírica del Siglo de Oro, hacen de Poesía y edición en el Siglo de Oro un libro esencial, y una lectura obligada para especialistas.

Ilia Galán en Conoceralautor.com

El poeta Ilia Galán habla sobre su último libro-CD publicado en Calambur, Sonora antología de Sol y edades, con música de Josué Bonnín de Góngora. Además recita algunos poemas.

http://www.conoceralautor.com/obras/ver/NTY2

Reseña de El río de los amigos

"Artes y letras", Heraldo de Aragón, 4 de febrero de 2010

Por Pablo Lorente


lunes 8 de febrero de 2010

Noticia sobre Sonora antología de Sol y edades, de Ilia Galán

SPC, suplemento de varios diarios regionales

La poesía de Ilia Galán se une a los acordes de Bonnín de Góngora en Sonora antología

In memoriam Ángel Campos Pámpano


Revista Poesía Digital n.º 48 (febrero de 2010)

Por Pablo Fidalgo Lareo

Angel Campos Pámpano nació en Badajoz el 10 de Mayo de 1957 y murió en la misma ciudad el 25 de Noviembre de 2008. Flaubert escribió que la provincia es el mal supremo, pero que solo en esa opresión puede crearse la obra suprema. En la provincia el silencio es distinto. La poesía de Ángel Campos está ligada a un margen no sólo geográfico, sino a los márgenes del idioma, allí donde las palabras son otra cosa. Una obra, en definitiva, ligada a la frontera. Ángel Campos fue uno de los más importantes traductores de poesía portuguesa. Su amor por Portugal va a ser decisivo en la creación de toda su obra desde su segundo libro, titulado La ciudad blanca, que tomó de una hermosa película de Alain Tanner. Ángel Campos tradujo a todos los grandes poetas del Siglo Veinte como Pessoa, Eugenio de Andrade, Carlos de Oliveira, Sophia de Mello Breyner, Ramos Rosa, Carlos de Oliveira o Al Berto.

Ángel Campos tendió un puente entre los dos idiomas, entre dos formas de vida muy iguales y muy distintas, la española y la portuguesa. Y sobre todo, entre dos formas de entender la poesía, porque hay que decir que Angel Campos fue, antes que nada, un amante de la poesía de los demás, y todos sus libros están plagados de referencias, de herencia. Su obra se podría enmarcar en una línea de la poesía española que va de Machado a Cernuda, de Valente a Gamoneda, de Anibal Núñez a Andrés Sánchez Robayna. Pero, sobre todo, en su obra está presente la melancolía y la mirada y la alegría de los poetas que más tradujo, desde la complejidad de Pessoa a la transparencia de Eugenio, desde el viaje interno (aunque también externo) de Sophia a la soledad irremediable de Al Berto. Esos poetas tienen dentro una infancia que les hace incurables, pero al mismo tiempo los hace libres. Hacen una poesía de la limpidez, de la pobreza, de la casa, la madre, el pan, el sol. Todo esto está en la poesía de Ángel Campos, que también fue un poeta lúcido y triste. Triste porque comprendió temprano la tragedia, y la melancolía es a veces una forma de ser responsable. Esa herencia de la poesía portuguesa es la que le hace perseguir también la luz del verano, la naturaleza, la belleza de los cuerpos, de los gestos, de la propia imaginación. 

Murió también en una edad en la que iba a escribir sus mejores poemas. De hecho, La voz en espiral y La semilla en la nieve, sus dos mejores libros, tenían una escritura tan rigurosa como los primeros; pero mucho más liberada, que iba y venía, que empezaba a recogerlo todo. Iba a ser un poeta de madurez, igual que Valente o Gamoneda. Ese lenguaje transparente es en la vejez donde adquiere un significado propio y absoluto, es ahí donde estremece. Ángel fue un obrero del verso, comprendió temprano que la verdadera poesía comienza en la búsqueda personal de un lenguaje propio, de una individualidad, de esa diferencia que es finalmente lo que permite llegar al otro. Ahogó su grito para entregar en cada libro un susurro lleno de dolor, y comprendió que a veces la tristeza, la rabia, la soledad, valen más y cobran sentido y vuelan cuando son contenidas, cuando son acalladas. 

Su poesía tiene también una pureza que nos hace pensar en los haikus y en la poesía oriental, que tan cerca han estado siempre de la poesía portuguesa. El hombre es uno con las cosas, es uno con la naturaleza, pertenece a ellas: la vida, el cuerpo, la naturaleza, no son entonces más que espacios plásticos donde todo se puede modificar si se toca. Pero hay que tocar, y quien toca no queda indemne: se mancha, se hace culpable, se señala a si mismo. Su poesía es clara para mostrar la belleza del mundo, la belleza de los nombres de las cosas, la exactitud del idioma y del mundo. Porque la poesía, claro, es la ciencia más exacta de todas, ya lo dijo Rilke; es el arte que exige más precisión, y esa es una lección que Ángel Campos llevó hasta sus últimas consecuencias. Nombrar ya lo es todo. Decir Lisboa es decir ya muchas cosas, decir río, decir nieve, decir luz, no es sólo una decisión, no es sólo una palabra: es renuncia, es el infinito. Esa belleza y esa serenidad la encontraba Ángel Campos en las calles de Lisboa, en el fluir del Tajo, o en el acto de la escritura y la lectura.

Cada poema suyo se levanta como una arquitectura en el desierto, en un espacio blanco e ilimitado. Es decir, para que las palabras no caigan, es necesario una construcción sencilla y perfecta. Buscó esa extraña paz que encontraba en la literatura y en el idioma portugués, e intentó traducirlo y entenderlo todo de ese país. Y parece que lo consiguió. 
Parece que allí encontró su casa, su paisaje interior, su espacio soñado. La escenificación de su creación. Porque Portugal para él no fue sólo un sitio al que huir, sino un lugar que habitaba desde dentro, que había habitado siempre, y que la poesía y la traducción le permitieron conquistar. Llama la atención también su trabajo sobre artes plásticas, todos los poemas escritos sobre pintura, la variedad de formas utilizadas en sus poemas, desde el poema en prosa a los tankas japoneses. Todo persiguiendo su propia voz, atreviéndose con todo. En este mundo breve, de alguna forma, está todo. Arquitectura, pintura, palabra, danza, y representación. Y sea cual sea la forma que adoptan sus poemas, siempre logra modificar la naturaleza de esa forma y convertirla en algo nuevo. Ese es uno de sus grandes hallazgos. Formalmente Ángel Campos es un poeta fuerte.

