miércoles, 28 de mayo de 2014

Reseña: La poesía ha caído en desgracia, de Juan Carlos Mestre, en Diario de León

El aliento de los puñales cuya sed desconozco
Por José Enrique Martínez
Diario de León, 25/05/2014

En 1992 publicaba Juan Carlos Mestre La poesía ha caído en desgracia. Desde entonces, el poeta villafranquino ha crecido en edad, en poesía, en reconocimientos y en fantasía. La nueva edición lo ha convertido en otro libro, pues dobla el número de poemas de la edición primitiva, añadiendo unos sesenta aproximadamente, con la incorporación de los poemas escritos en su estancia chilena en tiempos de la dictadura y de otros de composición más reciente.

Mestre es un visionario, pero sin despegarse de la realidad hiriente. Visionario por cuanto cultiva la fantasía para crear no quimeras, sino utopías. La utopía se concibe en la poesía de Mestre como el impulsor del deseo humano de habitar un espacio en el que priven la dignidad y la verdad. Otra característica de la poesía mestriana es la libertad, no sólo porque sea otro impulso moral poderoso, sino porque cultiva su arte ajeno a grupos o tendencias y porque la poesía es uno de los pocos reductos en los que aún se puede ejercer la libertad personal. Me gustaría añadir otro aspecto de su poesía: la rebeldía, en el sentido de que su palabra desenmascara el engaño que subyace a actitudes y palabras, al tiempo que reclama una ética. Rebeldía contra los registros del poder, el hambre, los fascismos, la crueldad, las torturas, las desapariciones (en los poemas chilenos sobre todo), con poemas de hondo patetismo como Girasoles de septiembre, donde conecta la belleza de la palabra y lo monstruoso de los hechos: «Nada enferma buenamente y las madres llevan girasoles de septiembre a las tumbas sin nadie».

El mundo poético de Mestre es tan original que apenas le encontramos parecidos en nuestra tradición ni en la poesía del presente. Puede hablarse de vetas irracionalistas, con Rimbaud, el surrealismo o Lorca al fondo, pero sus líneas de fuerza no coinciden con las de otros poetas. Su palabra de visionario recuerda acaso la del profeta, con la sucesión litánica de los versículos, haciendo de la anáfora la figura más personal, propiciando un ritmo que avanza hacia un climax particular, a lo que se une el don especial de unir lo disímil sin que el lector lo perciba como inverosímil: «El horizonte es un caballo rojo que relincha en los labios de la multitud enterrada». Los libros de Mestre suelen ser copiosos; a su lado, esta reseña, cualquier reseña, es palabra reducida y pobre, más aún si pensamos en la potencia de voz del poeta y en su poder fabulador.