martes, 3 de junio de 2014

Reseña: Lo que dejó la lluvia, de José Antonio Zambrano, en Hoy

Poética de resistencia
Por Manuel Pecellín
Hoy, 17/05/2014


Vuelve J.A. Zambrano (Fuente del Maestre, 1946) a Calambur, donde ya publicase algunos de sus poemarios: Después de la noche (2000), Treinta minutos de libertad (2006) y Apócrifos de marzo (2009), libro con el que obtuvo el Premio Extremadura a la Creación 2010. Cada obra de este escritor es un paso adelante hacia mayores índices de hondura, desnudez lingüística, sinceridad y perfección literaria, virtudes bien perceptibles en Lo que dejó la lluvia, que lleva un fino estudio preliminar de Ramón Pérez Parejo.


Lo primero que llama la atención es la meditada estructura del poemario, donde nada se deja al azar o capricho de la inspiración. Se compone de tres partes bien definidas, cada una de las cuales está formada por diez poemas de similar extensión, para concluir con un mensaje final y la oportuna nota explicativa. Refuerzan el carácter unitario del texto la singularidad temática y la figura de un personaje femenino, supuesta interlocutora del poeta (que ya recurriese a esta figura simbólica en el cuaderno Coplas de la bella Edinda, editado por los inolvidables Cuadernos Kylix de Juan Mª. Robles. Badajoz, 1987).


Abre la parte primera oportuna cita de Julio Cortázar, uno de los creadores a quien más admira Zambrano, que también irá haciendo guiños más o menos visibles a otros de sus predilectos: Rilke, Cernuda, Huidobro, Vallejo, Bioy Casares, Valente o Ángel Campos. Desde los poemas iniciales, se desencadena esta inquisición en torno al propio sujeto lírico, que se interroga implacable sobre la persona que ha llegado a ser, sin renunciar a cuantas también ha sido a lo largo de su ya madura existencia. Importa, sin embargo, ante todo, mantener el pulso, sobrevivir a la mordida inexorable de las horas e intentar sostener “lo que dejó la lluvia”. La palabra poética justa, siempre perseguida con obstinación, continúa siendo el supremo compromiso, aunque dicha tarea no impide mantenerse atento a cuanto ocurre en nuestro alrededor.

En efecto, lo que más preocupa al escritor extremeño es lo real, según las palabras de Philippe Jaccottet, el poeta y traductor afincado en Francia, con las que se abre la parte segunda. Todo “para contar al mundo/lo que envejece como un fruto indefenso”. Zambrano no alardea de nada, pero insiste en que su lenguaje estará siempre próximo al dolor, el desamparo, incluso la misericordia, ese grito consagrado por Camarón ante el sufrimiento de los otros. Ahí radica su lealtad inconmovible, ese es su sitio, pese a cuantas paradojas puedan argüirle, le confiesa a Edinda, declarándole que siempre lo encontrarán “en la monotonía sutil del coraje/en los posos de la contradicción/ y en el paisaje mustio de las horas/que no pertenecen a nadie más que a mí”. A quien elige libremente el pan que come, no será fácil obligarlo a abandonar el hombre que es.

Con cita de la polaca Wislawa Szymborska abocamos a la parte última. Habitar el olvido de Cernuda o sufrir el aguacero vallejiano, cuando ya las voces del otoño y las luces del crepúsculo llaman a nuestra puerta, parece el destino del poeta resistente. Bien sabe, como Rilke, la lejanía de la victoria, pues de nada somos vencedores, pero se resiste a perder “la última migaja/del candor que habitamos” o a dejar de oír las voces de los niños recogidas por Brel. Lo suyo es – le insiste a Edinda en el epílogo- continuar buscando el olor de la tierra, la rabia de la cal apagada en la umbría de las calles. “Si enim fallor, sum” (pues si me equivoco, existo), adelantaba Agustín de Hipona un milenio antes de Descartes. “Deja mis historia equivocada”, concluye Zambrano, que se obstina en perseguir hasta la consumación ese “latido extraño en los acordes de las cosas/donde se fijan os murmullos/como anclas a los vaivenes del amor”.