Angel Campos fue un poeta a la intemperie, descubierto, íntimamente expuesto al viento y a la lluvia y a la nieve, pero también a esas palabras que siempre que nombró se quedaron ya a su lado, las que nunca abandonó, las más emprendedoras, habría dicho él. Su dolor no viene del deseo de otro lugar, sino simplemente de no aceptar la naturaleza de la vida y la muerte. Y ese no comprender la muerte es una resistencia lúcida. El idioma surge aquí siempre como última esperanza, con sosiego y dulzura; surge con extraña paz, con extraña culpa. Portugal, como decíamos, fue para él la escenificación de un paisaje mental, de un inconsciente. La poesía de Ángel Campos es precisa y elegante en su diálogo con la tradición y en su afirmación de la poesía como forma de vida, como forma de mirar. Porque la mirada es clave para comprender esta obra. Una mirada fuerte que consigue transformar las cosas. Una mirada que lee los signos del paisaje, los accidentes, la pobreza; una mirada en la que todo cabe. Aquí sí esta la experiencia que es siempre experiencia en el lenguaje, en los otros, en la totalidad. Vida y lenguaje llevados hasta sus últimas consecuencias. Hasta la conciencia de la pérdida, de todo aquello que es imposible de recuperar.

Todos los libros centrales de la obra de Ángel Campos, y también la mayor parte de sus traducciones, fueron publicados por Pre-textos. Su poesía completa la editó Calambur muy poco antes de su muerte, con el título de La vida de otro modo. Siempre cuidó mucho las ediciones de sus libros, especialmente los libros de artista en colaboración con pintores. La edición de Calambur es un libro muy bello, donde los poemas habitan la página. Esta es una poesía plástica que hace del blanco de la página un lugar donde existir. Así que esta poesía completa nos permite ver la coherencia de la obra de Ángel Campos desde el principio hasta el final. Por otro lado, su última traducción del portugués fue el libro de Carlos de Oliveira publicado por Calambur, otro libro imprescindible y editado también con mucho gusto. 

En cada uno de los poemas de Ángel Campos parece haber una historia no contada, un paisaje derrotado. Algo se ha empezado, algo hay que continuar, algo hay que preservar. Esta poesía renuncia a contar una historia para contarlas todas, renuncia a la comunicación inmediata para trascender lo cotidiano, para entrar en la historia del espacio y el tiempo. Trabajó una por una las palabras e hizo memoria para que nada quedara sin nombrar, para que todo tuviera su sitio y su luz en un país en que demasiados muertos y demasiadas cosas habían quedado sin nombrar. Y demasiadas historias sin terminar. Nombrar, nombrarse, llamarse, no es un acto cualquiera: es el acto poético por excelencia, porque desde él se da un nuevo significado a las cosas, se crea idioma en cada gesto, en cada acción. Una vida vivida de verdad para dar un nuevo significado a la muerte. Sus palabras son ya imprescindibles. 

Dos poemas de Ángel Campos:


Cercano a lo que importa

Acerca tu mirada a este paisaje. Que tus ojos recojan todo el verde profuso que lo habita, la luz azafranada que da vida al silencio, la plenitud posible, exuberante, del volcán, la de la luna llena… Que descubran tus ojos la vigencia vegetal que se despliega e inunda su verdor entre los cardos, a ras de tierra. Y en la hora del sol en lo más alto, un aroma en el aire que perfila la misma pulsación de la mañana. Acerca tu mirada, y que tu boca contemple este paraje, abigarrado y profundo, colmado de chumberas y de cactus y de granadas solas. Que tanta floración no es un engaño ni tampoco un misterio, sino tan sólo un modo de sentirse desmedido, cercano a lo que importa, por fin libre. 



A veces sólo un gesto es suficiente
para salvar el día.

Y escribir tal vez es ese gesto
que prolonga el latido de los pulsos
hasta la sed secreta de los párpados.

Escribir tal vez sea extraviarse en el canto
más oscuro, en la memoria extrema
de la noche adentro, donde el hombre
ignora su derrota, las formas del cansancio,
el cuerpo del amor que ya no reconoce.

Escribir tal vez sea comparecer ante los otros
con los ojos más limpios, indefenso,
y vacías las manos, sin dispersar la voz,
respirar con sosiego bajo el agua.

No hay otro modo de mirar las cosas
sin perderlas del todo.


http://www.poesiadigital.es/index.php?cmd=documento
                        

viernes 5 de febrero de 2010

Noticia sobre Sonora antología de Sol y edades, de Ilia Galán

Diario Palentino, 2 de febrero de 2010

Música y poesía de Ilia Galán en Sonora antología de sol y edades


«La música, unida a la poesía, cuando se engarza bien, como el cuchillo en un mango firme o el cortante diamante en el anillo de oro, logra atravesar el pecho del oyente para arrebatarle el corazón», asegura el escritor Ilia Galán, colaborador habitual de Diario Palentino. Presenta Sonora antología de sol y edades, editado por Calambur.
La publicación reúne treinta poemas suyos, publicados por el poeta y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid en los últimos años, con la música del Premio Nacional Cultura Viva 2006, Josué Bonnín de Góngora, un pianista que ya ha compuesto piezas inspirándose en los poemas de Bécquer, Góngora o Lorca.
El libro contiene un CD con los poemas recitados por Ernesto Gil Sánchez e Ilia Galán y con música original de Josué Bonnín de Góngora. «Música romántica en tiempos prosaicos, pero que son consecuencia del Romancismo».
«Se trata de una poesía que no pretender ser un mero entretenimiento o un juego de imágenes sino más bien revelaciones que se transmiten por medio de intuiciones simbólicas», explica el autor.
Hace un par de años Ilia Galán ya unió la poesía y la música. Juntó los versos de Luis Alberto de Cuenca, Jiménez Lozano, Clara Janés, Antonio Gamoneda o Antonio Colinas a las melodías de Tomás Marco, Juan Manuel Ruiz, Ramón Barce, Zulema de la Cruz o Durán Loriga. El resultado fue el libro Diez poetas, diez músicos, editado por Calambur.    

