lunes, 29 de junio de 2009

Fallece el poeta Victoriano Crémer


Victoriano Crémer: periodista, poeta y cascarrabias


Tomás Álvarez León, 27 jun (EFE).- Con la centena bien rebasada, nació en Burgos en 1907, Victoriano Crémer seguía siendo un periodista -en el Diario de León aún se publicará mañana su columna, con un artículo dedicado a los fichajes/estrella, titulado "Bien pagado"- de carácter vivo, bromista y cascarrabias que perduró hasta sus últimos días.


Hijo un ferroviario, Crémer llegó a León en sus años de infancia y ya no abandonaría esta ciudad, en la que fue vendedor de periódicos, dependiente de una farmacia, tipógrafo, poeta y -sobre todo- periodista.


Con González de Lama y Eugenio de Nora fundó en la difícil etapa de posguerra la revista Espadaña, que sería el gran vivero que activaría la literatura leonesa, y en la que se publicaría también obra de poetas como Neruda, Vallejo y Blas de Otero.


Para el catedrático de literatura José Enrique Martínez, en Crémer hay dos vectores fundamentales. Uno es el periodismo, cultivado desde muy joven, y que se sintetiza en más de 25.000 artículos en 88 años de colaboraciones.


El otro vector es la poesía, más valiosa que sus ensayos y novelas. "La poesía de Cremer va mucho más allá de Espadaña, porque hay que recordar que la revista sólo estuvo activa hasta 1951, y el escritor estuvo escribiendo hasta sus últimos días", afirmó este catedrático, profundo conocedor del finado.


Como periodista, Crémer mantuvo permanente colaboración en los medios locales incluso cuando ya rebasó los cien años de edad, fecha en la que recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo por su constancia.


El autor enviaba todos los lunes un conjunto de cinco crónicas para ir distribuyendo en la columna "Crémer contra Crémer", una tarea que tenía siempre presente, incluso cuando hace días fue ingresado en el hospital, momento en el que recomendó a la enfermera que activara la medicación porque tenía que escribir unas crónicas.


Dejó también bastante obra poética, de un tono social y existencial, desde 1951 (Nuevos cantos de vida y esperanza) hasta 2009(Los signos de la sangre).


Los signos de la sangre (Editorial Calambur) es en realidad una magna recopilación poética de la obra del autor, desde 1944 hasta ahora, que consta de dos tomos que acumulan 1.500 páginas de poesía.


Autor polifacético, Crémer estaba escribiendo ahora una novela, y en la actualidad presenta una exposición con una treintena de dibujos, organizada por el Instituto de la Lengua Castellano y Leonés, la Junta y la Diputación de León, muestra titulada "Garabatos y manuscritos de Crémer".


A lo largo de su vida, el escritor ha obtenido numerosos galardones como el Nacional de Poesía Leopoldo Panero, el de Castilla y León de las Letras, León Felipe y el Gil de Biedma de Poesía.


De carácter bronco, Crémer escondía dos personalidades, algo que revela el propio título de su columna diaria (Crémer contra Crémer); por un lado aparecía el personaje áspero y detrás se hallaba en individuo amistoso y con gran dosis de generosidad.


Ese carácter vivo, bromista y cascarrabias perduró hasta sus últimas horas; aún anteayer, cuando un amigo periodista acudió con su novia a verle al hospital, le dijo a ésta: ¿qué te parece si nos deshacemos de él(el amigo) y nos fugamos juntos?

Novedad: Los signos de la sangre (Poesía 1944-2004)

Victoriano Crémer
Los signos de la sangre (Poesía 1944-2004)
Poesía, 94. 2009
ISBN: 9788483591352 (Dos volúmenes)
1.536 págs. 70 €

E-book (9788483591512): 25 €


La publicación de Los signos de la sangre, de Victoriano Crémer, supone recorrer la historia de la poesía española desde el fin de la Guerra Civil hasta el momento presente. Son más de cien años de vida y más de sesenta de poesía. Su vida comenzó en diciembre de 1907; su poesía, en 1944 con la publicación de Tacto sonoro. Periodista, narrador y autor de obras de teatro, su poesía es la faceta que ha merecido mayor atención literariamente.

Victoriano Crémer nació en Burgos en diciembre de 1907, dentro de una familia humilde que se trasladó a León en 1917, ciudad en la que el escritor ha vivido el resto de su existencia. Acabada la Guerra Civil, durante la cual sufrió cárcel en dos ocasiones, su vida permaneció ligada al periodismo en distintos medios de la capital leonesa, tanto en radio como en prensa y, a sus más de cien años, seguía ofreciendo día tras día su artículo de opinión en el Diario de León. En 1944 fundó y dirigió, con Antonio González de Lama y Eugenio de Nora, la revista Espadaña, que orientó la poesía española en un sentido humanista. En el mismo año 1944 apareció Tacto sonoro, que mostraba algunas de las preocupaciones permanentes del escritor: el dolor humano, el hombre perseguido, el silencio de Dios… Con diferentes tonalidades, son los temas que originan en la misma década libros como Caminos de mi sangre y La espada y la pared. A esta problemática existencial se suma la social (el mundo de los humildes, la experiencia de la guerra, la España del presente…), con mayor intensidad en la década del 50 con Nuevos cantos de vida y esperanza y prosigue con poemarios como Furia y paloma y Tiempo de soledad. Trazaba una senda poética por donde también transitaban, entre otros, Gabriel Celaya, Blas de Otero y Eugenio de Nora, con los que formó parte de la histórica Antología consultada de la Joven Poesía Española (1952). Los libros posteriores, más sosegados, emotivos y reflexivos, dan cauce al resto de su poesía, recogida en títulos como Lejos de esta lluvia tan amarga o, más tarde, El cálido bullicio de la ceniza, que impregnará de melancolía los libros sucesivos que se cierran con El último jinete, publicado en 2008; son obras de palabra experimentada y serena, pero no resignada, y temas como la vejez, la soledad y la muerte. Entre los numerosos reconocimientos y premios recibidos destacan el Premio Nacional de Poesía en 1962, el Premio Castilla y León de las Letras en 1994 y el nombramiento de Doctor Honoris Causa por la Universidad de León en 1991.

