jueves, 9 de octubre de 2014

Reseña: 'Chile y la guerra civil española. La voz de los intelectuales', en Anales de literatura chilena

Chile y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, Matías Barchino y Jesús Cano Reyes
Por Rocío Rodríguez Ferrer (Pontificia Universidad Católica de Chile)
Anales de literatura chilena

Año 15, junio 2014, nº 21, pp, 219-224
 

“Y en verdad el drama de España nos despertó, más que a la conciencia, a la inocencia, no a la ingenuidad, según ese reiterado reproche que se nos dirige nacido de la simpatía. El despertar de la inocencia anula la soledad, trae la identificación consigo mismo y con todos los hombres, que parece entonces imposible que sean ‘otros’; ‘los otros’ o ‘los demás’” (María Zambrano, Los intelectuales en el drama de España).



Cobijar en un volumen diferentes relatos motivados por una guerra como la que tuvo lugar en España entre 1936 y 1939, permite dar forma a un variado imaginario ceñido tanto al molde épico como al trágico. Y, en no pocas ocasiones, al formato apologético. Como la guerra, suceso agónico por excelencia, una obra que gire en torno a ella también revelará paradojas y contradicciones, dependientes de cierta conciencia de circunstancialidad. Enfrentarse a textos que hablan de los avatares de una contienda como la española del 36 es entonces, a sabiendas, encararse con trasfondos ideológicos, dimensiones bélicas y, principalmente, dimensiones humanas, demasiado humanas a veces. Hay algo, pues, de ética humanista en el propósito memorial de un libro como el que han preparado Matías Barchino y Jesús Cano Reyes. Pero asimismo hay mucho de lección histórica y cultural en este archivo que evidencia cómo la Guerra Civil española también se vivió en Chile.

Con introducción, estudio y edición a cargo de Matías Barchino, y con Jesús Cano Reyes en la coedición, la obra Chile y la guerra civil española. Lavoz de los intelectuales se enmarca en un proyecto de investigación mayor, “El impacto de la guerra civil española en la vida intelectual de Hispanoamérica”, que contó con el apoyo del “Ministerio de la Presidencia de acuerdo a las subvenciones destinadas a actividades relacionadas con las víctimas de la guerra civil y del franquismo”. Publicado en 2013 bajo el sello editorial Calambur, el volumen se integra en una colección mayor, “Hispanoamérica y laguerra civil española”, dirigida por Niall Binns, cuyos aportes y orientaciones se vislumbran con nitidez a lo largo de estas casi setecientas páginas.

Lo que aquí puede encontrarse es tanto la estetización de la política como la politización de la estética, en el decir de Walter Benjamin. Nada de extraño si se considera que fue esta la primera guerra vivida (visualizada y oída) en directo gracias a noticiarios, periódicos, radios y cine, con esa natural consecuencia hipnótica de las representaciones mediáticas. Fue el de la Guerra Civil española un hecho histórico que originó diversos debates, de los que Chile no podía abstenerse. Frente a tanto y tan diverso discurso, el volumen preparado por Matías Barchino revela de inmediato un primer mérito: la garantía de representatividad. No solo los bandos pro-nacionalistas y pro-republicanos están presentes; también las posiciones “neutrales”, si es que estas realmente existen. La investigación impulsada por Nial Binns nos deja libres para extraer nuestras propias conclusiones –interrogaciones e inquisiciones– a partir de la variedad de testimonios recogidos. No otro gesto podría esperarse de un proyecto enmarcado en políticas de recuperación de la memoria histórica en España. Se procura evitar el sacralizar a priori ciertas posturas. Aunque, como afirma Derrida, sabemos que no hay archivos inocentes.

