lunes, 31 de marzo de 2014

Reseña: El día anterior al momento de quererle, de Concha García, en Estado Crítico

Como un torrente 
Por Rafael Suárez Plácido
Estado Crítico, 18/03/2014


El título del libro es un verso de trece sílabas, que conlleva una declaración estética. Antes los títulos fueron, habitualmente, más breves y más esclarecedores. Ahora es deliberadamente más ambiguo, a la vez que se vuelve al deseo de encontrar una manera definitiva y propia de decir. Si repaso sus libros anteriores, encuentro ese verso, que es también el nombre de un poema de Cuántas llaves (Icaria, 1998). Nada en la poesía de Concha García es gratuito. Cuántas llaves y El día anterior al momento de quererle son sus dos libros más desolados. Leo aquel poema y encuentro algunos versos que pueden ser esclarecedores: “… en los comienzos buscas / una nueva manera de decir / lo que no es antaño ni revés, / sino recuerdo / del día anterior al momento de quererle.” De eso se trata, de recordar o de revivir aquel día en que todo lo que hoy nos aturde y nos inquieta comenzó. Es difícil. Hay que volver la mirada hacia atrás, al principio de todo. Hay que recordar a esa niña de un pueblo de Córdoba, La Rambla, que con solo cinco años marcha con sus padres a Barcelona, como tantos andaluces que tuvieron que emigrar dejando atrás los primeros años y las vidas de sus ancestros. Quizás haya que ir más atrás, la vida de una madre de extracción humilde que no va a tener fácil salir adelante; quizás más atrás aun, a la historia de la condición femenina, esas vidas que siempre se terminan pareciendo tanto venga una de donde venga, llegue hasta donde llegue.

Se han suprimido los títulos de los poemas, que sí estaban en algunos de sus libros anteriores. Ya he dicho que nada es gratuito en la poesía de Concha García. Evitando los títulos se trata de no influir ‘a priori’ en el lector. Cada poema, cada verso es un enigma o un reto. Que cada verso sea una llave que abra nuevas expectativas y cierre otras en un lector que se sumerja en ellos virgen, aunque se trate de un lector avezado. Ningún verso es prescindible. Ningún verso es predecible. Todo contribuye a crear una historia llena de sensaciones encontradas.

El libro se estructura en siete partes que responden a los títulos: “Un día”, “Otro día”, “Una mujer”, “Otra”, “Un encanto”, “Un desencanto” y el último, un a la manera de epílogo, “El triunfo de lo caduco”. Aunque las seis primeras partes pueden entenderse, y se entienden, como tres unidades bimembres, hay que señalar el interés de la escritora por evitar la simetría absoluta. Cada pareja de epígrafes tiene una formulación diferente. Y los poemas pueden entenderse como fragmentos de cada una de estas seis partes iniciales. Ya lo hizo así la poeta en algunos de sus libros anteriores. Pienso especialmente en Árboles que ya florecerán (Igitur, 2001), que se inicia con la cita de un fragmento de Cioran, que recuerda tanto al Nietzsche de El paseante y su sombra, en la que dice que el gran mal del pensamiento estructurado es que tiene mentir para ser coherente, mientras que el pensamiento fragmentario no necesita de esa coherencia, lo que le permite también mostrar varias versiones diferentes de una misma realidad, siendo todas ellas verdaderas.

En uno de sus primeros libros, Pormenor (Libertarias, 1993), Concha García utilizó la cita de Heráclito: “Un día es igual a otro”. Las dos primeras partes de este nuevo libro, “Un día” y “Otro día”, hacen referencia a esa realidad, son dos días que podrían ser iguales, pero cambia el lenguaje, la intensidad expresiva, y cambia, por ello y además de ello, el sujeto poético. Asumiendo el riesgo de rizar el rizo, pienso que son días distintos pero son el mismo. No es tan extraño: yo soy el mismo que hace veinte años y, al mismo tiempo, soy otra persona. El gran tema de la poesía de Concha García es el desdoblamiento del sujeto poético, la acumulación de “yoes“: el “yo“ de cuando era una niña y veía a su madre hacer todo lo que a ella le iba a tocar volver a hacer, y contra lo que se rebelaría; el “yo“ de la lectora insaciable que empezaba a escribir sus primeros versos tras el conjuro de autores tan dispares como Pessoa y Sor Juana Inés de la Cruz; el “yo“ que le quiere y que, a veces, es querida; el ”yo“ que mira el extrañamiento del mundo con ojos tristes y rebeldes; el ”yo“ del presente que mira a todos esos ”yoes“ del pasado con estupor, con dolor y con cierto alivio, aunque no siempre alcanza a comprender por qué, todos los seres que habitan y han habitado su universo. Ese desdoble de personalidades es más llevadero a partir de la lectura del ya citado Pessoa y de todos sus compañeros de viaje. Se trata del alivio tan humano e sentir que otros ya han pasado por esa misma experiencia. “Una mujer” y “Otra” son la misma mujer, igual que “Un día” y “Otro” son también el mismo día.