La poesía de Victoriano Crémer no varía significativamente a lo largo de los años. Con Tacto sonoro encontró la voz con la que revelar poéticamente su mundo, que era y es el hombre mismo, en soledad o en sociedad. La vida como centro temático, ahondando en él o abriendo perspectivas nuevas que el tiempo iba aportando: los recuerdos del padre y de la madre, los sufrimientos de la guerra, los hijos, los cantos de amor y dolor a la esposa, la vida humilde entre los humildes seres del barrio leonés de Puertamoneda…; después, la vejez va imprimiendo huellas en sus poemas, como la temática de la muerte, cuya presencia se torna acuciante tras la agonía de la esposa… El vigor y la fuerza expresiva de sus libros iniciales, muestra externa de la rebeldía interior del hombre, no menguó a lo largo de los años, pero la palabra fue templándose, tornándose más pacífica y reposada, más reflexiva y melancólica.

Victoriano Crémer falleció en León el día 26 de junio de 2009, justo cuando se finalizaba la presente edición. A la condolencia por la pérdida del poeta, se suma la triste coincidencia de que no pudo llegar a ver editadas sus obras reunidas.

domingo, 28 de junio de 2009

Reseña: Juan Carlos Mestre: Roja intemperie

Roja intemperie (una aproximación a su poética),
por Antonio Méndez Rubio

¿Por qué, ante la poesía de Juan Carlos Mestre, la primera respuesta de uno es una respuesta de gratitud? ¿Qué nos mantiene atentos, como pendientes de un recorrido en vilo, que, además de su trabajo como artista visual, se reúne en los poemarios: Siete poemas escritos junto a la lluvia (1982), La visita de Safo (1983), Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonáis 1985; 2003), Las páginas del fuego (1987), La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma 1992), La tumba de Keats (Premio Jaén de Poesía 1999), El Universo está en la noche (2006) y La casa roja (2008)? ¿Qué clase de deuda mantenemos en pie con esta poética tan a la intemperie como intempestiva?
¿Qué, en una palabra, le debemos a la escritura de Mestre? No voy a enumerar esas razones, no puedo ni podría hacerlo en el caso de que quisiera. No es el momento para una justificación que sería tan extensa como innecesaria en última instancia. Pero esta mínima ocasión, este breve momento, no deja de ser una oportunidad sin tregua para al menos indicar cómo se articulan algunas de esas causas en una constelación abierta, hemorrágica, de lecturas y sentidos cálidos como sangre, rojos como una herida que está siempre demasiado reciente.
Para empezar, si hablo en primera persona del plural, si recurro al nosotros cuando pregunto “¿Qué le debemos?” es porque es el reto de un nosotros, quizá un nosotros desaparecido de tan vulnerable, o invisible de tan inminente, lo primero que la poesía de Mestre convoca en medio de la noche y del día, a plena luz, a plena sombra. Desde el principio, esta poesía explora y a la vez necesita un espacio compartido “entre todos, al aire”. Es, cuando ya nadie lo esperaba, el espacio de lo común, de lo que hay de común en la desolación y en la pronunciación de la belleza, lo que hay de hermoso y de desolado en la apertura de un nuevo y hasta urgente hueco de vida. Si decía Heidegger que el lenguaje es la casa del ser, entonces el lenguaje lírico de Juan Carlos Mestre es la casa sin techo de lo que no puede ser, la casa por hacer, o al menos sin cerrojos, toda umbral, su inminencia, la necesidad de lo que está una y otra vez no siendo sino (abriéndose en lo) porvenir. El suelo y la tierra, la pérdida y el tiempo, lo propio y lo impropio… entran aquí en un ámbito de abolición, de inmolación en la imposibilidad de una espera que es, al fondo, la confianza en un imposible que sólo el poema conoce y sólo el poema encarna en su cuerpo de palabras al raso. Por eso para Mestre, en alguna madrugada, o justo ahora, “desnudarse es la única solución política”. Desnudarse es la precondición para que lo común exista como lugar de encuentro real, o al menos se reconstruya como desafío de un vivir compartido en precario, tras la huella probable de la desposesión y la pobreza.
Escarcha de pobreza y musgo en los tejados… El lenguaje poético de Mestre, como casa de lo que no puede ser, sólo respira en aquello que no se nos abre salvo volviendo a ser la imposibilidad de haber sido, la deuda con lo que va a llegar, a tientas, a (un) ser más necesario. Estamos menos cerca de otro ser que, en la fórmula de Lévinas, de otro modo que ser. O en verso próximo de Antonio Gamoneda: “La imposibilidad es nuestra iglesia”. De ahí tal vez en Mestre la invocación a los antepasados, a los “proscritos de sangre”, a los vencidos, no como una celebración nostálgica o idealizada, no como una estetización de la política, sino (como W. Benjamin diría) como una politización de lo poético que dé un nuevo sentido a la fragilidad de la vida en común: “Mis antepasados inventaron la Vía Láctea, / dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad, / al hambre le llamaron muralla del hambre, / a la pobreza le pusieron el nombre de todo lo que no es extraño a la pobreza. / (…) Entonces pusieron nombre al hambre para que el amo del hambre / se llamara dueño de la casa del hambre / y vagaron por los caminos / como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas”.
Está claro que dar con un suelo así en la escritura de Mestre, en la casa imposible, no es lo firme ni lo claro que una inspección en regla desearía. Pienso por ejemplo en rótulos críticos al uso como hablar de “ruralismo” cuando lo que aquí está en juego no es tanto o no sólo el abandono y desaparición de la experiencia rural como la permanencia sin clausura de lo que Keats llamaba “la poesía de la tierra”. O pienso en la etiqueta de “nueva épica” cuando lo que se dirime, en este entramado tenso, no es el relato de nuevos héroes o antihéroes sino nada más, y nada menos, que la forma en que se produce la caída de las estrellas ante el asombro en las miradas de la “multitud azul de la tristeza”. Lo que sí se da aquí es una opción referencial, que se multiplica y prolifera como los males y los dones en la caja de Pandora, pero que tiene una raíz (una vez más) demasiado común para no ser cierta: los torturados, los extranjeros, los vagabundos, los solitarios, “los ojos de todos los que sufren”, “las poblaciones engarzadas por el balido azul de la pobreza”, los sucumbidos… Caen las estrellas, de acuerdo, pero Mestre es aquí quien acompaña y da testimonio de esa caída, quien cae con ellas, como El Levitador con que lo representó en un poema Rafael Pérez Estrada: “Oh, tú, que has dormido frente a la luna y las estrellas hasta palidecer tu palidez…”.
El habla de Mestre despega de lo cotidiano, lo despliega en recurrencias, ritornelos y versículos libres –libres no tanto (aunque también) de cánones métricos, de lo que Ildefonso Rodríguez llamara la “superstición silábica”, sino libres de toda carga impuesta por una supuesta realidad exterior, o incontestable, o fija: dice Mestre: “de acuerdo con lo irreal, soy la sombra única de la realidad”. En este sentido, en fin, entronca esta poesía con el romanticismo menos conformista o con las vanguardias menos ingenuas, que van de Ernst a Holan pasando por Rimbaud, Maiakovski o Michaux. Se podría incluso hablar de herencia surrealista en este punto pero no ya como repetición de recursos, resortes o tics cristalizados por una tradición de la que se ha abusado y se sigue abusando, sino más bien como una indagación intensa en las trampas de la razón, un atravesar los pantanos inseguros del inconsciente –un poco a la manera de Emily Dickinson cuando comparaba la conciencia con una niñera que cualquier chiquillo querría poder evitar en un momento dado. Y en cierto sentido, desde luego, esta indagación en las zonas oscuras de la conciencia y la palabra hace que estos versos no arrojen tanto un aura de luz mítica o sobrehumana como una suerte de destello de oscuridad, de sombra viva, que convierte la lectura, por no decir la escucha, en un trance literalmente alucinante. En los términos de Mar Traful, podría hablarse aquí de una especie de política nocturna, por cuanto “en nuestro mundo hace tiempo que el consenso no es algo a lo que se llega, sino que viene dado de entrada. Y si viene dado de entrada es muy difícil de romper. ¿Dónde encontrar hoy palabras que hieran, que puedan ser lanzadas como flechas al cielo de la obviedad? (Mar Traful, Por una politica nocturna, p.5). Pero esta vez lo obvio es la contestación: esas palabras se pueden encontrar y de hecho se encuentran con nosotros, en todo su potencial indócil, en los poemas de Juan Carlos Mestre.
“Los regalos darán sus frutos”. ¿Y quién negará que los dará y los da sin descanso, sin plazos, esta poética imprevista e irrepetible? “Ahora resistir es ser mortales”… ¿Y cómo hacer de la mortalidad una forma de resistencia? No es fácil la respuesta. Quizá no la haya, o no estemos dispuestos a encontrarla. Pero eso no le quita valor a la pregunta, no le resta exigencia al filo de lo dicho y lo no dicho. Nos queda al menos, y no es poco si es así, la extrañeza de un espacio libre, del resonar de una voz desenterrada, disponible más allá o más acá de la comunicación o el reconocimiento: “Antes de que me tomaran por un extraño, ya que yo no era el dueño de esa invención, / me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos / y comencé a oír mis propias palabras como martillazos retumbando en un espacio vacío”.
¿Quién las oirá sonar entonces? ¿Podrá de alguna forma ser? En cierto modo, al final, lo que no puede ser es que haya protección. Esta poesía lo sabe: que nada nos defiende de nadie, que nada se puede hacer ante una poesía así salvo oírla, sentirla y seguirla por el hilo de un secreto decible. Es de hecho un aviso para todos nosotros: para que luego nadie pueda decir que no lo esperaba o que no lo sabía.

