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sábado, 19 de junio de 2010

Novedad. Guadalupe Grande, Hotel para erizos. Tres poemas



una vida mejor


Y daría igual que fuéramos eternos.


El escaparate brilla como los fuegos fatuos.


Tras el cristal las minúsculas manos desmenuzan la herrumbre,


una maleta, un pañuelo, un zapato, el cinturón de falsa serpiente, plumas de avestruz para el sombrero que ya nadie llevará,

así brilla el tiempo tras el cristal, fruta escarchada de los días, brillo mineral colgado de un árbol cortado, pez anudado a la cuerda de tender.

Y dará lo mismo que seamos eternos.



Mirar los escaparates, corchea arriba, semifusa abajo,

acompasar el paso para tropezar,

para volver del mediodía, para llegar al anochecer.


Un escaparate y luego otro, y al fondo, el cajero y su ábaco de lágrimas: pasar o no pasar. O quedarnos aquí, moliendo la herrumbre con el molinillo de té.


Pero los guantes de gamuza se posan sobre el piano. Do re mi, sordamente, fa, sol, sol, felpa constante en la percusión. No, no hay pez martillo que valga. No hay animal de sombra ni luz en esta cuenta de adverbios: aquí, allí, ahora, entonces, cuándo.


Daría lo mismo que fuéramos eternos, entonces, ahora, hoy o jamás.



Es mucho más simple. No es cuestión de constelaciones, no es el brillo de la madera trasmutado en ballena, no es la piedra roseta, ni el esperanto de la lluvia, no el canto de sirena deletreado en los surcos de la pizarra. Es mucho más simple.


Una vida mejor.


Una vida con memoria de elefante y sed de camello y ojo de lince, brújula de cormorán, solidaridad de hormiga, precisión de abeja, una vida con fidelidad de cisne y sonrisa de chimpancé y delicadeza de libélula y piel de leopardo, conversación de bosque, majestad de cordillera y siempre el cuento de nunca acabar.


Primera lección nunca aprendida en las cuevas de sésamo: la vida está aquí, no allí, y todos creen que seremos eternos.


En el escaparate brilla la caja registradora, pequeña cola de alacrán, servilletero que nos abraza a la mesa,


una vida mejor,


aquí, allí, al otro lado del cristal.


Y nada importa que seamos eternos.

_______________________


tratado de la medida


lo que cabe en una mano

aún antes, antes de que la sal mida el tiempo


la cabeza de las mujeres rasuradas en la resistencia

la cabeza del colibrí, marca, hueso, piedra en el camino

señal para el viaje cuando sólo las aves conocen el secreto del metal

la cabeza de las mujeres rasuradas por cien gramos de arroz

por dos terrones de azúcar, por un simbólico cupón donde se dice

y las rasuradas porque sí y las rasuradas porque no


lo que cabe en una mano

un bisonte y una astilla para alcanzar el bisonte

el diapasón mineral afinador de la madera

y el mundo entero en la molécula de lluvia

cuando una sola gota contiene la forma entera de la naranja azul


un niño cruza el río y deja caer la moneda, el diente blanquísimo viaje inverso en el primer gozo del duelo


lo que cabe en una mano

cuando la harina tiene el color del humo

la cabeza de las mujeres rasuradas

la que se sienta a morir y la que se levanta cada día a cavar zanjas

hasta lavar la ropa interior de las doncellas

cultivadoras rameras de difuntas lilas

que visitan las peluquerías los sábados por la mañana


y el comedero del animal, el primer hueco del trigo

el surco que no es camino y conduce al no lugar

esfera exacta que encierra el hambre

y un cajón en la cocina para guardar lo que no se ha de olvidar

a saber

el girasol, primera rueda estelar en la cartografía de la conciencia

la arquitectura improvisada de la nieve en la hoja del árbol

el trébol de cuatro direcciones y su fatalidad única


el puente no es para los trenes, pero llegan


lo que cabe en una mano

cuando lo oscuro es más oscuro, lágrima de ceniza

y la palabra, correa en el albedrío de la muerte


la cabeza de las mujeres

y todas las botas sin nombre y el zapato perdido junto a la fotografía equivocada