El impacto de la Guerra Civil española en el campo intelectual/cultural chileno se evidencia en “los más de ciento sesenta nombres de autores y [11] medios de comunicación documentados en este libro [que] son solo una breve muestra de ese entusiasmo, que se reflejaba tanto en la producción escrita de los intelectuales como en la demanda de los lectores, en respuesta a la cual hubo una vibrante actividad editorial” (61). Sin duda el interés de algunos de los textos recogidos radica, primeramente, en el autor que lo suscribe y que, atrapado por el peso de lo histórico, se pronuncia de manera literaria o no sobre el conflicto: Eduardo Anguita, Braulio Arenas, Volodia Teitelboim, Manuel Rojas, Marta Brunet, Nicanor Parra, Augusto D’Halmar, Luis Enrique Délano, Alone, Enrique Gómez Correa, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Gonzalo Rojas; Carlos, Pablo y Winett de Rokha, Víctor Domingo Silva… Innecesario, creo, mencionar a Neruda. Justificado, pienso, relevar que la guerra española permitió el vislumbre iniciático de ciertas voces chilenas: es el caso, por ejemplo,de Óscar Castro, “descubierto” en una velada fúnebre a la memoria de García Lorca (como un siglo antes José Zorrilla en el funeral de Mariano José de Larra). Todo ello nos lo recuerda este recopilatorio.

Lógicamente la Generación del 38 es protagonista indiscutida de esta nómina. Si bien su designación recuerda la Matanza del Seguro Obrero, si bien ese fue el año que los aglutinó, en palabras de Eduardo Anguita recogidas en este libro: “en verdad fue el año 36 el primer aguijonazo: la Guerra Civil de España. Todos, escritores y artistas, mayores que nosotros o los de nuestra edad, nos alineamos junto a la España republicana. Su tragedia fue, sin duda, una semilla que fructificó en la lucha de otros pueblos. Es muy seguro que el valor de ‘los leales’, como se llamó a los republicanos, haya estado presente en el espíritu y en la lucha de otros pueblos: en la Segunda Guerra Mundial, en Cuba, en Vietnam (…). Fue la guerra de España, dije, el hecho que más nos emplazó a una ‘poesía comprometida’, a un ‘arte comprometido’…” (101-102). Pero a lo largo de este compendio se descubren asimismo otras figuras, más bien desconocidas u olvidadas en la historia literaria de Chile: Olga Acevedo, Mario Ahués, Laurencio Gallardo, Juan Marín, María Cristina Menares, Carlos Préndez Saldías… De gran utilidad para el conocimiento de nuestra literatura es la presentación biográfica que se hace de cada una de ellas. También la de aquellos personajes que se resisten a abandonar la nebulosa, blindados algunos por seudónimos hasta el momento impenetrables: Pedro Carrillo, Enrique Martínez Arenas, Muñito de Alorca, Martín Pangloss… Conocidos o no, en cada uno de este más de centenar de nombres se reconoce una subjetividad que siguió el imperativo de la filósofa María Zambrano: la inteligencia tiene que ser combatiente. Instinto ético e instinto intelectual han de ir de la mano. O como dirá Volodia Teitelboim en un texto de 1937 titulado “De España viene la salvación” y que podemos leer en esta compilación: “En la Revolución española los poetas, los artistas de verdad encuentran la actitud, la condensación de su ser, su comunidad con el pueblo. Como Hegel decía, el trabajo del escritor debe ser que el espíritu resida en él. Este es su trabajo. El Trabajo Humano” (627).

La Guerra Civil española constituirá un punto de inflexión en lo que a relaciones transatlánticas se refiere, con un marcado énfasis en propuestas de fraternidad y solidaridad. En este contexto, no sorprende que surjan debates de sumo interés desde la crítica postcolonial. Mientras no pocos apelan a esa “madre España” alumbradora, también habrá otras figuras como la del escritor y periodista Ernesto Montenegro, que demandará el establecimiento de un vínculo horizontal y no jerárquico, fraternal y no filial: “Comencemos por recordar la falacia que se manifiesta en ese recurso retórico de ciertos políticos e hispanizantes peninsulares, cuando nos dan por ‘hijos de España’, a nosotros los hispanoamericanos. Ya Unamuno hizo notar con su rotunda lógica que no hay tal matriarcado internacional, puesto que los españoles de hoy son tan ‘descendientes’ como nosotros de la España que mezcló su sangre con la de los americanos autóctonos. La España de hoy es pues, nuestra hermana, o nuestra prima, nunca nuestra madre, puesto que para serlo tendrían que haberse sobrevivido aquellas generaciones seculares y sedentarias que fueron hermanas de las que pasaron a América. Igual que en muchas familias, la España de hoy lleva el nombre de su madre o abuela, la España de antaño. La España y América de hoy tienen una abuela común; eso es todo…” (439). Queda claro, entonces, que el activismo intelectual que desató la Guerra Civil española revitalizó viejas polémicas.

