lunes, 10 de febrero de 2014

Reseña: Ecuador y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, de Niall Binns, en Radio Sucesos, Quito


Ecuador y la guerra civil española. La voz de los intelectuales 
Por David Becerra Mayor 
Con cierto sentido, Radio Sucesos (Quito), 3/02/2014 


Hoy voy a hablar de un libro que en Ecuador os va a resultar sin duda interesantísimo. Se trata de un estudio publicado en España por la editorial Calambur y escrito Niall Binns, hispanista inglés, pero afincado en España y profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid. Su libro responde al título de Ecuador y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, y forma parte de un ambicioso proyecto sobre Hispanoamérica y la guerra civil española, del que este libro sobre Ecuador es su primer volumen. 

Ecuador y la guerra civil española. La voz de los intelectuales es un estudio sobre el impacto que tuvo la guerra de España entre la intelectualidad ecuatoriana, y analiza las producciones literarias, tanto poéticas como narrativas o teatrales, pero también los ensayos y los artículos publicados en prensa, para demostrar el interés que suscitó la guerra civil española entre los intelectuales ecuatorianos. Un interés que, como nos recuerda Binns en su estudio, no era gratuito ni casual, sino que respondía a la coyuntura histórica de Ecuador, marcada por una fuerte crisis política y social, que se puso de manifiesto en la masacre de obreros huelguistas en Guayaquil, el 15 de noviembre de 1922, pero también en la Revolución Juliana de 1925 y en la guerra de las Cuatro Horas del 28 de noviembre de 1936. El contexto de crisis que vivía Ecuador en la década de los veinte y los treinta provoca que sus intelectuales se miren en el espejo de la guerra civil española. Porque saben que la España republicana –la España nueva y leal– constituye una referencia y una esperanza para la izquierda de América Latina; pero saben también que si el fascismo se ha levantado en España asimismo puede hacer acto de presencia y anunciar su peligro en la sociedad ecuatoriana. Los intelectuales ecuatorianos miran a España entre la admiración y el miedo. Saben que el destino de España marcará el suyo propio, pues como dice Jaime Barrera Barrera, “Max Lux”, en El comercio el 29 de septiembre de 1937, “No es la sola suerte de España la que se juega ahora. Es la suerte de la humanidad: un mundo viejo pelea contra un mundo nuevo. A América le interesa sobremanera el final de la contienda, porque de él depende su porvenir”.

Y así se refleja en los textos que selecciona y presenta Niall Binns en su Ecuador y la guerra civil española. Además de un estudio sin duda riguroso y exhaustivo, el libro de Binns ofrece al lector una selección de textos procedentes de las plumas más destacadas del campo intelectual ecuatoriano. Y aparecen en sus páginas Demetrio Aguilera Malta, Pablo Palacio, Pareja Díaz Canseco, Nela Martínez, Aurora Estrada, Raúl Andrade, Benjamín y Alejandro Carrión, Joaquín Gallegos Lara, entre muchos otros. El catálogo de Binns contiene una relación de más de ochenta autores. 

Pero lo que creo que es importante destacar es que el libro de Binns cumple el requisito que debe cumplir un buen ensayo literario: te abre el apetito de la lectura. Después de leer los textos y fragmentos que presenta Binns, el lector siente el deseo de seguir leyendo, de acudir a las obras citadas. Claro que –y esto desde luego no es culpa de su autor– la lectura del libro de Niall Binns termina siendo un ejercicio cruel y frustrante, de deseo insatisfecho, por la dificultad que supone hacerse, hoy en día, con muchos de los textos que su autor reproduce y reseña.  

Pero más allá de frustraciones lectoras, si vamos al contenido de los textos que presenta Ecuador y la guerra civil española, el lector encontrará una imagen recurrente en ellos: la de la reconciliación de las antiguas colonias con España. En efecto, a la vista de los textos de los intelectuales ecuatorianos, España ya no se ve como el pueblo que colonizó América y que, en nombre de la civilización, inició un auténtico holocausto indigenista; la España republicana, la España nueva y leal, representa, para estos intelectuales ecuatorianos, la España de la luz frente a los inquisidores y oscurantistas que han propiciado el golpe de Estado fascista contra un gobierno legítimo y democrático. América –y concretamente Ecuador– se reconcilia con España, se solidariza con la Madre Patria, porque como dice el poeta Alejandro Carrión “estamos más cerca de ella, porque su sangre está corriendo, mezclada con la fuerte sangre indígena, por nuestras anchas venas”. Más transparentes sin duda son los versos de Gil Gilbert, de su poema titulado “Buenos días, Madrid”. Dicen sus versos:



Buenos días, España!

