martes, 13 de abril de 2010

Entrevista a Juan Carlos Mestre

Juan Carlos Mestre: "La poesía es el discurso de la desobediencia"

El último Premio Nacional, que participó ayer en la Fundación Dinastía Vivanco en la I Jornada de Poesía y Vino, reivindica la palabra como “un acto de resistencia al mal”

Larioja.com, 27 de marzo de 2010

J.Sainz

Queridos compañeros carpinteros y ebanistas,
yo les traigo el saludo solidario de los metafísicos.
También para nosotros la situación se ha hecho insostenible,
los afiliados se niegan a seguir pagando cuotas.
A partir de este momento la lírica no existe,
con el permiso de ustedes la poesía
ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno.
No lo tomen a mal,
pero aún quisiéramos pedirles una cosa,
mis viejos camaradas amigos de los árboles
acuérdense de nosotros cuando canten La Internacional.

El poeta y artista plástico Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957) es, en realidad extraterrestre, un ángel quizás. Aunque pretendan atarlo a este mundo conmensurable condecoraciones como el Premio Adonáis 1982, el Jaime Gil de Biedma 1992, el Jaén 1999 y, especialmente, el Premio Nacional de Poesía 2009, merecidas por su extensa obra poética desde ‘Siete poemas escritos junto a la lluvia’ (1982) hasta ‘La casa roja’ (2008), él es inquebrantablemente de otro planeta sin medidas. No sólo la lectura de sus exquisitos poemarios, herederos modernistas de tantos grandes, desde Keats hasta Gamoneda, de san Juan de la Cruz a Gonzalo Rojas, también el extraordinario placer de escucharle recitando, su voz grave y danzarina al son de un evocador acompañamiento musical, hace que las almas se rebelen contra la prosa nuestra de cada día y huyan, como amantes fugitivos, a los brazos de la poesía. Así ocurrió hace dos años en las X Jornadas de Poesía en Español, en Logroño, y ayer de nuevo en la Fundación Dinastía Vivanco, en Briones, donde Mestre, junto a otros poetas importantes como Antonio Hernández y Ginés Liébana, participó en la I Jornada de Poesía y Vino e hizo derramar, si no los caldos de la tierra, sí lágrimas de emoción.
Tendría que ser uno El Loco de la Colina para hacer a Juan Carlos Mestre la entrevista que merece, pues el discurso que sale de su boca con la misma facilidad que la poesía de su pluma merece un interlocutor digno y el espacio justo. Los periodistas mundanos, en cambio, hacemos con las palabras apenas tuercas y tornillos con los que todo encaje mal que bien y así gire la rueda un día más. Mientras, con esas mismas palabras, hacen los poetas aves que vuelen alto y lejos. ¿Acaso cabe la poesía en medio de un prosaico periódico, remedo fugaz del triste mundo? Probemos.
-Sostiene Gamoneda que la poesía no tiene que hablar de la realidad porque ella misma es una realidad. Pero la poesía tiene un duro encaje en este mundo, ¿no cree?
-Tal vez sean caminos no precisamente paralelos los del periodismo -yo estudié periodismo- y la poesía. La literatura, como el periodismo, forma parte de un proyecto relacionado con la cultura, con la sociología, con la información. La poesía, sin embargo, entendida como lenguaje de la delicadeza humana, tal vez responda más a un proyecto espiritual, a una manera de estar en el mundo, a una carencia de utilidad práctica pero de imprescindible cualidad ética. La palabra entendida como base de una civilización, la cultura poética como la teoría menos humillante de la historia destinada a reconstruir alguna de las formas de lo que fue en su día la casa de la verdad. Esto no implica ejemplaridad alguna en el uso del lenguaje, pero sí implica conducta. La poesía es la elección moral de un tema imaginario relacionado con una creencia, con la creencia de que las palabras, más allá de transportar un significado, traen consigo un encargo, el encargo probable que nadie nos ha hecho pero que los poetas estamos dispuestos a cumplir hasta el último día de nuestra vida: volver a vincular las huellas perdidas con lo que algún día fue lo que llamamos lo sagrado, sea lo sagrado lo que para cada uno de nosotros sea lo sagrado; todas esas categorías están en última instancia relacionadas con lo que para mí es esencial de la condición humana, ser portadores de dignidad, que se expresa en el lenguaje de la poesía como la súbita presencia de una ancestralidad, de una memoria en la que permanece inmaculada y pura la sonrisa de nuestros muertos y nos anticipa los lenguajes utópicos de la construcción del porvenir.