La obra Chile y la guerra civil española. La voz de los intelectuales constituye, en sí misma, un argumento irrefutable de lo acertado de ciertas conceptualizaciones actuales de la crítica literaria, como son los estudios transatlánticos, asentados en un claro principio dialógico, intercultural y transdisciplinar. Esta compilación saca a la luz textos que hablan de flujos y migraciones y que evidencian la movilidad, el dinamismo, el desplazamiento de las fronteras, como elemento clave de toda identidad cultural. Nos descubre un momento agónico de las relaciones entre España y Chile (“dura tarea es definirse en un instante de agonía”, dirá Ricardo Latcham), el impacto transoceánico de un trágico acontecimiento histórico. Es esta obra una pieza clave en la reconstrucción de la memoria histórica de las relaciones transatlánticas y, en este caso, con una particular dimensión ética. Y es, por todo lo expuesto, un ejemplo de los necesarios nuevos derroteros del hispanismo.

Mucho se habla en estas sus páginas de cierta comunidad de destino. Quizás eso explica, por ejemplo, que en estos viajes transatlánticos de ida y vuelta luego haya sido España la que fijara sus ojos en Chile y reaccionara con similar interés y apasionamiento ante otro momento agónico de la historia: el Golpe Militar de 1973 y sus sombrías consecuencias. No deja de resultar inquietante que ciertos textos aquí recogidos se convirtieran en armas cargadas de futuro. Chile vio en el destino de esta España madre/hermana una posible ruta, positiva o negativa según la ladera ideológica desde la que se contemplase. Desde la comodidad de los años transcurridos, podemos afirmar, incluso, que no pocas de las palabras pronunciadas entre 1936 y 1939 escondían también vaticinios del devenir histórico hispanoamericano y, particularmente, chileno. En un juego de sincronizar órbitas, no parece aventurado, por ejemplo, trasladar de 1936 a 1973 declaraciones vertidas en un editorial de El Mercurio, titulado “Situación de España”, dos o tres días después de estallada la Guerra Civil. Tratando de explicar la sublevación se afirma: “Pero hay algo que ya está fuera de conjeturas: la imposibilidad en que día a día, desde su advenimiento al poder, se han ido colocando los jefes del ‘frente popular’ para dominar la situación política… (…). La gran masa de la población española quiere orden; es posible que el sector mayoritario apeteciera un ‘nuevo orden’, pero en todo caso un orden. La llegada al poder supremo del ‘frente popular’ no le ha dado ese orden. Al contrario, esa victoria política ha sido el punto de partida de desórdenes y perturbaciones tanto en el orden social como en el orden económico. Afectado profundamente el principio de la propiedad con variados y contradictorios propósitos de reformas agrarias más y más orientadas en el sentido de una socialización de la tierra…” (246). ¿No podrían acaso estas líneas reproducirse en el mismo periódico para justificar el golpe de Pinochet a partir del caos e ingobernabilidad de la Unidad Popular?

En lo que respecta al ámbito temático, es posible reconocer ciertos ejes a lo largo de los textos aquí acopiados: el rol de la diplomacia española en Chile, las actividades propagandísticas de ambos frentes más allá de las fronteras peninsulares, la crisis de los refugiados y el derecho de asilo, los congresos de intelectuales efectuados en diversos países, la función concientizadora hasta lo paradigmático de figuras como Pablo Neruda o Vicente Huidobro, el asesinato de Federico García Lorca, la revisión de tópicos de la cultura y la historia de España (Cid, Colón, Don Quijote…), la figura de la mujer española y sobre todo de la que tomaba armas en defensa de la República, el sufrimiento de los niños españoles, etc. Pero el mirar nunca es inocente. Y en este ejercicio de contemplar al otro, el intelectual chileno acabará reconociéndose. La Guerra Civil española gatillará y develará propios y regionales conflictos. Los testimonios sobre la guerra española que aquí leemos permiten, por ejemplo, reconstruir otro circuito bélico: el de las peleas y rivalidades entre escritores chilenos. Basta recordar el sabotaje al acto de despedida a Neruda, celebrado en la Universidad de Chile el 1 de julio de 1940, con motivo de su viaje a México para ocupar el puesto de cónsul. Con escándalo, los integrantes de La Mandrágora interpelaron a Neruda sobre el destino del dinero recaudado por la Alianza de Intelectuales para los niños españoles y sobre las supuestas irregularidades cometidas en el envío de los refugiados en el Winnipeg. Pero no son estas las únicas polémicas que se esconden tras el discurso sobre la guerra. El conflicto español también permitió que se hablase de feminismo. A través del boletín La mujer Nueva, del Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile, con figuras como Elena Caffarena, Marta Vergara y Laura Rodig, bajo un discurso de corte antifascista, se problematizaba en torno al papel de la mujer en la guerra.