Te saludo con voz mitad de negro, mitad de indio,

Vestida en castellano la palabra mestiza.

Alzo mi saludo para verte

Por vez primera con alegría de hombre.

Por vez primera en mis tobillos i muñecas

No arden las pulseras que España me aherrojara.



Y más adelante dice:



Este hombre que te odiara cinco siglos en mi sangre,

Hoy te dice por vez primera con voz de compañero:

Buenos días, Madrid.



Parecidos son los versos del poema “Juzga, España miliciana” de Humberto Malta, donde lamenta el poeta que la España que les conquistó no haya sido esta España nueva; si así hubiera sido, dicen los versos, no hubiera sido necesaria la Independencia que dejó a los jóvenes pueblos de América caer en las garras de los gringos imperialistas:



España... la de mantos, la de la Inquisición...

Os odiaba fuertemente, con la sangre de indio y puma,

A Vos, Señora España de corona y cetros...

(...) España, Señora y Madre España,

Si en lugar de alarde prepotente, erizado,

Hubieseis conquistado por amor Sierra y Yungal

Ahora hubieseis sido patrona de la América,

No dejando que salte la Independencia brusca

Para que pueblos jóvenes, más bien digamos: niños,

Se emancipen creyendo poseer su madurez...

España, Señora y Madre,

No estuviéramos ahora ahorcados por el gringo

Que luego de exprimirnos los suelos y subsuelos

Asfixia las conciencias, corrompe los estados,

Daña ciudadanías, y ve en nosotros solo

Al mísero comprado, al esclavo deleznable.



La Nueva España, la que sufre la guerra impuesta por el fascismo, ya no es la de antaño. Por primera vez no existe un odio hacia España, porque la España leal, la que combate el fascismo, no es la España de los inquisidores. Por eso, la poeta y narradora, y dirigente comunista, Nela Martínez clama por la “Unión de la América bronceada de la América india con la España humana gloriosa y libre”. España y América, si el fascismo cae derrotado, se podrán reconciliar en torno a un proyecto común, como así lo teoriza Antonio Montalvo en su artículo “El nuevo hispanoamericanismo”, donde nos habla de una nueva relación entre España y sus antiguas colonias, una relación que se ha de levantar sobre la necesidad de cohesión desde el idioma y la historia compartida, y ya no desde la antigua añoranza colonial. La derrota de la República durante la guerra civil y la vuelta de oscuros inquisidores al poder, el triunfo del fascismo en España, frustran sin embargo el sueño de Montalvo. 

Ecuador y la guerra civil española. La voz de los intelectuales de Niall Binns reconcilia a españoles y ecuatorianos en lo mejor de nuestra memoria compartida. Hombres y mujeres de un lado y otro del océano unidos en la voz de la lucha antifascista y, por qué no decirlo, unidos en la voz de la lucha revolucionaria. Así pues enrolamos a Niall Binns y al conjunto de autores ecuatorianos que podemos leer gracias a su labor investigadora, a nuestro pequeño pueblo en armas contra la soledad. 

Reseña: Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández, en Wadi-as (II)

Nueva York después de muerto de Antonio Hernández (II)
Francisco Morales Lomas
Wadi-as, del 25 al 31 de enero del 2014

Finaliza hoy el estudio sobre la última obra de Antonio Hernández cuyo título es el del proyecto de una trilogía con la que el poeta Luís Rosales quería cerrar su obra. Poetas unidos en las palabras que pueblan sus silencios, sus tiempos y espacios 

En el segundo libro hay una cita inicial de Kierkegaard que revela los peligros de arriesgarse o no en la vida como una forma de pérdida de equilibrio o de merma de sí mismo respectivamente, y otra de Quevedo en torno a una manera de nacer y muchas de morir. El centro es Luis Rosales y la poética como médula de su discurso metaliterario. Una poesía definida como total en diálogos de Rosales y Hernández que enhebre todos los géneros en un magma comprensivo y sistémico o armónico. En esa creación las enumeraciones juegan el papel de relevante selección de nombres: Machado, Borges, Onetti pero también Félix Grande y Paca, tan amigos del poeta granadino. Antonio Hernández se redime a través de la memoria de aquel diálogo en torno a la poética de Rosales tomando como avío esta especie de diálogo diferido en el monólogo, metafórico, rutilante, tomado por el don de la ebriedad de la palabra dada. Hay frases que juegan al cripticismo del misterio y que solo él las conoce en el territorio que juega. Pero existe algo conmovedor que sirve de reclamo y acicate: el culto de la esperanza y su razón de ser como territorio que amplía nuestra mirada. 

