miércoles, 19 de octubre de 2011

Reseña: 28010, de Marta Agudo


Marta Agudo
28010
Calambur Poesía, 120, 74 p
ISBN: 978-84-8359-215-1
 



El Cuaderno
Semanal de cultura de La voz de Asturias 
Nº 1 / Domingo 16 de octubre de 2011 de 2011
Por José María Castrillón



La reversibilidad del pensamiento sobre su propia acción impone una doble alianza. Nos permite la adaptación de nuestros planes, la precisión de las actuaciones; nos capacita para la prudencia y el cálculo, para la mentira y su disposición en ficciones más o menos consoladoras e ilusionantes. Pero en la misma medida nos encadena a la duda metódica, a la incertidumbre; nos deja, no pocas veces, al desabrigo de la culpa o de la depresión. Más pronto que tarde, la recursividad del pensamiento conduce al cuestionamiento de la propia identidad: «Yo soy diferente de todas mis sensaciones. No logro comprender cómo. No logro ni siquiera comprender quién las experimenta. Y por cierto, ¿quién es ese yo del comienzo de mi proposición?». Las palabras de E. M. Cioran espigan uno de los polos de la modernidad: la inconsistencia del sujeto, la identidad como problema. La fuerza con la que este asunto enraíza en el discurso posromántico no obedece únicamente a los novedad de su presencia en el acontecer histórico de la literatura, ni siquiera a su entronque con las teorías biológicas y antropológicas modernas, sino a que da testimonio del ser humano como una figura compleja y obsesiva, conformada entre espejos por imágenes proyectadas ad infinitum. En 28010 Marta Agudo (Madrid, 1971) golpea la superficie especular buscando su reverso, intentando comprender la disposición de los espejos, entrever, al menos, su trama. Inútil para el escéptico: tras el espejo, otro espejo; pero la angustia no con-cede y la autora (se) pregunta por su existencia «sitiada en el cero, en la mañana más blanca del mundo». El discurso poético encuentra en la «relación del yo con sus restantes» una salida tan sólo aparente a esa presión inicial; salida en falso puesto que se trata de una relación que se resiente impuesta y opresiva. «No hay tensión más continua que los otros», advierte el protagonista poético —por cierto, con rítmica tensión versal en el contexto del poema en prosa—. Agudo acierta de pleno en la precisión y plasticidad de las imágenes, que dibujan un entorno opresivo (de «ventanas que no cesan de adjetivar») pero inexorable y hasta hipnótico en su deriva hacia los otros, hacia lo ajeno. Se trata de una identidad la del sujeto poético resuelta en pequeños gestos, firmas, nombres, saludos y modos cotidianos que han sido silenciosamente moldeados por una trama heredada y ciertamente imitativa. Si bien el lenguaje recibido, «la madre y el bulto del lenguaje», es la «gran, la grande y más grande quebradura», el territorio deliberativo del poemario alcanza igualmente la combinatoria social, los modos tradicionalmente consignados de estar y ser en la tribu: «La sintaxis del ausente, sus días incrustados. Fascismo de todo tiempo y lugar». Y no es posible ignorar ese hiato existencial, ya que, en efecto, «de nada vale resolver la suma porque es en el signo “más” donde el conflicto».


De estirpe sartreana en su enfoque de los demás y en el extrañamiento propio, los textos apuntan a un sujeto, de continuo, naciéndose; que respira lo propio como extraño; habitante de un lugar —memorable descripción— «en orden y naufragando». Los poemas proyectan un estado de quiebra personal que, afortunadamente, propicia el laboreo de las palabras que tan bien saben conspirar contra lo establecido por los códigos lingüísticos. Sin embargo, la proliferación de nuevos signos externos y propios no cierra heridas: «a más información, mayor el desconcierto».
La búsqueda obsesiva de algún punto de referencia válido, de identificaciones tranquilizadoras, va trazando el relieve de una textura poética abundante en secuencias
apositivas y esquemas copulativos en los que el verbo a menudo desaparece: «la jaula de los seis años, cuando los valles eran valles, los valles lagunas, y las lagunas vergeles en los que el “uno” equivale solamente a “uno”». De este modo, la gramática vuelve más compactas las identidades tratando de equilibrar la ausencia de identificación personal.

El poemario obedece a una pulsión que se revela a través de una suerte de discurso fragmentado, al que Marta Agudo ya había recurrido en su primer libro, Fragmento (Celya, 2004). El lector puede saborear en los silencios intermedios buena parte de la médula de este libro. Son diversos los arranques de cada fragmento y constituyen el nervio del poemario en la medida en que, tras sus huellas, descubrimos la obsesiva construcción de las secuencias o el repentino azar o el salto de un plano a otro de la vida. No se trata, por tanto, de un molde retórico, sino de una dicción, de un gesto del habla poética. De nuevo Cioran ayuda en la explicación: «fragmentos, pensamientos fugitivos, decís. ¿Se los puede llamar fugitivos cuando se trata de obsesiones, es decir, de pensamientos cuya característica principal es justamente no huir?». De este modo, se hacen indisociables los modos de dicción de la voz que los encarna. Porque, en efecto, la arquitectura del poemario (once textos para cada una de las cuatro secciones) no puede entenderse únicamente como cauce que da pausa y dirección al itinerario de las secuencias, sino como símbolo de los códigos rígidos que articulan al ser humano: «¿y para qué otro lugar si la fiebre no me supo feliz y no puedo declinarme de otro modo?».
Zozobra y criterio poético configuran este libro lúcido que reafirma la trayectoria lenta
y fiable de su autora. Para saber más: Marta Agudo, 28010