y la sandalia del niño que se queda en el 33

y el tacón de aguja para el hombre enterrado en su falda

hueso del perro muerto, batuta de la banda municipal

hueso del hombre muerto, batuta de la banda sinfónica


un pájaro llama a la puerta que no fue marcada con el jugo de mora por el ángel de las despedidas


lo que cabe en una mano

cuando un cuerpo es del tamaño de su sombra y la mirada sobre ese cuerpo del tamaño de la luz

la mano cortada de quien ya no está

y todos los cuerpos que fueron en esa mano

un cuerpo del tamaño de una mano

el oscuro hilo entre la mano y la respiración del recuerdo

la cuerda raída, la que arrastra

lo que cabe en una mano hasta la estela del astro ido

gozne de la locura que anuda al vértigo la vocal impronunciable

cuando conoce su destino de tren hasta el diente del niño.


lo que cabe en una mano, hoy, once de febrero y sábado, la cabeza

jardín de las variaciones


Aún no había llegado la maleta de los objetos perdidos, la caja de seda para los zapatos anfibios, es decir, el pequeño ataúd para tu mano.


Cegada por la luz de otros días, giras el rostro hacia la tarde:

el caracol deja su baba transparente sobre la fotografía, una silla en el mar de los días y un muro de viento que empuja el brocal del recuerdo convertido ahora en ceniza,


nunca estuvimos allí, a la orilla de aquel jardín, al borde de la distancia, en el párpado de aquel naufragio blanco,

festejando las nupcias de los animales de la nostalgia en el umbral de la escarcha.



Y ahora miramos absortos las horas con la infancia atravesada en los labios,

quietos, muy quietos, recostados en el muro de viento


antes de que desaparezca este copo de ayer que arde en nuestra pupila:

arde la muleta para el pie que nunca tuvimos, y en ese instante somos sólo eso, una ráfaga de miedo en el viento.

*

Un mirlo atraviesa el jardín,

lleva en su pico rojo la vela azul para nuestros años, lleva, entre salto y vuelo, la esquirla de hielo bajo su lengua de flecha, la gota de cera para la doble despedida de nuestra edad.


La cicatriz cruza el jardín hacia el agua, la vereda parte los días y deja una escama del silabario, una brizna de días en el monóculo del tiempo que se balancea en la dulce higuera, funambulista del extravío para la correa del lazarillo del porvenir. Imposible mansedumbre del vigía, inútil docilidad de quien se ata por vez primera los zapatos con el crespón de los átomos del duelo.


Sea el diente de leche quien tire del pomo de la puerta.

*

Viene y va la caligrafía del tiempo, viene y va.


Está lejos la luz y no importa,

lejos las mariposas del olvido, las que callan su memoria,

lejos la raíz del vocablo que florece en el aroma,

lejos la cuchara con su hueco, con su nido de levadura,

el pan ácimo lejos,

lejos el pabilo, el aceite y la oscura leyenda del cuenco con su hondura,

está lejos la vida y no importa.

*

Al otro lado de la vida, al otro lado de la infancia, al otro lado del jardín.


Todos se han ido y sólo queda regresar.


Giran los días, giran bajo la púa de nieve, bajo la implacable batuta del porvenir,

hipótesis de luz en la sombra, al otro lado de la dársena, donde el ala pliega su duelo, donde el perro esconde tu mano en la grieta del muro y el pez muerde el sedal, la semejanza que hilvana el vestido para el viaje de las últimas cosas, la incesante madeja, fundación de penumbra en la penumbra.


Un soplo, un resplandor, la nieve.


Hoy, mañana, nunca, cuando ayer y hoy son ya un mismo día en tu corazón.


