miércoles, 24 de julio de 2013

Reseña: Carta blanca, de Rafael Saravia, y Porción del enemigo, de Enrique Falcón, en Encuentros de lecturas

Equipaje de vacaciones. Poesía
Por Santos Domínguez
Encuentros de lecturas, 26/06/2013


Carta blanca, Rafael Saravia
 
Carta blanca, el cuarto libro de Rafael Saravia, responde a un doble impulso imprescindible en la poesía: la mirada crítica a la realidad y el compromiso ambicioso con el lenguaje.
 

Por eso sus referentes poéticos, que van de Valente y Pérez Estrada a Gamoneda, Gelman o Mestre, inspiran ese doble impulso, sostenido con variaciones en las tres partes en que se articula el libro -Solo, Hasta que llegue diciembre y Carta blanca- y en unos poemas que pasan de lo íntimo a lo público, de la indignación al amor, de la búsqueda a la insurgencia, para combinar intensidad de lenguaje y altura de voz entre la fidelidad a la memoria y la militancia infatigable en la utopía.

Un ejemplo, estos versos del espléndido Tiempo de contar: Con el tiempo, se hizo medible la esperanza... / La premura se acomodó en el segundo, / el ímpetu en la hora, el cambio en el día, / la razón en los meses venideros, / el poema en cada sentencia futura.





Porción del enemigo, Enrique Falcón

La pregunta que este libro nos confía no es si nuestro enemigo podrá ser vencido, sino si podremos mirarlo de una vez, ahora, al menos un centímetro por encima de nuestros propios terrores, escribe Enrique Falcón en el Preliminar de Porción del enemigo, que cierra en Calambur su Trilogía de las Sombras, de la que forman parte también Amonal y Taberna roja.

La poesía de Enrique Falcón brota de una doble actitud crítica: la conciencia del mundo y la conciencia del lenguaje para expresar el conflicto en un momento tan decisivo como este, para mirar la realidad desde la disidencia y para llamar a las cosas por su nombre, que es la primera condición para modificarlas.

Por eso estos poemas, escritos a dos metros del apocalipsis, practican una disidencia múltiple: de las condiciones políticas y sociales de la actualidad y de las convenciones del lenguaje ordinario, invitan a la insurgencia, como en la Canción del levantado ( No esperes casi nada de su magistratura / No reces en su lengua, no bailes con sus ropas / No pierdas nunca el agua que duerme a los guardianes / Ni alojes en su boca la sal de tu sabor), o practican el sarcasmo paródico del Salmo 23 (El Señor es mi pastor, nada me falta).

Poemas escritos contra el enemigo, contra aquellos que esperan que te rindas. / Que devuelvas las canciones a sus cuartos.



Blog Encuentros de lecturas

Reseña: Porción del enemigo, de Enrique Falcón, en la revista Qué leer

Levantando acta
Por Enrique Villagrasa
Qué leer, nº 189, julio 2013

Porción del enemigo (Calambur), de Enrique Falcón (Valencia, 1968), es el libro que cierra la Trilogía de las Sombras y en él se nos presenta un claro informe: palabra y memoria de y sobre el mundo que nos ha tocado en suerte y que cada vez está más y más adormilado, lamentablemente para unos y gozosamente para otros. Esta acta de cinco porciones, de once poemas cada una, presenta al lector la cruda realidad y le plantea la posibilidad de iniciar una transformación de la misma. Poeta grande que sabe manejar el verso con maestría.

Blog de Enrique Falcón

Reseña: La bicicleta del panadero, de Juan Carlos Mestre, en Otro lunes. Revista hispanoamericana de cultura

No mires hacia atrás, poesía
Jorge de Arco
Otro lunes. Revista hispanoamericana de cultura, julio 2013


Cada nuevo poemario de Juan Carlos Mestre, incide en una apuesta regeneradora y diferente, en una voluntad de hacer de la poesía materia moldeable,  desobediente y turbadora.

Este poeta y artista visual, nacido en Villafranca del Bierzo en 1957, tiene ya una decena de poemarios en su haber, algunos de los cuales han sido reconocidos merecidamente con galardones como el Adonáis (1985), Jaime Gil de Biedma (1992) y Jaén (1999).

Tras la espléndida acogida que tuviese La casa roja -volumen con el que obtuviera en 2009 el Premio Nacional de Poesía y en el que el poeta leonés hacía de su verbo sortilegio y conjuro con ese ritmo único que comportan las ensoñaciones-, llega, La bicicleta del panadero, libro refrendado hace escasas fechas con el premio de la Crítica 2012.

No cabe duda de que, es esta, una entrega abarcadora y torrencial, donde se agrupan casi trescientos poemas que conforman un caleidoscopio diverso y cambiante. No sólo por su extensión, sino también por su variable contenido, su dispersa temática, deviene en la posibilidad de múltiples lecturas, de muy distintas interpretaciones que obligan a un recorrido paciente, si se quiere esenciar lo mucho que cobijan estos versos mayores.

Sabe Juan Carlos Mestre que toda virtud no puede subsistir sin sustancia, y por ello, su eclético mensaje, se aferra un hilo conductor que nace de su espíritu libre y apasionado y de una moralidad individual, inquietante, enteramente viva: “En cuanto a nosotros, encendidos bajo la misión del diluvio, / haga la noche un canto para la intimidad de los infelices. / Oscuros como están en la marmolería del guardabosques, / déjelos la noche hablar ya que han viajado al perdón de los que no se encuentran (…) Nada cambiará bajo el peso de la advertencia tras el parimiento, / en esto nos hemos convertido”, anota en su poema titulado “La presencia”.

En su lírica condición de demiurgo, el autor berciano no deja ni un instante de observar la realidad, para con posterioridad denunciarla, pues es consciente de que la conciencia del hombre no es la que determina su ser, sino, a la inversa, es su ser social el que determina dicha conciencia. De ahí, que no exista oportunidad de negar la responsabilidad que como ser humano tiene cada uno ante sus actos ni ante su propia experiencia terrenal y amatoria: “Acepta la necesidad de mi corazón que sostuvo algo tuyo/ No permitas que mis errores dejen de amarte / Y si fuera estrictamente necesario acepta finalmente mi vergüenza”

En esta heterogénea mezcla de elementos oníricos, de historias surreales, de homenajes pictóricos, de referencias musicales, de paisajes comunes, de conjeturas civiles, de lúcidas visiones, de himnos solidarios, de lunas inflamadas, de noches en vela…, el lector puede atrapar retazos de una poética que de forma intermitente asoma por entre los pliegues candentes de estas páginas. Porque Juan Carlos Mestre se afana en ofrecer cromáticas pinceladas de cuanto la poesía tiene de certidumbre, de visceral, de sumisa, de solidaria… y salpica sus textos con notorias alusiones como éstas: “No mires hacia atrás, poesía, si no quieres que te muerdan/ los perros que esperan tras la cancela durante el festejo de la matanza”; “Los poetas escriben ajenos a las rotaciones / de los inciertos cometas por las carótidas del universo (…) Los poetas son abejas caídas al mar que se sujetan a un lápiz”; “La poesía nido en el avellano boca de niño que empuja la carretilla de agua salada (…) La poesía tiene ahorros primaverales piernas salvajes un castillo de naipes bajo la manga”.

La bicicleta del panadero, traza, en suma, un itinerario multiforme, una estética despojada de retoricismos, un universo donde el alma no es materia sino perspectiva, una inspiración irreductible, una plataforma para la acción común, pues no en vano, el propio poeta leonés confesó tras la concesión del citado premio de la Crítica, que su intención no era otra que la de “volver a rescatar la poesía como lenguaje para el proyecto colectivo de una sociedad en la que los derechos civiles presidan los parlamentos de la responsabilidad”.

Y aquí quedan, escritos, los utópicos mimbres de un deseo que no tiene frenos: “es el hijo del panadero, en bicicleta,/ por los túneles de plomo donde nieva”.



 

Reseña: Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández, en El blog de las Artes y las Letras

Nueva York después de muerto
Por Manuel Francisco Reina
El blog de las Artes y las Letras, 26/06/2013



Pocas ciudades tan evocadoras, tan sugestivas literariamente como Nueva York. Su capacidad de evocación está clara en el cine, que es, no nos engañemos, otro género literario con soporte visual, como el teatro, y hay pruebas de esta capacidad de imán en la narrativa y, sin duda en la poesía. La fundamental obra de Federico García Lorca, Poeta en Nueva York lo evidencia, así como el libro del santanderino José Hierro, Cuaderno de Nueva York, dos libros esenciales a los que ahora se suma un tercero, como en toda tríada que se precie con este Nueva York después de muerto del poeta andaluz Antonio Hernández. Alrededor de esta sirena urbana con nombre de ciudad, gira la meditación vital, biográfica y poética de este nuevo libro ya fundamental en el panorama de la poesía española contemporánea.