http://www.diariopalentino.es/noticia.cfm/Vivir/20100202/musica/poesia/ilia/galan/sonora/antologia/sol/edades/8B3D8DA4-1A64-968D-5956CA3D83C21F50

jueves 4 de febrero de 2010

Reseña: Apócrifos de marzo, de José Antonio Zambrano


Trazos y Letras, (Periódico Hoy), 30 de enero de 2010 

Bosquejos para el balance 

Por ENRIQUE GARCÍA FUENTES

El poeta no se limita a hacernos partícipes de sus angustias y desvelos, sino que va a increparnos directamente con ellos 
 
Recibe uno el último poemario de José Antonio Zambrano y, por echar la vista atrás, descubre que, si no le fallan las cuentas, debe de hacer el número veinte o por ahí en su larga trayectoria; que, a la chita callando, nuestro autor se ha convertido en una referencia ineludible de la poesía contemporánea y se ha asentado en ella a fuerza de trabajar constantemente, de solidificar su edificio poético, entrega tras entrega, sin desmayos aparentes, en confianza ciega de no dar nunca la batalla por perdida y convencerse de la viabilidad de su acecho persistente. “Mantengo lo que he dicho”, escribe taxativamente a comienzo de este libro, quizá por primera vez explícitamente orgulloso de este rosario de dudas e  intentos que es su obra hasta el día de hoy; y esta evidente declaración de principios no encierra sólo, como puede preverse, esa legítima presunción sino que, como desvela Alonso Guerrero en su inmarcesible prólogo, nos hace intuir un preclaro intento de balance; como si el poeta viniera a decir que, independientemente de lo dicho hasta ahora, ha llegado el momento de nuevos esbozos, de airear recónditas dudas, de volver a plantearse lo que asumimos como certezas. Participo con el citado Alonso de la percepción de nuevas corrientes del seísmo inacabable que es la poesía de Zambrano; el mismo título nos coloca en el disparadero. Apócrifo se define en la primera entrada del DRAE como “fingido” y su raíz griega nos remite a “oculto”; ¿por qué un poeta obsesionado a lo largo de toda su obra por su voluntad de que la palabra desvele la verdad d e todo deriva ahora hacia lo oculto o lo incierto?, ¿y por qué marzo, un mes que explícitamente no se menciona nunca a lo largo de estos versos? Está claro, desde luego, que, por esta vez, el poeta no va a limitarse a hacernos copartícipes de sus angustias y desvelos, sino que va a increparnos diretamente con ellos. Sus palabras nos impelen esta vez a no limitarnos a dejar que su discurso fluya y nosotros simplemente nos regocijemos con su belleza, ¿cómo permanecer insensibles ante el alegato de temer haber dilapidado la existencia: (“Contad, hijos, a los que os pregunten / que siempre tuve miedo de no estrenar la vida”) o llegar a la conclusión fatídica de que “lo nuestro es ir del todo hacia la nada / sin amparar ninguna de las partes”?

Guerrero, una vez más, define este libro como el “corpus poético de un hombre acorralado”, y más adelante como un “libro que recoge, y expone a las claras, todos los filtros que el hombre debe interponer entre su fe y las entelequias que nos rodean y nos determinan”; pues a ellas hay, quizá, que dirigirse para domeñarlas, para asumirlas y corporeizarlas a nuestra imagen y semejanza, partiendo –¿por qué no?– de los desconcertantes títulos que el autor elige para desarrollarlos luego (para alguien más versado el desvelo de toda una arquitectura subterránea que los enlaza y los imbrica; ‘Sitio cercano’, ‘Sitio’, ‘Documento de amor’, ‘Apodado para la soledad’, ‘Lo que miro’. ‘Lo que canto’, ‘Normas para el rumor’): nominalizaciones puras que van a lo esencial desmontando el misterio que rebosan. Dentro laten los miedos de quien ya va presintiendo que el tiempo se marcha y no llegamos donde nos propusimos y esbozamos, para dejar sin respuesta, como contestación, un único y no tan aislado poema ‘Horas desnudas’, que termina el libro con la paródica evidencia de no haber logrado esos propósitos pues lo que suponen sólo es “contener en lo posible / la cita que se aferra en confundir / el único poema al que aspiro”. Sea nuestro alborozo sólo, que no es poco, seguir al acecho de esta lucha. 


Entrevista a Juan Carlos Mestre en EuroLatinNews

Rincón Poético:

MESTRE: “EL POETA CARECE DE IDENTIDAD”

Por Jairo MÁXIMO

MADRID (EUROLATINNEWS) -

"La poesía tiene un proyecto espiritual. Es otra manera de estar en el mundo", señala en entrevista exclusiva con EUROLATINNEWS el poeta español Juan Carlos Mestre, Premio Nacional de Poesía-2009, subrayando que "el poeta carece de identidad".

Poeta y artista visual, Mestre ya ha ganado diversos premios literarios y pictóricos. Acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de Poesía concedido por el Ministerio de Cultura español por la publicación del poemario La casa roja.
En el ámbito de las artes plásticas ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de España, Europa, EEUU y Latinoamérica.
En esta entrevista exclusiva concedida en Madrid, Mestre afirma: “La poesía tiene un proyecto espiritual. Es otra manera de estar en el mundo”.


- Don Quijote dijo: “Yo sé quién soy”. Y usted, ¿sabe quién es?
- No, en absoluto. El poeta es el ser con menos identidad de toda la naturaleza. Carece de identidad. Es aquél que va siempre a la búsqueda de la identidad de un otro diferente que yo. El poeta quizás sea como un taxista que lleva a los demás donde quieren ir. Y en estos viajes hacía la identidad del otro se va identificando en el camino con aquellos a los que va encontrando, con los senderos de la diferencia, con los márgenes de la razón. Nunca en el centro. Los que están en el centro, en los discursos del poder, difícilmente quieren abandonarlos. Y en esta alianza uno deviene permanentemente en Otro.

