jueves, 10 de julio de 2014

Reseña: Carta blanca, de Rafael Saravia, en Nayagua

Camino de indagación
Por Juan Carlos Abril
Revista Nayagua, nº 20, junio de 2014

Carta blanca es un abanico de posibilidades, una fuente que va expandiéndose desde su nacimiento, irrigando las parcelas del conocimiento, buscando los recodos expresivos de la comunicación poética: de este modo, una fuente nunca discurre totalmente, no se vacía, y contiene más de lo que da. El agua que fluye no se separa jamás de sí misma. Desde la fuente a la tierra más lejana, es siempre la misma agua ininterrumpida. Este símil alegórico nos puede introducir sin duda alguna a este volumen, ya que partiendo de la idea de la página en blanco que el escritor tiene que “rellenar” con su escritura, nos acercamos a la idea del lector que también tiene que rellenar, con su lectura, esos huecos que nos dan a entender los diferentes momentos, como estancias, del libro. El lector tiene ante sus manos una herramienta para usar a su antojo.

Las primeras referencias nos trasladan desde el primer poema al universo de las transparencias (p. 13). Éstas se tienen que escribir y son una “Herida contractual” entre el autor y el mundo, es decir entre el hombre y el lector. El texto concebido como espacio público, carta abierta o blanca que interpretar es ese contrato de iniciación que nos introduce en el lenguaje de la posibilidad, lo que es de varias maneras posibles sin que una prevalezca sobre la obra, las leyes físicas que circulan incluso más allá de nuestra propia percepción. La poesía se expande y allá vamos nosotros para captarla o sentirla, difundiéndola.

Estructurado en tres partes deliberadamente distintas en extensión, pero complementarias temáticamente, en la primera, “Solo”, se plantea esa expansión lingüística aludida que será el reverso de las otras dos partes, sobre todo la final y homónima del título del libro, “Carta blanca”, ya que la intermedia, “Hasta que llegue diciembre”, se erige en un contrapunto a modo de cancionero o fragmentos de un discurso amoroso, en todo punto necesario y renovador desde dentro de los problemas que se plantean: el lenguaje y el amor como únicos y fundamentales asideros para la salvación de nuestra conciencia, frente al caos y la desesperanza.

No por nada “Brindis” es el último texto de la primera parte, y quizá a nuestro parecer el mejor poema del conjunto, que reproducimos íntegro: “Por la conciencia. / La que dispara anhelos en los márgenes convulsos del deshielo. / La que homicida nos lleva prendidos del deseo / hasta el remordimiento atroz del mal castrado. // Por la conciencia / que convoca y no invoca con acento percutor y doctrinario. / Por las musas que despierta en su retiro. / Por la comunión tácita entre el credo místico y tus piernas en uve, / resolviendo el misterio del vuelo sexual de las alondras. // Por el hueco involuntario que nos hace libres, / la raspadura esdrújula de la conciencia hasta su exigua raíz. / Por la condición universal del poema / al indomable vicio de noquear al tedio. / Por la conciencia”. (p. 36) Como vemos, sólo el poema —la palabra, la poesía— puede no sólo “noquear al tedio” sino salvarnos de los grandes peligros de nuestra vida, los abismos insondables que nos aguardan lejos de la comodidad y el pragmatismo. La crítica a la razón utilitaria no puede plantearse mejor. Crítica constructiva también, pues la poesía es esa “carta blanca” con absoluta libertad que se nos entrega para que nosotros rellenemos con nuestra vida, una libertad que sólo se consigue a través de nuestras propias palabras y experiencias, con nuestra propia indagación. La poesía sólo puede concebirse como indagación individual en la que habita una vocación colectiva, el texto, para ser compartido.

“Somos el dobladillo del pantalón, la parte oculta que genera esperanza. / Somos lo que le sobra al ojo vítreo, / la parte más sólida de la palabra llanto” (de “Levantamiento norte”, p. 15), consignando la distancia entre la mirada y la voz, entre el pensamiento y la palabra, o en “Asja Lacis habla con una libélula”, donde los verbos de palabra o dicción desembocan en “Sólo cabe resguardarse y hacer del vocablo caricia, / y de la voz, ausencia en lo profundo.” (p. 17). De nuevo el abismo del ser, el precipicio de la incomunicación que se repite en “Tiempo de contar”: “Ahora, ya sin tiempo, los olifantes se apean del verbo / y apuran los camaradas dos manos al día en pro del vocablo futuro” (p. 19). Un futuro que sólo puede ser visto —entrevisto o vislumbrado— por los poetas o por todo aquel que sienta una auténtica vocación por el conocimiento: “Son, los poetas, la afinación perpetua del semillero impronunciable” (de “Ángeles en pronóstico reservado”, p. 26), pues sólo ellos se acercan al límite de la palabra, del conocimiento y la comunicación, al límite del límite en el deseo del logos y la eticidad. Sirven de advocación poetas como Vicente Huidobro o Antonio Gamoneda (pp. 59-60), que aunque poseen distintas maneras de enfocar el poema, responden a un mismo poso de indagación idiomática.

Pero habría que añadir: ¿Quién no es poeta? Carta blanca nos ofrece un refugio en “Confidencia” (p. 27), “Remisión” (p. 29), “Amoriorik” (p. 30), o “En el camino” (p. 31), por citar algunas de las calas donde la búsqueda se va aquilatando. El poeta describe el espacio que recorre, nos integra en su voluntad de decir. Una voluntad que también es de estilo: la frescura y la sencillez de los versos de Rafael Saravia están muy lejos del cliché o el prejuicio, decantándose por una mezcla heteróclita de elementos donde todo es válido (siempre que se sepa usar, como en este caso). Y Rafael Saravia acierta en su elección léxica, en su originalidad sintáctica y en su capacidad pragmática por hacernos ver que el lenguaje es mucho más, siempre más de lo que estrictamente parece que es.

El otro poema importante —de entre un buen puñado de textos reseñables que no podemos citar en su extensión— es “Tus razones”, un poema-monólogo en el que el poeta se explica a sí mismo cuáles son los límites aludidos y establece una serie de serios reproches sobre su incapacidad, pero también es una toma de posición ante lo ya hecho, ante el camino andado y ante la indagación emprendida, una postura vital y poética que no puede ser ni mucho menos considerada como conformista: “No hubo paz, ni uvas, / ni pan compartido en el calor de la toquilla común” (p. 58), si bien el final es un toque de alarma ante la oscuridad que nos rodea, y una suerte de llamada de atención general para abrir los ojos. (Ibíd.) Lógicamente el poeta somos todos, y las dudas razonables en el último poema, “Antes y después de los panes” (p. 61), y la certeza de que “Convencer es estéril, decía Benjamin…” (Ibíd.) nos llevan de nuevo hacia el principio de todo y una postura en la que no podemos hacer más de lo que hacemos, justificarnos a través de la palabra y del amor, no sólo como poetas, sino como seres humanos, seres sociales que vivimos en comunidad, a pesar de que “los niños de San Ildefonso / confunden las partituras con las de La Internacional” (p. 60). Sea como fuere y a pesar de todo, nos encontramos ante una declaración de principios que no hay que dejar de leer. Rafael Saravia nos ha entregado un libro hermoso, inteligente y sorprendente, un libro que da mucho más de lo que tiene, ya que si algo nos enseña la poesía —y esta sin duda así nos lo muestra— es que en poesía nunca dos y dos son cuatro.


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