miércoles, 12 de enero de 2011

Reseña de Bajo la piel, los días, de Eduardo Moga, en la revista Isla de Siltolá

Revista Isla de Siltolá, n.º 3, sep-dic de 2010

Por Juan Manuel Macías

Tras varios adelantos y una cierta diáspora por publicaciones en Internet y papel, llega al fin la última entrega poética de Eduardo Moga, ya de cerrada unidad y editada espléndidamente por Calambur. Nos viene con el embozo y la disciplina ficticia de un diario, de cuyas variadas invenciones no hallaremos menos notable esa conciencia siempre a punto de disgregarse en sueño, objeto y sujeto del discurso, que baraja y desbaraja sin tregua su vendimia cotidiana. Es una conciencia que se explica en prosa. "Los poemas pueden estar en prosa pero es mejor que sean prosa", nos explica a su vez el autor de dicha conciencia, y no podemos estar más satisfechos con sus palabras. De igual forma afirmaríamos que un poema también puede ser un soneto, pero nunca estar en un soneto. Al cabo, verso y prosa no parecen tanto dos elecciones tipográficas como dos pulsos de ánimo, a veces compatibles. Dos extremos posibles con un inagotable abanico de matices entre medias: muy lejos todo, por fortuna, de la lectio divina de los escolásticos.

La prosa de estos poemas, por tanto, no es un recipiente previo que espera ser llenado con "lo poético", pero tampoco una suerte de barra libre. Sería supersticioso pensar que la prosa es el estado natural del lenguaje, su territorio indómito. ¿Nos volvemos, también, más naturales en prosa? Sabemos (y ya es mucho saber) que el lenguaje nos suele servir para comunicarnos e intentar ordenar los pensamientos en nuestros prosaicos (que no prosísticos) días. Igual que las ramas de un árbol pueden convertirse en combustible. Pero el poeta va por otro camino, ajeno al uso comunal. Hay un desconcierto súbito, un aprendizaje infantil, una demanda: "Hemos salido en busca de las palabras de las que nos unieran, de las que nos liberaran (...) Las palabras no tenían sonido, sino que sangraban; no tenían voluntad, sino volumen".

Esa búsqueda constante vertebra el libro trazando una poesía asimétrica y fronteriza. El arte es esencialmente capricho y la frontera se vuelve el lugar más propicio para el poema, si entendemos la poesía como una tierra de nadie en medio de la guerra santa de los géneros, en espera de que estos acaben por matarse definitivamente. Esa neutralidad (el "término no marcado", tildarían los lingüistas), ese estar siempre a punto de convertirse en cualqueir cosa, hacen de la poesía una perfecta maestra de supervivencias, y los treinta y un poemas del volumen lo aprovechan hasta el fin. Todo sirve para el feliz expolio, todo se acumula en más y más estratos de diversos tonos y motivos: las reflexiones poéticas, la inseguridad ante la propia escritura o la de los demás, un afán ordenador de causas y efectos, la introspección somática, la soledad, el onanismo, la certeza de los otros, su incertidumbre también... de todo sale indemne cada poema, incluso de los calculados momentos antipoéticos, que alternan, mediante asombrosos cambios de ritmo, con otros pasajes de deslumbrante lirismo e imaginería, a menudo salpicados de aliteraciones sutiles o de un vago (¿por qué no?) cascabeleo endecasílabo.

La dicción de Moga se conduce como un arrebatado, siempre insomne escarpelo hacia y por la realidad en torno. Pero la realidad re-encontrada es de naturaleza verbal. "La realidad se compone de corpúsculos lingüísticos, que chirrían cuando los piso, o se confederan en seres, o cobran naturaleza de nube (...) es verbo el viento que menea las ramas del árbol, y el árbol, y el amor que se ha sentido bajo sus ramas, y la nostalgia de ese maor". Llega un momento en que el poeta comparte, por un instante tan sólo, el desasosiego de la sintaxis, antesala del abismo morfológico y el vértigo de la etimología, que son preludio a su vez del más desabrido pavor fonético. Al buscar la partícula indivisible y original, se descubre de pronto que las palabras están hechas de metáforas, y las metáforas de otras metáforas, como si en el fondo nunca se nombrara nada y el lenguaje estuviera aquejado de una infinita impropiedad. La poesía es incapaz de descifrar esa secreta trabazón de los hechos, los pensamientos y los lugares, pues, de lo contrario, se aniquilaría a sí misma. Pero estos poemas, como si de un virus se tratase, reproducen dentro el misterio y lo alimentan. Digamos que están enfermos de realidad y, por tanto, son realidad. Viven.

El armado de un poemario siempre conlleva el contruir un poeta. Sin embargo, el poeta de Bajo la piel, los días no adopta la pose de creador, sino otra mucho más cercana a los mortales: la de compilador, término este que sonaba a música celestial en los oídos de los filólogos románticos. Y no andaban del todo desencaminados. El poeta que crea es un personaje de leyenda, como legendarias son sus intenciones. Pero el poema, lo que queda, siempre es obra del lector. Eduardo Moga compila y recensiona la voz de Eduardo Moga y también, a veces, la de otros, como los pasajes escritos por Sergio Gaspar en un intercambio de correos y que abarcan nada menos que un poema entero del libro y parte de otro: "Ignoro si los considerabas poemas al escribirlos, pero yo sentí que lo eran al leerlos". Tal podrán decir de este libro, sin duda, quienes lo acojan y lo hagan suyo, como un eslabón incorporado a su propia y fragmentaria sucesión de días.

martes, 11 de enero de 2011

Reseña de El juramento de la pista de frontón, de John Ashbery, en ABC Cultural

ABC Cultural, 8 de enero de 2011

El olor de la luz
Por Jaime Siles


Nada mejor que el libro más difícil para medir y comprender los diferentes grados de su dificultad. Eso es lo que hacen, cada cual a su modo, tanto Julio Mas Alcaraz en su inmejorable versión del texto, iluminada a la luz de su documentadísimo prólogo, redoblado por un imprescindible y precioso aparato de notas, como, de manera más concentrada y sucinta, Jordi Doce en el inteligente epílogo que sirve de colofón.

Gracias a esa maravillosa colaboración de ambos el lector tiene acceso a la enmarañada complejidad de un territorio por el que, sin el correspondiente mapa, resulta casi imposible transitar. De ahí que este volumen cumpla una doble función: la de ser una rigurosa y exacta traslación poética del texto, y la de constituir un competente y sólido análisis del mismo, así como un admirable y completo ensayo de interpretación, que ayuda a entender tanto el sistema poético de su autor como las diferentes dimensiones de la obra misma.

Escritura inaugural
Estamos, pues, ante una memorable traducción de un libro en sí mismo memorable: porque El juramento de la pista de frontón, escrito a mediados de los años cincuenta y publicado en 1962, no solo contiene la base fundacional del estilo y los temas posteriores de Ashbery sino que supone un cambio en el sistema de dicción de toda una época, al romper la tradición poética previa e introducir en la poesía escrita en lengua inglesa los modelos surrealistas de los que en los años veinte careció.

Escritura, por tanto, inaugural, que toma su título de un cuadro inacabado de Jacques-Louis David, Le Serment du Jeu de paume (1791), pero que se mueve en los entornos de la pintura metafísica. Este libro, el segundo de Ashbery describe una fuga de sentido que retoma determinados puntos y técnicas de la vanguardia histórica —la poesía de pierre Reverdy y la narrativa de Raymond Ruoussel, el collage y el cut-up, la sintaxis sin conectores, las frases suspendidas, el lenguaje infantil y la agramaticalidad, entre otros—, y construye con ellos un universo poético pero también político, gráfico y sexual, en el que el americano transterrado a París que en aquellos años era su autor enumera —de manera elusiva e implícita— una visión de América y Europa como espejo de fondo de la crisis de identidad y de sujeto que entonces está sufriendo él.

Lo que convierte la obra en un testimonio biográfico, pero también histórico, de lo que su autor entonces era y de lo que y quién quería ser. De ahí que los finales de los poemas sean abiertos; que hablen en ellos diferentes personas poemáticas y que el yo sea prácticamente solo pronominal es aquí la identidad de Ashbery. De ahí también que el texto resulte polifónico, politemático y polimorfo y que su unidad resida precisamente en el fragmentarismo: en un fragmentarismo menos óptico que acústico y menos plástico que musical, en el que las teselas del mosaico no siempre son palabras y en el que los tonos del fraseo son tan significativos como la aliteración, la estrofa y la rima que también utiliza aquí.

Lírica del porvenir
La sensación que todo ello produce en el lector es la de sentirse al borde de un abismo en el que tal vez hay algún tipo de significado, pero en el que ni el yo ni el conjunto tienen significación. De ahí la angustia y el placer que su lectura produce y que a algunos de sus primeros críticos tanto les indignó. y es que en este libro abolía no pocos de los postulados poéticos de la primera mitad del siglo XX, salvaba otros y fundaba nada menos que la lírica del porvenir: una lírica, hecha de ironía, parodia y dislocaciones, que devolvía la poesía a su terreno propio, que no es otro que el de la imaginación. Pero esto que sabemos hoy no fue comprendido en su momento y casi me atrevería a decir que tampoco ahora, porque Ashbery genera dos tipos de lectores: los que lo aceptan y los que lo rechazan, sin que haya aún un término medio entre los dos. Y es que la suya es poesía absoluta y, por lo tanto, no sujeta a las limitaciones del discurso burgués, heredado luego por una supuesta poesía de izquierdas: según Ashbery «un poema que comunica algo que el lector ya conoce no le está realmente comunicando nada y de hecho muestra una falta de respeto hacia él». Por eso su lenguaje está libre de toda referencialidad y no sigue otra lógica que la poética.

Máscara y escudo
Lo que no quiere decir que su escritura sea automática en el sentido de Breton. Tal vez la parte más díficil de este volumen de Ashbery sea su forma de automatismo, que le sirve de máscara y escudo bajo el
que ocultarse y protegerse y que —como a Aleixandre— le permite mezclar experimento y abstracción, aunque con una clara diferencia: en Ashbery está muy presente la teoría del signo de Merleau-Ponty, cuya
fenomenología impregna toda su percepción. El juramento de la pista de frontón es, por muchas razones, un libro de lectura obligatoria.


Reseña de Insurgencias (Poesía 1965-2008), de Antonio Hernández, en la revista Nayagua

Insurgente y cabal
Por Manolo Romero

Porque las ediciones de los libros de poesía son cortas y se promocionan poco, desaparecen pronto, y se crean grandes vacíos de referencia para los nuevos lectores, como ha ocurrido con Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1943). Gracias a Calambur se rescata en magnífica edición su poesía completa, que reúne más de cuatrocientos poemas en quince libros.