- ¿Siente desasosiego?
- Desasosiego no. Desafío sí. Un permanente estado de búsqueda. Es avanzar en un camino que no tiene fin. El mismo camino de aquellos que han elegido la intuición, el mundo de la magia, de los sueños, de las diferencias y de todos los grados de disidencia. La poesía, más allá que la literatura, tiene un proyecto espiritual. Es otra manera de estar en el mundo.

- ¿Cómo fue su infancia?
- Paradójica, contradictoria, hermosa y terrible. Nací en un medio familiar honrado y rodeado de afecto y cariño. Pero asistí a una escuela autoritaria franquista donde la negación de las expectativas de los sueños de los muchachos que abrían sus ojos al devenir del conocimiento, del amor, del deseo, estaba llena de imposiciones, prohibiciones, conductas impuestas y ortodoxias terribles. Me sentía un pájaro preso en una jaula. El primer poema que aprendí de memoria fue "Romance del prisionero" (anónimo). Pero pronto descubrí que lo único que me gustaba leer de los libros era algo que estaba relacionado con la delicadeza, muy presente en mi vida. Mi único referente en el mundo era la delicadeza de mi madre que hablaba de la luna, de la primavera, y aquí ya establecí un vínculo estético, y por lo tanto moral, con la poesía. Creo que aún es posible habitar este mundo y relacionarse con las cosas sensibles, desde el lugar de la sonrisa, como decía Cervantes: “Aprender a ser libre es aprender a sonreír”.

- ¿Orgulloso con el Premio Nacional de Poesía 2009 concedido por el Ministerio de Cultura al poemario La casa roja?
- Un premio no significa absolutamente nada en términos de conciencia. Con la misma indiferencia que ha sido recibida mi obra hasta hoy, es la misma indiferencia que uno debe tratar la sociología que pueda representar un premio. Con la misma. Un grado más sería soberbio; un grado menos sería falsa humildad. Eso no cambia las cosas.. Diría que lo único que puede tener de positivo es la ampliación del diálogo, la posibilidad de estar conversando contigo, la posibilidad de que pueda recordar a mi maestro, el poeta Rafael Pérez Estrada, la posibilidad de recordar a José-Miguel Ullán, Antonio Pereira, Vicente Núñez y tantos otros escritores a quien debo mis palabras. Un poeta no es otra cosa que un ser encadenado en una red de comunicación, diálogo y proximidad. Bueno… Quizá un premio sea una pequeña luz que se enciende en una habitación de la oscuridad, no para que se vea más aún, y si para que se vea el proyecto de todos.

En "La casa roja hay una mesa blanca, en la mesa blanca hay una caja de plata con la nada del sábado. La intemperie gime contra los muros, la tristeza gime contra los mármoles.” [Fragmento de La casa roja].

- ¿Cómo nació este poemario?
- Siempre he tendido a pensar que la poesía es la conciencia de algo de lo que no podemos tener conciencia ninguna. Lo que cuento en un poema es la única posibilidad que tengo para decir esto. La casa roja es una casa con las puertas abiertas en la que los huéspedes momentáneos entran y salen sin pedir permiso. Es una voluntad de establecer un diálogo con los márgenes, con los márgenes de los lenguajes y de las personas. He de decirte algo: me siento espiritualmente próximo a los perdedores, las víctimas. No creo en ninguno de los valores relacionados con la nobleza, la jerarquía y los poderes hereditarios clásicos.

- ¿Por qué ha escrito este libro?
- Para dar voz y recuperar la sonrisa inmaculada y pura de mis muertos, de mis antepasados y también para establecer una alianza utópica en las voces que a través de la historia han estado más próximos en la literatura, en mi sensibilidad. Los surrealistas. Los experimentales. Los ebrios bebedores del anochecer que en sus buhardillas escribían libros que jamás publicaron. Los oscuros poetas de provincias que escribían páginas emocionantes de la historia, y que eran analfabetos, pero tenían en su cabeza el gran milagro del conocimiento. Los magos. Los pescadores de agua. Los que lucharon por derechos de otros sin saber que ellos mismos tenían derechos. Los que perdieron su vida sin saber o sabiendo que no había otro destino, otro horizonte. Los que llenaron las fronteras de la historia con el sacrificio de su trabajo, sin porvenir. Todo esto es lenguaje. Todas estas voces existen, no desaparecen. Pueden ir apangándose, pero hay un grado de permanencia.

María Zambrano decía: “Un poema no existe si no se escucha antes de sus palabras su silencio”. Estas son las voces del silencio. Y hay silencios audibles. Bueno… A veces he oído voces. Estas voces las he elegido más próximas a la articulación vocal de mi lenguaje.

- ¿Cómo y cuándo encuentra la poesía?
- Por la armonía establecida, y por la gran ley general que existe, la misma que hace nacer y crecer los girasoles, que es la ley del azar. Desde que tengo uso de razón me di cuenta de que la poesía era mi única posibilidad. Una opción estética y ética de sentir en el lenguaje de la poesía como la percepción de algo no racional.

- ¿Por qué es poeta?
- Fíjate, mi padre que era panadero no tenía ningún problema cuando le preguntaban que hacía. Mi abuela campesina y mi tío sastre tampoco. Nunca dije que soy poeta. Eso empiezan a decirlo los demás.

- Pero... quien hace poemas es poeta. ¿O no?
- Sí. Y esto suele a veces generar pudor. Tienden a pensar que el poeta es un ser iluminado, dotado de un particular don que le permite sentir sentidos extra sensoriales y tener una sensibilidad romántica. No creo en nada de esto. La condición del poeta es exactamente la condición de cualquier persona. Él no tiene más imaginación que tiene el panadero, la campesina o el sastre. Sólo hay un grado de diferencia; no de calidad. El poeta trabaja con la máxima precisión envainando palabras, y el sastre trabaja con la misma precisión con su aguja.

