miércoles, 9 de abril de 2014

Reseña: Pobreza, de Víktor Gómez, en la Revista Quimera

Compromiso y creatividad
Por Agustín Calvo Galán
Revista Quimera, marzo de 2014, Nº 364


Se va imponiendo, lentamente, una renovación no solo estética sino también ética en el panorama poético nacional. Una parte de dicha renovación viene desde abajo, desde una poesía honesta y de base, en contraposición a una poesía encumbrada y esclerotizada, que basa su pervivencia en el nepotismo institucionalizado. El poeta Víktor Gómez, conocido por su activismo divulgador, nos propone en su libro Pobreza, recientemente aparecido, una regeneración creativa muy estimulante.

Las dos secciones que componen el libro tienen títulos nominativos, o mejor dicho, una parte, la primera y más extensa, no tiene nombre («Aun sin nombre» es su título) y la otra lleva el nombre de una persona: «Jana». «Aun sin nombre» es la posibilidad, sin definiciones; es el largo recorrido existencial que ha llevado al poeta hasta el despojamiento de todo convencionalismo literario y, también, hasta la creación de un discurso poético de raíz social, adoptando la estrategia del esfuerzo y la reflexión, que convierte Pobreza, frente al pensamiento único impuesto actualmente, en una propuesta diferente para decir y transformar la realidad. Así, el poeta puede preguntarse «¿Qué pobreza es esta que ni sabe afuera de la página qué nombre tiene lo posible?» (pág. 15), donde «afuera de la página» ha sido legiblemente tachado.

La segunda parte, «Jana», se escribe en un momento determinado: de madrugada en madrugada, y comienza con un «Ahora» que nos lleva a un presente en la plenitud del amor que es, a su vez, la única eternidad posible, así como a la asunción del error como una forma de acción, descrita de una forma muy gráfica en el verso «he cerrado los ojos y secriob a tnientas» (pág. 105).

Pero el verdadero interrogante que plantea una escritura en libertad, sin nombre aún, sin el dress code que los necios aconsejan para entrar en poesía, se plantea en este libro como búsqueda capaz de superar una realidad social y cultural cada vez más alienante. Asimismo, Pobreza no solo cuestiona los convencionalismos de la comunicación –o, tal vez, de la incomunicación-, sino que pugna también por reorientar las prioridades vitales y culturas del propio poeta hacia un renacido compromiso humanista; y, como no podía ser de otra manera, manifiesta la necesidad de rescatar, desde la creatividad, las palabras alguna vez dichas con buenas intenciones pero que, a menudo, han sido desvalorizadas con estereotipos ingenuos o evidentes.

Por tanto, Pobreza es un libro para la rebelión personal y colectiva, pues Víktor Gómez asalta las palabras en la placidez de su significado y las enfrenta a la paz violenta del lenguaje monocorde del mercantilismo; entre otras cosas, gracias a la intensidad lírica de su discurso hiriente y bello, «si no sangra / el poema / se pudre» (pág. 14), que busca lectores comprometidos, capaces de adentrarse en las debilidades autodestructivas de un sistema imperante que se sirve del lenguaje y la simbología para que todo lo feo y desagradable se pueda maquillar impunemente, pues se ha conseguido convertir a al estética en la definición de la ética. Es así como este libro explora y propone la posibilidad de reconvertir la ética en la mejor estética inadmisible; desenmascarando, por añadidura, las contradicciones ideológicas impuestas por una poesía acomodada en el desprestigio de los premios y la indiferencia social.

Por otro lado, los poemas de Pobreza están escritos desde la dificultad, desde la construcción de contrarios y negaciones, en los que las dobleces de la realidad se cuelan como cuñas, no entre paréntesis o entre comas, sino directamente en el interior de las frases, haciendo que cohabiten palabras de campos semánticos diferentes para crear nuevas e inesperadas relaciones, nexos sorprendentes e ideas aun desconocidas, aun sin nombre. Además, ahondando en una experimentación que le conecta con autores de culto como Juan Eduardo Cirlot, el poeta explora una sintaxis llevada al límite, al filo de lo comprensible, usando fórmulas innovadoras y apelando siempre a la inteligencia del lector, pues es consciente de que la aprehensión de la densidad de significados que propone va unida, de manera inextricable, a las aportaciones de cada lectura.

Al fin, Víktor Gómez crea su poesía desde el cuestionamiento de la obra individual y desde la apropiación de las palabras de otros autores; de esta manera las citas se van intercalando en el transcurso del libro y no es hasta el final del mismo cuando se nos dan las oportunas referencias. Por tanto, Pobreza es una obra fértil y compleja, llena de hallazgos y, en cierta forma, se nos propone como obra felizmente colectiva.