Tomado del blog de Viktor Gómez “Valentinos”, Poesía y realidad. Comunicación y pensamiento crítico

Reseña: La aldea de sal, de Lêdo Ivo

Santos Domínguez
Encuentros de lecturas

Con selección y traducción de otros dos poetas, Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre, Calambur publica La aldea de sal, una amplia antología bilingüe del brasileño Lêdo Ivo (1924), uno de los poetas más importantes en lengua portuguesa.
Ivo es autor de una amplia obra que no se limita a la poesía y se desarrolla en otros géneros como la novela y el ensayo. Y sin embargo ha sido muy poco editado en España. Aparte de los textos aparecidos en revistas y antologías, la agencia española del ISBN sólo registra un título de Lêdo Ivo, La moneda perdida, que apareció hace veinte años en Olifante y circuló de forma muy restringida.
La poesía de Lêdo Ivo plantea un constante duelo entre la inspiración y el diccionario, equilibra conciencia ética y ambición expresiva, compasión y potencia visionaria. Entre dos títulos significativos, Las imaginaciones (1944) y Requiem (2008), transcurre una poesía construida sobre la capacidad verbal de las imágenes y la dimensión telúrica de la mirada, una poesía planteada como actitud solidaria y como exploración de lo inefable, como conocimiento de lo que vive sólo en el poema y como diálogo imaginativo con la realidad. En forma de elegía o de oda, de lamento o celebración de la vida y la ruina del tiempo, sus textos oscilan entre la iluminación y la búsqueda del sentido, con referencias constantes a la memoria, el mar, la infancia, la fugacidad o la soledad.
A su primer libro, Las imaginaciones, pertenece este poema memorable en el que aparecen ya muchas de las claves de toda su obra:

Vals fúnebre de Hermengarda

Aquí estoy, junto a tu sepultura, Hermengarda,
para llorar tu pobre y pura carne que ninguno de nosotros vio pudrirse.
Otros vendrán lúcidos y enlutados,
pero yo vengo bebido, Hermengarda, yo vengo borracho.
Y si mañana encontráramos la cruz de tu fosa tirada en el suelo,
no fue la noche, Hermengarda, ni tampoco fue el viento.
Fui yo.