Observo de un tiempo a esta parte que, las propuestas más rompedoras en poesía, no vienen, como debieran, de la mano de los poetas jóvenes, sino de los mayores. Sin citar a nadie, para no levantar suspicacias, he de decir que, este libro de Antonio Hernández es un ejemplo claro de propuesta radical, en sentido etimológico, tanto de raíz literaria, como de propuesta extrema. Un disparo a bocajarro de la conciencia, de la sensibilidad y del oficio de escribir. Los bríos de sus versos y contenido en este poemario serían más propios de un enfant terrible que cante sin prevenciones las verdades del barquero, pero su quehacer es el de un autor ya hecho, con la maestría y el poso de lo vivido y escrito. Nueva York después de muerto, nace del difícil compromiso del poeta con su amigo Luis Rosales, como explica en la justificación de la obra: “mi maestro, me dijo un día, antes de dejarlo escrito, que quería terminar su obra con un trilogía titulada Nueva York después de muerto; que en ese texto quería hablar del exilio, del problema de la gran ciudad, de la lucha de clases y de razas así como de otros conflictos que agobian al hombre. Y que lo que representaba para él Nueva York era, grosso modo, la mecanización, el automatismo de la vida, la desigualdad entre distintas razas, el imparable avance del mestizaje… y, obviamente, Federico.” La enfermedad y poco después la muerte impidió a Rosales el cumplimiento de esta obra pero comprometió a su discípulo entonces, Antonio Hernández, la realización de la misma, con confidencias e información que se ven reflejados ahora en este libro silente muchos años con el sueño de la prudencia.

Es éste un libro importante. Tanto por su revolucionaria concepción, como por la madurez poética y talento de su autor. Un libro insertado en eso que Octavio Paz o Ernesto Cardenal llamaron “la poesía total”, y que tanto interesó a Rosales, que suponía la asunción en lo poético de los recursos y técnicas de otros géneros como la narrativa, el teatro o el cine. Poesía que sin perder la cadencia musical de la rima, aportase nuevas fuerzas y técnicas de géneros ajenos. Antonio Hernández va incluso un poco más lejos, incorporando recursos propios del periodismo, con la aportación de datos, fechas, noticias…Dividido en tres partes, de forma aristotélica y su preceptiva, pero sobretodo como homenaje a esta trilogía comprometida por Luis Rosales, el poemario como la santísima Trinidad es trígono y uno; a saber: en él están entre otras las voces de Luis Rosales, de Lorca y de Nueva York, con su silbo de sirena simbólica, pero quien las unifica en su misterio, es la voz reconocible y única en nuestra poesía de hoy, de Antonio Hernández. Una poesía más relacionada con los americanos citados con anterioridad, de la llamada “poesía total”, si no fuese porque en este poema cántico, a la forma del coro griego en el que muchas voces se convierten en una sola voz, asoma la tradición andaluza más universal de la que Hernández es claro ejemplo. En la metafísica paseante de estos versos sobrecogedores, aparece la reflexión filosófica de un senequismo contemporáneo como cuando dice: “Recordar, recordar, cangrejo de las lágrimas.” Otro apunte de los tantos de esta poética pulsión meditadora sería: “Pero así es la vida, así: la paradoja./Como dicen que el Caos se ordena en la Felicidad,/en donde hay desdicha, hay materia sagrada./¿No hay que sacar las cosas de quicio, no, señor?/Hasta el ombligo en el gozo, hasta lo hondo,/hasta lo más hondo del corazón en la tristeza./Incluso Dios. En Luzbel, en lo que más quería.” Lorca y su tragedia están presentes, como buena parte de nuestra más negra y luminosa historia, que marcó a Rosales y también a nosotros como pueblo, como una nueva épica emocional en el fragmento que se inicia “El azar tiene la sangre fría” y continúa: “Únicamente necesita/tener a un tonto cerca, a un/asesino cerca, a un infeliz/para hacerlo feliz por un día,/o a un ser angelical, o a un genio/para que nunca más utilice sus alas.” En estos versos, y en su reflexión, se retrata la culpabilidad de toda una sociedad ante la muerte del poeta de Granada: “Nada más duro que una tentación/que es libertad en otro. El tiro más letal/lo da la cobardía.” Pero también aparece el Lorca riente, vivo e ilusionado por un joven, Juan Ramírez “enamorado triste/y que acusó con las manos alzadas,/como dimensionando su estupor,/a una homofobia crucificadora / en capuletos y montescos / y que al desheredado por amor/de blasón y de hacienda,/ fue él, Luis Rosales,/quien lo llevó de crítico/de arte a un diario de Madrid/porque no le faltara/el pan, la dignidad,/y a Federico/un corazón latiendo todavía/cuando ya estaba muerto.”

Queda Rosales ensalzado en la voz de Hernández, en sus versos, memorialísticos casi, como en el fragmento que se inicia “Me acusaron de todo,/ (…)Me han insultado en todos los idiomas”. Y sin embargo, en la resonancia de la ciudad totémica, Nueva York se funden todas las voces, y la propia absolución del sufrimiento del poeta Rosales cuando pregunta Hernández con su propia voz: “¿Y no has visto, maestro, a Federico,/no estará entre las nubes su tumba?”. Un libro ya esencial, rompedor y heridor, como suele ser la belleza, que decía Platón era “el esplendor de la verdad”. Una poesía insólita y brillante, totalizadora de géneros y emociones en la que se demuestra que no todo está dicho ni escrito. Aquí la poesía de Antonio Hernández se faja y se confirma como digno hijo de sus mayores, pero dueño de su propia e inconfundible voz. Como cierra la segunda parte del libro: “Pero hasta ahora es él, Antonio a quemarropa.”

Un libro que debiera formar parte del imaginario y las bibliotecas de la tribu poética hispana, a pesar del cainismo que impera en dicha grey, y que huele ya a Premio nacional de Poesía. Pocos libros son capaces de conmover, de herir de verdad y belleza, incluso de cambiar la vida del lector, si este entiende la liturgia de la poesía de un modo profundo, como este Nueva York después de muerto del poeta de Arcos de la Frontera Antonio Hernández.

Lee la reseña en El blog de las Artes y las Letras


lunes, 15 de julio de 2013

Calambur, editor del mes en la Asociación de Editores de Madrid

Asociación de Editores de Madrid
Boletín mayo-junio 2013
El editor del mes

 

En esta ocasión, la editorial del mes es Calambur, Premio de la Crítica a La bicicleta del panadero, de Juan Carlos Mestre. Emilio Torné, director de la editorial, comparte con nosotros en este texto lo que ha supuesto para ellos ganar este premio.

“Tengo para mí que si Calambur ha podido cumplir veintidós años de trayectoria editorial esta primavera, ha sido porque, en alguna (y diversa) medida, hemos merecido la confianza de lectores, autores, críticos, libreros, bibliotecarios… Esta confianza se muda en nosotros en forma de gratitud y de responsabilidad. El sostén, y desearíamos que la mejora, de esta fidelidad pasa por un compromiso cultural e intelectual: editar libros que duren, obras de calidad en ediciones cuidadas. Para Calambur, esto se traduce en una apuesta por la libertad, el riesgo, la diversidad y el reconocimiento del otro; y en una aspiración (no por excesiva menos legítima) de publicar algo de lo mejor y más avanzado de la literatura contemporánea. Construimos, así, y ofrecemos una pequeña casa abierta, un modesto rincón que trata de mantener viva la llama de una cultura centenaria, que solo puede sobrevivir desde la colaboración, la innovación y la creatividad.

La edición, en 2012, de La bicicleta del panadero, último libro inédito de Juan Carlos Mestre, significó un ahondamiento en estas aspiraciones. Antes que nada, debe figurar nuestro agradecimiento a un poeta que se mantiene fiel a un proyecto y a un modo de editar poesía. E inmediatamente, nuestra satisfacción por brindar una obra que desde el primer momento creímos en la línea de la mejor poesía escrita en español en el siglo XXI. Lo cual debe entenderse como una cumbre en la trayectoria de uno de los autores capitales de su generación; pero también, como una obra que está siendo leída con fervor por buena parte de la joven poesía española. Empeños así justifican la labor de nuestra editorial.

La reciente concesión a La bicicleta del panadero del "Premio de la crítica 2012" ha supuesto una natural alegría para todos nosotros, pues revalida esa confianza de la que hablaba al principio, en este caso, por parte de los críticos. Viene a sumarse —y disculpen la sonrojante autorreferencia—, a otros galardones no lejanos, como el "Premio Nacional de Poesía 2009" —a La casa roja, también de Juan Carlos Mestre— o el "Premio Nacional de Poesía 2010" —a Cuadernos (2000-2009), de José María Millares Sall—. Lo cual sitúa nuestra colección de poesía en un lugar de privilegio dentro de nuestro catálogo. No mostrar la debida gratitud por estos reconocimientos sería, por nuestra parte, de una petulancia y una impostura que nos son ajenas; pero dicho esto, debo expresar que en nada nos mueven los premios, pues apenas son, en el mejor de los casos, un síntoma de que no se anda del todo desencaminado. Nos afanamos cada día, sí —y permítanme terminar como empecé, repitiendo como una letanía:— por la literatura, por los libros como objetos dignos y hermosos, por los lectores, los autores, los críticos, los libreros, los bibliotecarios...”