El poeta necesita las palabras: palabras para pensar; 
palabras para agradecer palabras para sentir expresando


“Por eso ahora vamos a hablar/ como siempre de poesía/ -la poesía es la máscara/ que nos descubre-, vamos/ a hablar de nuestra catarata/ siempre cayendo, de esa tempestad del poeta”, dirá Antonio Hernández mientras trata de recordarse en aquellos momentos y a ese poeta joven con su corazón de campana. La metapoesía se convierte en el objeto de reflexión que reconozca la discursividad de las vivencias y el reclamo de la definición del poeta, de su acento, de su vivir dos veces. Y en este ámbito encuentra el camino para hablarnos de que la forma y la materia, el espíritu, deben estar al unísono en una armonía que produce la cadencia, pero también la emoción y cuanto el espíritu acomete: “Y, apréndetelo bien,/ que no se escribe, se ama/ con gozo y sufrimiento. Y ese es el corazón”. A veces se ha tenido la vocación de cerrarlo, de pensar que bastaban las palabras, pero realmente lo que basta es la vida y esa identidad esencial del discurso poético. Y en ese convencimiento, la figura de Federico surge relevante y reveladora en su alegría proclamada o en ese amor a la vida que era como la iconoclasia del ser en sí. Como un emblema que se define y se acaricia: “Federico era un tropel/ y era agua bendita, la que cae de los ojos/ porque está bendecido el sufrimiento”. 

A través de fulgores, los chispazos del alma, construye los poemas, nacen del protagonismo que tiene la palabra y el hombre, de la intuición y de la memoria del subconsciente y el ensueño, un misterio, una ilusión… que crean la dimensión de la inmediatez y la luminosidad. Porque eso es al fin y al cabo el poema: una lumbre en el bosque y la hojarasca de la vida. Los recursos al humor, entiende el poeta gaditano, pueden ser un instrumento, pero también una trinchera o una daga. 

Progresivamente se va apoderando de su poesía la voz de Luis Rosales en cuya palabra se desdobla el poeta de Arcos para desde su sentimiento ausente proyectar parte de su mundo, elevando la experiencia humana sensible, acomodándose a su sensibilidad, convirtiéndose en el personaje Luis Rosales. Un poeta que habla desde la vida, desde la vejez y desde la muerte, “la congelación del sufrimiento”. En ese ejercicio de desdoblamiento aparece un Rosales reflexivo que nos conduce por la experiencia vivida y su reflejo en la felicidad o su ausencia, en la fascinación del demonio o en las resultas de ese corazón que todo lo llena. Habla Rosales desde ese viaje de sombras y su visión de la muerte como si se mirara en un espejo. Hay en sus palabras un deje de tristeza, de recurrencia a la melancolía en esa búsqueda de sí y de lo que representan en su vida las grandes ideas, en esa hora poética de los símbolos y las evocaciones: “Mis amigos saben/ que siempre investigué/ en el color de los sueños”, dirá con la fortaleza que dan los años y la vida vivida, pero también de la decadencia del vivir, de eso que llaman vejez (“En la vejez llaman arrugas/ a las heridas”) y ese destierro sublime que nace de la desolación y el agotamiento de vida. Y en ese recorrido reconoce que un día Antonio Hernández le confesó que no aguantara el dolor, “que el dolor/ que se aguanta apretando los dientes/ se instala en el cerebro”. Luis Rosales habla de Antonio Hernández del que dice que le trae los libros de consulta, llama a un taxi o le cobra la propina en premios. Un Luis Rosales que se deja llevar por los consejos del joven poeta que lo acompaña por los centros educativos y las universidades y es leal sin excepción. Es una confesión en toda regla, sincera y sentida. Después habla de su mujer, María, María Fouz: “María era la juventud y tenía el nombre/ de la naturaleza que hace la vida/ íntima y luego rompe el molde”. Palabras generosas y definitorias que sirven de intermedio para esa continuidad de los actos de Antonio, que le lleva la silla de ruedas y lo acompaña y le cuenta historias de Granada, como aquel día con José López Rubio, que da pie para cerrar este libro con la memoria de Federico: “¿Y no has visto, maestro, a Federico,/ no estará entre las nubes su tumba?”. 