Entonces, el regreso, para llegar al lugar donde la cicatriz siembra su íntima voluntad, texto borrado donde te sientas a escuchar los días mientras el mundo gira cuando cae la noche. Aquí.

sábado, 12 de junio de 2010

Novedad. Eduardo Moga. Dos poemas

Eduardo Moga
Bajo la piel, los días
Calambur Poesía, 111
ISBN: 978-84-8359-196-3.
160 pp. 2010
PVP: 15 €

Bajo la piel, los días es una secuencia unitaria de treinta y un poemas. Ofrecemos el primero y el último.

I
Hemos salido a pasear, bajo un sol blanquecino, jaspeado de aromas. Hemos salido en busca de las palabras: de las que nos unieran; de las que nos liberaran. Hemos pisado el tiempo, niquelado de retama. [La retama lo humedecía: le administraba lengüetazos sombríos]. Las raíces pujaban; el azul pujaba. Las palabras no tenían sonido, sino que sangraban; no tenían voluntad, sino volumen. Hemos paseado: hacia adentro, hacia lo carente de cielo, donde confluye lo que somos y lo que se niega a ser. Nos han envuelto los minutos, como un sudario transparente; nos hemos alojado en la caída, sin que se plegasen nuestras alas; nos hemos empapado de claridad, aunque oscureciera.

Entra Álvaro, que me ofrece pan de leche. Dejo la breve rebanada junto a la infusión, teñida de violetas violentos. Lo miro: en sus labios se ha depositado la luz; sus ojos comprenden el rocío del amanecer y la quemadura del amanecer, la aridez de la noche y el sosiego de la noche; a su piel afluye el resplandor de lo que perece y, sin embargo, respira. Me habla: sus palabras ahílan el vacío; la plenitud acude, como un hervor, a su reverbero. Siento, a su lado, la destemplanza con la que se manifiesta la realidad y la tibieza que acompaña al brotar de las cosas. No hay abstracción en su risa: es carnal, como su silencio.

Antes de empezar este poema —este libro—, he comenzado un artículo sobre mis lecturas de Blas de Otero. A solicitud de un remoto corresponsal, me he comprometido a entregarlo antes de verano, para que pueda publicarse en el número de invierno de la revista peticionaria. [Acabado el poema —y el libro—, han pasado ya ese verano y ese invierno, y otro verano y otro invierno, y la revista aún no ha aparecido]. No me pagarán por escribirlo, aunque una fundación opulenta patrocine a la publicación. [Sólo los esclavos trabajan sin cobrar]. Fue muy importante esa experiencia, inducida por la recomendación de un profesor: me descubrió una poesía que gritaba sin levantar la voz; una poesía de carne y establo, de boina y microscopio, de putas e iglesia [aunque yo fuese ateo, me conmovía lo acalambrado de su fe, que ululaba con suavidad y se expandía como un gemido blanco en una gruta sin paredes]. Leía los sonetos de Blas, en una edición ictérica de Ancia [temiendo que se deshiciesen las páginas corroídas por el cloro], en un bar que olía a tabaco; luego, también yo olía a tabaco. Los versos me exaltaban, pero mi inquietud no era visible: los ojos temblaban, pero dentro; volaba, pero en el subsuelo. Y, cuando me llevaba la taza de café con leche a los labios, una electricidad de seda se depositaba en la superficie achocolatada. Apenas he compuesto unas pocas frases del artículo. Paralizado por la pereza y la vanidad —que me impulsan a perseguir la obra acabada [se escribe para haber escrito] y desistir de la que exija un esfuerzo prolongado, aunque todos mis libros sean el fruto de un esfuerzo prolongado—, he saltado a esta página, donde evoco los versos de estraza y diamante de Blas. [Dios es un espantapájaros, que ahuyenta a los cuervos del miedo. ¿No se asusta a sí mismo? ¿No le sobrecoge su propia omnipotencia? ¿No se avergüenza de su inconcebible enormidad?]. Aquí sólo tengo el recuerdo de los signos que acabo de trazar, o de los que trazaré; el recuerdo de mis pasos entre las alcantarillas y la hierba, entre los bloques de casas y los bloques de silencio; el del pan de leche que ya he ingerido; el del consuelo de decir y el enjambre de lo dicho; el de la tarde, que desmiente a la noche o se enquista en noche.