Emilio Torné, Director literario de Calambur

http://www.editoresmadrid.org/documentacion/boletin/mayo-junio-2013.aspx

EXPOESÍA SORIA 2013. Poesía a la intemperie



Calambur participa en Expoesía Soria 2013. Poesía a la intemperie

Estas son algunas de las actividades en las que participamos:

Feria del Libro
Caseta de Calambur

Del 16 al 20 de julio de 2013
Alameda de Cervantes, Soria

Lectura de Juan Carlos Mestre
Martes, 16 de julio, 13:30 horas, Alameda de Cervantes

Concierto-recital "La música de los poetas". Juan Carlos Mestre y Mª José Cordero
Martes, 16 de julio, 22:30 horas, Claustro IES Antonio Machado

Conferencia recital Antonio Gamoneda. Presentado por Marifé Santiago
Viernes, 19 de julio, 20:00 horas, Casino

Poetas en la noche: Rafael Saravia y Felipe Zapico
Viernes, 19 de julio, 24:00 horas, Carpa del Kiosko Alameda

Mujer y poesía. Recital: Marifé Santiago y Zhivka Baltadzhieva
Sábado, 20 de julio, 20:00 horas, Casino

Reseña: Autorretrato de otro, de Cees Nooteboom, en Nayagua

Los rostros incesantes de uno mismo
Andrés Catalán
Nayagua, nº 19, julio 2013


Parece natural que el tema de la identidad presida toda la obra de este holandés (La Haya, 1933) que vive alternadamente en la isla de Menorca, Alemania y la ciudad de Ámsterdam, viajero incansable, prolífico escritor de novela y poesía, desmarcado de su propia generación literaria y señalado desde joven por la marca del desarraigo consecuencia del caos que la Segunda Guerra Mundial desata en su país (su padre muere durante un bombardeo en 1945: los muertos serán otra de sus recurrencias). Tema ya presente en su primera novela, Philip y los otros (1957), la identidad será también la columna vertebral de la que es posiblemente su novela más exitosa, La historia siguiente (1991) y de buena parte de su poesía (una extensa muestra de la cual acaba de aparecer, también en estupenda traducción de García de la Banda, en la editorial Visor bajo el título Luz por todas partes). Si a esto sumamos su interés por la configuración de la equívoca realidad y por los mecanismos de la percepción visual (véase su poemario El rostro del ojo), nos daremos cuenta de por qué el autorretrato que nos ocupa no es precisamente uno al uso. Treinta y tres poemas en prosa en torno —siempre en torno, siempre circunvalando— a otras tantas ilustraciones del pintor alemán Max Neumann. Un “otro” pues, que es la imagen en el texto, pero que es también el otro artista: ¿es esto un autorretrato del propio Cees? ¿Un retrato-párergon de Max Neumann a partir de sus dibujos? ¿Un otro y el mismo simultáneamente? El juego de espejos sin embargo no es nada nítido. La premisa, acordada por ambos, de que el escritor nunca describiría los cuadros ni el pintor ilustraría los poemas provoca que la écfrasis esperable no se produzca. El juego es fantasmagórico desde el principio y tan solo se invoca una suerte de ausencia presente muy difusa: si ninguna imagen nunca está en realidad en ninguna de sus más transparentes descripciones, la relación entre los dibujos de Neumann y los textos de Nooteboom se dispone en forma de un eco aún más disipado, más extrañado: más perturbador. Los cuadros, que Nooteboom reparte por su casa de Menorca mientras escribe el libro, muestran una serie de seres deformes, mutilados y zoomorfos, abocetados en negro sobre un inquietante fondo naranja, y dan lugar a unos textos en los que se establecen ciertas conexiones pero en los que no se alude directamente a ninguno de los elementos pictóricos. En lugar de ello Nooteboom acude a sus recuerdos personales, a las fantasías y a los paisajes alucinados de su memoria, elaborando así el autorretrato del título alrededor de “la isla” y “la ciudad de antaño” del subtítulo. El componente onírico será la fuerza que gobierne el imaginario desplegado por el autor, repleto de muchedumbres hostiles, cuerpos fragmentarios, rostros cuyos únicos rasgos visibles son las bocas y los ojos, violentadas figuras semihumanas. La suma de estas imágenes inconexas provoca cierto desasosiego interpretativo en el lector, que no alcanza a entender ni la relación en la alternancia de textos e ilustraciones ni la relación ¿narrativa? entre los sucesivos poemas. Hay, sin embargo, núcleos de sentido que se reiteran y que en ocasiones coinciden con elementos de los cuadros. La cita que abre el libro, “la transmigración de las almas no sucede después, sino durante la vida”, deja claro cuál será uno de los espacios centrales: el je est un autre de Rimbaud, pero también la percepción de que ese yo lo forman unos muchos, sucesivos. Somos multitud. Sin embargo esa multitud es extraña, ajena, inidentificable, cambiante y volátil: los demás no son espejos en los que mirarnos sino presencias que distorsionan aún más nuestra percepción, igual que los dibujos de Neumann frente a las palabras (“cuando está solo la multitud se convierte en un enigma para él, entre los otros ya no sabe quién es”). Mezcla de realidad y sueño, las visiones de los demás parecen ser las de un afásico o las de un alucinado que ve, en las formas humanas, rasgos animales (sobre todo pájaros, pero también peces, ciervos, hormigas, escarabajos, perros...) y que se encuentra incapacitado para ordenar un mundo al que parecen faltarle los cimientos (“esta serie: un niño, un perro, un cura, tres ancianas. Era incapaz de hacer algo con aquello”) y en el que en ocasiones se siente solamente un fantasma entre otros fantasmas: su padre, las víctimas de la guerra, sus amigos muertos. Al final de la sucesión de ensoñaciones lo que se admitirá es el fracaso del lenguaje para ordenar nada, para dotar de peso al mundo. Así, la cita final de Schlegel resume la intención de este oscuro autorretrato: “He querido mostrar que las palabras se comprenden a menudo mejor a sí mismas que aquellos que las emplean”. Al final, el que es otro, indomeñable y extraño, es también el lenguaje.


Revista Nayagua, nº 19 (pp. 249-250)

Reseña: Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández, en Nayagua

El riesgo es los otros
Guadalupe Grande
Nayagua, nº 19, julio 2013


Quién sabe hacia dónde se dirigen los trenes de la poesía, quién puede pretender saberlo, si son trenes sin raíles. Pero quizá podamos indagar de dónde vienen y hacía dónde intentan llegar. Quizá podamos intentar entender, en este instante del tiempo y de la historia, desde qué lugar parte un determinado tren y a qué lugar desea ayudarnos a llegar. Pues quizá la poesía no sea otra cosa que un animal sobre ruedas que ayuda a cada lector a recorrer su camino y a cada época e entablar el diálogo entre lo que ha enmudecido, lo que ha sido callado y lo que aún está por decir. 


Después de una ya larga y prolífica travesía poética, que se inició en 1965, sería un lugar común decir que, tras diecisiete libros de poemas, la voz de Antonio Hernández no ha hecho sino ahondarse y ser cada vez más intensa y suya. Esté ello un milímetro más allá o más acá de la verdad, sería una verdad carente de interés: no es la poesía una carrera en el progreso de la propia perfección, sino un acontecimiento en la conciencia, un acontecimiento en diálogo con la historia, con la memoria, con las experiencias; hay, por supuesto, evolución y cambio en el tiempo de una obra, pero se trata de una relación dialéctica y no de competencia. Esta no es la primera ocasión en que Antonio Hernández se adentra en una poética de evidente homenaje: ya lo hizo con anterioridad en Metaory (1979), era aquel un libro en cierto sentido solar que aún no había comenzado a conversar con los desaparecidos. 

Nueva York después de muerto es el libro más arriesgado de Antonio Hernández en la medida en que es el libro menos suyo: Nueva York después de muerto es un tributo a la memoria y un retablo de historia y un listado de acontecimientos y desapariciones. Si Batjín tenía razón y “solo el otro como tal parece ser el centro valorativo de la visión artística y, por consiguiente, el héroe de una obra”, este es el libro donde la autoría de Antonio Hernández se diluye en el otro, en las voces de los otros, y el héroe poético es la asamblea de acontecimientos vitales que la poesía convierte en acontecimientos artísticos y de conciencia vivos. El riesgo es abandonar la propia voz, ese territorio tan conocido, el riesgo es entrar en la asamblea, en la polifonía, hasta diluirse sin desaparecer, el riesgo es dejar a un lado los criterios de género literario y hacer poesía con el lenguaje y con la historia y la sociología del lenguaje sin poetizarlo, el riesgo es “llamar trasparencia a lo más escondido”, agarrarse como a un girasol ardiendo a esa natural fraternidad entre el barroquismo andaluz y el surrealismo y entender que “donde se hace diáspora la nube”, “la palabra tiene más alas que la historia”. El riesgo es que alguien pregunte dónde empieza el poema y dónde el relato, dónde la crónica y el verso, cuándo una imagen, una metáfora, un vocabulario son de Rosales, de Federico, de Antonio. Si alguien pregunta esto estamos en el lugar indicado, allí donde solo importa el súbito acontecimiento de realidad irrepetible que es la poesía.  