El poeta y ensayista Luis Rosales recibió el Premio Miguel de Cervantes 
como reconocimiento a toda su obra
En este segundo libro se nos conduce desde la metapoesía hacia la vivencia de Rosales y el recuerdo entrañable y siempre afable desde el dolor de Lorca. Hay un misterio que se evoca con la fortaleza de ese desdoblamiento pero con la melancolía de lo pasado, de esa memoria que deviene unas veces muerte, desolación o entrañable recordatorio. 

En el tercer libro toma una cita de Lorca: “Callar y quemarse es el peor castigo que nos podemos echar encima”. Mucho más constante la presencia de Lorca desde el inicio aunque a medida que avance la síntesis de ambos poetas será recurrente y operará como un conjuro, una valencia mítica de singularidades que se acercan y se van acomodando en una emoción que nos conduce en el poema final que nos presenta los últimos momentos vitales de Luis Rosales. La sonoridad de los primeros poemas nos reencuentran con aquella musicalidad asonantada del escritor de Fuente Vaqueros y los símbolos de su Darro, Genil y Guadalquivir, los llantos de la guitarra y también los pobres y los males que los acosan. Es un claro homenaje en el soneto “No sé si fue morir más espantoso” con el que auspicia las grandes ideas que sobrevolaron su vida. La guerra, el tormento, el sufrimiento, el amor. Imágenes que adquieren una inmensa notabilidad estética como cuando se define a sí mismo en esa especie de desdoblamiento poético en Lorca. Los símbolos lorquianos aparecen con su fortaleza antigua, como la herida negra o el rey Baltasar y esa ironía de la economía como fondo: “Nadie es negro si es de oro,/ si es de oro su cartera”. 

Alguna copla nos habla de ese lloro por la muerte del poeta y de su entierro, y otros, siguiendo el estilo del escritor granadino, recuerdan su lucidez y su simbología metafórica en torno a los niños gitanos o las navajas y la sangre: “No se saca una navaja/ si no se lava con sangre/ y con honor no se guarda”. Su estilo se hace más Lorca en sus ritmos y en su simbología de argumentos poéticos y metáforas que nos recuerdan al genial escritor. 

Pero poco a poco ambos poetas se van acercando, Rosales y Lorca. Y cuando esto sucede surge el enorme reconcomio de Rosales en torno a su muerte, y ese sufrimiento heredado del que muchos lo hicieron depositario: “Si me hubiera expresado con mis mejores armas,/ me hubiera defendido con éxito, sin gloria,/ en lo de Federico, y no hubiera tenido que sufrir/ tanta calumnia, tanta grosería/ seudointelectual”. Habla un poeta dolorido, acosado por la época y por ese mundo cainita. Pero también un poeta adulado en esa especie de sístole y diástole que es la existencia con sus desdichas y su materia sagrada. Aunque su dolor estará siempre presente como una ofensa que viene una y otra vez a través de sus palabras maltratadas: “Me han insultado en todos los idiomas”. O en la acusación de una señora en Buenos Aires de haber matado a Miguel Hernández y en Caracas de haber compuesto el Cara al Sol y Montañas Nevadas. Es un padecimiento que está ahí presente en la voz de Luis Rosales. Una confesión que a veces necesita para no sucumbir del sarcasmo y la ironía, como cuando dice que “yo siempre fui católico aunque degenerando”. Un poema en donde surgen con fortaleza las desmitificaciones de época con su proliferación de psicópatas y de desdichas, pero siempre con la idea de la ética como frontispicio: “Vale más una nota de honra en la fama/ que atasco en la cartera”. Achacable todo ese mundo a las envidias que todo lo adornan con sus iniquidades. Ironías que van cerrando en el poema donde surge de nuevo aquel Nueva York del principio con intención de aclimatarlo al cierre cíclico: “¡Nueva York, esa libertad/ donde se tambalea el Universo! 


Antonio Hernández con el poeta Mario Benedetti. 
Los premios se reciben con agrado, con emoción si acaso pero la mirada 
cómplice entre dos poetas solo requiere un silencio compartido 
El último poema, con la cita de Luis Rosales de que “Cuando todo termine quedará lo más nuestro”, retoma el discurso épico-lírico para contarnos los últimos momentos del poeta granadino y su llegada al hospital Puerta de Hierro, jadeando y con los ojos cerrados. Los familiares cercanos y “Juan Antonio Ceballos le cogía/ la mano con ternura de amigo/ que alentara a un padre”. Y esos versos finales ante la muerte del poeta amado: “Y al volver a cerrarlo presentimos,/ unificados por la voz del alma,/ que algo acababa de estrenarse/ arriba, en las estrellas”. 