Quise amparar mi embriaguez bajo tu cruz
y rodé hacia la tierra donde reposas
triste, aunque cubierta de flores.

Aquí estoy, junto a tu tumba, Hermengarda,
para llorar nuestro amor de siempre.
No es la noche, Hermengarda, no es el viento.
Soy yo.

Los poemas de Lêdo Ivo están llenos de ventanas abiertas al mundo, de descubrimientos y de revelaciones a través de una mirada que se hace palabra y conciencia del lenguaje, de su capacidad creativa y sus limitaciones. Lo explica en uno de sus textos más justamente famosos:

Mi patria

Mi patria no es la lengua portuguesa.
Ninguna lengua es una patria.
Mi patria es la tierra tierna y untuosa donde nací
y el viento que sopla en Maceió.
Son los cangrejos que corren en el lodo de los manglares
y el océano cuyas olas continúan mojando mis pies cuando sueño.
Mi patria son los murciélagos colgados de la techumbre de las iglesias carcomidas,
los locos que danzan al atardecer en el hospicio junto al mar
y el cielo encorvado por las constelaciones.
Mi patria son las bocinas de los navíos
y el faro en lo alto de la colina.
Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante.
Son los astilleros podridos
y los cementerios marinos donde mis ancestros tuberculosos y palúdicos no
paran de toser y temblar en las noches frías
y la fragancia del azúcar en los almacenes portuarios
y las tencas que se debaten en las redes de los pescadores
y las ristras de cebolla enroscadas en la tiniebla
y la lluvia que cae sobre los corrales de peces.
La lengua de que me valgo no es ni nunca ha sido mi patria.
Ninguna lengua engañosa es una patria.
Tan sólo sirve para que celebre mi gran y pobre patria muda,
mi patria disentérica y desdentada, sin gramática y sin diccionario,
mi patria sin lengua y sin palabras.

Lêdo Ivo, con su voz cercana y su mirada creadora y piadosa, es uno de esos pocos poetas con los que el lector tiene la impresión de que la poesía es una actividad indispensable, que está ahí, descendiendo sobre los hombres.

http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2009/06/la-aldea-de-sal.html

Reseña: Lêdo Ivo, sal poética

Jorge de Arco
Andalucía Información 25/06/2009

Dentro de la poesía brasileña del pasado siglo, destacó sobremanera la llamada Generación del 45. Esta nueva corriente, vino a restaurar las formas y temas clásicos como respuesta a los excesos modernistas de las dos décadas anteriores.
Si bien no se trató de una estética rupturista, pues su intención primera era recuperar la emoción y la belleza a través de la devota invocación de las palabras, sí supuso un salto respecto a la “modernización” de los posteriores movimientos de la lírica brasileira. -cabe recordar, p.ej, el de la poesía concreta, surgido en 1955-.
Enmarcado en los iniciales postulados de la citada Generación, surge la figura de Lêdo Ivo (Alagoas, Brasil, 1924), que junto a autores como Bueno de Rivera, Paulo Mendes Campos, Joâo Cabral de Melo, Geir Campos…, apostaron por la pureza del lenguaje y la flexibilización de la realidad.
La reciente aparición de “La aldea de la sal” (Calambur. Madrid, mayo 2009), reúne una amplia selección de la obra poética de Lêdo Ivo y da cuenta de su amplísima labor que comenzara allá por el año 1944 con “Las imaginaciones”. Desde entonces, más de veinte volúmenes jalonan su rigurosa trayectoria poética. Guadalupe Grande y Juan Carlos Mestre han seleccionado y traducido con acierto esta reveladora antología, donde se recogen muestras de más de quince de los libros editados por el vate brasileño. “Lêdo Ivo es un puente de palabra por el que cruzan los seres que ninguna vez fueron nombrados”, afirman ambos compiladores en su prefacio.
Con un tono celebratorio, de desmesurada autenticidad, el cántico de Lêdo Ivo avanza al hilo de una argumentación solidaria y corporal. Cargado de una profunda emotividad, su verso -que se torna versículo en muchas ocasiones- está dotado de un carácter discursivo y de una musicalidad que traspasa con sus acordes la templanza del lector; y lo sacude y lo humaniza: “Lo celebraré todo sin orden ni concierto, para que todo sea un único instante tembloroso (…) Solamente soy un poeta que no quiere alabar los momentos de la decrepitud sino el tiempo en que existían rosas esperando el fulgor de los ojos”.
Sabedor de que la poesía equilibra la tensión vital del diario acontecer, Lêdo Ivo se adentra con fe ciega en la mística creadora de cada poema, y provisto de una íntima narratividad, cristaliza su verbo en una suerte de universo plural y reflexivo: “Una puerta cerrada no es suficiente para que un hombre/ esconda su amor. También necesita una puerta abierta/ para poder partir y perderse entre la multitud cuando ese/ amor estalle”.
Si bien a partir de la publicación de “Finisterra” (1972), el quehacer de Lêdo Ivo pareciera girar en una dirección más simbolista, de mayor imaginería versal, de acento más crítico, su prodigiosa fuerza expresiva no decae y su inquietante condición indagadora se tornará sugestivo atrevimiento: “El tiempo es una mentira de las estrellas”.
En suma, una antología necesaria y oportuna, que nos acerca a un poeta de múltiples certezas y no menos paraísos: “Tenemos necesidad de ángeles para ser poetas”.
http://www.andaluciainformacion.es/portada/?a=63816&i=1

viernes, 26 de junio de 2009

Entrevista a Daniel Ruiz García


La Razón Andalucía

Sábado 20 de junio de 2009 


“El mito del vampiro ha crecido mal” 


- Ha publicado dos novelas en dos meses, ¿o tiene mucho que contar o hay truco?


La primera la escribí hace cuatro o cinco años, mi hermano me animó para que la moviera con una editorial y a la que me publicó la primera le gustó la otra, así que ha sido casualidad que salgan a la vez. Parece que soy César Vidal, da la impresión de que soy superprolífico, pero no es así y prometo no molestar en mucho tiempo. 