Comienza la obra con un prólogo extenso y erudito de Francisco J. Peñas-Bermejo que crea la temperatura de empatía y anima a sumergirse en la lectura de Insurgencias. Hay al principio una cita metafórica, es un flash clarividente que inquieta: “Desde Amiens en 1975, Carlos Edmundo de Ory, otro gaditano, dedicó un largo poema a Antonio Hernández, en el que escribió: "Reposa tu cabeza y allí donde descanse/verás cómo se agrupan los zafiros del mundo". Justo en este instante (de verdad), me llaman por teléfono para decirme que acaba de morir Carlos Edmundo de Ory; esta coincidencia me sacude como un calambrazo y me seca… Ya no sé si hablar de Insurgencias o de Carlos Edmundo, a quien tanto admiro, sorpresa gaditana, como Antonio.

Igual que tienen los negros jamaicanos la raza canon para el atletismo y la belleza corporal, Carlos, como Antonio, y algún poeta de Cádiz, tienen la inteligencia prototipo para la poesía.

Lo que escribe Antonio Hernández en cualquiera de sus facetas (artículo periodístico, ensayo, relato, novela, y por supuesto poesía) es siempre potable, muchas veces memorable, y ha obtenido premios destacados en todos los géneros. Estamos ante un escritor de fondo, un atleta literario. Pero, sobre todo, ante un poeta. Un hombre con un diseño sicológico muy especial y una facultades extraordinarias para cazar los vientos de la poesía. “Reposa su cabeza y allí donde descansa se agrupan los zafiros del mundo”.

No son ditirambos estos trazos de admiración, es que estoy aún asombrado tras la lectura seguida de su obra poética que reúnen esos dos tomos. Hace tanto que no leía “El mar es una tarde con campanas”, que regala a su musa Mari Luz… que he vuelto y revuelto a sus poemas para evocar las sensaciones de la infancia, la adolescencia, la juventud... En el primer poema del libro comienza su vital y esperanzadora caminata existencialista: “Como el hombre que pierde una cosecha, con la tristeza noble del que llena / sus ojos de un frescor desordenado, / por la inmensa llanura / comencé a caminar”. Una precoz obra maestra, arrebatadora por el enfoque de la situación poética, por el afinamiento expresivo, por el oficio versificador. La secuencia de sonetos al final del libro es una suite gloriosa. Y la delicadeza para especiar los poemas con brisas de sus lecturas (J. Guillén, M. Hernández, Claudio R., J. Hierro…), y la presencia de ánimo, el temblor, la gracia verbal, el tuétano, en fin.

Si esta primera cara del prisma asombra, las sucesivas, Oveja negra (1969) Donde da la luz (1978)… hasta la más reciente A palo seco (2007) siguen sorprendiendo por las renovaciones tonales y temáticas, como la ironía dentro de las poemas sociales, el sarcasmo en los filosóficos, la mirada analítica y penetrante en los contemplativos, el desgarro. Fíjense en este fragmento de sus últimos poemas, un autorretrato de su dualidad en los oleajes de la vida:

Yo y el que nunca quiere caso hacerme
o ése al que nunca le hago caso yo,
mi doble que me incita cuando yo me detengo,
el que se para en seco cuando yo me adelanto,
quien mira los crepúsculos con heredad de dioses
y exhibe los cubiertos del pobre, no la espada
del soldado, las huellas, no las botas,
el que airea el mantel, no una bandera,
y el otro, el que es más frío, el que suma los números,
el que cuenta el dinero, ordena los papeles voraces del fulgor,
cree en el enemigo y lo alimenta,
con todo el cielo encima, con el abismo abajo,
la ambición y el pudor, la vida veleidosa y la más recogida,
yo y mi espejo de sombras tutelares,
él y mi espejo trasparente de tinieblas…

Termina su recorrido despidiéndose con un poema cenotafio, panteísta, de contenido lirismo: “Adios en Arcos”:

Si no lo expliqué bien, vuelvo a decirlo
Cuando me muera quiero que me quemen
y arrojen mis cenizas por la Peña de Arcos.
De esta manera iré a parar al río
donde bañé mi infancia y juventud
purificándolas de mis muchos errores.
Algún vencejo o algún alcaraván
me acogerá en sus alas. Incluso algún jilguero
o un dulce chamariz al picar en las frutas
del Llano de las Huertas
añadirá a su canto algún secreto mío,
su inédita sustancia. Y será el canto suave
al que apenas la vida me dio opción.
Nada de preces, nada de misereres.
Quiero que se haga todo con discreta ternura.
Y si alguien no quiere reprimir un sollozo
que piense cómo todo, hasta la primavera,
contiene su naufragio, y que tendré la suerte
del aire que se integra en la belleza de Arcos
con naturalidad, anónimo. Y eterno.

Aviso para lectores que se inician y para los olvidadizos. Esta obra es imprescindible, su autor es uno de los instrumentos solistas más importantes de la poesía sinfónica.

Noticia sobre Hotel para erizos, de Guadalupe Grande, en la revista Nayagua

Revista Nayagua n.º 14, diciembre de 2010

Sorpresa admirada ante las permanentes metamorfosis del tiempo y sus espacios, sus pobladores y orillas; búsqueda vana de órdenes en los que contener la realidad completa (bien sea en forma de alfabetos, la ordenación de las notas musicales o los cuatro puntos cardinales); canto sostenido a la dignidad del hombre... Estos son algunos de los andamios sobre los que se funda este hotel, amplio como la existencia toda y plural como sus gentes. No podía encararse dicha multiplicidad sin el sobrio y contundente empleo de una imaginación poética fundadora de nuevas circunstancias, de parámetros históricos varios, entre los cuales, claro está, figura la historia poética de la autora. A lo largo de sus versos, el lector se sumergirá en la atmósfera de una poesía vidente y reconciliadora, de enorme penetración lírica y calidad e inteligencia singulares.

Presentación en Sevilla del libro Insurgencias (Poesía 1965-2008), de Antonio Hernández

El CENTRO ANDALUZ DE LAS LETRAS y la EDITORIAL CALAMBUR

tienen el gusto de invitarle a la presentación del libro
Insurgencias (1965-2008)

de Antonio Hernández

Intervendrán, además del autor:
Alfonso Guerra, diputado por Sevilla en el Congreso de los Diputados
Julio Neira, coordinador del Centro Andaluz de las Letras
Emilio Torné, editor


Jueves, 13 de enero de 2010, a las 20,00 h.

BIBLIOTECA INFANTA ELENA

Avda. María Luisa, 8

SEVILLA

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Antonio Hernández
Insurgencias (Poesía 1965-2007)
Colección Calambur Poesía, 109.
ISBN: 978-84-8359-187-1. 2010.
914 págs. 2 vols. con estuche
PVP: 50 €

La trayectoria intelectual de Antonio Hernández (Arcos de la Frontera, 1943) es dilatada y profundamente versátil. Periodista profuso (ha publicado más de dos mil artículos de opinión en la prensa de ámbito nacional); comprometido crítico literario en volúmenes como La poética del 50, una promoción desheredada o Picasso y Apollinaire, los mercaderes de aleluya; y narrador de intensa raigambre andaluza y de alta temperatura meditativa en novelas como Nana para dormir francesas, Sangrefría, Raigosa ha muerto, ¡viva el rey!; son, sin embargo, la mirada poética, el pulso y el ritmo de la metáfora extensa y el respeto casi sagrado por las palabras, los que vertebran la totalidad de su obra.

Desde la publicación de su primer libro de poemas, El mar es una tarde con campanas (1965), hasta A palo seco (2007), son ya quince las obras que Antonio Hernández ha publicado y que se recogen en los dos volúmenes de Insur gencias. Por vez primera, el lector podrá abordar la integridad de la obra poética de Hernández, seguir el hilo del desarrollo y la metamorfosis del conjunto de su poesía, al mismo tiempo siempre fiel a su intransferible personalidad poética. La crítica suele situar la poesía de Hernández como parte del grupo del 60, una generación heterogénea considerada como bisagra entre los poetas del 50 y los novísimos, y a la que los teóricos no han conseguido otorgar un espacio suficientemente definido. Sin embargo, más allá de las categorías críticas de corte historiográfico, la voz de Antonio Hernán dez ha encontrado su propio y definido espacio en la diversidad del panorama poético contemporáneo. El espacio de una voz tanto indagativa como lírica, asentada en un profundo conocimiento de las formas y los ritmos, arriesgada tanto en su pulsión existencial como ética y en su valoración constante de la vibración moral y estética del lenguaje.

La obra de Antonio Hernández ha sido reconocida con un importante número de prestigiosos premios: Premio Nacional de la Crítica de Poesía, Premio Andalucía de Novela, Gran Premio del Centenario del Círculo de Bellas Artes, Premios Rafael Alberti, Gil de Biedma, Miguel Hernán dez o Tiflos de poesía entre otros. De la misma manera, su temperamento de intelectual comprometido con la cultura de su época le ha llevado a ser jurado permanente de diversos premios tanto de poesía como de narrativa, así como Presidente de Honor de la Asociación Andaluza de Críticos y Escritores y miembro de las directivas de cedro y de la ace. La totalidad de su trayectoria ha sido reconocida con el Premio de la Asociación «Críticos del Sur» (reunidos anualmente en Almería) y el Premio Ciudadano que otorga la Asociación de Entidades de Radio y Televisión Digital.


En los versos de Antonio Hernández la convivencia de oposiciones domina la contemplación de la belleza, el anclaje en el amor, la pureza de la infancia, la hermandad en lo telúrico, el deseo de justicia, la exuberancia de los sentidos, la perplejidad existencial… Ninguno de sus poemas deja indiferente, al con trario, cala siempre en lo profundo, genera el fuego de la reflexión y abre el horizonte de la transformación. Poeta de sustancia y de desbordantes matices, andaluz y universal, Antonio Her nández tiene duende para transfigurar el poema en el espíritu de lo que canta, en comunidad y compenetración con el entorno. Su elegante verso, cordial y firme, fluye entre la fábula, el asombro y la pasión, configurando un fiel artístico de excepcional calidad que le individualiza como una de las voces más personales y renovadoras de la poesía española contemporánea.
F. J. Peñas-Bermejo, del prólogo a Insurgencias

Cuando Antonio Hernández publicó Lente de agua, leí el libro y me asombró el salto cualitativo y cuantitativo que había pegado el segadorcillo de Arcos. ¡Joder qué poeta! Con el Premio de la Crítica alcanza la madurez y la consagración de los mejores de aquella generación que quizá fue la penúltima del Café Gijón.
Francisco Umbral, El Mundo

Antonio Hernández no consiguió su sueño de jugar en el Betis, pero ahora mismo es titular indiscutible de la selección nacional de la poesía.
Claudio Rodríguez, en la presentación de Habitación en Arcos en el ICI

Es un estremecimiento que no acaba: los versos son bellísimos. Por eso hablo de poemas, y de poesía también. Pero pasa por ellos, por todos ellos, un viento lastimado que adolora el corazón del lector. No son versos para cobardes ni para desertores, sino para hombres que tienen el pulso cierto y la emoción encerrada.
Manuel Alvar, Blanco y Negro

El mejor poeta gaditano vivo.
Manuel Mantero, Diario de Sevilla

Poeta mayor, poeta total.
José García Nieto, ABC literario

Con el desgarro de un Baudelaire, un Rimbaud, un Larra…
F. Martínez Ruiz, Poesía española. Segunda gene ración de posguerra

Ha sentido, por decirlo con palabras de Vicente Aleixandre, la embestida brutal de las aves celestes, y por eso su poesía es fascinante y contagiosa.
Enrique Molina Campos, Nueva estafeta

Antonio Hernández certifica la renovación de la poesía española por diferente línea que los novísimos.
Santos Sanz Villanueva, Historia de la literatura española: Literatura actual

El último poeta sagrado.
Antonio Enrique, República de las Letras

lunes, 10 de enero de 2011

Novedad Calambur Narrativa: Viejo corazón, de Guillem Frontera

Guillem Frontera
Viejo corazón
Calambur Narrativa, 51
ISBN: 9788483590317
216 págs. PVP: 18 €

El protagonista de Viejo corazón confía que, entrado en la madurez, el futuro se presentará sin turbulencias, que el calendario de su vida se desgranará con suavidad y pulcritud. El retorno a Mallorca de la mujer de la cual había estado enamorado durante su juventud perturbará la placidez del panorama, que aún se enturbiará más con la aparición de la hija de la mujer que había amado. La recuperación del pasado y el acceso al privilegio de vivir el espejismo de una segunda juventud derribarán toda la cautelosa estrategia del protagonista, consistente en mantenerse lejos de la pasión y de la aventura.