La poesía de Nueva York después de muerto de Antonio Hernández es uno de los poemarios más heterodoxos e iconoclastas que se han escrito en los últimos tiempos de la poesía española. Crea un mundo totalizador desde la síntesis de tres perspectivas que confluyen en un emblema con carácter de axioma. Un universo mítico que nace en la ciudad de Nueva York con su conformación de espacio épico-lírico para progresivamente ir conformando un lirismo sentido y un impulso antropológico en el que el hombre triunfa sobre el emblema haciéndose más humano. Desde la ciudad se confluye en el hombre y en su memoria, construida de afectos. Un enorme poemario que acredita una vez más la altura intelectual y humana de este gran escritor español.


viernes, 7 de febrero de 2014

Reseña: Nueva York después de muerto, de Antonio Hernández, en Wadi-as (I)

Nueva York después de muerto de Antonio Hernández (I)
Francisco Morales Lomas
Wadi-as, del 11 al 17 de enero de 2014 

Durante dos semanas contaremos con un estudio pormenorizado de la última obra del maestro Antonio Hernández realizado por el Presidente de la Asociación de Escritores y Críticos Literarios de Andalucía, Francisco Morales Lomas 

La querencia de Antonio Hernández hacia la poesía de Luis Rosales viene de muy antiguo. Los unió una buena amistad y Antonio se consideró heredero del sentimiento y la técnica literaria del granadino. Pero en este nuevo poemario Antonio Hernández ha querido unir a esa querencia la de otro granadino universal, Federico García Lorca, y la no menos cosmopolita Nueva York. 



Un triángulo mágico que determina la esencia de un poemario que formalmente aspira al mestizaje de géneros tanto como al mestizaje de individuos, símbolos y valores que convergen en un Aleph para crear un poemario nuevo, original y rupturista. Se ha producido en él una convergencia, una interacción sincrónica entre forma y contenido desde un consciente claramente predeterminado que muestra un impulso poético generoso en la creación, con continuas referencias intertextuales que posibilitan los reajustes conceptuales, las gradaciones y los inestimables recursos expresivos de toda laya. Antonio Hernández aspira a esa unidad consciente desde la multiplicidad de sensaciones, espacios, técnicas, mixturas textuales y aciertos expresivos en una obra que se hace extensa, sinuosa y fuerte en su macroestructura y en su intenso ritmo. 


Hay una acierto evidente en sus selecciones léxicas, en la fusión de simbologías diversas y en la yuxtaposición de mundos que se van cruzando al crear una malla semántica de afirmaciones, elisiones y sustituciones en aras de conducir el poemario por la vertiente totalizadora, poesía total que como en su momento Dos Passos en narrativa, aspira a la complementariedad como elementos que configuran el todo en la información reveladora, las acotaciones, los diálogos o los montajes. 


En la Justificación inicial explicita el origen de este título: “Luis Rosales, mi maestro (…) quería terminar su obra con una trilogía titulada Nueva York después de muerto”. No lo pudo hacer y este es el mejor homenaje que en su centenario durante 2010 (y desde la desembocadura del Río San Pedro, en Puerto Real, Cádiz) Antonio Hernández quiso dedicar al maestro granadino, donde temáticas como Nueva York, el exilio, la mecanización, el automatismo, la desigualdad de razas… están presentes, como lo estuvieron en Poeta en Nueva York, del genial escritor de Fuente Vaqueros. Los tres libros del conjunto no son sino la macroestructura textual que organiza este mundo desorganizado en el que se mueven las vías comunicativas formales y semánticas en un intento de dotarlo, desde ese triángulo mágico, de una perfecta armonía. Hay una forma interior que va a ir progresivamente elevándose desde esa pluralidad exterior, desde ese depósito de substancias temáticas e intelectuales resultantes y desde esa estructura tripartita en libros que se le presenta al lector. El Libro Primero, que ocupa casi la mitad de la obra en su totalidad, lleva tres citas: una de Edith Wharton que alude a la mediocridad de los norteamericanos; otra de Enric González en la que define la idiosincrasia de Nueva York como ciudad que nació del comercio, apenas rozó la esclavitud y nunca brilló por su respeto a la autoridad; y, finalmente, unos versos de José Hierro sobre el desangramiento del poeta en su escritura. En definitiva, la esencia y la forma de descubrir esa esencia desde el artificio del poeta y su sangre en ebullición. 