Las palabras se detienen: me detienen. Hay luces; también ruido: niños, un ladrido; y la muerte, abejeando entre las piedras. La muerte está en los ojos con que escribo, en la lengua con que camino, en la voz con que veo; tiene la entereza de una grieta; despliega extremidades de basalto, y sus aletazos son fieros. La invoco, y nazco; por soñarla, escupo, me escindo, celebro lo sanguíneo y lo inanimado; versifico la muerte, y lacta, cristalina, y me fecunda, y ya no es: me abrigo con su grasa y su desaparición. Quisiera no escribir: no desear hacerlo. [No escribiré más, escribió Pavese antes de suicidarse; ¿seré capaz, como él, de reunir en un solo acto, transido de lucidez y acabamiento, vida, muerte y escritura? ¿Me liberaré de mí, de este punzón que me atraviesa a cada verbo, de este sembradío de anhelos en el que agonizo con lentitud botánica?]. ¿Por qué existe lo que veo? ¿Por qué perduran las ideas, o anochecen, o no nacen? ¿Por qué se derraman como si se detuviesen?

¿Es morir conocer la muerte? ¿Será oscura o tendrá labios? ¿Me permitirá escribir? ¿Tendrá diccionarios? ¿Amaneceres? Cuando ya no exista, ¿me dará miedo vivir?

El poema es un delirio: otra forma de inteligencia. El poeta delira, aunque componga logaritmos. Se tiene en pie, pero enloquece: su razón se enzarza con lo posible. El poeta es el que desordena [«Cuando se nombra, ¿qué se comete?// (…) el poeta debería ser quien nombrase sólo desde la injusticia de la imprecisión, para dejar menos mortalidad en las certezas. Él es quien mira y ve otra cosa, el que deja entrar lo que nadie diría, el que sólo habla contra todo pronóstico (…).// El que se extraña de lo consabido.// Y el que desordena», ha escrito Tomás], pero ese desorden alisa el caos. Aspiro al delirio: para ver con los ojos de lo que no tiene ojos, para paladear la luz que induce a dudar de lo indudable, para que asomen los huesos solos, y sus relumbres cieguen; y para expulsar al yo, y levantar este andamio de sombras, y extinguirme.

Hemos paseado: con prisa, como si la luz nos clavase las uñas —y esas uñas fueran, no obstante, amables—. Ángel con grandes alas de cadenas, dice Blas. Cuando transcribo su verso, ¿soy él?

La luz es un objeto. También el poema, que destila su oscuridad astral, el néctar de su mutilación.

Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas. Magnífico endecasílabo.























XXXI
Vuelvo aquí, al lugar del que nunca me he ido; aquí, donde el terror se alía con la inocencia, y las manos no tienen otra cosa a la que aferrarse que las propias manos; aquí, donde el ojo interroga a la página, y vuelca en la página cuanto ha apresado, y vierte la tinta espectral de los años, y el oro podrido de las cosas, y el zumo de su propio cristalino; aquí, donde los objetos, huérfanos, se preguntan qué forma revestirán, o qué temblor seré capaz de conferirles; aquí, donde soy, escribiendo, y me abraso, escribiendo, aunque se haya borrado mi nombre, y vague por los despeñaderos de la ignorancia, y el cuerpo se llene de explosiones silenciosas, de días átonos.

Vuelvo a la vecindad de los papeles. Me observan cosas que podrían ser, pero que pasan, sin cuerpo y sin resplandor. Claman por la lengua que las diga, pero perecen en la inexistencia. Se asoman a mí, con turbulencia germinal, pero concluyen: antes de disiparse, antes de amar. El polvo podría ser piedra; la transparencia, oscuridad; lo que reconozco podría reconocerme. El mundo posible me aplica su ley: si duerme en el barro, me embarra de pureza; si muere, también yo muero; si alcanza a vivir, me destruye. Veo un promontorio que no es un promontorio, y una casa que ha sido demolida, y una luz que ennegrece. Veo gestos sin movimiento, noches sin madrugada, sinrazón sin irracionalidad: nombres que no designan, o que encarcelan. Me veo a mí, manoteando en la incertidumbre, para abonar la incertidumbre, atrapando lo que sobrenada en el tiempo, con hambre de signos y de prodigios: creando para crearme. Veo, aunque me haya arrancado los ojos.