Guillem Frontera (Ariany, Mallorca, 1945) es autor de diversas novelas, entre las que destacan Els carnissers, Cada dia que calles, Rera els turons del record, Tirannosaurus, La ruta dels cangurs o Una dolça tardor. También es autor de libros de relatos, como La mort i la pluja. También ha publicado poesía y diversas guías de viajes. Ha trabajado en el mundo del periodismo en la prensa escrita, la radio y la televisión, en el campo de la gestión cultural y, además, ha realizado breves incursiones en el teatro. Es también autor de numerosos guiones originales y de adaptaciones para la radio y la televisión.

martes, 4 de enero de 2011

Novedad Biblioteca Litterae: Especímenes tipográficos españoles

Albert Corbeto
Especímenes tipográficos españoles
Catalogación y estudio de las muestras de letras impresas hasta el año 1833
Biblioteca Litterae, 23. 2010
ISBN: 9788483591604
192 págs. PVP: 20 €

Las muestras de letras de imprenta han sido siempre un material de circulación limitada y restringido básicamente a un ámbito profesional. Se trata de aquellos impresos, libros u hojas sueltas, que contienen ejemplos de los caracteres que un grabador o fundidor, o un impresor, anuncian en vistas a una transacción comercial determinada. A finales del siglo xix, los precursores en el estudio de la historia de los caracteres de imprenta consideraron la utilidad que las muestras de letras podían tener en el conocimiento del material tipográfico y de la imprenta en general y, al mismo tiempo, iniciaron la tendencia coleccionista que permitió preservar muchos de los ejemplares que se conservan en la actualidad. La relevancia concedida a estos impresos supuso una influencia decisiva en los métodos de las nuevas generaciones de investigadores y estimuló la aparición de numerosas aportaciones posteriores que facilitaron la localización y reproducción de muchas de las muestras y, gracias a ello, un más profundo conocimiento del origen y circulación de los diversos diseños de letras.

Este impulso no se vio reflejado en los estudios históricos del libro español y hasta ahora no se había realizado ningún esfuerzo por estudiar y catalogar de forma sistemática los especímenes tipográficos impresos en España. El trabajo que aquí se presenta subsana esta carencia y ofrece un panorama de la producción y comercio de tipos en el período de la imprenta manual, a la vez que proporciona una útil herramienta de trabajo para que futuras investigaciones puedan continuar con la reconstrucción de la todavía desconocida historia de la tipografía española.

Albert Corbeto es historiador del arte y realiza su actividad profesional en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Actualmente prepara su tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona sobre la historia de la imprenta en España. Ha publicado diversos trabajos sobre el comercio de tipos de imprenta y la trayectoria de los abridores de punzones españoles activos durante la segunda mitad del siglo XVIII, así como también sobre el papel de las mujeres en el ámbito de la imprenta.

lunes, 3 de enero de 2011

Reseña de Vísteme de largo, de Cecilia Quílez

Blog El Rascacielos

Por Nuria Ruiz de Viñaspre

murió decapitada en el cuarto día por rociar su esófago con un mal ácido. después del cuarto día la resucitaron. después de resucitarla, a la fuerza la vistieron. después de vestirla la exhibieron. después de exhibirla, en un mercado la vendieron. después de venderla la descalzaron. después la desnudaron. después la agasajaron. después de agasajarla la mancillaron. después de mancillarla la mataron. después la amortajaron. después de amortajarla la exhumaron. y tras otro cuarto día volvió en venganza la de atrás. la re-nacida emancipada con su nuevo vestido de largo. después tomó las riendas de su no-vida y en su enagua se camufló. después de camuflarse salió de allí. salió de sí. y después de todo esto, después..... después... después... ¿por qué después? porque después de aquel cuarto día, el atuendo del pasado expulsó a la mujer que fuera antaño. la que fuera recatada. la pudorosa del re-nacimiento. la que hubiera seguido siendo en las ascuas del hoy ardido. la del calcinado traje pretérito. pero que traía en desafío a la otra: la visionaria del mañana incandescente. la de la llama que ahora con su llamador nos llama y nos aclama. la inflamadora de retinas. la indecorosa. la impura de este siglo, si quieren-, la otra. la de atrás. otra vuelta de tuerca más.... el nacimiento de otra venus-libelular.­ una mujer dentro de un traje. un traje que nos sobrevivirá a todos.

para mí, este volcánico vísteme de largo ha sido un meteoro en llamas. un libro que habla de los frágiles —aquellos esclavos del deseo— pero con la fuerza, la certeza y la metralla que tiene un meteoro. lleno de dirección, este incendiario libro es el grito silencioso. la ferocidad de un deseo in-apagado, un deseo in-acabado. un imperativo. una exclamación. una exhalación. una exhumación si quieren, que pone punto final a tanta vuelta de tuerca....

las manchas de tinta que sobre las páginas mancillan las alas transparentes de estos lucernarios seres me han arrojado más claridad —si cabe— al lenguaje críptico y cecílico en el que la poeta nos insiste. y traslúcidas todas, tinta, fauna, poeta y puño, hacen de este viaje un retorno a la infancia. una regresión forzada en busca de otras respuestas educaciones. otra balanza. los kilos de lo vivido contra los kilos no vividos pero que aún estén por vivir. los kilos de lo vivido contra los kilos añorados. los cuentos de la niñez reconducidos. el deseo de ser vestida de largo y que no fuera un cuento chino. un volver a aquella engañosa infancia, en la que ¿por qué no? puede que el lobo fuera aquel ser ingenuo que caía irremediablemente en las fauces de una feroz y carnicera caperucita. donde el príncipe fue bello durmiente y la princesa diminuto y afeado sapo cuyo alargado y peinado beso era valle que salvaba. donde el coraje del príncipe desbocado era un caballo femenino bienhablado y la debilidad de la lánguida princesa la yegua masculina malhablada.

el viaje te obliga —que no propone— a parar tu mente. paradas de posta. paradas que te incitan a meterte dentro de un traje. a encorsetar ideas preconcebidas en él para desencorsetarte al fin. liberar cinturas en ese acto. y en ese último vuelo te presentan a la otra. la de atrás. y en ella ves el dolor profundo de la ausencia, el placer de recordarlo, el sexo añorado, la vida múltiple. la vida invertida, los em-bolsamientos, los giros —pero no lingüísticos, sino más físicos— giros donde los príncipes eran débiles células y las princesas grandes heroínas de guerra. una inyección de latido y sangre en nuestras propias alas, que no son más que nuestras plegadas venas. nuestras forzadas y plegadas alas en-venenadas en la suciedad de esta sociedad.

estas acróbatas libélulas en celo, que a veces incluso aplasta contra la página la mano ejecutora más cecílica [véase poema autobiográfico pág. 60] y cuyo mapa es similar a ese ejército de insectos que estampa su sangre contra un coche blanco en un largo viaje, nos permiten licencias físicas —que no poéticas—, para hacer-deshacer-rehacer nuestro camino. cruzarnos con la otra.... con el re-surgimiento. con la decisión de estamparnos contra ese coche incólume donde viaja la voracidad y el deseo de aquélla otra. la de atrás. nuestra futura sangre derramada sobre lo más puro. nuestras impurezas inscritas contra ese metal... ¡qué alquimia! si lo pienso.... nuestra sangre más impura contra lo impoluto de lo puro, pero contra una pureza impuesta.... y ahora me pregunto, ¿qué es lo puro y qué lo impuro? ¿qué el pundonor y qué lo impúdico? ¿que brazo ejecutor dicta las normas y hunde el hacha para decapitar lo extra-limitado? ¿quién marca lo que nos honra y lo que nos deshonra?

el cuarto día para mí fue una especie de otra vuelta de tuerca y este vísteme de largo, prolongación ineludible de aquella vuelta de tuerca.... la re-tuerca. la re-vuelta. la re-evolución. la muerte aquí se inminencia en esta estancia nueva de vestidos largos deseados desde una infancia que a veces es ficticia... pero una muerte que regenera un vestido. que nos desviste para volver a vestirnos. como si ese "fuimos engañados por confiadas bocas" tomara la fuerza salvaje del trailer de un camión que llegaba desde el pasado.

la antesala de este libro, perfectamente ajustada por mano de ana martín puigpelat (apuntes para un génesis, Amargord, 2009) ciñe los paisajes arrojando luminosidad sobre estos cuerpos igual de luminarios—los amantes— porque el fuego engendra vida al fin y al cabo. y con ese ceñirse nos propone -que no obliga- a no salirnos del camino por el que la autora nos conduce.

ésta es mi mirada. la anatomía de un libro que atiza. un libro-precepto. un mandato. un inflamado manda-miento. un contestatario. una orden des-ordenada. un pulso con la de atrás. y todo esto, insisto, a pesar de sus poliédricas lecturas. como poliédricos son los ojos de esas mismas libélulas que estamparon su sangre contra un coche blanco. libro depredador al fin que se inflama en versos que a veces dan salud pero que también matan.

después de todo, la mejor manera de viajar es sentir
Álvaro de Campos, F. Pessoa

bienvenida de nuevo a la vida, señora. feroz vuelo y feliz viaje ahora, y como solapó ana en los inicios: colorín colorado.... este cuento... se ha....?

Novedad Poesía: Vísteme de largo, de Cecilia Quílez

Cecilia Quílez
Vísteme de largo
Calambur Poesía, 118
ISBN: 9788483592120
92 págs. 2010
PVP: 10 €

Si alguien resucita a mitad de camino necesita el cuarto día para comenzar de nuevo a vivir. Y empieza de nuevo el cuento: recorre los pasillos de la infancia para alcanzar la gracia de poder vestirse de largo, convertirse en la que una sueña de sí misma; recorre los pasillos del amor y del deseo por desordenar la pasión que una espera para sí. Pero… ay… el dolor, el absurdo inevitable, las perdices rotas o el colorín colorado en la sangre de la herida. La poesía como razón de madrugada.