Esta primera imagen nos advierte de su voluntad de incidir en la ciudad de los rascacielos como Aleph del espíritu norteamericano y para ello opta por la retórica del discurso narrativo desde el inicial contacto con Luis Rosales, en los primeros versos y Federico García Lorca hasta sus críticas aseveraciones sobre la realidad norteamericana actual y el Tea Party. Tras exculpar a Rosales de todos los ataques a que fue sometido por su intento de mancillarlo y acusarlo como corresponsable en la muerte de Lorca, crea el contexto de esa España (“Un país lleno de ratas y telarañas”), pero también de resentimiento y de odio. Antonio Hernández emplea el lenguaje en esos momentos con la aspereza del estilete y la templanza de los afectos hacia las personas amadas. Pero siempre surge con fervor la traslación de la palabra, su valor como axioma y como reverente presencia y el homenaje a la casa encendida y la memoria de odios y cárceles. 


Hay un discurso ensayístico con valor de proyección lírica tensa, cerrada y fuerte en donde la abstracción del léxico (cuadrícula, reglamentación, simbiosis) conviven con ese enmarque de la ciudad de Nueva York en los destinos de ambos poetas: Luis Rosales y Lorca. En este primer envite hay una voluntad de amparo y salvaguarda clara del maestro. Para después, recurrir simbólicamente a esta Nueva York, este símbolo de la modernidad, con los emblemas y mestizajes de la palabra de Dos Passos y su Manhattan Transferal decir que fue este quien hizo protagonista también a la ciudad. Antonio Hernández acuerda ese despliegue de medios formales para conformar una imagen en la mente del lector que sintetice las contradicciones, las paradojas, el gran oxímoron de la ciudad de ciudades, de la Babilonia de la era poscontemporánea. 


Busca la fortaleza de la representación semántica y crear una especie de cosmogonía mítica de la gran ciudad a través de una progresión selectiva de elementos. Pero antes de llegar a ello Lorca vibra en el poema como estandarte de una época de terror: el nazismo, el miedo al anarquismo… y el americano que ama el dinero tanto como a su bandera. En esta simbiosis de símbolos diletantes, Antonio Hernández se revuelve crítico y adusto pero conmovedor y tierno en una singladura de distancias y contradicciones que convergen en la gran ciudad, que mixtura a la vez con sus experiencias personales (como aquella novia americana que tuvo) para después advertirnos de la génesis genealógica de razas y pueblos que convergieron en la gran ciudad: judíos, italianos, chinos… para componer esa detención a caballo entre el ensayo y la lírica de corte neoclásico en su afán patriótico y desmitifi- cador de una realidad que nos presenta bajo múltiples aristas. En ese deambular del monólogo interior que toma como estructura surge la alegorización de su asesinato y la intertextualidad definitoria sobre la idiosincrasia española vía Antonio Machado (“Mala gente que camina”) y ese fascismo asesino, ese otro yo de la sociedad española. 


En este errar por la ciudad, los negros ocupan un espacio querido, a través de esa figura, de ese mito efusivo y delirante, que sirve de reclamo axiomático: Baltasar: “Baltasar, el músico, el poeta, el que no lleva oro,/ ni incienso, ese alimento de la soberbia,/ sino mirra aromática”. 


En su deambular por la metafísica de los impulsos del espíritu, la música ocupa un espacio solemne pero también la fina ironía y el sarcasmo agraz contra los sajones en la figura de Pound, ese fascista, nazi “carteleado por sus obsesiones/ de zarandeador dispuesto a devorar”. Existe en sus impulsos de realismo deformador un íntimo deseo de construir la mecánica de las imágenes y realizar un cálculo casi naturalista de las insuficiencias, tanto como un ensalzamiento de los grandes escritores de la generación perdida. Pero su actitud crítica lo redime. Los escritores que forman el síndrome de su persistencia surgen con fortaleza por boca de Huxley o Poe, a los que con el bisturí de un Quevedo sondea y descuartiza con un lirismo a ratos deformador y a ratos sentimental. Y mientras los poetas son la cuna del verso, el pretexto es América y su definición de territorio en formación, “es un país sietemesinamente/ inmenso y autorrecetado/ (…) una ira de Biblia contra Europa,/ su vieja madre corrompida,/ su puta made indolente,/ la filosofía estéril del pasado/ contemplando las nubes, perezosa./ Las maravillosas nubes que pasan”. 


El objeto poético es América, su forma de pensamiento, sus grandes escritores y su voluntad de ser un país que crece y se multiplica como una especie de conmovedora alegoría deshumanizadora. La poesía de Antonio Hernández transfigura la normalidad activa de las cosas, crea la densidad poética del mito. Y en ese deambular por los grandes escritores tiene un lugar especial para Walt Whitman y sus Hojas de hierba. Whitman y su don de la transparencia, ese visionario extravagante y tosco, vocinglero que cultiva la espiritualidad de Asia en la América arrogante. La metáfora se apodera entonces del verso como una especie de arúspice que advierte del personaje y su rico mundo.