Estoy aquí, encajado en mi tórax. Siento el peso tímido de los testículos. Esparzo en el polen el polen de mi muerte. A mi alrededor se reúne lo oscuro, abrazado por lo que resplandece. Quiero coger el reloj, pero se aleja. Me gustaría atravesar el aire, y desvelar lo que oculta, y eyacular en su herida, pero me intimida su impenetrabilidad: su cuchilla ubicua, unida a otras armas incorpóreas. La pantalla del ordenador no deja de interrogarme: cuanto más escribo, más ignoro. La goma con la que borraré casi todas las palabras de este poema descansa en un reposavasos oxidado, que ya he mencionado en otro poema. [La tecla Supr es otra área del córtex cerebral: su circunvolución más creativa. En alguna ocasión he acariciado la idea de componer un vasto poema, integrado por sus sucesivas correcciones, desde el manuscrito original hasta su versión publicada: un palimpsesto interminable]. Todo se escuda en su ser, para no ser; todo es su yo inacabable, que muda jubilosamente en tiniebla; todo se vuelve enemigo, pero sonríe. Y yo observo su migración como quien contempla el desbordamiento de un río.

Acuden realidades a las que no he dado representación. [También he pensado en componer un poema enteramente fragmentario (¿enteramente fragmentario?) con retales no utilizados de otros. Pero ¿no es todo poema un remiendo, una sucesión de costurones?]. Los champiñones de hormigón que jalonan los campos de Albania. El barbero que, para mantener la muñeca caliente, le recorta el pelo a un maniquí de plástico, sentado en una butaca de la barbería. El perdigón de vidrio de un vaso roto a muchos metros de distancia, que me impacta en el ojo mientras como en un restaurante [y que me lleva a pensar en lo milagrosa que resulta nuestra indemnidad, entre tantas asechanzas del azar]. El móvil que le suena al que está meando a mi lado, en el lavabo de un antro, y al que responde sin dejar de orinar. Un verso de Ashbery: As Parmigiano did it, the right hand/ Bigger than the head, thrust at the viewer/ And swerving easily away, as though to protect/ What it advertises, que fluye con sincopada nasalidad en la penumbra de una sala, en cuyo vestíbulo se desarrolla un desfile de Mango [cuando salgamos del museo veremos a dos modelos, esquemáticas, meterse en un coche de la organización]. Violet, de la que podría enamorarme. Lara, de la que también podría enamorarme. La conjetura de que merece la pena vivir —de que el sol es sangre, y la sangre, ahora, y el ahora, eternidad—, aunque todo se hunda, con la impaciencia de una ola, en el cráter de la muerte.

Todo se dirige a la afirmación, pero se embebe en la indiferencia. Todo tropieza en mí, y yo tropiezo en todo. Camino por lugares que se me ofrecen como alambradas, y que me desgarran como amapolas. Salgo de casa, piso los minutos, recorro la piel: es una hoguera helada, cuyos espejismos incorporan matices de antracita o sugieren hipótesis de suicidio. Hago otros hallazgos en este camino desolado: un puñado de relatos, que describen mi desvalimiento, a los que me empeño en llamar poemas; el flagelo de la serotonina; la pesadumbre de ser alguien. Y me sujeto las manos como si fueran a echar a volar [de hecho, vuelan: se alejan de mí, surcan espacios que aún no he bautizado, se extravían en la vastedad de lo cercano. Las manos recuerdan. Por fin, se funden con el lápiz que sostienen]. Todo puja, aun lo carente de fuerza para ascender: lo que no puede brotar. Discrepo del desorden: hablo. Escupo sueños: me desangro. Abrazo al viento, a lo ininteligible, a la tristeza: me abrazo a mí. Y persevero en la senda que he elegido [Two roads diverged in a wood, and I—/ I took the one less traveled by: recuerdo a Danny recitándome estos versos de Frost, mucho antes de que quisiera ser poeta], que serpentea por países nocturnos, y que iluminan lunas desprendidas de sus cielos. Me rodea lo que no ha existido: lo nunca oído. Pero narro. Pero grito. Deshojo sustantivos, y me desequilibro, pero ese desequilibrio me sostiene. Atiendo a las ecuaciones de los sentimientos y a los borborigmos de la razón: soy mortal. Todo se yergue, aunque perezca. Y sobrevivo, fugazmente, en la duda y la alegría.