- ¿El poeta caza la poesía o es cazado por ella?
- Creo en un camino de ida y vuelta. No creo en la aparición súbita de las revelaciones. Pienso que toda obra artística que tenga el método como conducta esta abocada al fracaso. Creo que las leyes inconmensurables del azar van construyendo el propio proyecto del pensamiento.

- ¿Escribir un poema es un acto de sufrimiento?
- De sufrimiento no, de dificultades sí. De mucho trabajo. De una permanente reescritura. De una persistente duda. De una paradójica confusión. De un volver a escribir. De un volver a callar. De un volver a borrar. De un volver a recordar. De un esfuerzo continuo.

- ¿El poeta tiene crisis?
- Permanentemente. Es el resultado de una profunda contradicción entre la razón lógica de la filosofía, del pensamiento del ser y de cuál es la razón por la que estamos en el mundo.

Sabemos de la duración, de la brevedad. El poeta se enfrenta a todo eso para resistir a la muerte, para resistir a la tristeza, para imaginar que es posible un proyecto espiritual, una repoblación espiritual del mundo, frente a la abominable realidad. Creo que sigue siendo posible utilizar la imaginación y hablar de todos aquellos que levantan la vista a las estrellas y se dan cuenta de la precaria, anecdótica y triste significación que tienen las fronteras, las naciones, la patria… Aquellos que saben, en resumidas cuentas, que “Volar es el resultado de una intensa pasión; nunca del fracaso”, como decía Pérez Estrada.

- ¿Es el poeta romántico inglés John Keats su gran influencia?
- Mi proximidad con el romanticismo en términos literarios eran las referencias heredadas de un escritor local y paisano: Enrique Gil y Carrasco. Sus versos forman parte de mis primeras lecturas. Para mí un mito desde niño. Si Keats es el gran poeta del romanticismo inglés, Gil Y Carrasco es el gran poeta del romanticismo español. Pienso que Keats es un poeta de la misma estirpe que Walt Whitman, que es exactamente de la misma estirpe de Antonio Gomoneda. ¡Que barbaridad! A mi me produce cercanía y encantamiento el diálogo con aquellos que han sabido borrarse de la civilización crítica del mundo para devenir en otro diferente que yo.

Aquéllos que han sido el reconocimiento de Otro.

- ¿Y quién es este Otro?
- Es el inmortal ser humano que bajo la abstracta conciencia de las estrellas sigue permanentemente diciendo bajo la noche: “Soy inocente. Tengo derecho. No me mates”. Bueno… Esta es la alianza que yo he elegido con esos poetas, con la poesía y con las palabras. Creo que sí un poema sirve para evitar que un semejante dé un disparo en la frente de otro, habrá cumplido la pena. Estoy convencido de que es más difícil agredir o negar el derecho a la vida, a la igualdad de un semejante, después de leer a Juan de la Cruz.. Hay una súbita calidad que el arte, la belleza, la literatura, el cine, la música, ha generado como calidad del bien.

- ¿Esa es la catarsis del Arte?
- Sí. Forma parte de la salud del bien. Sólo la salud del bien merece ser amada.

- ¿Cuándo encuentra las artes visuales?
- Son ramificaciones de una misma manera de sentir que encuentran diferentes lenguajes adecuados a cada circunstancia. No establezco la más mínima diferencia entre el arte de escribir un poema, hacer un grabado o tocar el acordeón.

- ¿Cómo se da el encuentro de la palabra, la expresión gráfica y la música en su obra artística?
- No me considero artista plástico, ni tampoco músico. Otra cosa es que trabaje con la música, colabore con músicos como Amancio Prada. Cuando toco el acordeón, tampoco se puede decir que toco el acordeón. Para mí es una ampliación respiratoria de la palabra. Es un reciclaje de la necesidad. Es una manera de vivir con intensidad la pequeña e inocente posibilidad de expresarme.

- ¿Cuál es su relación con el músico Amancio Prada que puso voz y melodía a su tercer libro Antífona del otoño en el Valle del Bierzo?
- Muy sencilla: fraternidad. Es una relación de profunda amistad en los territorios estéticos.

Esto siempre deviene también de una proximidad ética y de conducta. Son muchos años de escenario, de búsquedas comunes y de travesías del desierto.

- ¿Cuál es su relación con el color?
- Yo no he elegido. El mundo está lleno de colores de todos los grados. Trabajo con los materiales que han venido a mis ojos. Creo que los colores los he visto casi todos.

- ¿Cómo ve el nacionalismo lingüístico en España?
- Ni bien ni mal. Mi lengua es la lengua castellana. Si mi lengua hubiera sido el alemán, el vasco o el inglés, esa sería la lengua que en mi conciencia arrastraría la idea de la vida, de la muerte. Creo que el ejercicio de una lengua es uno de los más inalienables derechos espirituales del ser humano.

- ¿Existe izquierda con la I mayúscula en España?
- Siempre me he sentido más próximo a la lealtad de las palabras minúsculas, y no a las mayúsculas que otorgan un grado superior a las palabras. Haciendo un juego irónico, prefiero la palabra papa a la palabra Papa.

- ¿Cuánto tiempo habla consigo mismo al día?
- Diría…Exactamente el mismo tiempo que dialogo con el Otro.

- ¿Tiene miedo del artista que lleva dentro?
- He llegado a pensar que no hay nadie sino yo mismo.

- ¿Es un hombre feliz?
- Es difícil hacerse cargo de la propia felicidad en una sociedad diezmada por el dolor, el sufrimiento y la miseria. El mínimo servicio de dignidad me impide reflexionar en términos mínimamente honestos sobre mi felicidad sin antes tener delante el dolor del distinto, el rostro del Otro.

- ¿Le gustaría hablar de algo que no le he preguntado?
- No, en absoluto. Creo que te he hablado más allá de lo que debería.

http://www.eurolatinnews.com/reportajes1/mestre.htm

miércoles 3 de febrero de 2010

Recital de Juan Carlos Mestre en el CEP de Getafe

Jueves 4 de Febrero
Recital de
 Juan Carlos Mestre

Ciclo Encuentros
Auditorio del Centro, 20.00

Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957), poeta y artista visual es autor de los poemarios Siete poemas escritos junto a la lluvia (1982), La visita de Safo (1983), Antífona de otoño en el valle del Bierzo (Premio Adonais, 1985), Las páginas del fuego (1987), La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992), La tumba de Keats (Premio Jaén de Poesía, 1999), libro este último escrito durante su estancia como becario de la Academia de España en Roma. Su obra poética entre 1982 y 2007 ha sido recogida en la antología Las estrellas para quien las trabaja (2007). La casa roja (Calambur 2009) ha obtenido recientemente el Premio Nacional de Poesía.