Hernández hace un recorrido de estancias y paseos, describe un mundo físico y mental, un espacio que sueña pero también un ámbito demoledor. A través de él pueden aparecer todos los emblemas de ese mundo como Central Park o los irlandeses y la presencia de Garrido Moraga mientras se habla de Eliot en la Hispanic Society. En esa suculenta peregrinación el universo se amplía y se metaforiza, se construye un mito cósmico, un mito universal en el que el poeta en su apasionada ebriedad se embriaga de ese mundo y nos ofrece la imagen de un sentimiento: “La vida es un sueño del que no podemos despertar”. 


Y finalmente, en este recorrido casi canónico, casi laico de la ciudad de Nueva York, no pueden faltar los desarrapados de la manzana podrida, y tampoco esa ideología que los conduce hacia las tinieblas del Tea Party. Es curioso que Nueva York, en última instancia, confíe toda su esperanza al destino. 


Antonio Hernández ha querido en este primer libro desenmascarar un espacio y unos personajes como si se tratara de una historia que contar o recontar o difundir con toda la fuerza de la que la hace posible la literatura. Invariablemente oportuna y profundamente narrativa y enmarcada en su evolución de fascinante objeto poético.


Reseña: CANTOS : & : UCRONÍAS, de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, en Encuentros de lecturas

CANTOS : & : UCRONÍAS
Santos Domínguez 
Encuentros de lecturas, 06/02/2014 

La de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán es una de las voces más personales y ambiciosas de la poesía española actual. Visionaria y arriesgada, alejada de cualquier canon, CANTOS : & : UCRONÍAS, que publica Calambur, es un nuevo salto sin red y hacia delante, hacia el vértigo de la palabra y la imagen, una invitación a explorar un territorio poético que, como enseñó Mallarmé, se construye con palabras, no con ideas.


Palabras que —en la frontera de lo discursivo, en las afueras de la comunicación convencional y en las antípodas del lenguaje utilitario— cuestionan los límites de la propia poesía y, como las trompetas bíblicas, rompen las murallas de la ciudad sumisa de la prosa y la costumbre con un impulso que nos cita a nuestro pesar: que nos precisa con idiomas que no comprendemos: con ojos que ya nos miraron cuando aún no éramos este ahora.

Lee la reseña en Encuentros de lecturas

Reseña: El día anterior al momento de quererle, de Concha García, en Cuadernos del Sur

Viajes viajes
Por Juana Castro
Cuadernos del Sur, 25/01/2014

El día anterior al momento de quererle, último libro de Concha García 

Este libro marca en la trayectoria de Concha García un salto cualitativo para su evolución poética. El sujeto del que ella fue maestra, una mujer acodada en la barra de un bar, ahora tiene algo más importante que hacer. Algo que se traduce, fundamentalmente, en una continua reflexión metafísica, de la existencia y del amor. Podría decirse que desaparece "el drama", la adelantada derrota que acompasaba sus versos, y que aquí, consciente el sujeto de su madurez, toma las riendas de su destino y apuesta, a pesar de todo, por la vida. Una poesía esta de pensamiento, en la que se establecen lazos, sensaciones, percepciones, relaciones nuevas con las cosas. También de liturgia vital, repensando y relacionando lo más nimio con lo más trascendental. Porque Concha siempre fue una observadora, en lo grande como en lo pequeño, en lo emocional como en el ámbito de lo real. Es también el poemario una mirada que recrea continuamente, en contacto con lo urbano y la cotidianidad, pero de otro modo; ahora es lo urbano bullendo en lo vital, y la constante presencia de la naturaleza, desde lo vegetal y el paisaje.

Ya al principio hay versos que señalan claramente una dirección: "y te imaginas / la vida junto a alguien", dirección que va luego abriéndose, expandiéndose y dándole voz a sus regueros más o menos inusitados, más o menos misteriosos porque "amar no se pudo". Raro el amor, eso que se persigue pero que no es nada de lo que creíamos: "un sentimiento noble/ que apuntaba al reconocimiento/ mutuo, o peor, al exceso de narcisismo/ o aún peor, a la expresión solitaria de un baile/ entre dos, de cuyos pensamientos/ ya nadie sabe nada". Pero en algún momento se produce ese largo y esperado milagro y "llueve para que en mi corazón/ quepan las anchas salpicaduras/ desde el suelo hasta la tierra". En ese poema de la página 38, de 14 versos, caben sensaciones, percepciones, cabe lo real y el dibujo del sentir: el hecho de llover, la maceta de la casa, la ventana, el horizonte, tres hormigas perdidas, gotas de rocío y más de una imagen "como cuando un caracol se introduce /en espesas azaleas".