Todo el libro suena como una composición musical para piano y voz, un conjunto de variaciones en torno a seis movimientos que van alcanzando un clímax en cada fragmento, para concluir cada cierto tiempo derrotado, con los pies en el suelo. La acción que acompaña cada ascenso es el viaje. Yo imagino a Concha García continuamente haciendo o deshaciendo maletas, llegando a aeropuertos o en habitaciones de hoteles. A esto se contrapone el descenso que sería la vida cotidiana, en la sala de su piso o en la cocina, a los que siempre regresa, más tarde o más temprano, a convivir con sus recuerdos personales, tan cercanos al presente. Hay otro tipo de viaje, el que ocurre entre los libros de su biblioteca, o en los cajones o latas llenas de fotografías a las que, a veces sin querer, siempre también regresa. Una tercera forma de viajar es la escritura del poema o la relectura extrañada de sus libros de poemas de otros tiempos. En todas esas situaciones se pregunta: ¿quién es esa?

La presencia de momentos cotidianos es una constante en estos poemas y, a veces, es la clave que les da unidad:

“Pones la fritura en un plato blanco / y recuerdas que aún no has dejado / de fumar, que en el fondo / eres la misma (…) la ciudad se abre / en el taxi hacia el hotel, / chispea sobre tu cara / formulas interrogantes / que resuelves ocultando / la memoria con un trago de alcohol, / esto no es la soledad, te dices, / pero es demasiado estruendoso / no cabe en tu alma, no sabes / qué hacer y te acuerdas / de la fritura y de tu casa / y un vuelco de vida / te hace sentir / el titilante brillo de la antena / a lo lejos ocupando / un extenso ángulo del ventanal.”

Los versos finales de la primera parte rezuman angustia. La poesía no ayuda, no salva: solo expone a la poeta ante los lectores:

“… Pasaron largos / meses. Los tiempos / no mejoraron, / el ansia quedó expuesta / en la escritura / y los siglos la conservan / clavada en el libro de fragmentos / como mariposa / seca.”

Sin embargo, comienza el siguiente poema con un nuevo intento de encontrarse a sí misma en el poema:

“Estaba intentando encontrar el poema / que expusiera de manera sugerente y precisa / el estado en que me hallaba / después de haber pasado tres noches / inquieta, …”

Escribir y viajar es una misma actividad. Escribir, viajar y conocer. Cada vez los viajes son más hermosos, más excitantes y peligrosos. Las caídas también lo serán: hermosas, excitantes y peligrosas. Hay saltos en el espacio y en el tiempo. De Pirlápolis se ha pasado a “los dédalos coloridos de una ciudad magrebí”, y se vuelve a Uruguay y a la Pampa, a Lyon y a Paris. Hay momentos en los que el sujeto lírico parece haber encontrado la felicidad y el amor, y momentos de descreimiento y soledad. Se mezclan las personas gramaticales y los tiempos verbales. Cuando usa el plural tiene que ver con el amor en todas sus variantes, con “la unidad perdida / que intuye alguna vez / hubo de tenerla, / quizá en la estación de autobuses / o entre los cuerpos que amó, ahora / confusos en el recuerdo porque no está / segura de si aquello era amor, / un sentimiento noble / que apuntaba al reconocimiento / mutuo, o peor, al exceso de narcisismo / o aun peor, a la expresión solitaria de un baile / entre dos,…”

Otra constante en la obra de Concha García es el compromiso adquirido y consciente con la realidad que le ha tocado vivir. Toda la poesía es una postura ante el mundo. Incluso el negar ese compromiso, es una forma de ejercerlo. Su poesía solo puede ser comprometida con su realidad como persona, como mujer, como parte muy destacada de una segunda generación de mujeres poetas de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país, con algunas generaciones de retraso frente a los ejemplos de América (Norteamérica e Hispanoamérica) y Europa. Es su manera de reivindicar una poesía femenina, alejada de los tópicos que el imaginario social dominante, desde luego masculino, ha adjudicado y adjudica a las mujeres. Ella entiende, y yo con ella, que la poesía es una forma de activismo político para dejar constancia de una forma diferente de ver el mundo. Incluso la voluntad de no hacerlo es también otra forma de ese mismo activismo. En ese sentido una de sus reivindicaciones es reconocer como asunto poético el cuerpo propio. En el esclarecedor ensayo “El cajón lleno de fragmentos que brillan”, de su libro Asomos de luz (Amargord, 2012), leemos: “Tomando prestada la afirmación de Iris Zavala, comprendí que el discurso sobre el cuerpo estaba cargado de significación social y que todo acto literario es un acto simbólico capaz de proyectar imaginarios sociales de identidad e identificación”.

Todo el libro El día anterior al momento de quererle es una torrencial reflexión que parte de una experiencia vivida y meditada de una poeta que cuando se mira a sí misma y a sus recuerdos, y cuando lee algunos de sus libros, ya no siempre reconoce a la persona que era, pero sabe -eso es lo que nos salva- que aún tiene mucho que escribir y que vivir. Quizás por eso sea cierto ese dicho de que a medida que vamos madurando nos hacemos más jóvenes. En definitiva, Concha García, que atesora una de las trayectorias más importantes de la poesía reciente en nuestro país, con este último libro pasa a engrosar esa lista selecta de mujeres que han publicado los mejores libros de poesía de este pasado 2013.