- Aunque son muy distintas, destilan un poso común, un gusto por lo sórdido, si me lo permite.


Es cierto, me interesan temas como la violencia o la reflexión sobre lo feo, para desincustrar un poco la belleza que existe debajo. 


- La canción donde ella vive es un larguísimo monólogo por escrito, como un Pascual Duarte pasado por Jimi Hendrix.


Tiene algo de eso, pero creo que se acerca más al planteamiento gótico, quise recuperar el género de literatura espistolar presente en Drácula, Frankenstein o los cuentos de Edgar Allan Poe... Es una confesión escrita duranta una madrugada, literatura extrema en la que una persona que está agonizando se confiesa para expiar sus pecados.  


- Recoge un mito muy de moda, pero usted lo trata con un enfoque muy alejado de lo juvenil...


El mito del vampiro ha crecido mal, tiene poca riqueza. El mostruo sí ha evolucionado, con los freaks de Tod Browning o los implantes cibernéticos, pero los vapirios, salvo Murnau y su Nosferatu o Coppola, lo han hecho muy mal, con estos últimos adefesios de mitos adolescentes como Crepúsculo, que son miy deficientes. Yo lo he relacionado mucho con el rock, que siempre ha tenido una vertiente maldita, como los Rolling Stones y la historia de sus satánicas majestades, o los Beatles con la muerte de John Lennon. 


- La música, más que un telón de fondo, es un personaje más de la novela.


La pretensión era encajar mis gustos musicales personales dentro de la trama. Por ejemplo, Brian Wilson y los Beach Boys me interesaban porque simbolizan la música diáfana, la playa y el optimismo, aunque luego tienen una parte telúrica por la relación de Denis Wilson, su hermano, con Charles Manson. O el propio Jimy Hendrix, que consideraba haber sido concebido durante un rito vudú... 


-¿Qué banda sonora le encaja a estos momentos de crisis tan convulsos?


Pues se acaban de conmemorar los 30 años del surgimiento del punk, y parece que el movimiento va a volver porque hay mucha similitudes con aquella época: crisis económica, la juventud no sabe cómo expresarse, la idea del “no hay futuro”... O también podría ser una música verbenera, porque el tinglado mueve un poco a risa. 


- Sin vivir de esto y con dos hijos pequeños, ¿cuándo escribe?


Pues terminé esta novela días antes de nacer mi hija y desde entonces no he escrito nada. Después del verano me pongo las pilas... 


EN 20 LÍNEAS


Tiene Perrera y La canción donde ella vive casi recién salidas de la imprenta. A pares, literatura visceral y rabiosa, directa y pegadiza, como un buen riff. Asume que su trabajo como consultor de comunicación —“negro literario”, resume él— le ha dado “oficio”. Escribe de cinco a ocho de la mañana, lo que ya de por sí sólo tendría mérito. “Y el horario influye en mi estilo, rayano en lo fantástico, onírico... En duermevela escribo cosas que en un estado completo de lucidez no me atrevería”. 


FERNANDO MATRES


jueves, 25 de junio de 2009

Noticia: recital de Cecilia Quílez



CECILIA QUÍLEZ DEFINE LA BELLEZA DE LA DESOLACIÓN EN EL RECITAL POÉTICO EN EL PALACIO DUCAL DE MEDINA SIDONIA EN SANLÚCAR DE BARRAMEDA


Manuel J. Márquez Moy


Anuncian con relativa frecuencia el descubrimiento de algún elemento paleontológico, litográfico, bibliográfico en las portadas de los rotativos de medio mundo como una revelación milagrosa. Los progresos en la genética también son dignos acontecimientos a destacar, sin lugar a dudas.


Ayer, en el Salón de Embajadores del Palacio Ducal de Medina Sidonia en Sanlúcar de Barrameda para mí se produjo un hecho a destacar también muy seriamente. Nunca había escuchado definir la belleza de la desolación. Esto, que a primera vista pudiera parecer una contradicción tiene una explicación.


Cecilia Quílez (Algeciras, 1.965), protagonizó ayer uno de los recitales con más calidez de los que he asistido en mi vida, y no han sido pocos. Los que nos dedicamos a la poesía, tenemos nuestras tendencias ó rarezas. Lo que yo estoy afirmando aquí pudiera parecer que Cecilia Quílez estuviera profanando el tabú de hablar de la desolación, de la desesperanza, con expresiva belleza. No es que profane ningún tabú, ni que atente con frivolidad nada al respecto de el lado oscuro de la condición humana, pero sí transgrede la costumbre cultural de regodearnos en nuestra propia miseria y depresión, sin proponernos encontrar las posibles perspectivas luminosas a la pérdida de un ser querido, o la muerte, ó el sentimiento de fracaso. Esa perspectiva luminosa se puede expresar de muchas maneras, pero Quílez consigue con delicadeza, con una sensible crudeza definir en su poesía esos momentos que nos marcan para toda una vida. Esto es harto difícil, pero las poesías de Cecilia Quílez deberían estar muy a mano de esta sociedad intoxicada por pandemias de desmemoria e indiferencia.


Es como si el dolor lo diluyera en la suavidad de una caricia. Es como si describiera cómo resucitar de cada naufragio personal envuelto en un clima sensual, fresco y cadencioso.


Cecilia Quílez es como si ayer expidiese recetas de alivio para el luto que todos llevamos, aunque en forma de poesía. A veces también sonaban a sentencias, con esa sensible crudeza, que iban directas a despertar nuestros sentidos existencialistas. Poesías de exquisita sencillez, nada barrocas, con lenguaje cercano e intimista.


Esto son las cosas que tiene el ir a un recital de poesía de manera improvisada, que de pronto, cuando menos te lo esperas, hay alguien que te espera para acariciarte el alma.


Felicitar a la Fundación Casa Ducal de Medina Sidonia por el acierto de estas jornadas de poesía que finalizan hoy Viernes 19 con la presencia de la poeta Ana Rosetti.