En algún momento el milagro se hace carne, expresándolo desde un recurso de paralelismo contrario que es también plegaria, y que funciona como gran hallazgo: "que los ángeles no vengan/ que los ángeles vengan". Diríamos, expresándolo en lenguaje espiritual, que en el sujeto ha hecho acto de presencia la fe. La fe, los valores del amor y la existencia. Por eso en tantas descripciones entran, de pronto, la reflexión y la emoción. Está también la contemplación, a campo abierto o en "el cuadrilátero de luz" de la ventana, dentro de un aeropuerto, en el tren, en un barco, la cocina o atizando las brasas, en una especie de poesía total entre cuyos versos se entremezclan historia, familia, mundo, intrahistoria... Se barajan diferentes tiempos verbales, diversos escenarios bajo el signo del viaje, tan querido por la autora, al que ha dedicado recientemente dos libros de prosa, uno en forma de diario, el otro un conjunto de reflexiones alrededor de la poesía de diversas autoras, La lejanía. Cuaderno de Montevideo (Carena, 2013) y Asomos de luz (Amargord, 2012).

En esa mixtura de tiempos hay alusiones a tiempos pasados, de la historia humana, que se hacen presentes como en la página 67: "Morimos hace tiempo, hoy estamos/ aquí, sacando con palas las nieves/ y en algunos lugares desenterrando los/ muertos que antecedieron, buscamos/ agua para nuestros hijos, sed para/ mantener el rumbo y el deseo". Y esa movilidad del viaje actual que se nos impone en el presente: "ya que/ mañana estás en París y dos / minutos más tarde atravesando la Pampa" (pág. 66). Porque Concha García es una impenitente viajera, y ha encontrado su paraíso especial en Sudámerica y Centroamérica, y ha publicado también una antología de poetas de la Pampa argentina. Caben aquí diferentes escenarios, incluida la geografía cordobesa, como en el poema de la página 55, "me desperté en Belalcázar/ bajo la sombra/ de dos árboles".

El libro lo forman seis partes -Un día, Otro día, Una mujer, Otra, Un encanto y Un desencanto-, constituidas todas por poemas sin título, y un poema final -El triunfo de lo caduco-. El uso de dos personas verbales, la segunda singular y la primera del plural, produce en el lector cierta forma de inquietud, como la de desplazarse por terrenos movedizos, pues no se sabe si esa segunda persona es el propio sujeto contemplado desde fuera, o es el tú que formaría, junto con la primera persona eludida, el nosotros: "esto no es la soledad, te dices / pero es demasiado estruendoso".

En ese ir de la materia a la literatura y de la realidad al pensamiento existe un intento constante de llegar al yo o bordearlo, un ir y venir de la lectura al momento actual y su situación anímica, un viaje del tú al nosotros donde aparecen versos que conforman casi aforismos: "Los poemas contienen raros acertijos que resultan ser llaves" (pag. 23).

Concha García con este libro se ha despegado del tono y la temática anteriores, como si otra madurez hubiese hecho mella en la autora y ahora pusiese todo el impulso y la intención en el hoy y el mañana; como si el mundo se hubiese reconstituido a través de sus ojos, y fuese posible la esperanza. Como si el amor fuese posible. No existe desencanto. Sólo el viaje. Experiencia, soledad, amor, lecturas... y poemas. Prosigue el viaje.

jueves, 6 de febrero de 2014

Noticias: tertulia de autor con Miguel Ángel Muñoz Sanjuán

Tertulia de autor: Miguel Ángel Muñoz Sanjuán
Fundación Sindical Ateneo 1º de Mayo


Miguel Ángel Muñoz Sanjuán es el autor invitado a la "tertulia de autor" de la Fundación Ateneo Cultural 1º de Mayo, en la que hablará de su poemario CANTOS : & : UCRONÍAS.

El acto estará presentado por Agustín Sánchez Antequera

Jueves, 6 de febrero de 2014, 19:00 horas

CC.OO. - Centro de Abogados de Atocha
C/ Sebastián Herrera, 12-14. Madrid
Cafetería - Sala Reporter
Entrada gratuita

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