miércoles, 17 de septiembre de 2014

Reseña: La poesía ha caído en desgracia, de Juan Carlos Mestre, en la revista Turia

La cornucopia
Por Agustín Pérez Leal
Revista Turia


La poesía de Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) ha reverdecido de un modo llamativamente juvenil desde que en 2009 recibiera el Premio Nacional de Poesía por La casa roja. Se han sucedido desde entonces reediciones, reimpresiones y libros nuevos de amplio vuelo que obligan a reemprender la aventura de una lectura de conjunto a quien se interese por la obra de este creador proteico y aparentemente incansable. Mestre es, además de poeta, músico y artista plástico. Sus recitales tienen mucho de juglaría renovada; de oralidad gozosamente recuperada para bien de la poesía y de los oyentes. Mestre tiene algo de fuerza de la naturaleza, irreprimible, energético, siempre en ebullición. Quedaba pendiente de reedición La poesía ha caído en desgracia, título emblemático con el que el poeta ganó en 1992 el premio Jaime Gil de Biedma, y que supuso entonces, en la obra del autor, un cambio radical que lo llevaba a fundir Chile con su León natal, y a abrir de par en par el repertorio de sus ecos a autores del Cono Sur poco o nada leídos en nuestra Península; y, en el panorama de la poesía española, un aldabonazo a medio camino entre la denuncia del relativo letargo imperante y el tirón de orejas por el olvido en que teníamos aquí a los poetas de América. Más que una reedición, lo que venimos a comentar aquí es un libro que incluye aquél, y hereda su título, pero que casi triplica las dimensiones del original. Son 116 poemas, casi todos en prosa o dispuestos a modo de versículos, los que integran esta nueva y ya conocida entrega del Mestre más afianzado en su voz: el de su descubrimiento del continente americano; el que se abrió al influjo de la rica y variada tradición poética chilena, en la que ha permanecido, inquieto y fértil, el espíritu de las vanguardias históricas. La situación de Chile bajo la sangrienta dictadura del golpista Augusto Pinochet hizo que todo lo que oliese allí a cultura (poesía incluida) tuviera aroma de rebeldía; que toda rebeldía se entendiese como subversión y que, en fin, cualquier acto gratuito (y la poesía lo es) fuese a la vez, y no en menor medida, un acto revolucionario. Este libro, ya desde su mismo título general y desde los títulos de los poemas, no escapa ni pretende hurtarse a ese clima reivindicativo, de acción libérrima, que supone la creación de un verso, de un poema o de un volumen que tienen, o al menos tuvieron, algo o mucho de bandera. El lector impaciente hará bien en leer, en primer lugar, el poema “Metamorfosis de la rebeldía”: uno de los mejores del libro; quizá, también, el que más nítidamente ejemplifica lo que estoy diciendo. Ciento cincuenta páginas de poemas dan, sin duda, para mucho. Mestre sustituye aquí la intensidad por la avidez. Su poesía pretende dar cuenta de un mundo inmenso, poliédrico y cambiante, en el que la visión del autor contempla un incesante devenir de metamorfosis probablemente simultáneas. Es ésta una poesía cimentada en la fuerza de las incesantes metáforas; en la enumeración, en la salmodia, en el acopio de imágenes oníricas (“el fluir hipnótico de las imágenes”, como lo ha descrito Jordi Doce). La imaginación portentosa de Mestre, eminentemente visual como corresponde al modo de ver el mundo de un artista plástico, se ejercita en el acarreo constante de realidades nombradas, casi atropelladamente, en un fervoroso intento por dar cuenta de todo: de la fauna, la flora, el paisaje, las lecturas, las pinturas, la humanidad, los objetos visibles que se agolpan en el poema generando, con sus fortuitos encuentros, las simpatías galvánicas que nos sorprenden e intrigan a cada paso.

Es imposible hacerse una idea cabal de todo lo que contiene este libro. Unos poemas son como escenas: estáticos, construidos mediante la repetición y el paralelismo, comienzan y terminan en un bucle que los asocia al mantra. Abundan en ellos las anáforas, las enumeraciones, los excursos que actúan como meandros de un río majestuoso e imparable. Otros recobran el aliento profético de un Pound, de un Péguy, de un Claudel o un Huidobro que se acercasen al hervor onírico de Rimbaud, a la inventiva imaginista de Gonzalo Rojas o a la herencia irracionalista del surrealismo francés de la postguerra: Ponge, Char, Michaux, Dubuffet, Bellmer… Hay poemas políticos, eróticos, paisajísticos, paródicos y narrativos. También se evoca en otros la pintura de Max Ernst, del aduanero Rousseau, de Bruegel, Matta o Chagall. Un poema adopta la apariencia de un testamento; otro se construye como el acta de una reunión. No están ausentes ni el más severo localismo, ni el vocabulario de lo sagrado, ni los términos zoológicos o botánicos, entre Dioscórides y el Physiologus. Más que un libro, parece que nos hallemos ante la descripción adánica y aparentemente ingenua de un arca de Noé o de un Aleph borgiano sin orden ni concierto. ¿Sin orden ni concierto? ¿Es el libro una acumulación azarosa de poemas? ¿Es el poema una acumulación azarosa de palabras? ¿Hay un sistema? ¿Hemos de buscar la intelección, o dejarnos llevar por el torrente de las evocaciones y las sugestiones? Tres poemas del libro dan, en mi opinión, algunas claves: “Es recomendable poner en cuarentena la credibilidad / Es conveniente apartarse un palmo de los escudriñadores”, leemos en “Teoría estética” (pg. 109). Así pues, un término medio, una tercera vía entre el análisis puramente racional y la zambullida sensorial es lo que dará, en mi opinión, mejores frutos. De entre el “decorado hermético” (Mestre lo dice) que todo lo convoca a su magma inacabable surgen siempre, aquí y allá, asideros racionales que guían nuestra lectura y salvan la obra del autismo. El poema se resuelve así, muchas veces, como un juego de pistas cuyas piezas diseminadas se han de recomponer a partir de una clave interpretativa no siempre evidente. En “Ars patética” (pg. 137) se añade: “Me persigue un oficio solitario, vigilar toda la noche una gacela, hablar sin seducir, no poseerla y verla irse oscura al diccionario”. La observación del objeto poético tiene algo de inasible que se transmite al poema, y de éste al lector. No pretende el poeta poseer, sino mostrar. El misterio inherente a cada cosa queda, en cualquier caso, a salvo. Y por fin, en “Diario de un poeta recién premiado” (pg.145) el versículo “Él escribe poemas que recuerdan a los gatos que maúllan” remite, pese a su ambigüedad, al credo creacionista aquí revisitado en poemas - artefactos que parecen respirar al margen de la voluntad de su hacedor. Mestre asume sus riesgos con una honestidad desarmante. Ya dije que leerle tiene mucho de aventura y, para ser también honestos, algo de frustración. Da vértigo afrontar un libro tan extenso y tan tenaz con la voluntad de analizarlo y acercarlo a sus posibles lectores. Los ecos y reflejos se superponen y abarcan buena parte de la herencia irracionalista de las vanguardias históricas. El mundo natural y el factor humano se confrontan t aluden mutuamente con una insistencia desesperada y visionaria. Todo está convocado; todas las voces buscan ser oídas y hablan a la vez. Es mejor entrar en este libro como quien entra por primera vez en un bazar exótico y atestado de objetos en desorden: curioseando, sin miedo, entre los cachivaches que reclaman nuestra ya saturada atención. Yo me despido aquí. Pasen y vean.




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