En cuanto a Cecilia Quílez, tiene tres libros publicados de poesía: “La posada del dragón”, “Un mal ácido” y “El cuarto día”. Ayer también recitó poesías inéditas para un nuevo libro.


http://aventura-humana.blogspot.com/2009/06/cecilia-quilez-define-la-belleza-de-la.html


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Reseña en la revista Piedra de Molino (junio 2009)


La voz de Cecilia Quílez (Algecíras, Cádiz, 1965) es, en este poemario, ya madura, diferente, telúrica, a momentos la voz antigua del fondo del mar, “he vuelto a hacer de memoria peñones en la arena”, a versos, la de una mujer inmensa “una hermosa ánfora / que no quiere ser contemplada / ni tampoco bebida” o la voz de la inmensidad de lo femenino, “Negaremos lo que harían los hombres / con una mujer / cuando no hay hombres”. Pero es aún más. En círculos concéntricos, Quílez nos va revelando el profundo misterio de la existencia; que hay que morir algunas veces para abrir los ojos, dejarse arrastrar por la pasión para reconocerse en el espejo. Con un ritmo personal, la voz nos va envolviendo hasta el encantamiento “a la que yo daba cuerda a la que yo daba cuerda / a la que yo daba cuerda / para seguir estando cuerda y no recordar”. O nos clava el punzón del abandono o del deseo. Poesía hecha piel o carne de poesía.  


A.M.P.

miércoles, 24 de junio de 2009

Reseña: Los senderos que se bifurcan


Los senderos que se bifurcan

Escritores hispanoamericanos del siglo XX


Alex Guzmán

Ámbito Cultural


Madrid 14/06/2009


Ana María Navales, escritora, estudiosa y divulgadora de la literatura, dedicó su vida por entero a su mayor pasión, la palabra escrita.


Desde su ciudad natal, Zaragoza, o desde sus numerosas colaboraciones con universidades americanas la voz de Ana María acompañó a todo aquel que quisiese adentrarse sin prejuicios en el tempestuoso mundo de la literatura iberoamericana.  

 

Poco antes de morir, nos brindó un pequeño regalo en forma de último libro donde, una vez más, dio voz y salida a algunas de sus obsesiones literarias y, sobre todo, a su incondicional amor por Iberoamérica, entregando todo su saber (que era mucho) y su habilidad narrativa y poética (además de lo dicho, Ana María fue autora de 8 poemarios, dos libros de relatos, tres novelas, dos antologías e innumerables artículos sobre el por qué y el cómo de los autores que admiraba) al análisis del famoso boom sudamericano y sus ilustres antecesores.  

 

A pesar de que se trate de un tema archiconocido y de la inmensa cantidad de tinta gastada en torno a sus autores, Ana María Navales supo esquivar con elegancia todos los tópicos construidos alrededor de este fenómeno editorial, analizándolos con precisión y dirigiendo su inquisitiva mirada hacia "los otros autores", escritores de altura indiscutible pero incomprensiblemente relegados por los catálogos oficiales. En Los senderos que se bifurcan Navales nos permite seguir por última vez su estilo puntilloso y preciso, siempre acompañado por una envidiable capacidad de empatía hacia lo analizado, que tanto hizo disfrutar a los lectores del Heraldo de Aragón, donde escribió mucho y supo ganarse un hueco en el difícil mundo de la prensa de opinión. A través de pequeñas crónicas, muchas de ellas deliciosas, todas pertinentes y reveladoras, Ana María nos muestra al universo íntimo de algunos "abuelos" como Miguel Ángel Asturias, José Martí o Roberto Artl, sin olvidarse de los consagrados Márquez, Fuentes, Vargas-Llosa, Donoso o Infante. Pero lo verdaderamente importante en este libro de titulo borgiano es que, entre tanto nombre (merecidamente) ilustre, aparecen otros de similar enjundia, algunos casi desconocidos, como Mariano Azuela, el colombiano Álvarez Gardeazábal o el poeta salvadoreño José Roberto Cea, y que por fin ocupen un espacio importante las autoras sudamericanas, eternas olvidadas del brillante pero incompleto catálogo de escritores del boom: Nivaria Tejera, Peri Rossi, Armonía Somers, Marcela Serrano, Luisa Peluffo.  

 

Como se suele decir, no están todos los que son ni son todos los que están, pero todos (y todas) merecían que una pluma certera les cediese por fin un espacio en nuestro desconcertante mundo editorial y académico. Ana María Navales, que sabía que enseñar es aprender dos veces, se despide así de nosotros haciendo un último guiño y dedicándose a lo que mejor sabía hacer: abrir caminos intransitados, descubrir autores, revelar secretos; pues Ana María, que dedicó su vida a enseñar, conocía la lección del relato con el que decidió titular su último libro, que "esta trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades".   


http://www.ambitocultural.es/ambitocultural/portal.do?IDM=23&NM=1&identificador=88

viernes, 19 de junio de 2009

Reseña: Poesía y edición en el Siglo de Oro

15 de junio de 2009



POESÍA Y EDICIÓN EN EL SIGLO DE ORO 


En su Biblioteca Litterae, Calambur publica Poesía y edición en el Siglo de Oro, de Ignacio García Aguilar, un acercamiento riguroso y documentado a los libros de lírica culta y profana del Siglo de Oro. 


Un acercamiento, añadamos, imprescindible porque se realiza desde una perspectiva inédita: la que conecta el proceso creativo de escritura con la recepción de la lectura a través del factor mediador de la edición. Son los tres vértices de una realidad literaria que no puede ser entendida en su totalidad si no se tiene en cuenta ese triángulo formado por el poeta, sus lectores y el editor-impresor-librero. 

 


El volumen fija su marco temporal en la plenitud del Siglo de Oro, entre 1543, fecha de la primera edición de la poesía de Garcilaso, y el Parnaso español de Quevedo, que apareció en 1648. Son unos años cruciales en los que la poesía desborda los espacios cortesanos y amplía su ámbito potencial a un grupo menos restringido de lectores. 