Vísteme de largo es la apuesta por romper los tópicos, morder el hueso, hilvanar las lágrimas, seducir y crecer, amar y crecer, fracasar y crecer… la vida que transcurre. Si miras a través de las páginas, encontrarás un paisaje en femenino, una visión en la que reconocerte para asumir el propio paso, el torpe tropiezo, la ambición por beberse el ahora y apurar las ganas. Poesía al límite de un latido, justo antes de quedarse sin aliento.

Cecilia Quílez (Algeciras, Cádiz) es una poeta a la que avalan los sueños —que toman forma en tres libros, La posada del dragón (2002), Un mal ácido (2006, mención especial del premio «Francisco de Quevedo») y El cuarto día (2008)—, mil noches de insomnio y un gesto de rabia. Su universo poético crece como las ondas que provoca en el agua el choque de una piedra, como un marco barroco decorado con ángeles y vísceras en cuyo centro está el espejo que refleja el tránsito de una mueca.
Ana Martín Puigpelat

Reseña de Tormenta transparente, de Javier Lostalé, en el diario Información

Diario Información

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Entrevista con Antonio Hernández en la revista Cuadernos del Matemático

Cuadernos del Matemático n.º 45, diciembre de 2010

Suplemento Lavarquela

La entrevista original viene acompañada de fotografías y poemas manuscritos

ENTREVISTA A ANTONIO HERNÁNDEZ

Un poeta del sesenta al borde de los setenta

El llamado grupo del sesenta, esa promoción náufraga entre el éxito de los poetas del cincuenta y el impulso comercial dado a los Novísimos, ha sido calificado hasta ahora como hornada-puente no tan conocida como los dos movimientos que lo emparedan. Ganadores sus componentes de un conjunto de premios apabullante, su talón de Aquiles estaba en la falta de atención por parte de las editoriales más notorias. Sin embargo, desde hace algún tiempo y merced a los estudios que atribuyen a sus poetas más conspicuos un adelanto en formas, temas y enfoques sobre los novísimos, comienzan a ser gente en el canon, eso consagrador de lo que apenas conocemos su porqué aunque a muchos impresione y lo establezcan comotransitorio dogma selectivo.

En estos últimos dos años la mayoría de sus componentes han publicado sus obras completas en editoriales comerciales de creciente prestigio (Calambur) y el resto anuncia escogida en otras no menos prestigiosas, amén de que dos de ellos —Félix Grande y Diego Jesús Jiménez— ya editaran colecciones y libros de poemas significativos en Cátedra.

Entre los primeros se encuentran Antonio Hernández, autor sumamente versátil que acaba de dar a la opinión Insurgencias (Poesía 1965-2007), con quien esta revista ha querido hablar no solamente sobre lo que es más conocido, su obra lírica, sino también sobre su narrativa y su trayectoria humana, pilar fundamental de cuanto en ellas se refleja.

Aparte de sus cuarenta libros publicados y los veinte idiomas a los que ha sido traducido, sus credenciales epidérmicas son el Gran Premio de Bellas Artes, el Nacional de la crítica (en poesía) y el Premio Andalucía, el Valencia del mismo género y el accésit del Fernando Lara que, ironías de la vida, perdió con Zoé Valdés.

P. Naciste en Arcos, un pueblo andaluz ¿cómo fueron tu infancia y tu entorno familiar?

R. La verdad es que mi infancia no es muy común… Está tan liada de aventuras y obligaciones que me cuesta trabajo colocar las cosas en su sitio. Cambio de casa —o vivo en casas distintas al mismo tiempo— con bastante frecuencia: en la planta alta de una tienda de ultramarinos que tienen mis padres, en las de mis abuelos, porque no hay una sino dos, e incluso tres si contamos la casa de la viña; voy al colegio a una edad temprana pero dejo de ir durante dos o tres años… De buenas a primeras, soy el hijo de Marcelino, el taxista, que volvió a sus orígenes profesionales tras vender la tienda dicha y, de pronto, el nieto de Ramírez, un industrial demasiado tentacular que lleva a cuestas varios cines —en Arcos, en Jédula, en Algar, en La Barca de la Florida, en Espera…—, que tiene un teatro por el que desfilan todas las figuras de la comedia, el cante y la copla, que regenta tres bares, una fonda con veinte habitaciones, una plaza de toros portátil, un campo de fútbol —su negocio más ruinoso—, una viña con bodega, tres tandas de garajes en lugares céntricos del pueblo… Y que, de repente, de la noche a la mañana, se muere con cincuenta años y deja a sus hijos y a su viuda con demasiadas responsabilidades. Un desastre. Y yo, que cuando quería algo no tenía nada más que pedirlo, que no sabía lo que era el dinero porque nada me costaba dinero en cuanto a que entraba de balde en los cines y demás, me encuentro con la obligación de arrimar el hombro a las mil cosas dispersas en las que teníamos que emplearnos todos los de la familia para que aquel tinglado no se arruinara, como así fue.

Bueno, mi padre enfermó del corazón, un tío mío, al que le dieron un poder para administrar aquella armada invencible con tendencia a irse a pique al primer soplo de viento en contra, no fue de lo más eficaz que digamos, y lo mismo tuve que vender entradas de cine, que cuidar unos billares o servir los platos a los huéspedes de la fonda… Hasta que alguien se dio cuenta de que el niño no sabía leer apenas, que no iba al colegio y que sabía demasiado de la vida para su edad o demasiado poco para lo que se le estaba echando encima.

Me saqué el bachillerato de dos en dos cursos y trabajando en veinte cosas: sustituí a un maestro nacional que también era abogado, cobraba para un banco, cuidaba de los billares… En cuarto me suspendieron en latín porque no tenía profesor, en gimnasia y en religión por lo que tuve que ir a un campamento del Frente de Juventudes, el Puente Zuazo de Chipiona. Allí me esforcé y quedé el primero porque tal clasificación servía para hacer nota media en la reválida. Me dieron, como premio, un bolígrafo, un libro que se llamaba algo así como El valor divino de lo humano pero no el diez que, en buena lógica de número uno, me correspondía. El diez fue a parar a Pepe Álvarez, sobrino del cura y padre después de una actriz conocida con ese apellido.

Fue mi primera decepción porque entendí que la justicia no estaba de mi parte y que ya, para siempre, tenía que asumir lo que jamás he olvidado: que yo era el hijo de Marcelino, el taxista, y el nieto de Ramírez. Para colmo de males, aquel barco de la familia, que navegaba a duras penas, se hundió un mal día. Vamos, que aquella mole de la casa que cobijaba varios negocios se vino abajo una madrugada y dejó a la familia poco menos que en cueros.

Lo peor del caso es que allí murió mi hermano Marcelino —también un tío mío y el jefe de los municipales— y, menos mal que mi padre había muerto unos años antes de un infarto, conduciendo, porque si no, se muere allí de pena o bajo los escombros. Y a buscarse la vida, claro, pero sin dejar de estudiar, de leer…

P. ¿Qué despierta tu vocación literaria?

R. Me aficioné a la lectura por los libros que la gente se dejaba en la fonda cuando se iban sin pagar y porque cuando estaba de maestrillo en el Colegio Nacional del Pósito tenía a mano, en el mismo edificio, la biblioteca del pueblo. Pobres muchachos los alumnos. El titular se iba a pleitear y el suplente, yo, a luchar con Don Quijote o Fausto, con Shakespeare o Chesterton. Allí leí mucho de lo que había, y no había poco. Sólo comparable a lo que luego en la Marina, en cuyo pelotón de castigo anduve algunos meses hasta que Luis Berenguer, el novelista, me llevó a su casa., me duché con agua caliente y jabón Lagarto y me tuvocomo a un hijo. Su El mundo de Juan Lobón, en su dedicatoria autógrafa dice: “A Antonio Hernández, mi hijo bisiesto”.

Yo ya había publicado El mar es una tarde con campanas y, como Luis, que era un anarquista reaccionario, o si se prefiere, un rojo de derechas —aparte de capitán de corbeta de la Armada e Ingeniero de Armas Navales que estaba tan cerca de la revolución como del Opus Dei— lo había leído y andaba el hombre entusiasmado. Fue a buscarme a aquella mierda de penal que era el cuartelillo de la Carraca y, cuando por fin dio conmigo, para lo que tuve que poner en zafarrancho de combate la plaza, me gritó muy severo: “El mar es una tarde con campanas, er”. Y entonces supe que todo había cambiado.

Él, Berenguer, que luego apadrinó a mi hija Violeta, me orientó hacia lo mejor de la literatura mundial y cuando entré en Madrid, ya discutía yo, el enfant terrible, con Ignacio Aldecoa o García Pavón sobre los novelistas escandinavos, lo rusos o los yankis de la generación perdida.

También escuchaba en la tertulia del Gijón a Gerardo, que hablaba poco, a Aldecoa, a Garciasol, a Eladio Cabañero… Iba a la tertulia de mi amigo Rafael Montesinos, al Ateneo, etc. Y como, en contra del criterio de Umbral en un articulito suyo que por poco me cuesta la cárcel, no vivía de las profesoras de la Academia Brian de idiomas sino de descargar sacos en la Cruz Blanca, de hacer de extra distinguido en televisión española y en el cine o de colaborar con entrevistas y artículos en el YA, La Estafeta, Cuadernos Hispanoamericanos, CAR, Familia Española, Informaciones e Índice, otra vez me cayó la negra por un articulito en el que quería defender las libertades, esas que ahora disfrutan los que me condenaron, en el juzgado y en los corrillos, en Madrid y en mi pueblo.

P. Y como a Baudelaire, como a Wilde… te abrieron proceso…

R. Sí, la cosa fue desagradable e incómoda. Me absolvieron con todos los pronunciamientos favorables en la Audiencia Provincial porque me defendió don Francisco Pons Cano, un abogado genial y altruista que, entre otras excentricidades, pagó los primeros números de la revista Garcilaso. Pero, como no se podía sentar un caso de jurisprudencia en pleno y combativo franquismo, me endosaron un abogado de oficio, al que jamás vi la jeta, y me condenaron a pagar una multa de veinticinco mil pelas de la época y a cinco años de inhabilitación profesional. Cinco añitos de libertad condicional con presencia obligada en el Juzgado n.º 1de Madrid todos los días uno y quince del año. Y por supuesto que dije que nones. Dieron una orden de caza y captura que salió en todos los periódicos. Por un momento pensé que la cárcel, para mi formación, no me vendría mal. Joder… Comida, techo, experiencia humana a tope y tiempo para leer. Pero mi ángel de la guarda, y mi mejor amigo entre escritores, se llama Javier Reverte, quien, sin conocerme personalmente, fue un día a buscarme al Gijón y me ofreció un trabajo de redactor en un gabinete de prensa que él dirigía. Mi último libro de poemas, A palo seco, está dedicado a él. Y su última novela, Barrio Cero, a mí.