Así, el campo intelectual chileno de los años 30 se va reconstruyendo a través de esta compilación dedicada a Chile y dirigida, en cuanto gran proyecto marco, por Niall Binns. Pero también supone una contribución a la revisión de la historia de la prensa en Chile, al recordarnos el rol desempeñado por esta en la generación y difusión de un debate de ideas. Fueron estos años tiempos dialécticos visibles en esas pequeñas batallas que tuvieron lugar en las publicaciones chilenas, medios en los que, al igual que en las trincheras españolas, era posible distinguir dos bandos: el de la óptica de la derecha (con periódicos como El Mercurio, El Diario Ilustrado…) y el de la izquierda (Aurora de Chile, Frente Popular, La Opinión, La Hora…). La razón de esta trascendencia la explica el español Andrés Trapiello en su imprescindible ensayo Las armas y las letras: “Nunca antes, ni siquiera en la Revolución Rusa, había arrancado una guerra tantas adhesiones de escritores e intelectuales, quizá porque jamás hasta entonces los pueblos habían tomado conciencia del papel determinante que las ideas publicitadas tenían en la marcha de la historia” (377).

Pero no son solo disquisiciones de intelectuales las que cobija esta obra. Junto a crónicas, editoriales, entrevistas, testimonios, manifiestos, discursos y diversas muestras de oratoria, otros textos también emergen y, desde sus particularidades de forma y contexto, contribuyen a componer ese período altamente ideologizado. Es el caso, por ejemplo, de algunas muestras epistolares, como la carta del miliciano Gustavo Gaete Pequeño dirigida a su “querida y recordada mamacita” desde el campo de batalla: “Me encuentro orgulloso de aportar mi grano de arena en esta Guerra contra el fascismo, o mejor dicho contra la barbarie mayor que ha tenido el mundo” (297). También algunos cuentos (como el de Roberto Borzutzky, bildungsroman en clave morisca, 151), numerosos poemas y hasta una obra dramática (de Arturo Lamarca Bello, 356).

Para cerrar, cabe recoger ciertas palabras publicadas en la revista El Mono Azul de Rafael Alberti, que reseñaban el poemario Homenaje poético al pueblo español (1937) del profesor y escritor chileno Jorge Millas: “Muchos libros se publican, han publicado y se publicarán sobre la guerra española. Los hay que pretenden ser objetivos; otros, de combate; otros, de amor”. (405). Este que ahora nos reclama no es un libro más sobre la Guerra Civil española. Ni sobre la historia de las ideas en Chile. Es una obra que confía en el valor de la memoria trasatlántica. Total acierto el de las palabras finales del estudio introductorio de Matías Barchino: “…merecía la pena buscar estos textos, que casi siempre yacían perdidos en hemerotecas u olvidados en libros, para calibrar la vastedad de lo escrito sobre la guerra civil por intelectuales de Chile y la vastedad, también, de la conmoción que el conflicto provocó en toda la sociedad chilena; merecía la pena rescatar los textos aquí reunidos en la sección de Documentos, pero también otros miles de poemas, artículos, cuentos y crónicas que no hemos podido incluir. Confiamos en que el esfuerzo de recopilación y el análisis de las trayectorias de tantos autores, muchos de ellos poco o nada conocidos, sirvan para esclarecer un momento apasionante y controvertido de la historia de las relaciones entre España y Chile” (68). En este juego especular que facilita el diálogo transatlántico, se agradece también el recordarnos la imagen de ese Chile “mediador humanitario”, en el decir de Edwards Bello, el Chile que abrió las puertas de sus dependencias diplomáticas en Madrid a más de dos mil refugiados (mayoritariamente franquistas), y el Chile que abrió las fronteras a más de dos mil refugiados republicanos que un 3 de septiembre de 1939 descendieron en Valparaíso de un barco cuyo nombre, como diría Neruda, tenía alas.