 


Ese salto cualitativo con el que la literatura culta pasa de la Corte a la ciudad repercute en todo el proceso de creación, transmisión y recepción de la poesía. Tiene mucho que ver, por ejemplo, con el paso de la poesía manuscrita a la impresa, con el momento en que desde el poema suelto se pasa a la edición del poemario y con la configuración de un nuevo público que determinará cambios sustanciales en la concepción de la obra, en el estilo o en la distribución de la obra. En esos cambios están las claves de los nuevos modelos poéticos y editoriales que se imponen desde entonces. 

 


Los textos y los contextos urbanos en los que se desarrolla la poesía española de ese siglo, los nuevos modos de producción y transmisión de la poesía, las vías de circulación del libro, la importancia de las licencias, tasas y privilegios, los formatos y la tipografía, los diseños de las portadas, la representación visual del autor, el mapa que fija la coherencia estructural del libro a través de los índices, tablas y grabados o la disputa por la autoría entre el autor y el impresor en los paratextos son algunos de los elementos con los que se construye esta magnífica historia interna de la lírica impresa del Siglo de Oro para la que su autor ha manejado un corpus textual de 193 poemarios. 

 


Desde la certeza de que el libro impreso es una realidad compleja en la que confluyen elementos no sólo literarios, sino mercantiles, ideológicos, jurídicos, tipográficos, políticos, Ignacio García Aguilar elabora una historia que se mueve entre la poética y el mercado para adecuarse a la peculiar relación que hay entre poesía e imprenta, tan diferente de la que tienen otros géneros como la novela o el teatro. 


Entre Amberes y Valencia, de Madrid a Sevilla, de Garcilaso a Quevedo pasando por Herrera o la mercantilización masiva de la poesía con Lope, los formatos, modos de producción, canales de difusión y peculiaridades de la recepción son las claves de este estudio, generoso en ilustraciones e iluminaciones, que se convertirá desde ahora en una referencia ineludible en cualquier análisis global de la poesía áurea española. 


SANTOS DOMÍNGUEZ 


http://encuentrosconlasletras.blogspot.com/2009/06/poesia-y-edicion-en-el-siglo-de-oro.html 


jueves, 18 de junio de 2009

Reseñas: Las profundas aguas


Odiel Información, 14 de junio de 2009 


“La poesía perpetúa el sonido de la vida”

En un museo imaginario


MANUEL GARRIDO PALACIOS 


A menudo, cuando el cartero llama una o dos veces, es para traerme un libro. Así que recorro el camino bordeado de adelfas, recojo el envío y el regreso se convierte en el rito de abrir el sobre y ojear las páginas, hasta que, como un pájaro que deja el vuelo, el libro se posa en mi mesa de trabajo y la estancia vuelve a su ser incorporando las palabras recién llegadas. De seguir describiendo el cuadro tendría que añadir que suena un piano, que la luz que penetra por el ventanal lo dora todo y que un tintineo de tazas y de platos pone un fondo sonoro inesperado. En el caso de hoy el libro trae dentro poemas, y ya dijo Krönan que “el desnudo del alma podría ser un manojo de versos”. En ellos se aprieta la simple complejidad de la vida, no siempre triste, no siempre alegre. Cierto que la comunicación sublime entre el poeta y el lector no siempre sucede, ni siempre falla. Lo que no admite un libro de versos es que algunos entendidos se atreven a valorarlo como “bueno” o “malo”. ¿A criterio de quién? Hay que dejar que el libro hable. Si no llega al oído interior podría ser cosa del lector, no del libro. Ninguna lectura requiere tanta atención como el verso, que no es una historia, sino el eco, el respiro, el pulso, la entraña, el humo que liberó la llama apagada.  


Calambur ha editado Las profundas aguas, del valenciano Alfonso López Gradolí, autor de El sabor del sol (1968), Los instantes (1969), El aire sombrío (1975), Una muchacha rodeada de espigas (1977), Las señales de fuego (1985), Una sucesión de encuentros (1997), y Los signos de la soledad (2000) y Quizá Brigitte Bardot venga a tomar una copa esta noche (1971), “un conjunto de collages y poemas narrativos considerado por el suplemento literario de The Times de hace algún tiempo obra maestra de la poesía visual”. 


José Hierro dice que “escribir con miedo y sin demasiada fe es lo mismo que escribir por insoslayable necesidad. Y quien hace esto es ya un poeta. La poesía de Alfonso es necesaria y útil para el propio poeta, lo que equivale a decir que tiene que serlo también para el lector. Es necesaria, porque, él nos lo ha dicho, escribe cuando no puede más, cuando necesita entregarse a  un regazo maternal en el que descansar, confesándose. Es útil, porque la claridad que necesita en su vida es posible alcanzarla por medio de la poesía. No olvidemos que si ésta tiene mucho de diario en el que se registran los acontecimientos espirituales, no menos tiene de hilo de Ariadna que enseña al poeta a conocerse a sí mismo. La poesía perpetúa el sonido de la vida y ayuda a desvelar su sentido”. 


La lectura es, precisamente, el nombre del primer poema, Gradolí lo enmarca en “el momento, vacío de consuelo grande, / en el que al borde de una copa llena / de este sabor que aturde, / sombría cautela del que espera golpes, / conmoción que procura la nostalgia. / Recordamos unos ojos, playas, / el ardor de la luz, el rito / de mirar los juegos de unos cuerpos ágiles / entre las barcas, en la arena. / Me vuelven versos de un gran poeta, / palabras quietas y colores malvas / como trémulos, suavísimos sonidos / que llueven sobre el llovido silencio / del campo en penumbra. Las ramas / se mueven, un soplo casi música. / Batir de alas en la pequeña plaza. / Renglones de poemas con la pureza toda / nos dan sus extensiones de ternura, / está aquí mi vida, mis años reunidos, / las columnas de tiempo dejado atrás. / Y llega la anochecida, una mezcla / de dulzura y desconcierto, agrisado / el cielo tibio, oscuro, con olor a brezo. / Y llegan los recuerdos de mi tierra, / interrogante vida antigua, vuelve como / brisa tras la llluvia de septiembre. / Unos trozos de tiempo, rayas de derrota, / la insistente erosión. La lejanía lleva / desplegadas velas de lo que nos importa. / Racimos de instantes, son las grietas / hechas por los años. Historias, años, / soledad. Alto silencio. Propicia hora / para leer al escritor que preferimos. / Árboles como oscuras hogueras, / ya sin fuego. Todo se une para / explicar las tardes, o intentarlo”. 


