jueves, 9 de octubre de 2014

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Antonio Hernández: Nueva York después de muerto
Por Adrián Sanmartín
El Imparcial, 9/10/2014


A Antonio Hernández se le ha concedido hace poco el Premio Nacional de Poesía 2014 por Nueva York después de muerto, que se une al Premio de la Crítica, obtenido también este año. No es la primera vez que el escritor andaluz obtiene este último galardón, con el que ya se alzó en 1994 por Sagrada forma. Ni estos son los únicos reconocimientos que ha logrado a lo largo de su trayectoria, en la que ha conseguido numerosos premios como el Adonais, el Gil de Biedma o el Rafael Alberti, entre otros, que le distinguen como uno de autores más sólidos de la poesía española del último medio siglo. Un autor que bebe de nuestra mejor tradición poética para insuflarle un estilo propio.

Precisamente esa simbiosis alcanza, sin duda, una de sus cimas en Nueva York después de muerto, un poemario, como bien señaló el jurado del Premio de la Crítica, “sorprendente y arriesgado”. Y, añadiríamos, enormemente valiente al haber abordado un reto de gran envergadura. El propio Hernández cuenta al comienzo del libro su génesis que se relaciona con una deuda contraída con Luis Rosales, a quien considera su maestro. Rosales le dijo que le gustaría terminar su obra con una trilogía que llevase por título Nueva York después de muerto. La enfermedad y la muerte, siempre inclementes, se le cruzaron y le impidieron realizar su deseo. Pero en uno de los momentos en que Rosales se lo había comunicado a Antonio Hernández, este le dijo “con mucho más amor que petulancia, y desde luego como una broma que quería aliviarle su rictus de infortunio” que estuviese tranquilo que si no podía, él lo escribiría en su lugar.

Lamentablemente, Rosales no llegó a escribir el libro, pero Hernández sí cumplió su promesa. Así, este ambicioso poemario es, ante todo, un homenaje al autor de La casa encendida. Y también un tributo a Federico García Lorca, uniéndose los dos nombres al comienzo del Libro Primero de la obra: “Luis Rosales Camacho / nació en una calle, Libreros, / tan pequeña que iba a dar clases por la noche. / Federico García Lorca sigue naciendo, / sigue naciendo como un río. / En Federico quisieron asesinar / lo que es coraza contra la muerte. A Rosales / pretendieron hacerle cómplice / del crimen”. Ese doble homenaje, lleno de amor hacia dos grandes de la lírica española del siglo XX, le permite a Hernández entrelazar su voz con la de ellos, llevando a cabo un impecable ejercicio metaliterario.

Así, las tres voces nos sumergen en un Nueva York tan fascinante como en ocasiones atroz, que puede ser “la manzana podrida”, una gran ciudad cantada, y sufrida, por Federico en su celebérrimo Poeta en Nueva York y que también ha atraído a otros poetas como José Hierro y su Cuaderno de Nueva York. Una gran ciudad donde estallan y se intensifican los agobios del hombre contemporáneo, su soledad, su angustia ante una vida cada vez más mecanizada. Poesía total la de esta obra, donde todos los elementos en juego -reflexión, diálogo, recursos de otros géneros…- se engarzan mágica y lúcidamente en un festín lírico. Poesía necesaria.

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