Luis Rosales imaginó Nueva York después de muerto, sería tal vez un homenaje a Federico, quizá un espacio para ese “tenemos que hablar, de eso tenemos que seguir hablando”, tan rosaliano y tan perpetuamente y fatalmente postergado para Lorca, quizá, como indica Hernández en las páginas iniciales: “mi maestro, me dijo un día, antes de dejarlo escrito, que quería terminar su obra con una trilogía titulada Nueva York después de muerto; que en ese texto quería hablar del exilio, del problema de la gran ciudad, de la lucha de clases y de razas así como de otros conflictos que agobian al hombre. Y que lo que representaba para él Nueva York era, grosso modo, la mecanización, el automatismo de la vida, la desigualdad entre distintas razas, el imparable avance del mestizaje… y, obviamente, Federico”. 

Antonio Hernández rescata con osadía pero sin petulancia ese espacio imaginario y ubica su escritura (que no su voz, que ya ha quedado diluida en este libro entre la de Rosales y la de Lorca) como un actor más en el devenir de los acontecimientos. Los acontecimientos son tres, como trinitaria es la voz del libro y como tripartita se supone la obra imaginada por Rosales: la tragedia y el oprobio civil y moral que supuso la Guerra Civil para España; Nueva York, ese tótem de la modernidad, esa moneda de metal único y dos caras; y la experiencia de la violencia y la belleza de esa modernidad —con sus verdades y sus falacias, con sus hallazgos y sus fracasos, con su pálpito y sus difuntos, con sus verdugos y sus víctimas. 

En los vagones de este tren se entrelazan y conversan tapiz y palimpsesto de una época: Whitman y Pound, Poe y los infiernos, el Holocausto e Hiroshima, el paraíso de la democracia y el infierno de su perversión mercantilista, el esclavismo con su música y el macarthismo, el espejismo de la bonanza bursátil y el Plan Marshall, los villancicos de los belenes, el rey de Harlem y el contenido de un corazón conversando en el mismo diván. En los vagones de este ave con ruedas regresa la conversación socrática de Luis Rosales, también sus años de vejez, cuando ya le era difícil articular las palabras, la ronda de los amigos, la casa encendida de la poesía en el relámpago de sus ojos. Y regresan los poemas de Federico “en unos apócrifos, si osados, voluntariosos”. 

Voluntariosos, no es sino una cuestión de voluntad conversar con los muertos, como es una cuestión de voluntad civil enunciar lo silenciado: y frente a la bulliciosa, desenfrenada, locuaz y hasta gritona Nueva York, con más sigilo se enuncia en este libro la tragedia de lo silenciado: el infame silencio que supuso la ejecución de Lorca y el luto mudo que llevó Luis Rosales durante toda su vida, como el emigrante que guarda en la cartera la fotografía de su casa perdida. No es sino una cuestión de voluntad, que no de estilo, testificar sin delatar y sembrar lenguaje donde otros pretendieron el anonimato de la fosa. Ese es el héroe colectivo de este Nueva York imaginado por Rosales, reinventado por Federico, revisitado por Antonio Hernández. 

Usurpación, imitación, glosa, identificación, versión, reintrepretación, testificación, recreación, invención, verso, prosa, testimonio, experiencia, memoria, poco importa y cualquier cosa es pertinente y necesaria y legítima si no es traición o manipulación. No hay material innoble para la poesía excepto el de la confusión malintencionada y el autoenvanecimiento. O el de ser forense y no resucitador. 

Escribió Rene Daumal allá por 1954, cuando Macarthy se relamía las botas, Blas de Otero pedía la paz y la palabra, Luis Rosales ya había publicado La casa encendida, aún faltaban más de veintiseis años para que se pudieran publicar en España los Sonetos del amor oscuro y Antonio Hernández era un adolescente en Arcos de la Frontera : “Y acuérdate sobre todo del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier modo. Pero un guardián vigilaba en tu noche, vigilaba mientras dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos. Acuérdate de tu guardián”. Ese guardián —en las voces de Rosales y Lorca, en el vientre de esa ballena fabril que es Nueva York— es la poesía, “o puede que sea todo más sencillo / o más elemental de endemoniado. / Que entre lo visto y no visto / nos hable un invisible amigo cotidiano. /// Por eso ahora vamos a hablar, como siempre de poesía / —la poesía es la máscara que nos descubre”.
 
Revista Nayagua, nº 19 (pp. 221-223)
 

domingo, 14 de julio de 2013

Reseña: Carta blanca, de Rafael Saravia, en la revista Leer

Carta blanca, Rafael Saravia
Leer, nº 244, julio-agosto 2013

Rafael Saravia sabe escuchar "la cadencia del súbdito ante el amo" en un poemario que abre alentando la resistencia y la esperanza, con la palabra que acaricia. El poeta hace recuento de personas convertidas en espacio público, caldeadas por la razón y la inquietud revolucionaria, pordiosera que acampa en la felicidad de unas expectativas que tal vez se malogren, pero ardieron entretanto. Un libro albertiano por lo angélico y machadiano por la bondad ad hominem  que se supone al que prescinde de acaparar, sin nostalgias. Mientras el amor, como "uva fresca", procesa un deseo que la rutina no alcanza, siempre intimidad y hallazgo, demorándose en el "roce lento" hasta que se cubra de sal todo lo amado o la distancia retome en abstinencia lo perdido. A veces tan perdido como los ecos de una "Internacional" que suena en sus versos a lotería y a un convencimiento que nunca ha de ser necesario, sino inquieto.

viernes, 12 de julio de 2013

Reseña: colección Hispanoamérica y la guerra civil española en El Cultural

Guerra civil española
Carlos Malamud
El Cultural, 26/04/2013


Niall Binns muestra el cambio radical de la imagen de España en América Latina tras la República. Un fenómeno similar al ocurrido con la Transición española. Ha comenzado por Ecuador y Argentina y seguirá por Perú y Chile

Guerra Civil y, por último, la forma en que ésta dividió a la sociedad, especialmente desde la perspectiva política y del pensamiento. El grueso de la obra, y aparentemente su principal objetivo, se estructura en un extenso apéndice documental que recoge abundantes testimonios de escritores, periodistas y políticos de la época.

El recuento es exhaustivo y se puede decir que prácticamente no falta nadie que haya escrito algo relacionado con España y su tragedia en los países estudiados. Sin embargo, en este apartado se hubiera agradecido un mayor esfuerzo de clasificación. Si bien cada autor, o medio de prensa, es precedido por una breve biografía o estudio que lo sitúa frente al conflicto, no hay un agrupamiento de aquellos a favor o en contra de la república, o de quienes adoptaron posiciones menos claras. De este modo, el lector podría sacar mayor partido a una colección de gran potencial. 

Ecuador y Argentina vivieron la guerra de forma similar, pero diferente. En buena medida esto último responde a la importancia de las colonias españolas, pero también a la densidad de los intercambios culturales con España. Éste es un punto decisivo, teniendo en cuenta que pese a la independencia nunca hubo una ruptura total entre ambos mundos. La espesa red de relaciones tejida, por ejemplo, por Emilio Castelar, así lo confirman. Esto implica que la influencia española en el mundo de las ideas latinoamericanas es mayor delo que se cree y es un camino a profundizar.

Bienvenida, entonces, la aparición de una obra como ésta, que, desdela perspectiva de la historia de la literatura y de los estudios intelectuales, busca respuestas regionales para unos hechos de tanto impacto. Para volúmenes futuros sería oportuno cuidar la edición y mejorar el estudio introductorio y, sobre todo, dotarlos de un imprescindible enfoque comparativo.


jueves, 11 de julio de 2013

Reseña: Porción del enemigo, de Enrique Falcón, en Nayagua

Lenguaje que ensancha las grietas
Alberto García-Teresa
Nayagua, nº 19, julio 2013


Sin prisa, a base de un largo trabajo de escritura y reescritura, la obra de Enrique Falcón es el resultado de una laboriosa investigación sobre las posibilidades, necesidades y carencias de la poesía para poder poner de manifiesto el conflicto socioeconómico en toda su complejidad y contradicción, con su amplitud de agentes, desde un enfoque antagonista.

Dentro de su trayectoria, el reciente Porción del enemigo ocupa un lugar muy relevante. Consiste este en el primer poemario escrito y publicado tras el cierre de su imprescindible La marcha de 150.000.000, una obra fundamental de la poesía hispánica de la segunda mitad del siglo xx. Porción... responde a aquel proyecto denominado con anterioridad Codeína, que cierra la definitivamente titulada “Trilogía de las Sombras”, que ha ido cobrando forma simultáneamente a La marcha... Dado que algunas de las piezas de Amonal y Taberna roja, su primera y su segunda parte, se incorporaron a la versión definitiva de La marcha… (Eclipsados, 2010), y tras entender su poesía inicial como una búsqueda hasta llegar a La marcha…, podríamos considerar Porción del enemigo como el primer poemario que se escribe sin ese proyecto (que fue gestándose a lo largo de quince años, y que contó con la edición de dos versiones parciales previas) en el horizonte. Por eso, resulta muy interesante acercarnos a esta obra para observar la evolución de Falcón, para atender a la progresión después del monumental trabajo y la excelencia de La marcha de 150.000.000.