Ha realizado las antologías La palabra destino (2001), sobre la obra poética de Rafael Pérez Estrada,  y La visión comunicable (2001) de Rosamel del Valle, además de la edición comentada de la novela de Enrique Gil y Carrasco, El señor de Bembibre (2004); asimismo es autor de El universo está en la noche (2006), libro de versiones sobre mitos y leyendas mesoamericanas.

En el ámbito de las artes plásticas ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de España, Estados Unidos, Europa y Latinoamérica.

De su diálogo con la obra de otros artistas y poetas han surgido, entre otros, los libros Piedra de Alma, con José María Parreño, Crónica de amor de una muchacha albina, con Rafael Pérez Estrada, Emboscados, con Amancio Prada, Bestiario apócrifo, con Álvaro Delgado (2000), Enea y los gatos, con Javier Fernández de Molina (2002), El Adepto, con Bruno Ceccobelli (2005),Arde la oscuridad, con Alfredo Erias (2007) y Los sepulcros de Cronos, con el escultor Evaristo Bellotti (2007). 

También ha editado numerosos libros de artista, como el Cuaderno de Roma (2005), versión gráfica de La tumba de Keats, y acompañado con sus grabados  poemas de Antonio Gamoneda, Diego Valverde, Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, Gonzalo Rojas, Jorge Riechmann... Su colaboración con otros creadores y músicos como Amancio Prada, Luis Delgado o José Zárate, ha sido recogida en varias grabaciones discográficas. 

martes 2 de febrero de 2010

Entrevista a Juan Carlos Mestre en Madrid Sindical

Madrid Sindical, enero de 2010

lunes 1 de febrero de 2010

Reseña de Apócrifos de marzo, de José Antonio Zambrano

ABCD las Artes y las Letras (ABC),
30 de enero de 2010

Lo que permanece

Por Luis García Jambrina


José Antonio Zambrano (Fuente del Maestre, Badajoz, 1946) es un poeta de una gran densidad y originalidad. Tras la publicación de la antología Poesía (1980-2000) (2000), donde se recoge una amplia muestra de su extensa producción poética hasta ese momento, se produce un giro importante en su trayectoria, que se anunciaba ya en Después de la noche (2000), toma cuerpo en Las orillas del agua (2003), Amor mío, la vida (2003) y Treinta minutos de libertad (2006), y se continúa ahora con Apócrifos de marzo (2009). De hecho, este libro tiene algo de síntesis o recapitulación de todo este ciclo de madurez y plenitud —que, por un lado, se mueve entre la reflexión y la emoción y, por otro, se corresponde con una mayor densidad y depuración formal— y, al mismo tiempo, de apertura a nuevos horizontes.

Dividido en tres partes, la primera reflexiona, emotivamente, sobre la memoria, los orígenes y lo que es digno de permanecer: «Mantengo lo que he dicho / celebrando con gozo lo que permanece / en mí», leemos en «Sitio cercano», con el que se abre de manera significativa el libro. El titulado «Poema sin tiempo» es una especie de testamento dirigido a los hijos. Se trata de una celebración de la existencia; de ahí que proclame el poeta: «De nuevo quedan instancias en la vida / que la hacen plena y hasta sagrada».

En la segunda sección, el lenguaje se sitúa en los límites, dialoga con las cosas y se interroga a sí mismo sobre la posibilidad o imposibilidad de conocer la verdadera realidad, aquella que se mantiene oculta o latente, por medio de una palabra precisa y esencial que penetra en lo oscuro y mira mucho más allá de las apariencias: «Surge del mundo que se abre / a lo que permanece latente. / Y nada es un principio más justo / ni una claridad más visible / que la que deja el rumor de las cosas / cuando revelan su verdad» («Lo que canto»). Por último, la tercera consta de un solo texto, «Horas desnudas», y en él cifra el yo lírico su poética con vistas al futuro, «el único poema al que aspiro», aquel que, en palabras de José Alejando Peña, «te deja y te quita / un nuevo sentido de la vida». Estamos, pues, ante uno de los mejores libros del autor. Un libro que nos habla de la permanencia del origen y de su salvación en el poema. Ya lo decía Hölderlin: «Lo que permanece lo fundan los poetas».

Reseña de El año del ombligo, de Pablo Jauralde

El Cultural (El Mundo),
29 de enero de 2009

Por Túa Blesa

Concebir que la vida es, entre otras cosas, un intento permanente de entender el mundo, el vivir mismo, los afanes, la muerte, y, pese a los esfuerzos, una y otra vez la verdad, supuesto que la haya, continúa oculta. Esta certeza —y la aceptación— de que ni la sabiduría sabe, ni en definitiva tampoco compensa y da la felicidad, de raíz estoica, aparece y reaparece por los poemas de El año del ombligo, cuarto de los libros de poesía de Pablo Jauralde (Palencia, 1944), a quien se deben numerosos estudios sobre literatura, en particular, sobre la del Siglo de Oro. Quizá esta proximidad del profesor e investigador con la poesía de ese período hace que no sean pocos los sonetos que el libro contiene, a los que el aligeramiento de la rima —asonante en los pares— o su falta les da una musicalidad más próxima al lector contemporáneo que la estructura clásica. Pero Pablo Jauralde no se limita a esa forma textual, sino que, entre otros tipos, hay aquí poemas en dodecasílabos, verso muy poco usual, y bastantes otros en que los blancos se introducen en el poema dispersando la escritura por la página, muestras de modernidad y también de pericia en el decir poético. Un decir, que mayoritariamente adopta un registro próximo al coloquial, lo que aproxima lo dicho a la confidencia y es tono apropiado porque mucho de lo que se cuenta pertenece a lo íntimo —que sea real o ficcional es otro asunto—, a lo cotidiano, desde el regar las plantas de casa al vituperio de la universidad, de las rebajas de El Corte Inglés a la expresión del peso de la edad y las limitaciones que va imponiendo o a la petición, con pie en dictum de Juan Ramón Jiménez, de desprenderse del lenguaje —“Inteligencia, quítame el nombre / de cada cosa”— para tener nada más que las cosas mismas y “vivir a ciegas”. Todo el libro se lee con interés, invitando a la reflexión, incitando a la sonrisa, ya la página ahonde en lo grave, ya vuele a lo ligero, ya aúne lo uno y lo otro. El correr del tiempo, que anuncia nuestra desaparición, no da en un discurso desesperado —incompatible con el estoicismo—, ni la aceptación de las miserias del vivir lleva a la rendición: “No. Todavía hay que decir que no”.