P. ¿Con qué presupuestos intelectuales te pusiste en marcha?

R. ¿Estudios reglados? Sí, sí. Ciencias de la Educación, un poquito, y como siempre he sido culito inquieto, diplomas de Antropología y de Sociología Diferencial, en Madrid, ya casado, pero me considero autodidacta íntegro aunque mis maestros informales hayan sido Gerardo Diego, Luis Rosales, José Hierro, Rafael Morales —a cuyas clases de literatura asistí en la Universidad Complutense, más que nada para acompañar a Mary Luz—, Montesinos, Eladio, Claudio, Mantero o Fernando Quiñones. Ellos sí que sabían, y más que ninguno Luis Rosales. En cierta ocasión, en Santander, donde tuve un mano a mano inolvidable con el gran José María Valverde, me dijo que Luis le había hablado de mí con gran encomio y que él, José María, en tres tardes de cháchara con el granadino había aprendido más que en toda su vida de estudiante universitario. ¡Qué curioso, joder! Mis grandes maestros protectores se han llamado Luis, Berenguer y Rosales, un grandísimo novelista y un poeta excepcional, dos personas maravillosas que siempre halaron para enderezar el arbolito torcido. Porque, claro, yo era un golfo hasta que me casé, y además comunista, cosa que los Luises, sobre todo Berenguer, entendían como un pasaporte directo al infierno. Comunista y ateo, pecados fabulosos de juventud, pecados mortales, que se han moderado tanto que ya soy de derechas, o sea, socialdemócrata, y empiezo a creer que a lo mejor tengo la oportunidad de otra vida. ¿Para qué? Para hacer lo mismo que en ésta, aunque no voy a caer en el tópico de decir que no me arrepiento de nada.

P. Dicen las lenguas que fuiste un notorio bohemio. ¿De qué vivías?

R. La mayor parte de mi vida, a pesar de mi anarquía galopante, de mi vida profesional. Quiero decir que la he pasado como colaborador de todos los periódicos de Madrid y como funcionario del Ministerio de Cultura. Hice las oposiciones en el 71 ó 72, y pedí una excedencia en 1990. Luego he vivido de los artículos, de las lecturas, de las conferencias, de los jurados de premios y de mis libros. Como dice muy bien el gran Manolo Alcántara, escritor es el que vive de la literatura y además vive bien. Pues eso. Yo vivo de lo que escribo y de mi mujer, que también vive de mí. Gracias a eso, el saltabardales que yo era tiene dos casas, dos hijos, dos carreras y sólo me faltan dos nietos, a los que tampoco echo de menos porque los suplo con los trillizos de un sobrino mío que vive aquí, en Madrid. Hasta mis poesías completas, lo que es un decir, que he titulado Insurgencias y han salido este año en Calambur, tienen dos tomos. Lo de la bohemia está en el olvido o en mis libros, lo que viene a ser más o menos lo mismo.

P. ¿Te sientes como quería Rubén un poeta sentimental, sensible y sensitivo? Y de mucha actividad, según se ve…

R. Sí, por supuesto. En Insurgencias está mi vida aunque también formen parte de ella nueve novelas, tres libros de relatos y unos cuantos de ensayo. Hay también varias centenas de artículos que no sé si se recogerán alguna vez en libro y conferencias muchas, demasiadas, porque si mi actividad es plenamente literaria hay que tener en cuenta que el setenta por ciento de ella se va en actos públicos y eso exige ciertas prisas. Tendría que corregirlas a fondo, pulirlas, darles un orden, y eso lleva tiempo, como los retratos de mis series en publicaciones, en La Estafeta, en República de las Letras, en el dominical de El Independiente… Pero el núcleo fuerte está en la poesía, en Insurgencias, desde El mar es una tarde con campanas hasta A palo seco…

P. ¿No te da miedo unas Completas, a ti tan andaluz…? Y tan autocrítico.

R. Pues, sí, es verdad lo que dices. Yo soy aún joven para unas completas que no lo son en realidad. Se lo dije al editor, que yo quería una antología porque buena parte de mis primeros libros no me gustaban. Pero donde hay patrón no manda marinero y Emilio Torné es un patrón que sabe mucho de las procelas de la poesía. Se le metió en la cabeza que todo o nada y, claro, acepté. Pero, lo que son las cosas, sus argumentos eran sólidos. Un poeta pierde la perspectiva del momento creador, que solapa el momento crítico, y la obra total, si es auténtica, es como un organismo vivo y como un organismo crece con sarampión, con rubeola y con paperas. Y ahora, un libro que yo no quería ni ver, Oveja negra, es el que más me emociona. Este libro tuvo que salir muy deprisa y en circunstancias poco favorables: tuve que quitar poemas esenciales que podían agravar aún más mi estado de prófugo de la justicia y, por contra, meter otros con los que no contaba para una publicación, poemas de ocasión… Ahora todo es más ordenado y como yo lo quería. El primer libro, el de la tarde con campanas, está fresco, es juvenil, auroral, pero auténtico, además, como en su momento dijo Marcos Ricardo Barnatán en Ínsula, rescataba para la poesía española la temática amorosa. Pues, bien, Oveja negra no ronda el malditismo como dijo Umbral, pero inauguraba el canallismo que se amplió en Metaory y que tanto copiaron luego más diestros que yo. Y luego, en Donde da la luz, el poema/eje, "Junto a lo que no muere", en el que desarrollo el tema de la trasmigración de las almas y la metempsícosis que me ha plagiado hasta Sabina. Yo fui marino en Hamburgo, amante de Melibea, amigo de Calixto, capitán de los Tercios, etc. ¿Quién lo había hecho antes en la poesía española? Pues eso, también, me decidió a publicar las completas, y en ellas he visto que no soy un poeta monocorde, sino muy variado. ¿Quién ha abordado en un libro de poemas el asunto de las tres culturas sino yo en Lente de agua?¿Y quién un libro entero dedicado al flamenco tras los antecedentes muy lejanos de Manuel Machado y Lorca? Y creo que sin caer en la mímesis. Y en cuanto a las formas, yo hacía malabarismos con el soneto a los quince años.

P. ¿El soneto da la medida del poeta?

R. No, no, el soneto no da la medida del poeta a no ser que se haga con absoluta originalidad, a no ser que se sea Góngora, Quevedo, Miguel Hernández, Blas de Otero o Carlos Edmundo de Ory. Entonces, sí. Pero el alarde retórico es el principio de la decadencia por no decir la decadencia misma. El corazón, y la cabeza, hace el poema, el artificio hace los versitos. La poesía es lo lejano, lo ausente de buenas a primeras convocado y tan atento que se presenta, la honda palpitación del espíritu, como quería Machado, que está muy por encima del soniquete. Ahora bien: la forma hay que dominarla porque el poema tienen un componente musical en la que ella colabora. Un poema, si es armónico, no va dando tumbos entre versos pares e impares con rimas explosivas internas. El verso libre, y no digamos el blanco, tiene sus reglas y malo para quien las desconozca y además no tenga oído. Ése, a los albañiles, aunque aquí, en la poesía española, tenemos albañiles con el premio nacional de poesía en el palustre.

P. ¿Para cuándo el Nacional de Literatura?

R. ¿Qué por qué no lo he ganado todavía? Algunas razones de peso son el que durante el franquismo había que presentarse y tragar con el remoquete de Premio Nacional José Antonio Primo de Rivera y el hecho de que, después, en la democracia, ése y los otros premios nacionales los llevaba yo, me correspondían su organización interna como Jefe de Sección en el Centro de las Letras Españolas. Imagínate: el que conoce a los jurados de antemano y todos los pormenores en cuestión va y gana el Premio Nacional. Pues, mucha jeta, y yo tendré momentos de indecente, como todo quisque, pero me repatea parecerlo. Gané el Nacional de la Crítica a pesar del García Posada, que no pudo impedir esa vez el que lo ganara jugando en campo contrario. Pero volviendo al Nacional yo no me siento inferior a nadie vivo que lo tenga, es más, me siento por encima de ese premio que, si lo han ganado muy buenos poetas, tiene una nómina que más vale no estar en ella. Yo he estado de jurado en él por lo menos diez veces, y cuánto buscón, pillo, pícaro, quídam y mindundi han conformado más de una vez los miembros que lo conceden…

P. ¿No resulta un poco contradictorio?

R. No, no, no entro en contradicción. Yo nunca he nombrado a los jurados, los jurados los elegían las instituciones y el director general que podía meter a varios. Pero, en fin, lo que son estos premios lo dice no tanto la nómina de sus ganadores como la de los que, por las circunstancias que fueran, voluntaria o involuntariamente, se quedaron en la estacada: Blas de Otero, Celaya, Ricardo Molina, Gil de Biedma, Carlos Edmundo…Al final, quisieron arreglar un poco la cosa y se lo dieron, por ejemplo y burlando las bases, a Claudio Rodríguez, ya con la democracia. Y esto ¿a qué condujo? A que en los demás premios se hiciera más o menos lo mismo, salvo cuando sus miembros eran autoridades difícilmente burlables: Dámaso Alonso, Rosales, Alberti, Gerardo Diego…

P. ¿Quién mete y saca del canon?

R. El canon lo da el tiempo. Mientras tanto, y de manera precaria, los grupitos de amigos, los editorcitos que ni siquiera leen los libros que publican y que tienen a los premios como tetas de las que chupar, los críticos que quieren mostrar su poder por encima de su sentido de la justicia, los antólogos respaldados por editoriales de renombre, los periodistas que pueden influir en las secciones culturales de los medios de comunicación, por lo general también poetas o amigos de tales. Pero, ahora, ha aparecido el vengador que hace rodar cabezas, Internet. Ya no deciden tres críticos conchabados sino que todo el mundo puede opinar.

P. ¿Se puede ver cierto resentimiento…?

R. Yo no respiro por la herida porque siempre he jugado en primera división. No opto a ningún campeonato pero tampoco desciendo. Hago desde hace muchos años, sesenta o setenta bolos al año lo que ya quisieran muchos, publico en buenas editoriales e incluso me puedo permitir el lujo de no presentarme a los premios, lo que no quiere decir que un día no aparezca por la ventanilla de la lotería a cobrar porque me ha obligado la crisis. En cierta ocasión escribí un libro titulado Los premios literarios, ¿cosa nostra?, que no era un libro contra sino sobre los premios y me cubrí las espaldas, claro, diciendo que, como era pobre, en casos necesarios me presentaría a alguno. Lo hice y gané sin tener que pedir ningún favor. Ahora lo que se me apetece es liarme con uno. Ya tengo el título. Y cuando se tiene el título, ya no hay remedio: Los premios literarios, cosa mía. A mí me han birlado mucho dinero por no callarme, por conflictivo, por lenguaraz. En el Planeta, en el Fernando Lara en los que los jurados terminaron diciéndome “tu libro es el mejor” o “tu libro es el mejor escrito pero estos convocan para ganar dinero, no para que nadie se extasíe con buena literatura”. Y es entonces, claro, cuando ya no tienes más que dos caminos: o dejarlo o volverte como ellos. En uno de mis últimos libros de poemas escribo como una rendición “… que ya tengo un precio”. Pero una cosa no se cobra hasta que no se vende y ya veremos cuál es el precio de marras. Ni el de la amistad me convence.