-Habla de ética poética. ¿Cuál es el compromiso de Juan Carlos Mestre?
-Hablo de la dignidad, esa palabra que suele dar risa sobre todo a quienes carecen de ella. Mi compromiso no es otro que el compromiso con el semejante. Yo pertenezco a la tribu de aquéllos que han renunciado a ejercer todo tipo de autoridad artística sobre los demás y, sobre todo, autoridad moral; carezco de ella. Eso no quiere decir que para mí las palabras situadas al norte del porvenir de la poesía no estén fundamentalmente implicadas con el reconocimiento de la condición de otro, devenir permanentemente en otro que es un igual diferente que yo. De poco serviría la poesía si no ayudara a la reconstrucción espiritual del mundo, a la repoblación moral de una sociedad herida por todos los signos de la barbarie, de la explotación del hombre por el hombre… Mi compromiso es el de oír aquella voz sin boca, la voz de todos los que, arrojados a las amargas canteras de la historia, han tenido que callar durante generaciones siendo portadores además de la gran razón histórica de su inocencia, los que ahí en la intemperie siguen diciendo, bajo las estrellas y aferrados con las manos desnudas al relámpago, ‘soy inocente, tengo derechos, no me mates…’ La poesía articula esa posibilidad de bien. Mi compromiso no es otro que intentar poner las palabras como un acto de resistencia al mal, a las múltiples formas del mal que siguen negando el gran proyecto de la dignidad humana.
-¿Esa resistencia se traduce en hacer de la poesía un refugio, una evasión, o un arma de combate?
-Creo poco en la poesía como un arma cargada de futuro. Lejos de ser la poesía un arma cargada de nada. Tampoco es el refugio espiritual de aquéllos que frente a la sociedad de lo ominoso y lo terrible buscan amparo en la intimidad de su ser. Creo en algo mucho más sencillo: el poeta tal vez sea un taxista que lleva a la gente adonde la gente quiere ir a vivir su propia vida, alguien que ayuda con las maletas a los desvalidos. Un libro de poemas tal vez no sea otra cosa que una caja de herramientas al servicio de la conciencia de los hombres y que cada cuál sabrá para qué necesita un poema o de qué es portador como recuerdo de una conducta. Más que combate, nunca como arma… La poesía es una manera de estar en el mundo, otra manera de estar en el mundo. Puede parecer un pensamiento romántico, pero el gran poeta romántico por excelencia, el británico John Keats decía que poeta es aquella persona que en presencia de otra se considerará siempre su igual, desde el rey al más pobre del clan de los mendigos. Ese concepto republicano de ser todos ciudadanos libres que tenemos la obligación de ejercer el derecho a estar en desacuerdo entre nosotros, es decir la condición de iguales de todos los seres humanos sobre la tierra es también lo que nos iguala en el proyecto y en el desafío de los lenguajes múltiples y republicanos de la poesía. Es otra manera de entender el mundo, una forma delicada de oponer resistencia a los actos de fuerza.
-‘La tumba de Keats’ es precisamente uno de sus grandes poemarios. ‘La casa roja’ está siendo un éxito en las librerías desde la concesión del Premio Nacional de Poesía, también la antología ‘Las estrellas para quien las trabaja’, de título tan proletario y evocador… Su página web (www.juancarlosmestre.com), sus emotivos recitales, sus grabados… ¿Cuál es la mejor forma de aproximarse a su obra?
-Creo que el desafío para un poeta hoy es resistir el autoenorgullecimiento. Por tanto, la mejor manera de acercarse a mi obra es leyendo a otros poetas, porque uno habla con palabras prestadas, con ideas ya usadas por otros, con el aire respirado por otra belleza. Decía Antonio Gamoneda, el gran poeta leonés, que la belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes. Los poetas tenemos que asumir la valentía de decir esto que yo hago es posible porque ha sido hecho por otros antes que yo. La poesía es una red dialéctica de conocimientos, de diálogos, de transgresiones, de pequeños hurtos, de préstamos. Para leer a un poeta y para entenderle, como quien fija la vista y contempla un paisaje, hay que abrir todas las posibilidades del múltiple diálogo del cual es resultado lo que uno escribe. No hay que empezar por uno sino por la complejidad del otro.