jueves, 10 de junio de 2010

Novedad. Javier Lostalé. Cuatro poemas

Javier Lostalé
Tormenta transparente
Calambur Poesía, 112
ISBN: 978-84-8359-198-7.
80 pp. 2010
PVP: 10 €

el hueco

i

En el hueco que separa dos cuerpos desnudos

hay un cielo pálido de mañana cansada,

una circulación húmeda de silencios

pues labios en cenit aún fulgen desligados

No existe distancia entre dos cuerpos desnudos,

sino sólo un primitivo pulso sin historia,

un envión de nube táctil sin rostro.

Todo se hunde en la maravilla aplazada de su término

mientras las palabras se apagan entre latidos de mercurio.

En la pequeña asfixia luminosa sucede entonces el mundo.

ii

En el hueco que separa dos miradas

crepitan las ramas mojadas del deseo,

y amanece una marisma de vuelos encendidos

que pronto se desvanece en humo azul

donde tiembla, virgen, la respuesta.

No existe distancia entre dos miradas

sino sólo aire suspenso en su envío secreto.

Nadie nunca sabrá quién primero conquistó tan frágil dominio.

Nunca nadie dirá lo que ni la inocencia supo.

iii

En el hueco que separa dos silencios

algo se clausura con debilidad de rosa,

mientras la tristeza fluye como un astro de luz fija

que besa la memoria con los últimos sonidos.

No existe distancia entre dos silencios

sino sólo el espacio transparente de una lágrima,

la sepultada aurora del vacío.











espejo

Astral invisibilidad

se torna nube en tu corazón

que llueve translúcida una borrosa imagen

donde en libertad se desnuda el sueño

y la palabra se desvanece en su embrión de oro.

Quieto en su tormenta transparente

el pulso del beso se abre en ondas radiantes,

mientras te inclinas a su húmedo rosal

que un instante te enclaustra

en alto y efímero sentir;

para regresar después al solitario espacio innominado

donde el tiempo se redime

con todo lo que fuiste.

Entre ti y lo amado

suena lento el atardecer.


imágenes

Un jardín entresoñado que mueve sus imágenes

como una girándula de rostros borrados

hasta quemar las pupilas con su ardiente soplo de espuma.

Un mirador batido por una luz cárdena

como un tiempo de sueño varado

que desliza una mano desde el fondo de la adolescencia.

Un remolino sin aire en la calle desierta

que transfigura puertas y ventanas

hasta encielarme en tu sombra.

Una trepanación lunar en la semilla del pensamiento

que me enclaustra en el adviento de tu hora.

Una despedida con claridad de quirófano

que en su fuego blanco me desamanece.

Una fecundación solar de sonidos y signos

que me vela en un espacio sólo tuyo.

Una comunión destemplada

con lo que germina mientras se niega

que clausura todo en una invisibilidad triste.

Sucesiva pulsación de imágenes

para hondo arder sin nadie.


paisaje mudo

El viento aún se escucha

en ese árbol seco

que la mirada resucita

en la estrella fija de su deseo.

Su afónico cuerpo de jilguero

emite una música de cielo huérfano

donde el corazón se refleja

en lento relente de ausencia.