Porción del enemigo se articula mediante el enfrentamiento, mediante la confrontación, que constituye a los sujetos y también a los textos, tanto formalmente como a nivel de discurso: “Un hombre tiene siempre / la edad de su enemigo”, escribe. Todo el poemario está atravesado por una gran violencia, que se manifiesta en la construcción sintáctica, en el ritmo, en los referentes o en las temáticas abordadas. Busca así corresponder y reflejar la violencia, la desigualdad y el dolor existentes en nuestra sociedad. Y es que Falcón lleva a cabo esa exploración formal para adecuar su enunciación a la expresión de la desigualdad, la miseria, la injusticia y la opresión existente en el mundo, que es la base de su poesía. Por tanto, el ritmo abrupto, con una sintaxis dislocada, oraciones truncadas, ausencia ocasional de signos de puntuación y bruscos encabalgamientos (que hasta parten las palabras), señalan una interrupción en la enunciación (y en la observación) y rompen el automatismo; la acomodación, en definitiva. Todo ello evidencia una voluntad política de crítica radical muy clara. Por eso, las perturbaciones lingüísticas, sintácticas, gráficas, genéricas de estos textos remiten a la voluntad de Enrique Falcón de no escribir una poesía cómplice con el statu quo y apuntan a un lector que salga de la pasividad (primero, en su relación con el texto y, a continuación, a nivel político). Al respecto, Falcón refleja la conflictividad que se esconde tras la supuesta paz social. Recordemos, en ese sentido, a Arnold Hauser: “El criterio de la fecundidad de un arte comprometido no estriba en la solución de crisis y conflictos, sino en combatir la ilusión de que, en medio de los peligros y bajo el signo de la catástrofe, todavía se sigue viviendo en un mundo sin peligro alguno”. Por tanto, ese choque con el lector es reflejo de los conflictos sociales, económicos y políticos.

Falcón continúa construyendo brillantes metáforas, con un alto contenido de violencia, pues emplea referentes y acciones relacionadas con el cuerpo agredido o torturado. También suele remitir a los campos semánticos de la putrefacción 209 y de la enfermedad. Se trata de imágenes de una gran fuerza, que pueden ser dirigidas por un arrebato irracionalista, y que facilitan la empatía y que producen desasosiego en el lector. El agua y la lluvia son símbolos recurrentes en Porcióndel enemigo, además de la propia imaginería que ya ha consolidado este autor. También, en menor medida, aparecen algunas pocas fórmulas, repetidas en distintas piezas, que dotan de mayor unidad al discurso del libro. Con todo ello, en bastantes textos el poeta alcanza una intensidad sobrecogedora.

Por otra parte, hay que remarcar la presencia de la novela en la obra. Figura a través de citas o de la aplicación de técnicas propias de lo novelesco en el poema, al mismo tiempo que se extrema la tensión lírica en otros momentos. Por ejemplo, se incluye un poema formado por ocho fragmentos de las correspondientes novelas, donde las últimas palabras se parten y prosiguen encadenando sus sílabas y abriendo la nueva cita.

El libro presenta una gran diversidad en la experimentación, pues cada poema registra un mecanismo distinto. Falcón no repite soluciones ni formatos, no se acomoda, sino que encara la pluralidad como expresión de la multiplicidad de abordajes que permite la realidad. Así, además de esos aspectos de lo novelesco, más que de lo narrativo, el autor incorpora muchos elementos antipoéticos, no literarios, como cuestionarios, artículos de leyes, listados, noticias de periódicos, instrucciones o glosas en prosa. Todo ello apunta a un intento de renovación de los modos de enunciación, siempre desde un punto de partida lírico, pues responde a una intención de recepción no lineal, que provoque un extrañamiento que sea capaz activar la atención y de desencadenar la reflexión sobre lo poetizado. Es decir, Enrique Falcón lo emplea como necesidad, no como juego o alarde de habilidad. Por ejemplo, cruza un poema con las categorías de las valoraciones de las empresas de calificación de riesgo. Atraviesan así el discurso poético (que es enunciación del mundo) los mecanismos financieros del capitalismo. Se pone de este modo de manifiesto cómo la economía determina y condiciona la vida. O, igualmente, ocurre cuando se introducen acrónimos y términos económicos en un discurso sustituyendo las referencias a la organización política o a las propias personas. Por otro lado, también desarrolla juegos con la disposición del texto en la página, a la cual dota de un valor expresivo (como “Poema con agujero”, que, literalmente, tiene uno en su centro).

El eje de todo el poemario es la resistencia. En ese sentido, ese impulso, o la profundización en él, resulta uno de los avances de este libro respecto a la obra previa de Enrique Falcón. En Porción del enemigo, el autor no se apela ni se acerca a ella como algo abstracto, sino como una estrategia concreta para propiciar la derrota del enemigo, del Poder. Se produce, entonces, una exaltación de los resistentes en situaciones extremas, presentes y pasadas, para perpetuar su memoria y demostrar 210 que es posible, no sólo no ceder, sino crear grietas y pasar a la ofensiva en esa confrontación. De hecho, un aliento de insumisión arrastra todos los versos, desde la persistencia del dolor y desde la firmeza de la no claudicación. También se aprecia cierto sentido de inminencia, cierta inevitabilidad de la resistencia, que empuja las luchas sociales. De este modo, aun siendo consciente de la derrota, Falcón sabe articular la esperanza como aliento de posibilidad en sus textos. Explícitamente manifiesta que la mirada revela un posicionamiento político, y que tenemos la opción de decidir qué mirar o si apartamos la vista. Se trata esta de una decisión nuestra, a la que debemos responder responsablemente, dado que la forma de mirar la realidadcondiciona nuestra manera de actuar.

En cualquier caso, su discurso está vertebrado y sostenido por y en lo colectivo. La estrategia de resistencia es comunitaria, con lo que supera la falacia individualista para encarar los conflictos históricos. El “yo” se enuncia como parte de la comunidad oprimida, como parte de las víctimas, sin suplantar su voz.

Al respecto, se incide en la presencia del asesinato y en la importancia de la memoria de los ejecutados por el Estado a través de la represión o de una política imperialista. Así se puede recuperar y mantener su dignidad. Además, Falcón utiliza fuentes escritas directas del statu quo para desvelar su política, para resaltar sus contradicciones, sus estrategias represivas. Por ejemplo, sobresale el choque que se produce al intercalar en un mismo poema un discurso de Barack Obama sobre la estrategia en el continente americano y un manual de la CIA para intervenir a favor de la contrarrevolución y llevar a cabo tácticas de sabotaje en la Nicaragua sandinista. Esa confrontación revela la hipocresía y la distancia entre la imagen pública y la práctica imperialista de Estados Unidos.

Por otra parte, siendo respetuoso con el trabajo de elaboración y reelaboración del poema, Falcón da completa cuenta de las distintas publicaciones y versiones previas de los textos recogidos en Porción del enemigo. En esas mismas notas finales, el autor también explica las distintas alusiones, el contexto en el cual fueron escritos, la procedencia de las citas y otros elementos del paratexto de los poemas.

Sin embargo, a pesar de esa diversidad, Porción del enemigo resulta un poemario coherente, con un tono unitario y unos mismos puntos de partida de los textos.

Por tanto, Porción del enemigo avanza en la propuesta formal y discursiva de Falcón, que plantea el texto como un espacio de enfrentamiento, como una manifestación del conflicto socioeconómico y político. Por todo ello, el proyecto de Enrique Falcón continúa siendo una de las propuestas más arriesgadas y meritorias de nuestra poesía reciente.



martes, 9 de julio de 2013

Reseña: Carta blanca, de Rafael Saravia, en Mondo Sonoro

Carta blanca, Rafael Saravia
Santos Perandones
Mondo Sonoro, nº 208 (ed. Galicia y Castilla-León), julio-agosto 2013

Cuarto libro de este autor donde la retórica y la madurez se aleja de sus anteriores trabajos. Un ejercicio intelectual dividido en tres partes, en el que combina elementos estéticos que se funden en vivencias a ratos propias y otras ajenas, en el lenguaje universal de la conciencia. Cada una de las partes en las que se divide el libro, Rafael Saravia nos invita a viajar por caminos internos estrechos, hasta poder vislumbrar nuestro propio conocimiento de la realidad que vivimos. Un compendio de palabras donde las voces no confunden y convencen en terrenos transitables de pasiones perdidas y desgarradas con claros aires de esperanza que tamizan y depuran el deseo, el sexo, el tiempo, lo social y las más sórdidas añoranzas. Carta blanca es el punto de encuentro de todas ellas.

http://issuu.com/mondosonoro-gal_cyl/docs/208msogal


lunes, 8 de julio de 2013

Reseña: Argentina y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, en Portal del Hispanismo

Argentina y la guerra civil española. La voz de los intelectuales 
Libro de la semana 
Portal del Hispanismo, Instituto Cervantes

En el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, hay una escultura en bronce de Antonio Silvestre Sibellino que lleva como título «Dolor de España» (1939). Representa a un  hombre, sentado en una silla, con el torso retorcido por el dolor. El título es, evidentemente, ambiguo: la figura puede interpretarse como una alegoría humana de la España sufriente, pero mucho más convincente -sobre todo porque la figura esta sentada, y porque de la cintura a los pies aparenta tranquilidad- es ver en ella una representacion mitad realista mitad expresionista del dolor sufrido a causa de España por los que vivían la guerra como si fuese en carne propia, siguiendo con desesperante impotencia, desde la sedentaria calma de sus escritorios en la lejana retaguardia argentina, la larga letanía de batallas, bombardeos y muerte.