P. ¿Cómo, siendo más que tu amigo, tu “tío”, un poeta muy relevante, se rompió la amistad?

R. Lo de mi rompimiento con Caballero Bonald fue hace mucho tiempo, en el noventa y cuatro o por ahí, o en el noventa y cinco, y, desde luego, no porque me votara o dejara de votarme en el premio de Melilla. Yo he ganado y he perdido, y siempre con elegancia, así que no me iba a pelear con el tío, como él se subtitulaba, por esa miseria propia de Monipodio. Lo que pasó es que me criticó precisamente en Melilla y un amigo común, José Esteban, me lo contó. Le pedí permiso para aclararlo con Bonald y me dijo que esperara unos días. Y, cuando éstos transcurrieron, me lo dio para que le preguntara los porqués a Caballero Bonald. Cruzamos unas cartas y no me di por satisfecho. El asunto era que tal bigardo de nuestras letras no estaba contento con “la política cultural que yo llevaba a cabo en el sur” ¿Que qué política? La creación de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios y, sobre todo, la creación de los Premios Andalucía de la Crítica. Bonald, hasta entonces, no tenía más título que el Nacional de la Crítica y la creación de un premio del mismo signo en Andalucía podía devaluarlo. Me dijo, en carta que conservo, que me dedicara a lo mío, la literatura, y me dejara de escaparatismo menor…

P. ¿Qué fue de la llamada “experiencia”?

R. Cuando acepté ser presidente de lo que estaban organizando, hartos del monopolio de los llamados de la experiencia, los escritores andaluces de las demás tendencias poéticas y narrativas, les puse como condición que hicieran pública en los periódicos su propuesta argumentando por qué. Se encontraban en un estado de indefensión tal que no había más remedio que quitarles a unos y darles a otros un poquito de la tarta, no ya repartirla proporcionalmente. Y, claro, estallaron. Al principio todos dijeron que qué hacía un chico como yo en una organización como esa. Y fueron a por mí. Yo era el peligro. Además, de la noche a la mañana, me había vuelto de derechas. Ahora las cosas parecen estar un poco más tranquilas, cosa de la que me alegro. Y, si dejé la presidencia de la asociación, no fue por el acoso a que se me sometió sino porque esos cargos no deben ser para toda la vida aunque Posada piense lo contrario. Él sabrá lo que le renta.

P. Usted no pasa por la vida indiferente. ¿Por qué esa fama?

R. En efecto, soy una persona con muchos amigos y no menos enemigos, pero a estos últimos me los paso por el arco del triunfo. Quiero decir que no les hago ni puto caso porque el odio es algo que no tiene sitio en mí. Sí lo tiene la sátira, la ironía, la lúdica idiomática y, como soy una persona que habla claro y alto, a los hipócritas les concedo unos cuantos segundos, los justos para hacer el chiste sobre ellos. De lo que huyo es de la soberbia y de la falsa modestia y, por supuesto, de esos que quieren ser los primeros del parnaso porque fueron los primeros de la clase, porque tuvieron su ración de gloria en el franquismo y piensan que el momio les tiene que durar toda la vida. Y más que nada, por asepsia, porque tengo que estar preparado y entrenado para cuando me empiece a fallar el coco.

Creo que en este país hay muy poco sentido del humor y mucha irascibilidad. La gente cree que se lo merece todo, pero te cuentan la milonga relativa a que si consiguen algo es sin moverse del sillón donde escriben los versos y un torrente de misivas con los elogios más vergonzantes del mundo a diestro y siniestro. Las relaciones públicas las hacen por correspondencia, como se estudiaba antes cuando se era del campo. Y, desde luego, no hay nada como poder repartir dinero. Vamos, a mí me pagan todos los años dos mil o tres mil euros por estar de jurado en un premio y no es que le dé un premio a fulanito, es que le hago un monumento. O a lo mejor, no, porque soy un poquito caprichoso, y como dice Manolo Ríos Ruiz, que es uno de los poetas más grandes de los que he tratado y una de las mejores personas que he conocido, mi mayor defecto es que no me gusta el dinero. Bueno, pues, de paso, ahí va, ése es uno de mis mejores amigos, o, por lo menos, una de las pocas personas de las que me fío a piñón fijo porque es incapaz de traicionarte, de hacerte la cama o de segarte la hierba en los sitios a los que lo has llevado. Otro ser incorrupto es Carlos Álvarez, incorrupto, o sea, al que no han podido corromper, una auténtica referencia moral, y no porque se proclame mi hermano poético, que ya quisiera yo para mí lo suyo, o Manolo Mantero al que no le hace falta andar por ahí de cazador de recompensas para ser el mejor poeta andaluz vivo…

P. ¿No es mucho jaleo todo esto?

R. Bueno, cada uno dirá lo que quiera, pero yo doy la cara. Hace poco le fueron con un cuento a Juan José Téllez y respondió que yo voy siempre de frente, y ahí puede que esté la clave de tantos frentes como desatiendo. No sé, mira, a lo mejor es que yo no sirvo más que para el primer asalto, o gano por K.O. o tiro la toalla porque me aburro. Todo depende, además, para que yo prosiga el pleito de una cosa de que el contrincante sea un estilista. Y lo aclaro: si acepto este encuentro es porque Cuadernos del Matemático tiene un gran prestigio, pero a otras revistas les dije que no. Y, si quieres, te digo los nombres porque las cartitas proponiéndome el monográfico están en mi archivo. La profesora Rosana Scarano me propuso hacer su tesis doctoral sobre mi obra, y mi pereza dejó escapar la ocasión, y, para no engrosar la lista demasiado, Aureliano Cañadas también la quiso hacer sobre mí y me hice el longui porque Cañadas se merece mucho más. ¿Qué quién recogió la antorcha de la Scarano? Don Luis García Montero. Seguro que la chica salió ganando porque estoy convencido de que Precioso, como le llama un poeta granadino, es mucho más disciplinado que yo, amén de más, mucho más, brillante. Así que, de vanidoso nada. Mi vagancia supera con mucho a mi vanidad. La codicia, y en este contexto, no va conmigo. Yo soy peleón, y lenguaraz si se tercia, y como la injusticia me repatea sólo en la medida en que la falsedad me duele, me quejo de que Soto Vergés no sea lectura en los institutos o de que Carlos Edmundo de Ory, el mejor poeta gaditano desde que murió Alberti, no haya obtenido más premio que el Andalucía de la Crítica. Luego tengo entendido que obtuvo el Luis de Góngora, menos mal.

P. Todos amigos, claro… Y andaluces.

R. Yo no cito a esos poetas porque uno, Manolo Ríos, me haya ayudado siempre, porque Carlos se haya hermanado conmigo voluntariamente, partiendo de él, porque Soto me dedicara su último libro o porque Carlos Edmundo lo hiciera con siete cantos magistrales, sino porque son gente pura, sin dobleces, y claro que no sólo ellos porque tampoco voy a hacer la lista paisana interminable. Mira, uno que no es de Cádiz, Javier Reverte, me dedica su última novela. ¿Saben todos lo que supone que uno de los cuatro o cinco autores más difundidos de España haya escogido a un amigo y que ese amigo sea precisamente yo?

Te juro, querido, que eso de los enemigos irrelevantes es cosa de pobres. O sea, que si los tengo, voy a tener que tocarme el bolsillo a ver si suena o no suena.

P. Usted lo toca todo: poesía, novela, relato, artículo…

R. En efecto, aparte de nueve novelas editadas y de los quince libros de poemas, he escrito y dado al público cinco libros de relatos que, cuando son textos mínimos, pueden parangonarse con el poema. No son lo mismo exactamente: el ritmo, la melodía, las pausas y, sobre todo, los silencios elocuentes del poema exigen unas pautas que el relato puede esquivar. Por otro lado, el relato da la impresión de que tiene un hermano demasiado mayor que le impide consolidarse. Me refiero a la novela. Ten en cuenta que el cuento, viejo como la vida misma, no se consolida hasta finales del siglo XIX, y aún anda por ahí sin muchos asideros, sobre todo comerciales. La nómina de autores es esplendente y no vamos a echar mano de una lista tan larga como la guía telefónica de una ciudad media. Lo importante es el resultado como literatura de calidad y lo sorprendente el hecho de que para el editor sea el hermano molesto de la familia. Incluso si se habla de cuento lo es para el escritor mismo por la serie de frases hechas negativas que se han formado sobre él: “eres un cuentista”, “déjate de cuentos”, “menos cuento”, “no me vengas con cuentos”, etc., etc., etcétera. Por eso preferimos la palabra relato, que viene del latín refere, cosa que se repite, digo yo que de generación en generación en generación. Los autores más avezados, a partir del siglo XVII, le dieron forma literaria a algunos de los más célebres. Me refiero a Perrault, a los hermanos Grimm, Andersen y otros, y me refiero a Caperucita, Blancanieves, Pulgarcito, El soldadito de plomo… Pero, relato o cuento, está claro que la sinonimia campa por sus fueros y uno u otro término se confunden o alternan en boca de todos.

P. ¿Me puede decir qué es un cuento?

R. La definición de cuento o relato resulta difícil y sólo cobramos idea cabal de su distinción si se recurre al ingenio comparándolo con los otros dos géneros de más prestigio: la novela y la poesía. Aceptado el truco retórico, se puede decir que la novela es café con leche y azúcar, el cuento café con leche y la poesía café solo puro, sin mezcla alguna. Más brillante me parece la comparativa de Fernando Quiñones: güisqui con agua y hielo, güisqui con hielo y güisqui solo respectivamente.

Yo los he hecho con todas esas fórmulas porque mis novelas son más que cuentos con doscientos o trescientos folios en cuanto a que les doy la solución final en la última línea y el grado de exigencia expresiva es muy alto, de un barroco que se va aligerando con la edad pero en el que las oraciones subordinadas son imperio, como el aparato metafórico y la adjetivación presuntamente insólita.. Hombre, para no marear demasiado echo mano de la imaginación constante, la caracterización psicológica interesante del héroe y demás personajes y de una serie de estampas-imagen que no perturben el desarrollo de la acción. Grosso modo. Así me saco la espina de que el pregonado “género de gigante” que es la novela se modestice un poco o haga recordar que el cuento tiene también su importancia. Machado no anduvo lejos de su definición cuando dijo en verso, claro que “canto y cuento es la poesía. / Se canta una viva historia/ contando su melodía”. La clasificación de este tipo de mensaje es lo de menos. Que sea de situación, de concentración o de combinación es receta de profesores. Lo que importa es saber que el gigantismo que prefiere el lector común actual con las novelas ríos, por no llamarlas desiertos, es prueba de su mal gusto y tenemos que hacerle ver que en el volumen no reposa la calidad, que siempre es preferible el cesto de grano al carro de paja, que el diamante está por encima del camión de carbón o que el tarro de las esencias por encima del garrafón con metílico. Para bulto, los tochos que nos cuelan y para compañía sin trampas las joyas inmarcesibles llamadas Pedro Páramo o Crónica de una muerte anunciada, que son como cuentos largos o novelas cortas que cumplen los requisitos de uno y otro género. La poesía anda por ahí oportunamente metida, goteando, pero la poesía como género es la reina, la princesa a la que no hay que requerir porque es tan bella como caprichosa y sólo acude cuando le da la gana.

