jueves, 3 de abril de 2014

Reseña: Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández, en revista Turia

Una tensa meditación sobre Nueva York
Por Manuel Rico
Revista Turia, Número 109-110


Nueva York después de muerto, el último libro de Antonio Hernández, es uno de klos libros de mayor interés de cuantos han sido publicados en 2013. Es un texto ambicioso, denso, lleno de significados, que escapa a las categorizaciones establecidas y que, incluso, escapa en buena medida a la poética que ha caracterizado la obra de Hernández. El poeta renueva y se renueva, medita e investiga, indaga en su memoria personal y toca la fibra de la memoria colectiva.

Nueva York después de muerto es, en sentido figurado, una conversación. Tres poetas dialogan aunque solo uno, el propio Antonio Hernández, vive. Los otros dos, Federico García Lorca y Luis Rosales, han muerto. El primero, asesinado en julio de 1936. El segundo, fallecido en 1992, aunque atado ineludiblemente a la memoria trágica de su amigo Federico. En cierto modo, Hernández ha puesto en pie a dos fantasmas frente a una ciudad-símbolo de un siglo XX poliédrico, contradictorio, que se contempla, con sus luces y sus sombras, en el siglo XXI. Esa ciudad dio vida, en al segunda década del siglo pasado, a Poeta en Nueva York, el emblemático libro surrealista de Federico. Y fue, tal y como lo expresa Antonio Hernández en la primera parte del poemario el sueño incumplido o la asignatura pendiente de Luis Rosales: la enfermedad que sufrió en sus últimos años le impidió «aprobarla». Será el poeta más joven quien se comprometa con el poeta enfermo a hacer realidad su sueño: escribir el libro con Nueva York como telón de fondo. 

Hernández, así, metabolizando las voces de los dos poetas granadinos y generando voz propia, lleva a cabo el compromiso y nos entrega un libro extremadamente personal. En el imaginario «diálogo a tres» Hernández ejerce de sujeto lírico y Rosales y García Lorca lo hacen de personajes de un texto con un fuerte componente de narratividad. Y lo lleva adelante desarrollando una tensa meditación sobre Nueva York: sobre su significado emocional, visible a través de su paisaje urbano; sobre la trastienda que singulariza la ciudad entre otras muchas: inmigraciones, exilios, sueños colectivos derrumbados, marginaciones («En Nueva York, / chinos e italianos pespuntan la acera / con idéntico hilo en prendas diferentes»); sobre el sueño neoyorkino cultivado desde la cotidianidad madrileña; sobre el sustrato cultural y artístico, hecho de escritores que han cobrado una dimensión universal: «Hablemos de Pound, hablemos de Twain, / hablemos de Poe, llevándolo / a una secuencia imaginaria / y memorable»; sobre la distancia temporal y espacial entre Granada y la ciudad norteamericana: «Sigue cayendo rudo sin compasión en el cielo / sin que un coro de estufas sofoque su memoria. / Igual que ha veinte siglos, / como en Granada entonces / salvo para unos ojos en que es fuego la nieve». Y sobre todo, arañará en el trasfondo de culpa inducida desde fuera que Rosales arrastró en vida. 

Así, Nueva York después de muerto evoluciona a través de tres grandes apartados o capítulos: en el primero, el sujeto poético se adentra en la ciudad de la mano de Luis y Federico. Como en un calidoscopio, ante el lector desfila la ciudad de la política y de la dominación; la ciudad de los negros, los hispánicos, los asiáticos; la ciudad del cine y su glamour; la de la beat generation y la de al generación perdida de los narradores; la de las Torres Gemelas y la del maquinismo; la de Wall Street, las finanzas y la burbuja que estalló con Lehman Brothers. Y, cómo no, la ciudad que inspira a Lorca («Los negros, los chicanos, los dominicanos, los puertorriqueños, / toman el sol desahuciado en la mañana de octubre / soñando que el verano se esfuma dando brincos / pos sus playas azules, las del Caribe abanicado»), tamizada por la propia memoria íntima de Rosales («trae escenas de miedo tal un roto de la infancia»). En el segundo apartado, Hernández convive con Rosales en su casa madrileña. Regresa a los días de la enfermedad y evoca su historia de convivencia con el mundo poético madrileño, con sus contradicciones y con el fantasma imborrable de Federico. Y nos acerca anécdotas de un mundo compartido, entre las que destaca el dolor íntimo, inexpresado, del autor de La casa encendida cuando ah de desprenderse de su biblioteca: «Todas / las baldas vacías como su cabeza confusa / todo su aprendizaje, sus muletas. / su reclinatorio, su musculatura / camino de los sótanos consejeriles». En el tercero, el tono, los ritmos y las apuestas estróficas, aprendidas en Lorca, llevan a Hernández a un recorrido último por los escenarios de la infancia de los dos poetas amigos aunque el protagonismo lo asuma el autor del Romancero gitano: sin abandonar el trasfondo neoyorkino, los poemas, breves, buena parte de ellos escritos en estrofas de arte menor tal y como Lorca escribió sus canciones, Hernández visita la huerta de San Vicente, la Alhambra, los íos granadinos («No lloréis más por mi muerte, / Darro y Genil ya se encargan / de llorar eternamente») y evoca un mundo de perdido y una ciudad perdida, cargados de significado para ambos poetas. 

El libro se cierra con un intenso poema en el que el autor evoca las últimas horas de Luis Rosales en el hospital y va precedido de una cita del propio autor de La casa encendida: «Cuando todo termine quedará lo más nuestro». En ese poema hay una suerte de retorno a lo más familiar y próximo, al dolor de los más cercanos al poeta moribundo, como si tras el prolongado viaje por Nueva York, Madrid y Granada que ha vivido el lector, Hernández lo llevara al lugar donde se experimenta con la mayor dureza, la quiebra definitiva de la cotidianeidad: la muerte.

Nueva York después de muerto es un libro atípico en la poesía contemporánea en castellano. A mi juicio, la ambición con que Hernández se ha planteado su escritura está a la altura del resultado. Un libro memorable, inesperado, magníficamente escrito y, sin duda, valiente.