Los intelectuales de Argentina, tomando partido con furia vociferante, respondieron a ese dolor de España con una amplísima, casi inabarcable producción de ensayos, poemas, narraciones y obras dramáticas,

Muchos viajaron a España y enviaron a casa textos testimoniales cargados de asombro y emoción. Para casi todos, mas allá del bando que apoyaban, España era otra vez la madre patria, una madre que se desangraba en el prolongado y brutal parto de su futuro.


Portal del Hispanismo. Instituto Cervantes

miércoles, 3 de julio de 2013

Reseña: Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández, en Cuadernos del Sur

La lira no enmudeció
Antonio Moreno Ayora
Cuadernos del Sur. Diario de Córdoba, 22/06/2013


Antonio Hernández publica Nueva York después de muerto

Insurgencias fue el título con el que Antonio Hernández dio a conocer (Calambur, 2010) lo que puede considerarse su obra poética completa, dividida en dos tomos y ampliada con versos que en algunos casos ni siquiera fueron publicados en su día. Y es "completa" porque bajo ese rótulo incluye desde su primer poemario, El mar es una tarde con campanas (1965), hasta el más reciente editado en 2007: A palo seco . De aquel primer punto de partida arrancan también frecuentes reflexiones líricas sobre el amor, el paisaje y la infancia, aspectos que reaparecen en el título siguiente, Oveja negra . Tal fidelidad a su infancia y a sus orígenes ("Allá en el Sur, bajando por los montes / ... / había una joven que creció en su pena / como la oveja negra entre las blancas") no solo se mantiene en estas páginas sino también en las del nuevo libro de 1978 Donde da la luz , que incorpora con rotundidad el sentimiento de su ser andaluz para justificar que "De Andalucía entera ilimitada / por los andaluces, escribo".

Paralelo a la aparición de sus nuevos poemarios es el desarrollo de ciertos recursos poéticos, sobre todo el del encabalgamiento y el de la variedad métrica y estrófica. Con ellos y con la atención de narrar su biografía avanzan cronológicamente los sentimientos que originan los títulos Metaory, Homo loquens y Diezmo de madrugada , libro vibrante en recuerdos, agarrado a sentires doloridos y a constantes imágenes de la infancia: "Nunca hemos sido más / que cuando fuimos niños". Puede afirmarse que nuestro poeta rumia siempre el sabor de la nostalgia, de manera que en la emoción que corresponde a Con tres heridas yo (1983), tan simbólico ya en su título, llega a decir que escribe sobre "El destino del hombre que no busca / su plenitud sino en lo que se escapa". De nuevo en 1985, en Compás errante , manifiesta un sesgo reiterado al formular un acercamiento lírico al mundo andaluz del gitano y del flamenco. 

UN POETA CONSOLIDADO

Ocho, como puede constatarse, son los poemarios que conforman el primer tomo de Insurgencias (el periodo que va de 1965 a 1985); en el segundo se añaden otros siete centrados en el recuerdo de lo que ha quedado atrás pero ahora retorna a lomo de los versos (véase Indumentaria , 1986), o tienen como objetivo lírico encumbrar la belleza inherente a ciudades como Córdoba, Cádiz o Sevilla (Campo lunario , 1988), o bien quieren manifestar un intenso amor a España entendiéndola como un país de grandezas y miserias de las que el poeta aspira a convertirse en cantor en Lente de agua . De lances históricos, de recuerdos locales, de nombres afamados, de escenas literarias, se nutre todo este libro, que aúna grandeza y desolación, espacio y belleza hasta poder decir: "comprendo que también / es más grande mi patria que mi tierra".

En el proceso lírico-creativo de Hernández resulta fundamental Sagrada forma (Premio Jaime Gil de Biedma y Premio Nacional de Poesía de la Crítica Española), en el que se ha pretendido reflejar un viaje en tren que significa un encuentro con la memoria y el pasado, o sea, con los recuerdos, que evidentemente lo encauzan hacia Andalucía: "Me quedé en ella porque era hermosa y necesitaba su alegría". De Habitación en Arcos hay que decir que es un colmado poemario compuesto de un poema inicial y de otras seis extensísimas composiciones que decantan la emoción de haber vivido ese paisaje natal que han habitado unos rostros y unas vidas que forman parte de la suya.

Los dos últimos libros de poesía que aparecen reimpresos igualmente en Insurgencias son El mundo entero (Premio Rafael Alberti del 2000, se reeditó en 2007 por el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes) y A palo seco (con primera edición en RD Editores de Madrid, también en 2007). Ahora, versos largos, preeminente afán metafórico, uso de lenguajes específicos y estilo ágil son las bases en que se apoya El mundo entero para instaurar un sentimiento de continua compenetración con la naturaleza o de íntimo apego al entorno. El paisaje favorecerá un innegable realismo detallista en las descripciones, algunas de las cuales testimonian el sentir vitalista y libidinoso del hombre: "Nunca se va más lejos que cuando se desea. / No hay más gloria que el vello si se eriza". Un verso como "todo transcurre rápido, mas nada / acaba de pasar" apunta a la idea de que todo retorna y todo se transforma, que es la que en el libro activa las referencias que contiene sobre el tiempo y el recuerdo: "La memoria nos constituye / como la nube al río, la madera a la llama". Finalmente, por la reflexión sobre el tiempo y el recuerdo parece que el poeta accede a la comprensión de las contradicciones aparentes como símbolos de la existencia misma, expresadas en "nos da a probar / el amor, por ejemplo, y lo convierte en odio; / el vino, por ejemplo, y lo torna en vinagre; / la vida, por ejemplo, y la traduce en muerte". En fin, los dieciocho poemas de El mundo entero inciden en un conjunto plural de emociones, tales como la alegría, la soledad, los sueños, el desamparo o los pensamientos sobre la naturaleza y el cosmos.
LA ESENCIALIDAD COMO OBJETIVO
 
De A palo seco, el día que se le presentó en la Real Academia de Córdoba, dijo su autor que significaba un intento por “despojar al poema de toda retórica, ir a la esencia, para llegar al conocimiento de uno mismo”. Y es con esa primordial intención con la que ha agrupado en sus páginas 71 composiciones de versos heterogéneos en cuanto al cómputo y la rima, aunque predominen los heptasílabos y endecasílabos combinados y ungidos con una musicalidad efectiva a partir de variadas conexiones fónicas internas. Con sencillez y con espontaneidad los versos van surgiendo matizados de actualidad y dibujando las preocupaciones del autor: el inmisericorde paso del tiempo, el sufrimiento humano, la ingrata soledad y el pesimismo de vivir sin esperanza y con el desagrado de la vejez. Se afirma que lo único que salva al poeta, al hombre, es la emoción de la poesía, por eso busca “un libro hermoso de poemas para / espantar un poco la muerte”. Y no hay duda de que A palo seco reúne una poesía directa, de mensaje liberador y comprensible dicción, de humana apoyatura y de realidad vibrante. Aun cuando presente, por su condición estética, recursos como la antítesis, la paradoja, la metáfora o el paralelismo sumados a algunos otros, lo que importa es que esta poesía está narrada sin artificio ni engaño, sin hipocresía, “a palo seco”, para que haga más estragos la emoción y la denuncia. Dice Antonio Hernández que su libro “es una metáfora de la soledad”, y la expresión vínica que la asume es precisamente la que él enarbola en su título, la de beber “sin tapas, a palo seco”, como también ha precisado.

Con este título, que entonces era el de su último poemario y que por ello cerraba el volumen de su poesía completa, el lector ya podía alegrarse por tenerla reunida bajo ese unitario rótulo de Insurgencias, con el añadido –que debemos a Jesús Bregante– de que “En sus versos, afronta el reto de romper con los moldes realistas desde una concepción simbólica del lenguaje poético”. Pero Hernández, quizá pensando en ese andaluz universal que es Bécquer (“No digáis que, agotado su tesoro, / de asuntos falta, enmudeció la lira”), tenía que seguir escribiendo, aunque solo fuera para cumplir esa su palabra que asegura “que yo estaré atareado en lo de siempre: / un poema y sus comas, el estallido / de cal demi pueblo, los corazones / que invadieron mi pecho al conocerte”.

CON NUEVA YORK COMO FONDO

Ahora, a principios de 2013, la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía ha revalorado a Antonio Hernández reconociéndolo merecedor del Premio de las Letras Andaluzas por su obra lírica Nueva York después de muerto. En ella el poeta gaditano ha vuelto su mirada al mítico Nueva York, que da título a esta obra en la que se continúan las facultades líricas de un poeta al que Santos Domínguez Ramos acaba de calificar como “una de las voces más sólidas y templadas, más matizadas y versátiles de la poesía española del último medio siglo”. Pero en este caso no estamos ante un poemario cualquiera, ni por su extensión, que alcanza las 134 páginas repletas de versos repartidos en tres apartados o “libros”, ni por la estructura con que se desenvuelve, un largo decurso poético que va progresando mediante la suma de párrafos líricos sucesivamente entrelazados y sin titulares que los separen. Y es precisamente esta forma de construir el poemario la que enseguida se esboza en su primera sección, que adopta un tono entre narrativo (“Sucedió / en un país lleno de ratas y telarañas”) y reiteradamente reflexivo (“Ella genera el odio / en los más cicateros corazones, ella”), apoyado con frecuencia por una expresividad en la que son frecuentes la imprecación y la anáfora: “vistámosla de olvido, pongamos su flor incierta / a orillas de las tumbas para
siempre”.