El paisaje se deslumbra

en su propia tristeza,

mientras canta sin ave

el desnudo más hermoso.

Solitario alguien se habita

destronado en su sueño.

La distancia es ofidio radiante

que en su quieto fluir quema

el numen secreto de lo amado.

Y en el límite una rosa se abre invisible

en el centro de la nada

hasta que la crisálida de un rostro

clavada en su eternidad respira.

En tormenta de silencio

ya este poema se borra.

Y su mano.


domingo, 16 de mayo de 2010

Novedad: Marifé Santiago Bolaños. Tres poemas


Marifé Santiago Bolaños
La orilla de las mujeres fértiles
Calambur Poesía, 110
ISBN: 978-84-8359-197-0.
72 pp. 2010
Incluye CD con música original de María José Cordero y poemas recitados por la autora.
PVP: 14 €



Ofrecemos tres poemas y un audio de este libro-CD:

III

Niñez desnuda, ¿seis, siete años? Al aire toda, sólo una braguita clara y, sobre la cabeza, un barreño lleno de ropa sucia. Llora a gritos, sin perder el paso descalzo, sin que se le caiga al suelo el castigo.
No sé, la que va tras ella puede tener doce: ya le han crecido los pechos y las caderas, ya se cubre el cuerpo con una tela de colores
y azota, furiosa,
las piernas de la chiquitina que no para de llorar:
llora ignorada por los muchachos ociosos que retozan en el río,
llora ignorada por estas madres de ojos mustios,
llora ignorada por los adolescentes que exhiben su exigente virilidad
a las niñas fértiles.
Aquí no extraña tanto desconsuelo, ni verte erguida y que las lágrimas no vuelquen el barreño. Aquí, no.
Mi piragua se aleja de ti pero yo sigo oyéndote el llanto. Verás: es que este poema deja marcas y escuece.
Tú querías jugar
con la luz del atardecer
en el Níger: eso era todo.


V

Viejo baobab, vigía ante el palacio de las termitas.

La luz tan densa, tan cansada, en el cuello de las jirafas.

Lagartijas antiguas: pasean sobre la única sombra de la sombra.

Contagiosa lentitud del sol: un pastor acompaña la ausencia del cebú.

Babas: la cabra pasta desierto.

Niña vestida de hada: los insectos se han llevado al cielo tus dientes de leche.

Y el Pájaro Azul cruzó la sabana como un ángel.



















XII

Domesticar: a la cama, recoged los juguetes. Tragarte el daño; por el miedo, quédate despierta y escucha el llanto de tu corazón.
Tú: la ausencia de nombre, que la vida te robe la manta, que te destape, que se duerma en tu estómago
el dolor, ese
despótico e indolente
vagabundo.

Tú, también:
Delicadeza de las mujeres, lentitud del gesto suspendido en la copa del árbol,
como en la densidad y el vaho de los cuerpos: sudor,
ingrávido el destino donde la Nodriza Cósmica recita
compromisos:
memoria del trigo, abejas, las espigas, el insignificante y anecdótico deseo.
Mañana, pan y la picadura de una estrella
en los hombros,
pasteles de mundo, digo:
masticas almas, como todas las madres: luego, a la boca del hijo esa papilla de saliva y amor.

Una historia esperando
en la tarde de África,
limpiar de sombra oscura
cada claro de luz.

La Vida escribe un salmo en las acacias y en los cafetales, en el bosque de la libertad y en los pájaros: la tarde en África encendida de amor: collares de mariposas sedientas, la nada, heridas que engalanan a las mujeres dulces, estar en el amor:
intercambiamos la tristeza:
cristales de colores, semillas engarzadas, paquetitos de ternura, pulseras de silencio, la tarde africana, húmeda:
cierro las ventanillas
para que no entre
en el coche sucio
de agravios y barro
la palabra que este
trayecto no evita,
la que tú te llevabas en la cesta,
sobre la cabeza,
erguida,
olvidándome ya…