jueves 28 de enero de 2010

Novedad Poesía: La experiencia de la memoria, de Joaquín Benito de Lucas



Joaquín Benito de Lucas
La experiencia de la memoria
(Poesía 1957-2009)
Calambur Poesía, 105. 2010.
ISBN: 9788483591840.  1.350 págs.
PVP: 70 €

Joaquín Benito de Lucas nació en Talavera de la Reina (Toledo) en 1934. Es el sexto de los siete hijos que tuvieron sus padres, Manuel Benito Sánchez y María de Lucas Muñoz. Doctor en Filología románica y catedrático de Literatura, desarrolla, desde 1960, la doble labor de poeta e historiador de la Literatura española con estudios y ediciones de autores clásicos y modernos.

Inicia sus estudios de bachillerato en su ciudad natal en 1950. En 1960 logra la licenciatura en Filología Románica por la Universidad de Madrid. Cuatro años después obtiene el grado de doctor con una tesis sobre poesía medieval dirigida por Dámaso Alonso. Desde 1960 hasta 1969 vive como profesor en Damasco y Berlín. En 1969 gana, por oposición, una cátedra de Lengua y Literatura de Institutos de Enseñanza Media. En 1981 accede por concurso de méritos al cuerpo de catedráticos de Escuelas Universitarias. Ha sido invitado como profesor por diferentes universidades de distintos países y ha dado lecturas de su obra poética en numerosas ciudades dentro y fuera de España.

Honda y persuasiva, clara y, aparentemente, sencilla, la poesía de Joaquín Benito de Lucas parte de la experiencia como testimonio para construir un mundo lírico en el que se afirma el valor de la palabra como desveladora del pensamiento creador. Biografía e Historia, Naturaleza y Vida se entrelazan en una obra de alto valor simbólico, teñida siempre por la sinceridad y emoción de su escritura.



La poesía de Joaquín Benito de Lucas tiene hondísimas raíces en la experiencia personal y colectiva de su propia existencia, pero también de la de su familia, de su pueblo, de su país […]. Esa verbalización del recuerdo transforma lo que son expe­riencias más o menos compartidas en una ver­da­dera obra artística propia y personal de gran coherencia y emoción.           

Matías Barchino

La poesía auténtica —ésta de Joaquín Benito de Lucas— coloca al hecho poético en su dimensión y espacio real: la universalidad. Los accidentes que provocaron el advenimiento de un poema son accesorios, el autor y las formas son importantes, pero la esencialidad del poema reside en sí mismo y en su simbiosis con el lector. El poema de J. Benito de Lucas es una pieza magistral para cualquier partitura antológica que pretenda mostrar la sinfonía de la inmolación del ser.

José García Pérez

Al contrario del Tajo garcilasiano, el río de Joaquín Benito de Lucas no es un elemento paisajístico, no forma parte de ninguna escenografía lírica, el poeta no canta al río, es el río el que suena dentro de sus versos. Sus aguas son la progresión de un hondo sentimiento interior, de ahí su naturaleza simbólica.

Pedro A. González Moreno

Pureza: he aquí una palabra clave para navegar por la poesía de Joaquín Benito de Lucas. Una pureza que no tiene nada que ver con el concepto valeryano de poesía pura ni tampoco con el heterodoxo Brémont. Pureza es, tal vez, por uno de sus costados, precisión expresiva, desnudez que no nos impida ver el bosque de las palabras […]. Pureza es, también, iluminación, luz súbita, revelación […]. Pureza es esencialidad, inmaterialidad, que sirve para iluminar las palabras…

José Hierro

Las raíces líricas de Benito de Lucas se hallan, como ya digo, en un terreno poco transitado en las calendas actuales: entrañan un depuramiento de lo romántico, sometido a necesaria sobriedad. Su dramatismo de fondo queda en los límites de emociones vivas y embricadas. Su conciencia del tiempo no cae en el peligro de la pseudofilosofía.

Luis Jiménez Martos

Como suele ocurrir en esta clase de poetas, «claros» y «fáciles» para el lector, subyace en el entramado del poema un férreo trabajo de construcción, una disciplinada labor de poda. Son cualidades detectables en Benito de Lucas, que estudia minuciosamente la composición de sus libros y de cada uno de sus poemas.

Manuel López Sánchez

Talavera no es una ciudad concreta, es la ciudad por antonomasia; su río, todos los ríos; sus calles, todas las calles por las que puede transitar cualquier persona. Nuestro autor ha trascendido el puro valor local de sus alusiones para convertirlas en símbolos, en ejemplo de cuantas ciudades y cuantos poetas añoran en el mundo recuperar la infancia junto a los sitios que los vieron vivir.

Abraham Madroñal

Creo, creo sinceramente, que Joaquín Benito de Lucas ha escrito una obra importante, de poesía verdadera y ya indeleble, que no se deberá, no se podrá borrar, y permanecerá como parte destacada de la mejor poesía española.

José Montero Padilla

Pero no sólo está presente en la poesía de Benito de Lucas un río concreto, es decir, el río Tajo a su paso por Talavera de la Reina, sino también el río abstracto, el río ideal, el río como imagen.

Rafael Morales

Benito de Lucas es grandísimo escritor. Un poeta que desde 1964 ha realizado una obra solvente, de gran altura de miras, profundamente humana y atenta a la síntesis entre la tradición de los mejores valores literarios y a la modernidad de un discurso sustancial en el que siempre está presente el ser humano como proyecto transcendente.