El libro, desde este comienzo, se convierte en un tríptico lírico con referencias entrecruzadas al poeta Luis Rosales, a García Lorca y al propio Antonio Hernández –síganse sus pinceladas biográficas–, los tres a su vez hermanados, hechizados, iluminados y ensombrecidos por la cultura americana de Nueva York. Esta ciudad, por añadidura, representa el símbolo de lo mudable, de la vida frenética, y los tres poetas vienen a ser la conciencia humana que se acerca a la metrópoli para indagarla, para comprenderla, para recordarla atrapada en una palabra cuyo eco quiere permanecer “después de muerto”. En una caótica enumeración de símbolos y realidades neoyorquinas –excesivos a veces–, Hernández infiltra también el caos de la España de posguerra (“o puede ser que el azogue nos traiga / la apocada comida fría del Auxilio Social / y veamos aquella España en pie / de hambre y de hombres rebuscando”) en la que el recuerdo de la pobreza evoca “a tristes emigrantes sobre un andén, helados / aun antes de partir para Alemania...”.

Es posible que el lector, en determinados momentos, se pierda entre tanta eclosión de temas y reflexiones histórico culturales, haciendo de ellas con frecuencia una incursión en la literatura estadounidense: “hablemos de Pound, hablemos de Twain, / hablemos de Poe llevándolo / a una memoria imaginaria”.

El poemario avanza con su mezcla de versos largos aversiculados y otros más breves y ágiles, pero siempre con García Lorca como fondo –eso ocurre de nuevo en el segundo libro– e invariablemente con su amigo Rosales, que emerge siempre “cuando empieza a fluir la memoria / que es la palabra del alma”. Y es esta segunda sección, por tanto, un recalcitrante recordatorio de emociones líricas surgidas o compartidas en Nueva York, la ciudad aquí continuamente descrita y mimada, bajo cuya tutela de experiencias puede afirmarse: “Por eso ahora vamos a hablar / como siempre de poesía”, y añadirse: “Y puesto sigues esperando / ... / que te hable de Federico, he de decirte / que era dulce y amargo”. Igualmente, con un lenguaje conceptista que debe saberse leer entre líneas, anécdotas y alusiones, reaparecen textos originales lorquianos juntamente con frases o citas que han hecho historia de otros personajes, como aquella de “Dos tiros en el culo, por maricón, / repite el tiempo a latigazos / en nuestro corazón acongojado”. 

Las expresiones y términos cultos o con carácter de neologismos (insérsicas, polifemamente, poundiananmente, liposuctor...) se adoban en conjunto con un necesario lenguaje coloquial propio del tono dialogístico: “Y no quise cebarme, y le dije que sí, / que de puta madre, que qué poeta”; “Era un tipo cetrino, sigiloso ymindundi”. Buena parte de la tercera sección, del tercer libro, es un remedo lírico-poético del estilo, los temas, la métrica del romancero y de los más genuinos símbolos de García Lorca, como el Darro, los gitanos, la navaja, la luna... De este modo, los versos de Antonio Hernández reviven, reanudan y concitan la voz, el ritmo, la sugerencia y la sintaxis lorquianos: “El Mulhacén y el Veleta / tienen el pelo canoso. / Nada llora tanto como / en primavera sus ojos”; o “El Juez Mayor de Manhattan / por entre la niebla viene”. Así, el ciclo de homenaje a Lorca y a Luis Rosales, a los que se da continua voz en estos versos (que además el autor ha explicado con claridad en sus palabras iniciales tituladas Justificación), se cierra con este último apartado, donde se esconden otra vez subrepticiamente la denuncia y la crítica social, aludiendo a lo que es por un lado “hambre, frío, muerte, paro...”, por otro conciencia de la desigualdad aludida en “Nadie es negro si es de oro, / si es de oro su cartera”, y dejando en el aire, como una baladilla que Lorca musitara al poeta tan andaluz que es Hernández, el consejo más valioso y más humano: “No lloréis más por mi muerte. / Darro y Genil ya se encargan / de llorar eternamente”.


martes, 2 de julio de 2013

Presentación: Carta blanca, de Rafael Saravia, en Santander



Presentación de Carta blanca, de Rafael Saravia en la Feria del Libro Independiente en Cantabria FLIC!

A cargo de la Librería Universitaria de León

Plaza de Pedro Velarde o Porticada
Santander
Domingo, 7 de julio, de 2013, a las 17:00 horas

http://libroindependiente.com/

Reseña: El nervio de la República en Nuevo Mundo Mundos Nuevos

Enrique Villalba y Emilio Torné. El nervio de la República. El oficio de escribano en el Siglo de Oro
Aude Argouse
Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 05/04/2013


El nervio de la República fue publicado dos años después de un coloquio que tuvo lugar en Madrid en septiembre de 2008, organizado por la Universidad Carlos III y al cual tuve el privilegio de asistir. El encuentro reunía investigadores y profesores españoles y franceses sobre el tema de los escribanos en la España del Siglo de Oro. Los organizadores, y editores del libro que resulta de este coloquio, Enrique Villalba Pérez y Emilio Torné, son historiadores, especialistas en historia moderna. Enrique Villalba Pérez, reconocido autor de un estudio publicado en 2004 en la misma colección sobre los delitos cometidos por mujeres en Madrid del siglo XVI y XVII, es coordinador del Grupo de Investigación Cultural Litterae, de la Universidad Carlos III en Madrid, a cargo de la colección Biblioteca Litterae, dedicada a investigaciones sobre la cultura escrita en la España moderna. Emilio Torné, doctor en Documentación, es profesor de filología en la Universidad de Alcalá.

Tal vez debido a la doble competencia del equipo de coordinadores, la singularidad del encuentro de 2008, y por el mismo consiguiente la del libro, radica en la presencia simultánea de archiveros, filólogos, historiadores de la literatura y de la cultura escrita e historiadores de la historia social y cultural, reunidos sobre el tema de los escribanos. El nervio de la República... cuenta así con veinte contribuciones repartidas en tres partes, y encabezadas por una corta presentación de los editores. La primera parte se dedica al servicio del escribano, es decir al grado de profesionalidad y profesionalismo del encargado de la consignación y conservación de las escrituras públicas. La segunda parte insiste en el papel político del escribano, mientras la tercera parte trata de los usos de la memoria en la práctica escribanil. Los autores proponen estudios de casos de varias ciudades de la Península (Madrid, Granada, Málaga, Sevilla, Barcelona) y aproximaciones más generales en torno al desempeño del oficio en el contexto hispánico. También tratan de escribanos de corte, del número o del rey y abordan el oficio desde la triple perspectiva orgánica, formal y material. Sin embargo, las contribuciones, bastantes completas, pueden apreciarse de manera separada, sin tener en cuenta la división en tres partes, ya que varios temas abordados (la política, la memoria, la escritura) son transversales.

María Luisa Pardo, especialista del notariado sevillano, abre la compilación con un rápido recorrido historiográfico sobre los escribanos e insiste en la “necesidad del análisis en profundidad de los protocolos notariales”, citando a Tamar Herzog, destacada autora de un estudio sobre los escribanos de la América española. M. L. Pardo enfoca su trabajo en lo formal del oficio, es decir en el encuentro entre la voluntad del otorgante y la autoridad de los actos provenientes del quehacer del notario. La autora insiste en la importancia de la personalidad del escribano para interpretar su actuación y ofrece un interesante panorama de la inserción profesional de Juan Álvarez de Alcalá, notario de Sevilla durante diez y ocho años a principios del siglo XVI. Su contribución permite apreciar cómo la construcción de la memoria de varios linajes de la ciudad pasa por las relaciones personales desarrolladas entre actor y auctor, es decir entre el otorgante y el escribano. También, pone de relieve la importancia del contexto social en la producción de los actos notariales, “imbricados en el tejido de la ciudad”.

Los escribanos aparecen en otras valiosas contribuciones como artesanos de las relaciones sociales, tanto a nivel personal –con su inserción en las redes clientelares del reino de Granada, estudiada por Francisco Crespo Muñoz, o la obligación que se les hacía de comprobar su limpieza de sangre, como en el caso de los escribanos de Málaga estudiados por Eva María Mendoza García– como a nivel profesional, con la organización de las escribanías de Marbella, revelada por Alfonso Sánchez Mairena. Este autor destaca además la triple dimensión del ámbito de actuación de los escribanos: jurisdiccional, actuaria y notarial.

Los estudios del notariado, impulsados en España por la obra del historiador José Bono Huerta, pusieron al notario al centro del dispositivo de producción del archivo jurídico, y trataron de reconstituir una genealogía de las escrituras públicas, desde la perspectiva de la actividad notarial. Entiendo por escrituras públicas no sólo las escrituras emanadas del oficio del garante de la “fe pública”, sino también las escrituras que se encuentran en cualquier registro público, sea éste de escribanos, de notarios y también aquéllos provenientes de los libros parroquiales, de minas, etc., producidos para servir como prueba en justicia. Se distinguen esencialmente de las escrituras íntimas, tales como los diarios de vida, aunque, de cualquier manera, toda tentativa de taxonomía de las escrituras antiguas resulta sumamente insatisfactoria.