-Desde Keats hasta Gamoneda… ¿Quiénes en su caso?
-Son tantos… Yo creo que no he leído a ningún poeta que no me haya aportado algún camino o alguna revelación o algún préstamo o alguna emotiva experiencia en los territorios sensitivos del conocimiento. Pero bueno, por mi relación con América Latina, donde he vivido varios años, son importantes para mí Gonzalo Rojas y Nicanor Parra por los diálogos que tuve con ellos. Y aquí en España, sin tener que referirme a los que ya nos acompañan desde los espacios celestes de otra celebración, fue mi importante para mí el encuentro con el poeta malagueño Rafael Pérez Estrada, un príncipe de la imaginación, un hombre prodigioso del que se podría decir lo mismo que se decía de Lorca: “Con él no hacía ni frío de invierno ni calor de verano, hacía Rafael”. Vicente Núñez, poeta cordobés del Grupo Cántico, también me ha interesado enormemente, sobre todo el gran vértigo de su inteligencia con la que atravesaba la zona oscura de la realidad para acceder a las semejanzas invisibles con las que trabaja siempre la poesía. Y un poeta y narrador excepcional de mi pueblo, desaparecido este año, Antonio Pereira, el gran cuentista, el gran mago del noroeste, al que yo pondría en diálogo con Monterroso y Borges y que algún día será leído con el mismo fervor. Hay muchos, muchos…
-Hablaba de resistir el enorgullecimiento. No le voy a preguntar qué ha supuesto el Premio Nacional de Poesía…
-Mejor.
-… Imagino que no ha cambiado su vida ni su forma de escribir. Sí quiero preguntarle, en cambio, sobre el éxito y el fracaso, esos ‘dos impostores’ desenmascarados por Kipling. ¿Cuánto importa ser reconocido o ignorado?
-El reconocimiento de una obra, en esta sociedad llena de ruidos que borran la mayoría de los actos creativos, puede permitir que tenga una docena más de lectores; éstas son las inmensas multitudes de las que estamos hablando, gente que se puede contar con los dedos de una mano. Pero, por ser igual de franco y radical que la pregunta, diré que, con la misma indiferencia que nos han tratado, sin un grado más, para que no parezca soberbia, los premios no significan nada. No significan nada porque no aportan ningún grado de cualidad ni de menosprecio a la obra ya escrita. Yo soy de los que piensa que, a talentos iguales, el fracaso siempre es más hermoso que el éxito.
-¿Qué clase de hormiga sería Juan Carlos Mestre si no fuera una cigarra tan excepcional?
-Sería la hormiga que pasase parte de su vida esperando la miga que del bocadillo de Whitman llevara al hormiguero de la conciencia el pan de la necesidad.
-¿Escribir, pintar, su música… proceden de fuentes diferentes?
-Los discursos de orden tienden a sistematizar todo de una manera tal que sea controlable. El sistema dominante y lo que entendemos por cultura académica tiende a ordenar todo para que todo sea susceptible de significar en el momento oportuno de la manera más útil. Y yo creo que la creación artística es por excelencia el discurso de la desobediencia. La poesía se escribe con palabras que abandonan el diccionario y se niegan a su significación, deciden crear vínculos no previstos en el sistema de la lengua para generar una tercera posibilidad de ser. Lo mismo me ocurre a mí con la pintura, con el grabado o con la música o con todo lo que hago. Yo no elijo; son desobediencias y actos de un mismo acto de conciencia. La creación no es un cuartel de reclutas, sino un pabellón de insumisos. Y las palabras, los sonidos que se articulan en la conciencia. Eso debería ser el desafío de todo ser humano que pretenda ejercer los derechos civiles de su imaginación: desobedecer y hacer aquello que, más allá de las fronteras del canon, llamamos libertad creativa. Después vendrán los policías municipales de la cultura a poner señales de tráfico respecto a lo que se debe hacer o no, pero eso forma parte de la categoría del saber. La poesía, si a algo resiste es a eso que llaman saber.
-¿Qué precio se paga por esa desobediencia? ¿Qué precio ha pagado usted por ser poeta?