Francisco Morales Lomas

El sitio del verso de Benito de Lucas está donde la emoción misma que transmite con la mirada inocente. Recoge la trastienda de la historia a la vez que da fe de unos temores no tanto personales como representantes de toda una generación.

Alberto Torés García

 

lunes 25 de enero de 2010

Reseña de Diccionario de dudas, de José María Cumbreño


Radio Nacional de España, El ojo crítico, 21 de enero de 2010

Palabras de Roberto Loya y el propio autor de Diccionario de dudas en el minuto 43:00 del siguiente podcast:


Reseña de Las rosas de la carne, de Manuel Francisco Reina

Odiel Información, 24 d enero de 2010

Por Manuel Garrido Palacios




viernes 22 de enero de 2010

Entrevista a Juan Carlos Mestre en El Prat Radio

Programa Sopa de Poetes, presentado por Óscar Solsona, Mariano Martínez y Pep Martell.

Puedes escucharlo en este enlace, a partir del minuto 5:30

http://www.elpratradio.com/WEB/ALACARTA/index.php?id=13&descripcio=Sopa%20de%20Poetes%20(20/01/2010%2020:00h)&mes=01&url=20100120200001.mp3

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También puedes escucharle en La Libélula, de Radio 3, en el programa del 22 de enero, a partir del minuto 23:20:


lunes 18 de enero de 2010

Reseña de La aldea de sal, de Lêdo Ivo

ABCD las Artes y las Letras, 16 de enero de 2010

La claridad del canto


Por Jaime Siles

En «Veredicto popular», un escrito publicado el 8 de febrero de 1956, Indalecio Prieto afirmaba que en política «no bastan las ideas» sino que hacen falta quienes «las encarnen e interpreten». En poesía, también. Y eso es lo que hace tan interesante la escritura del brasileño Lêdo Ivo (Alagoes, 1924), cuya obra ha sabido expresarse en numerosos géneros, manteniendo en todos ellos una poética caracterizada por la unitaria variedad de sus registros.

La excelente antología preparada por Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre visualiza los múltiples caminos que recorre y hace inteligible el desarrollo de su complejo sistema de dicción. Ivo es un poeta que libera su yo en el canto y para el que éste es una continua —pero no autofágica— consunción. El martilleo del mar le «enseñó a escribir versos extensos, desbordados como las olas». Pero este uso personalísimo del versículo no es en él una técnica sino una necesidad que —desde su primer libro: Las imaginaciones (1944)— irá perfeccionando hasta articular su mundo en las distintas posibilidades expresivas expuestas allí ya.

ASUNCIÓN DE LA SOLEDAD. Sin embargo, es en Odas y elegías donde su universo se estructura en la asunción de la soledad como medio «para comunicarse con la vida» y como modo de celebrar la sinfonía de la realidad. Ido sabe que «vivimos evocando diariamente un reino desaparecido / que no llegamos nunca a conocer». Pero -en vez de derivar hacia posturas líricas solipsistas- busca la unión con los hombres y con las cosas, y vincula metafísica y solidaridad: en Oda al crepúsculo (1948) su mundo —que parecía configurado y hecho— experimenta una modificación, que no será la última, porque para este creador sólo existe una verdad: la de su imaginación, que siempre se transforma. Por eso en su Cántico (1949) añade otro rasgo a su poética —«ser invariable sin repetirse»— y pone en práctica una mezcla de «ocultamiento y confesión» que son dos de los polos permanentes de su poética.

En los siguientes libros su escritura se condensa, pero sin perder nunca su alto contenido emocional. La huella de la poesía simbolista francesa se hace ahora muy visible, aunque no anula su anterior cosmovisión: la ajusta y desarrolla, como demuestra su poema «Más allá del pasaporte», que enlaza con uno de sus primeros textos publicados —«Cavalo Morto»— y donde aparece otro de sus motivos más continuos: el de la «retórica del cosmos, en la que todo es orden y rigor».

Su «Oda a la chatarra» supone una superación de sus dicotomías formales anteriores y en ella Ivo reencuentra el cauce discursivo que mejor se adapta a su voz: el del poema de corte romántico y modulación moral, con referentes directos y específicos, y en el que el movimiento va de fuera a adentro y no al revés.

EL BARROQUISMO DE DIOS. Su poesía urbana de los años sesenta —que entronca con la «de las mesas quirúrgicas, los apostaderos y los balnearios», de raíz eliotiana, y con la reverdyana de «los relámpagos, fotógrafos de lo absoluto» de finales de los años cuarenta— alcanza una percepción mucho más precisa y honda, como puede verse en «Salva la nieve que cae en Nueva York / y el residuo de la vida que se oculta / en la rama reseca del nogal, / y el frío que ilumina la ventisca, / y los párpados del ciego en Central Park. / Atesora lo que el otoño desperdicia». La imagen lingüística ha sido sustituida por la plástica, y la intuición de lo inefable por lo que Ivo llama «el barroquismo de Dios». La expresión se ha clarificado, y el poema también.

Una versión modernizada de uno de los más conocidos episodios de la Odisea homérica sirve de eje a Finisterra (1972): «Camino entre la multitud y mi nombre es nadie» y «Canta para mí, oh Musa, al astuto varón Nick Carter». Y, junto a este guiño y vuelta a la vez a la tradición, hechos por un poeta formado en la estética de las vanguardias, se advierte, en los ochenta y los noventa, un giro hacia lo religioso y lo social, que, tras rozar de nuevo la contención, se vuelca ahora en lo reflexivo. Afirma entonces que su «patria no es la lengua portuguesa» porque «ninguna lengua es una patria», y elige el sistema formular del Beatus ille horaciano combinado con el de las bienaventuranzas en «Réquiem», un texto de arquitectura paralelística y tono ético-existencial, que permite ver lo que esta escritura —que, en sus inicios, se nutrió de los titulares de los periódicos— es capaz de extraer de la expresión litúrgico-ritual. He aquí una prueba más de la riqueza y variabilidad de este lirismo tan sistemático como sorprendente.

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