P. ¿Diferencia a la hora de cambiar de género?

R. La novela se escribe y la poesía te escribe. La primera se saca del atolladero, si es necesario, con oficio; la poesía no acepta devaneos y sólo se debe asediar cuando llega besucona. Lo demás es perder el tiempo. Si no hay eso tan denostado que se llama inspiración, malo. Inspiración o estado especial, de gracia, si se quiere. Y la verdad es que no hay mucho más que decir…

P. ¿Cuál es su concepción personal de la novela y de la poesía?

R. Vamos por partes. Mi concepción de la novela es bastante tradicional. Grosso modo soy un heredero del realismo y de su polizón, la picaresca. Sobre esa ambivalencia fusionada o esos dos imanes funciona lo que hago: un territorio, pocos personajes bien delineados, un buen fraseo y un final sorpresivo, ya lo he dicho. Por supuesto que todas las aportaciones de la novela lírica —Hermann Hesse, Andrè Gide y Virginia Wolf— con su golpe de tradiciones asumidas: desde lo ya dicho de la picaresca, el bildunsgroman y el relato de corriente mental. La técnica es bien sencilla y no muy allá del realismo como método estético, o mejor del realismo mágico. En cuanto a los personajes, ya es lugar común que recibiendo experiencias y remodelándolas como arte el héroe diseña su propio autorretrato. Pero, ojo, el que yo sea un hijo o un nieto del romanticismo que anticipa Cervantes, quiere decir precisamente que consagra la crisis de fin-de-siglo, la ratificación de que la visión narrada de la realidad no tiene por qué ser obligadamente ni lineal ni lógica, porque en el hombre del siglo XIX —y si lo dicho hasta ahora es de manual, esto ya es una perogrullada— se puede constatar que la inteligencia no es la única vía para el conocimiento y que una dosis adecuada de irracionalismo rescata un instrumento de comprensión, el sentimiento, a la altura, por lo menos, de la razón. El surrealismo ha “emposado” en nosotros de tal manera que ahora mismo no se concibe el arte sin alguna de sus aportaciones.

P. ¿Y el humor?

R. El humor en mi narrativa es un recurso tan constante que cualquier crítico de plantilla puede considerar inoperante su, por repetitiva, reiterada presencia. Me da lo mismo, y quien tanto me ha dado, Goethe, no me regala más de lo que su habitual talento le hace decir cuando dice que puede resultar aburrida incluso una sucesión de días hermosos. Los días hermosos, por supuesto, pero no los divertidos. En un pasaje de Sangrefría —pregunta por tal novela y el vendedor en cuestión te responderá sin dudarlo y estúpidamente profesionalizado que claro, de Truman Capote— el banderillero hambriento le propone al maestro rácano parar a comer algo que lo salve del desfallecimiento tras quinientos kilómetros de carretera: “Muy bien –acepta el diestro-, cerca de aquí hay una venta y nos vamos a comer dos ensaladitas simpáticas”. La contrapropuesta del banderillero tópicamente genial desata la carcajada inmediata de sus compañeros de plata: “Maestro, ¿y por qué en vez de dos ensaladitas simpáticas no nos comemos tres pollitos antipáticos?”.

P. ¿Y la ironía?

R. La ironía es una manera de humor. El que Enrique Heine diga que los sabios emiten ideas nuevas y los necios las extienden, pulsa la tecla de una ironía que Valèry —o Gautier o Dumas o Balzac, pues se copiaban entre ellos— convierte en humor puro, nada rancio: “El primero que escribió tus dientes de perlas era un genio, el segundo, un imbécil”. Hay que buscar la originalidad, por tanto, no como algo que no se nutra de los demás, sino de todo lo contrario digerido. El citado Valèry hacía diana al decir que el león está hecho de cordero asimilado. Más bien, digo yo, de gacela. No creo que la naturaleza como género del cordero se arriesgue por ciertos territorios más que peligrosos. Para original, el pecado idea, tan viejo como el mundo pero atizado por la pícara Eva.

El humor que no falte; la osadía que lo parezca, y mucha imaginación como bisiesto de la realidad. Al fin y al cabo lo que hacemos es modificarla. Entiéndaseme bien: no se puede decir “dadme un punto de apoyo y moveré la tierra” porque eso ya lo dijo quien lo dijo, Arquímedes, creo, sino, a partir de lo sabido, lo que un personaje dipsómano de El Betis, la marcha verde: “Dadme un punto de apoyo… y me beberé Domecq”.

Imaginación, como consecuencia, antípoda de la imitación, la forma de adulación más indiscreta.

En mi narrativa, como en mi poesía, está siempre el Sur, Andalucía, y algo de Madrid porque son los lugares donde he amado y sufrido, los lugares donde de verdad aprendí que dos y dos son cuatro pero que cuando el hambre y el sexo aprietan pueden ser cinco. Sin obsesionarse. Porque la pesadez es lo único que no perdona el lector. Ahora bien, una cosa es lo barroco y otra lo plúmbeo. Lo brillante da luz, aunque pueda cegar el exceso; lo oscuro, plomo, y eso puede mover costillas y meninges.

En literatura hay que exigirse vocabulario rico acorde con una idea constructiva, y no necesariamente en sentido moral, aunque el lector cargue, para su balance final positivo, con la apenas dura cruz de las subordinadas. Benditas sean si iluminan y, sobre todo, si no agreden con metáforas de complemento directo a lo Caballero Bonald, cutrez que ya no practican, salvo él, ni los peores acólitos de la beatería lorquiana.

Bueno, ya he dicho más cosas de la cuenta y no todas encajadas en la ortodoxia. Cosas, creo, para el debate por aparentemente contradictorias. Pero la ficción lírica no está hipotecada por formas narrativas como el diario, el monólogo interior o el flujo de conciencia que, como es sabido, proyectan el contenido de las mentes de los hombres. Porque, como ya he sugerido, la forma más influyente de la novela lírica ha sido perfilada por la picaresca, insisto, el romance de episodio y la indagación alegórica. Ojo, no se trata de ningún poema, sino que las aventuras del héroe tornan en un friso de escenas que proyectan la naturaleza de la peripecia del protagonista y la representan simbólicamente. La progresión requerida por el género narrativo se convierte en una progresión lírica producida por la elaboración de cuadros y escenas. Más o menos, porque tampoco se trata de sentar cátedra, sobre todo teniendo en cuenta que esto no me lo he inventado yo sino que en ello coinciden los teóricos de la novela más avanzados.

P. ¿… Y la poesía?

R. A pesar de la gente que pululaba conmigo por los muchos negocios de la familia, a pesar de aquel abigarramiento, siempre sentí frío. Frío de no sé qué, falta de calor familiar tal vez, o acaso un frío más universal, un frío cardinal, huérfano, la soledad conmigo, un adelanto de la nada, de la gran nada sartreana, y era como un monarca, como un pequeño rey mendigo sobre las ruinas de aquella carencia de cordialidad. Supongo que la poesía fue el clavo ardiendo y, cuando me introduje en ella, sentí el típico desconsuelo que alivia extrañamente. Partamos de la base de que la poesía, como escribió mi maestro Rosales, no se explica, se siente y basta. La poesía es la medicina del diablo y, seguramente por eso, un pastor, un religioso como William Blake. Aseveró que todo poeta verdadero, por fuerza, se tiene que sentir de parte del diablo. La poesía es el único mundo separado que existe dentro del mundo. Desde esa premisa, Dios no lo gobierna, y como se le ha escapado de las manos lo castiga, en la medida que puede, con la ambigüedad. De la que brota la paradoja, ese encuentro de contrarios que nos sitúa en un universo mágico regido por la ausencia. Ausencia de métodos, de ciclos, y ausencia de algo que existe y no vemos, de algo intangible que de buenas a primeras se hace tangible, de algo que nace cuando ya ha cumplido cientos de siglos. De ahí que, al mezclarse con nosotros, se escuche el eco de una lengua ignota. Amiel decía en ese rastro que la poesía es siempre lo lejano y no recuerdo quién que el hombre es un ser de lejanías. Hebbel, el gran autor de Judith, el gran dramaturgo alemán, pone la carne de gallina cuando nos abre los ojos para que veamos lo evidente nublado: “En presencia de un gran poeta se tiene la sensación de que viniesen a la luz cosas que habían permanecido hasta entonces escondidas en el caos”. Pero para aterrizar en esa dimensión hay que estudiar, hay que saber —y aquí vuelvo a mi rosalismo— lo que es un poema y cómo se llega hasta él en sucesivas etapas: haciendo buenos versos, buenos poemas y buena poesía. Sí, ya sé que difiere en algo, que faltará más, del maestro pero como difiero de él en lo esencial, en el tono y, a medida que envejezco en lo que siempre procuré que me alejara de su terrible imán retórico, de lo que es la gran ventosa de su poesía y la ventosa de todo gran poeta, el tono.

P. ¿Y los temas?

R. No, el que dice “fulanito ha copiado a menganito porque, como éste, ha escrito sobre la soledad, la alegría o la España cañí, es un imbécil que no se ha enterado aún de que los temas son universales que personaliza el poeta de talento aplicándole su tono característico. Julio Mariscal escribe sobre lo mismo que Bécquer o Garcilaso, el amor, y ¿se parece en algo a ellos? ¿Habría que tirar en el estercolero del olvido a la elegía porque Jorge Manrique escribiera aquellas coplas geniales? ¿qué hubiera sido entonces de Sánchez Mejía, un torero que siendo bueno no era precisamente Juan Belmonte? Porque Rosales no dice que en la tercera fase “lo que hay que hacer es buena poesía” sino que “esos poemas sean personales, parezcan míos”. Un cuerpo vivo que además tiene que tener una historia, y, a veces, la historia propia que se funde con la del lugar de nacimiento, en mi caso Andalucía. Yo lo vi pronto, Andalucía —ahí está en El mar es una tarde con campanas-, el que venga detrás que arree. Y luego la lleve a su belleza y a la situación de semiesclavitud de su gente en Metaory o Donde da la luz, y a su esplendor en la convergencia de las tres culturas, no solamente la musulmana, con García Gómez de guía, en Lente de agua, una instantánea fabulosa en la inmensa historia del mundo.

Por otro lado, y mucho antes de conocer personalmente al maestro, procuré que todos mis libros fueran un solo poema, fraccionado, por supuesto, para que el lector no se cansara, de un único asunto. Esto, ya lo sé, es muy rosaliano, pero tampoco lo inventó él. Él, en todo caso, le añadió grandeza. Y, obviamente, lo de la poesía total: todos los géneros combinando con una fuerte base lírica.

Estamos en el árbol de la tradición, al que se aporta, o no, personalidad y sustancia dejando por sentado que no hay poema sin oficio como no hay poesía sin temblor artístico. Eso a lo que otros llaman abismo, vamos. El hombre es superior al cernícalo pero tiene que hacer sus versos como la abeja sus panales. Oficio, sustancia y aguijón.