-Es difícil pagar un precio cuando no se tiene nada. Los poetas, como todos los creadores, estamos ahí aferrados con las manos desnudas al relámpago de la intemperie. Si uno observa el desarrollo tecnológico de los últimos cincuenta años resulta inimaginable el nivel que ha podido alcanzar en comparación con el desarrollo del proyecto espiritual del mundo. Después de la Declaración de los Derechos Humanos pocas conquistas más significativas ha habido en el territorio del humanismo crítico, mientras los avances tecnológicos están rozando permanentemente los límites. Cuando uno se levanta por la mañana uno carece de método y de conocimiento para escribir el siguiente poema o hacer el próximo grabado. El conocimiento artístico no es estratificado, no se mantiene. No hay ninguna garantía de que después de la Generación del 27 los poetas que subsiguen no sean unos mediocres, que después de Cervantes o de Shakespeare los siguientes escritores alcancen un nivel de cualidad semejante. Como no tenemos nada, como no tenemos más que el desafío permanente, ¿qué otro precio podemos pagar? Pagamos el precio de los que no tienen nada más que su imaginación, la imaginación que siempre estará ahí para dignificar en cualquier circunstancia la peripecia de lo humano. Y también para honrarla.
-¡Qué poco atendemos a la imaginación y a los sueños frente a la realidad!
-Se ha impuesto una razón pragmática que conduce la mayoría de los discursos sociales basados en la experiencia, y con menosprecio de lo que para mí sigue siendo la brújula de los vientos de nuestra conciencia, que es la intuición creativa. Yo pienso en mis antepasados, analfabetos, pobres de los montes del noroeste, que no tuvieron otra cosa en su vida que la intuición para dirigirse por el mundo y sondear los campos, para educarse y sacar adelante aquellas generaciones reclinadas en la más absoluta de las miserias. Y lo que ha sido la historia de la humanidad hasta nuestro días, desde grandes avances en el campo científico como en el humanístico, está muy vinculado a la intuición que proviene de ese territorio mágico de los sueños. La pragmática puede ser que conduzca los índices Nikkei, pero sólo la intuición conduce a las puertas del paraíso imaginado, de esa utopía donde aún es posible seguir pensando, reclamando y exigiendo los derechos siempre pendientes y futuros de la felicidad.
-Antes discrepaba de Celaya sobre la poesía como arma cargada de futuro. Seguro que está de acuerdo en que es poesía necesaria…
-Yo de Gabriel Celaya no podría discrepar en nada. Me refería únicamente a esa posible asociación de un verso y un arma, porque hay palabras y semánticas que entran en conflicto de conciencia. No hay palabra que sea inocentemente pronunciada.
-… ¿Qué sería del mundo sin la poesía?
-Sin la presencia espiritual del ‘Cántico’ de san Juan de la Cruz seríamos muchísimo más brutos. Estoy convencido de que sin las ‘Hojas de hierba’ de Walt Whitman la sociedad y la democracia americana estarían heridas por los más oscuros pronósticos de la historia. Estoy convencido de que después de leer a Saint-John Perse, o a Paul Éluard o a Federico García Lorca es más difícil que un ser humano descerraje un disparo en la sien de un semejante. Estoy convencido de que los poetas, en la inocencia inútil pero imprescindible de sus palabras, han aportado una súbita cualidad de bien al mundo. Y estoy absolutamente convencido de que Oscar Wilde escribiendo su ‘De profundis’ en la prisión de Reading ha hecho posible que algunas décadas después aquéllos que hoy se aman en las calles bajo la luz de los nuevos horizontes de la libertad hayan encontrado que en el tiempo pasado estaba ya contenido el porvenir del tiempo futuro. Creo que ni Whitman ni Lorca ni san Juan ni Wilde fueron prescindibles en la historia y en la conformación de la conciencia humana. Un poeta, decía René Char, no debe dejar pruebas, sino huellas, porque sólo las huellas nos permiten seguir soñando. A mí me gustaría que la sociedad del futuro continuara hacia el horizonte del porvenir en las huellas que algún día nos dejaron como conducta del comportamiento humano gente como ellos.
-¿Esperanza o fatalismo?
-La esperanza siempre nos llevará mucho más lejos de lo que nos llevan el miedo y la resignación.

http://www.larioja.com/20100327/local/region/poesia-discurso-desobediencia-201003271059.html

1 comentario:

Alfredo J. Ramos dijo...

Excelente entrevista. Mestre es un creador que sabe lo que dice y sabe decirlo. Sus palabras iluminan.