Tomás Puñal Fernández, en su contribución sobre los escribanos madrileños en el siglo XV, califica la cultura jurídica de aquella época de mayormente escrita e insiste en la formación gramatical de los escribanos, llamados a garantizar la “fe pública”. A pesar de subrayar las solidaridades entre escribanos, funda su contribución sobre una supuesta ruptura entre la edad media y la edad moderna –cuestionada desde hace ya más de cincuenta años por G. Duby, entre otros– antes de concluir, de manera paradójica, con la existencia de una continuidad en la cohesión profesional de los peritos de la escritura pública. También se arriesga a proponer una nomenclatura escribanil que seguramente generará discusiones, ya que los títulos no reflejaban siempre una práctica uniforme y porque además, la distinción entre actividad privada y actividad pública, tomada de una concepción más bien decimonónica de la historia del derecho, no convence completamente el lector en su pertinencia. Por su lado, Carmen Losa e Ignacio Ezquerra abordan oficios particulares con valiosas precisiones y prudentes matices: la del escribano en el Concejo de Madrid y la del relator en el Consejo real, respectivamente.

Una meta anunciada del libro es superar la representación usual del escribano que oscila entre, por un lado, un poderoso y a menudo opaco manipulador de la escritura o, por el otro lado, un actuario absolutamente transparente, compilando datos mediante formularios preestablecidos. Esta figura ha sido, en consecuencia, receptora de una atención desigual por parte de la historiografía, atención que ha dependido de distintos factores: según el grado de interés por su desempeño notarial; en función de la negación de la pertinencia de su oficio de actuario; por razón del simple olvido, al momento de interpretar los documentos disponibles en los archivos históricos; y también, por último, a causa de la intervención del quehacer del escribano en su fabricación. Como si, entre la figura omnipotente del poder administrativo y aplastador de las voluntades individuales, por un lado, y la del escribiente que actúa como mera mano de un mandante imperativo, por el otro, no pudiera existir el abanico de situaciones en las cuales el escribano y el otorgante interactúan para fabricar un archivo consensuado, consignado y conservado.

Por lo tanto, los autores ratifican la necesidad metodológica de la contextualización del proceso de fabricación del archivo: reubican al escribano en el medio urbano en el cual trabaja5 y en el conjunto de las escrituras que se producen antes, durante y después de su actuación. Miguel Ángel Extremera, por ejemplo, estudia los principios de diferenciación de los escribanos a partir de sus relaciones con otros grupos profesionales para determinar los criterios culturales que les singularizan o asemejan; María José Osorio Pérez destaca los conflictos de intereses entre escribanos de Granada; Leonor Zozaya examina las consecuencias de la pérdida del título de oficio, la pedida de una copia nueva y el ejercicio sin título; Enrique Villalba y Fernando Negrero analizan la imagen pública de los escribanos, en sus conflictos con otros grupos sociales y profesionales.

Desde su vereda, mediante un estudio del dispositivo legislativo, Alicia Marchant Rivera analiza los escribanos desde un punto de vista más funcionalista, en sus relaciones con otros peritos de la escritura tales como los sacristanes o los mercaderes; Olivier Caporossi los reasienta entre las figuras del gobierno madrileño, poniendo así de relieve la faceta del escribano como auxilio primordial de la policía local. Este autor precisa también el rol fundamental del escribano en la elaboración de la memoria judicial, que califica de “fábrica conflictiva”, subrayando así el carácter consensuado de los actos pasados ante notario. Al respecto, la contribución de Ana Zabalza Seguín sobre los escribanos reales de Navarra presenta un aporte significativo en términos de proceso de asimilación e integración de los diferentes reinos que compusieron la monarquía hispánica, al presentar el escribano como “agente de cambio cultural” en el proceso de incorporación del reino de Navarra. En el mismo sentido van los estudio de Antonio Castillo Gómez sobre el escribano como mediador del escrito en la sociedad áurea y transmisor de memoria escrita, y el análisis sumamente esclarecedor de Laureà Pagarolas Sabaté sobre los archivos de protocolos de Barcelona.

En torno a la intermediación del escribano, que suele también desaparecer de la mayoría de los estudios de historia social y cultural a pesar de ser elaborados a partir de documentos notariales, el ya mencionado Alfonso Sánchez Mairena aborda el tema del escribano intérprete, en el caso de Marbella (intérprete de la lengua árabe). Amalia García Pedraza y Juan María de la Obra Sierra abordan con razón la política de instrumentalización de los escribanos en la Granada del siglo XV. Al respecto, apuntamos que, en el caso de la América colonial, la desvanecida figura del escribano puede surgir repentinamente cuando se trata de interpretar documentos notariales cuyos otorgantes son mujeres, indios o indias. En este caso, una crítica dirigida a la “validez” de las “fuentes” para conocer la “realidad histórica” consiste en menospreciar la expresión de una voluntad personal de los otorgantes, debido a la supuesta “coerción” ejercida por los escribanos, desde su pericia de las escrituras jurídicas, sobre una población ágrafa. Como si el lenguaje jurídico pudiera impedir al jurídicamente incapacitado expresar en debida forma una intencionalidad propia en los actos jurídicos que produce.

Al respecto, la contribución de Tamar Herzog plantea el papel del escribano tanto en la propagación de la cultura jurídica en los territorios americanos como en la construcción socio-cultural e institucional de la memoria indígena. Afirma así que “la introducción de los escribanos en el mundo nativo era un instrumento que participaba en la empresa que visaba a cambiar los indios” respecto a las formas de “almacenar información”. Pedro Rueda aumenta las vías de reflexión sobre este tema con su estudio sobre la circulación de los formularios de escribanos desde una perspectiva planteada en términos de mundo Atlántico; Reyes Rojas subraya la “inmediata necesidad de escrituración” puesta de manifiesto en América y plantea el tema de la recepción del ars notariae en los nuevos territorios mediante la publicación temprana de libros sobre la práctica judicial del escribano. Sobresale la importancia del notariado sevillano en esta expansión.

De hecho, las contribuciones aseveran la inscripción de la labor de los escribanos dentro de los mecanismos de elaboración de la información requerida para gobernar, que no necesariamente tenía que ver con “la” verdad sino con la constitución de verdades imprescindibles en el proceso de toma de decisión al momento de hacer justicia. Establecen por lo tanto el rol del escribano en la conformación de la cohesión social mediante su actuación en el buen gobierno de la ciudad.

El libro editado por E. Villalba y E. Torné se inscribe también en la corriente de la historiografía de la cultura escrita, incentivada en Francia por los estudios de Roger Chartier y compartida España por James Amelang, Carlos Alberto González y Fernando Bouza Álvarez. Cabe valorar entonces este esfuerzo de juntar experiencias provenientes de horizontes diferentes: el de varias corrientes historiográficas y el de los archiveros, ambos estrechamente ligados y dependientes de la competencia del escribano. No sólo este actuario es el nervio de la república, sino que se revela como nervio del archivo, es decir la tanto materia del historiador como la del archivero: materia escrita, pensada, intencional y voluntaria, a pesar de vehicular también los “testimonios involuntarios” mencionados por M. Bloch.

En este sentido, este libro constituye nuevamente una llamada a trabajar juntos, tanto para elaborar las herramientas de navegación en el mar oceánico que representan los archivos notariales, como para interpretar esos documentos, que son productos del transcurso de la vida cotidiana de hombres y mujeres del pasado, y producidos para ser usados en justicia. Este libro se inscribe por lo tanto en la reflexión actual sobre la lectura del archivo que, desprendida del positivismo histórico, vuelve a descubrir y reformular las ventajas del análisis crítico de textos. Se desarrolla a partir de las propuestas de M. Foucault y de J. Derrida9 en torno al archivo como dispositivo de poder, e invitan a leer el archivo desde su propio punto de vista, y no sólo a contra-pelo.

Este conjunto de contribuciones me parece ir en el mismo sentido que los significativos aportes en el campo de la historia social y cultural de Simona Cerutti sobre el archivo como proceso, debido a su performatividad intrínseca, y también, pero ahora en un terreno americano, las reflexiones emprendidas en Chile por Luz Ángela Martínez en el campo de los estudios literarios sobre la performática de la escritura en los siglos XVI y XVII, incluyendo el testamento.

Espero que, desde ese marcado, renovado, reiterado y de abierto interés por la figura del notario en el mundo hispánico, se puedan desarrollar aún más estudios comparativos que nos permitan reflexionar sobre la noción de contemporaneidad, en tanto objeto histórico revelado por la producción de textos y escrituras en varias épocas. Aunque el libro no lo presente así, vemos en este intento una llamada suplementaria para “derribar los tabiques”, no solo de las disciplinas, sino también de la periodización histórica, y para abarcar los movimientos e impulsiones que emanan del estudio de los archivos notariales, lo que ha sido llamado “pulso del archivo” notarial.



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