P. ¿Qué libros señalarías como fundamentales en tu vocación?

R. Como he dicho ya, mi familia de Arcos se desempeñaba en un buen número de negocios variopintos en los que teníamos que meter el cuello incluso los niños en vía de adolescencia. Entre ellos una fonda por la que pasaba todo tipo de personas, desde los más anodinos a los más estrafalarios e igualmente una no despreciable variedad de grupos profesionales entre los que destacaban las compañías de comedias y los cantaores que actuaban en nuestro teatro. En pueblo tan pintoresco y arriscado, objetivo turístico de gente tan singular como Eugenio Nöel o Jean Cocteau, había florecido el interés por las Letras y un grupo de poetas en ciernes se unió a la visita de las celebridades para que a más de uno, que íbamos irrefrenablemente para tornero o perito agrícola, nos entrara el gusanillo de dedicarnos a cosas menos productivas. En mi caso colaboró de forma ya compulsiva el libro de poemas que, a toda prisa, se dejó en su cuarto, junto con otras pertenencias, un pintor que no pudo pagar la pensión y tomó las de Villadiego ante el disgusto de mi abuela: El romancero gitano. Y en él me empleé hasta el punto de que el resto de mis empleos –taquillero en el cine, mozo en el comedor de la fonda, dependiente en el bar, ocasional bracero en Moras Gordas, la viña o vigilante en los billares o futbolines- fueron desdeñados ante el escándalo familiar por quien ya sólo soñaba con ser Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de Camborios. Me lo aprendí de memoria y de rezar todas las noches, hasta que me quedaba dormido, veinte avemarías y diez padrenuestros, pasé a recitar toda aquella ristra de octosílabos hasta que me rendía soñando. Ese fue mi desbravamiento literario, mi noviazgo duradero que sólo rompí cuando deserté hacia la narrativa porque me golpeó una página de una novela que aún releo para ponerme en forma cada vez que decido iniciar una mía: Robinson Crusoe. Llegó a mis manos ya de estudiante, cuando mi familia comprendió a duras penas que no había nacido para los negocios. Y navegué en soledad por los mares del sur en otra larga travesía acaso porque la adolescencia es ese período de la vida en el que no queremos más interlocutor que nuestra fantasía y lo que converge en ella. Aquel libro fue el cepo más celoso de su función carcelaria, y utilizo el vocablo cepo porque ciertas monsergas de Defoe no me son del todo simpáticas y, sobre todo, las que afectan a mi patriotismo, ya bastante limado en su rudeza de juventud: no era posible que los españoles, sin excepción, fuéramos tan sombríos y ladrones habiendo nacido a un paso de los portugueses, y habiendo comulgado con sus mismas ruedas católicas de molino, tan nobles ellos y honrados como cuando aparecen en la novela representados por el hidalgo sin mácula. Lo absurdo, sin embargo, no quita lo reverente, y no hace más de dos meses que he vuelto a ser náufrago, barbudo y solitario hasta la aparición de Viernes, otro de mis héroes favoritos en dura competencia con el doctor Rieux camusiano, igualmente heroico, pero ya de otra pasta menos legendaria. Digo menos porque en La peste la heroicidad se convierte en amor a la profanación o al deber.

No deja de ser curiosa mi elección —o mi paso de una novela de aventuras a otra de orden existencialista— pero el asombro queda despejado cuando se advierte que, en la cuestión de fondo, de lo que se trata es de dos encarcelamientos, el de un individuo y el de una ciudad, Orán, símbolo tras del que se ve el reciente encarcelamiento de gran parte de Francia a merced de las tropas alemanas.

No sé si esto lo he descubierto en las relecturas o me alumbró desde que me bebí, como un veneno energético, la novela. Me inclino más por la primera posibilidad y no sabría decir si porque con ello quiero proclamar lo que más valor le da a una obra: la moneda de oro que entrega cada vez que abordamos su galeón de sueños.

La prosopopeya que acabo de enjaretar es muy posible que haya exigido sitio porque otras de mis novelas favoritas vive el vuelo de velas y jarcias: La isla del tesoro. Como la acción está narrada por un chico, Jim Hawkins, hijo de una mesonera –la dueña de la posada Almirante Benbow y yo también fui hijo de hospederos, supongo que me enganchó, en primer lugar, la solidaridad de gremio, y en segundo el hecho de que ya estaba enamorado de la literatura anglosajona –y aquel aire fresco del siglo XVIII sumó a la precisión de ideas el viento que impulsa el barco por las procelas de la creación personal. El secreto de aquel impulso mío es que Stevenson hechiza al lector, y el que lo siga leyendo con la misma pasión de ayer es porque vale lo mismo para quien va a iniciarse en la literatura que para los lectores avezados, quizás por la velocidad de su escritura, por la experta conducción de la trama y por los personajes encantadores, incluso los negativos como en el caso de John Silver.

Como me mandas hacer un soneto de cinco versos inacabables y me queda uno solo por dibujar, la cosa se pone himalaya, es decir, cuesta arriba. Pero no quiero pasar por encima de un grupo de escritores –los de la generación perdida americana- que tanto me enseñó. Es cierto que no más que la novela rusa del XIX, los simbolistas franceses, el eje literario que va de Viena a Praga con Rilke y Kafka a la cabeza o los grandes escritores del Corriere della Sera, pero, parafraseando a Machado, entre los narradores míos Hemingway tiene un altar, y en su centro mismo una novela prodigiosa, El viejo y el mar, síntesis de su actividad creadora, mezcla de épica y lírica, encrucijada para la novela corta o larga, el relato breve y la poesía. Yo, con bastante menos fortuna, me metí por todos esos caminos, y a lo mejor ha sido por la influencia en mi obra de ésa que, sin argumento, nos lleva al desenlace del estupor de la ternura.

Es curioso, pero no baladí, que entre cinco obras haya elegido tres en las que el mar es el supremo protagonista. Acaso haya que atribuirlo a que me pasé dos años en la Marina del franquismo, marcando blanco, lepanto y tafetán apenas porque mi destino inmediato el de la Brigada de Trabajo del Arsenal de la Carraca –una isla maldita- en donde pude hacerme hermano coyuntural de los mayores bribones de España. Y, por supuesto, a que durante los dos años que me tuvieron encarcelado pude releer los libros que he distinguido. No hay mal que por bien no venga. Y casi le tengo a Franco un secretísimo agradecimiento de raro y enconado amigo.

P. ¿Y qué autores?

R. Como la pregunta se refiere, y perdona la broma, a ponerle nombre a todas las playas y a todos sus granos de arena, no lo sé. ¿Poetas, ensayistas, cuentistas, novelistas, dramaturgos…? Pues, ante la imposibilidad, refirámonos sólo a los poetas españoles clásicos, señalándole un límite temporal cercano a los destacados durante la primera mitad del siglo XX. Bien, primero los del siglo XVII, sin olvidar algunos precedentes como Jorge Manrique y los místicos. El fundador Góngora, en el que ya se apuntan rasgos simbolistas e incluso surrealistas, al igual que después en Quevedo. Lope de Vega, que es quien más me ha enseñado desde el punto de vista del oficio junto con Rafael Alberti. Por lo pronto esos tres, aunque hay algunos geniales con un poema sólo (La epístola moral a Fabio), como Fernández de Andrada. Hay un grupo de poetas andaluces de segunda división, o considerados así, que también me interesa: Jáuregui, Rioja, Gutierre de Cetina, Rodrigo Caro…, y ya ni quito ni pongo hasta el XIX, en el que manda Bécquer. Con Bécquer hemos empezado a caminar todos, con Bécquer y con quienes le marcaron el camino: Heine, Novalis, Hölderlin, que al mismo tiempo lo marcó luego a lo mejor de la poesía española moderna con Juan Ramón Jiménez al frente. Podrán decir que ya estamos con la supremacía andaluza y tal, pero en ese periodo quien manda, manda, y de Despeñaperros para abajo se torea. No voy a negar que soy un poco chauvinista, pero puedo jurar también que en gustos poéticos soy igualmente ecléctico, lo que se demuestra con mi admiración tanto por Antonio Machado como por Unamuno, aunque a éste no le hubiera venido mal un toque de oreja. Ahora bien, ya no es cuestión de patriotismo liliputiense, sino de evidencias: aparte de los Machado y Juan Ramón, la herencia está en Lorca, que es el genio; en Cernuda, que es el gran poeta; en Alberti, que es el artista y en el olvidado Vicente Aleixandre, que es el poeta total. Eso en lo que respecta al 27, porque luego hay que hablar de valores seguros cuando se trata de Miguel Hernández y de Luis Rosales, de Blas de Otero, José Hierro, José Luis Hidalgo… y para mí, por supuesto, de Montesinos.

Claro que, si “ingenio sublime nunca creó gusto ratero”, “esto que digo gustará si los que atienden, quieren”. Pero, por supuesto que sin subjetividad, el arte no es más que una solemne locura.

P. ¿Y los poetas del 50 que usted estudió y antologó?

R. Aunque sea tirar piedras contra mi tejado, puesto que fui uno de sus mayores difusores, los poetas del 50 no han pasado el Rubicón. No lo han pasado colectivamente y el año en que yo saco mi antología, que es el de su mayor popularidad, es el que precisamente marca el comienzo de su decadencia. Lo que ocurre es que a partir de entonces es cuando son leídos, pero ninguno de los que Hortelano o yo antologamos supera sus libros anteriores. Ni siquiera Claudio, que toca techo con Alianza y Condena. Eladio y Sahagún dejan de escribir y los que distingue Hortelano caen en barranca. Curiosamente los que van para arriba son los que entonces no antologamos porque o bien no existían, caso de Gamoneda o Corredor Matheos, o eran los actores secundarios de la promoción. Secundarios para buena parte de la crítica de periódico, no para mí ya que Mantero, Quiñones, Soto Vergés, sí han crecido luego. Incluso algunos que otros que a mí se me escaparon, pongamos Rafael Guillén o María Victoria Atencia. Hay casos clamantes como los de Pilar Paz o Manuel Alcántara que también, siendo en su momento insustituibles, se abandonaron después y sobre el concreto de la gaditana se puede decir que reapareció tarde. Alcántara, nuestro mejor articulista, jugó también esa opción pero desgraciadamente no ha enriquecido su obra poética porque hace tiempo que tiró la toalla. Así que el colectivo, y a pesar de los esfuerzos de ciertos críticos epigonales, se ha quedado en un quiero y no puedo en algunos libros. ¿Qué se le va a hacer? Menos da una piedra. Por eso, cuando Endymion me pidió reeditar La Poética del 50: una promoción desheredada, dije que bien, pero a condición de no actualizarla. Unos dejaron de publicar, otros repitieron y siguen repitiendo sus primeros libros y la mayoría de ellos no tiene nada que decir o bien porque han fallecido o porque poéticamente hablando están muertos.

P. ¿Y ahora…?

R. Ahora creo que ya nos hemos pasado de la raya, del tiempo y del espacio. Podría decir nombres de poetas que me gustan, pero me olvidaría de algunos que seguro que me gustan más o igual. Y ya que me he peleado con el pasado no quiero que el futuro se pelee conmigo.