Pasa  con el libro de Alfonso López Gradolí que la sensación de inicio pide tiempo y se hace necesario dejar la lectura para dentro de un rato con tal de saborear intensamente el aroma de cada poema. 


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El Ciervo, revista mensual de pensamiento y cultura, junio de 2009


Junto a su obra en verso, López Gradolí es autor de poesía visual y experimental, género en el que destacan sus libros compuestos en collage. Las profundas aguas reúne en el territorio del poema discursivo ambas facetas. Unos poemas remiten a la memoria de la juventud –“como un aroma levísimo el despliegue / de lo que para mí tuvo importancia”– otros evocan la tradición de vanguardia en la que el poeta se inserta (“Marinetti”, “Cadáver exquisito”), y algunos presentan una clara intención de arte poética, como “La palabra” o “Sobre el concepto collage”).


martes, 9 de junio de 2009

Noticia: "Si me quieres escribir" en La estación azul de Radio 1

El programa de Radio 1 "La estación azul", que dirige Ignacio Elguero con la colaboración de Javier Lostalé, ha dedicado los minutos finales de la emisión del 8 de junio de 2009 (a partir de 46:15), al libro "Si me quieres escribir. Canciones políticas y de combate de la Guerra de España", en edición de Maryse Bertrand de Muñoz, que hace el número 91 de la Colección CALAMBUR Poesía.

Escuchar

Entrega del XI Premio Río Manzanares de Novela a El jardín de ajenjo

Luis Mateo Díez, presidente del jurado, Francisco Balbuena, ganador del premio, 
y Pilar Martínez, Concejala de Urbanismo del Ayto. de Madrid.

"Madrid, ciudad capital del mundo sin complejos" 


La Feria del Libro de Madrid fue ayer el marco escogido para la entrega del XI Premio Río Manzanares de Novela que en la presente edición ha correspondido a Francisco Balbuena con El jardín de ajenjo. Además de Pilar Martínez, delegada de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid, que hizo entrega del galardón, entre los componentes de la mesa se encontraba el presidente del jurado, el académico Luis Mateo Díez. Ambos destacaron la claridad y la rotundidad de la decisión unánime del jurado de este año al conceder el premio y también el acierto al liberar el certamen de las restricciones que lo caracterizaban para que fuera reflejo de la ciudad que lo acoge: Madrid.


Hasta la pasada edición del Premio Río Manzanares de Novela sólo podían concursar novelas cuyo escenario fuera Madrid; ahora el premio ha quedado liberado de ataduras, según palabras de Luis Mateo Díez, quien justificó tal decisión dado que  Madrid es la ciudad más abierta del mundo, ciudad capital del mundo sin complejos y que con ello no se desmiente una tradición.


Abierto es también el espíritu y la dimensión de la novela premiada, prosiguió, abierta a otros escenarios. Destacó, asimismo, la gran solvencia del autor para orquestar toda una amalgama de personajes con historias vitalistas, de aventuras llenas de destinos cruzados en la que aparecen dictadores, pistoleros, gente sin escrúpulos…, gran maestría no sólo para describir los escenarios, sino para escribir sobre ellos y, en definitiva, ofrecer al lector una novela muy bien pergeñada.


El acto continuó con el discurso del autor, quien manifestó orgulloso su condición de madrileño de adopción y que fuera la ciudad en la que se había desarrollado como escritor la que le premiara. Autor muy prolífico en sus letras, afirmó refiriéndose a su persona, aunque todavía no haya tenido su redención, como quizás la tuvo Balboa, uno de los protagonistas de la novela premiada. Es el típico nativo de capricornio. Según todos los astrólogos, los capricornios damos lo mejor de nosotros en la segunda parte de nuestra vida. Es decir, que sólo espero que mi segunda parte sea tan larga como la primera, dijo Balbuena para terminar, porque su objetivo es escribir unas cuarenta novelas más y batir el record de Francisco Ayala. 

lunes, 8 de junio de 2009

Reseña: "Las rosas de la carne", Manuel Francisco Reina

Divertinajes - Eva Orúe

Después de tres años sin editar poesía, Reina vuelve con este poemario enraizado en la tradición literaria, desde la recreación de los tópicos estéticos y amorosos del Renacimiento y del Barroco, pasando por las poéticas reno¬vadoras del Modernismo o la Generación del 27, hasta las ramificaciones de la tradición poética andaluza del 50 y del 60. Sobre este sustrato, el libro camina firme hacia lo contemporáneo y lo futuro, al tiempo que se distancia de las modas anecdóticas del hoy, para no caducar con ellas cuando estas pasen. Lo celebratorio, incluso cuando se canta lo perdido para siempre, irrumpe con una sensualidad que pone la materia y la hermosura como revolucionaria categoría moral que desafía a la muerte y su amenaza. Lo amoroso, sin pudores, interroga las convenciones y los prejuicios, de una manera libertaria y subversiva. Así se trasciende lo físico a través de los sentidos y de lo lúdico, como salvaguarda del intelecto contra el olvido, y manera de comprender un poco más lo humano y su mundo.

http://www.divertinajes.com/nueva/modules/notices/notices.php?idpage=7

Reseña: Un nuevo libro de Manuel Francisco Reina

Diario de Jerez - Manuel Ríos Ruiz

En pocas fechas aparecerá, editado por Calambur, uno nuevo libro de poemas del jerezano Manuel Francisco Reina, titulado "La Rosa de la Carne", y del que el próximo martes ofrece su lectura en la Tertulia Literaria Hispanoamericana Rafael Montesinos, La trayectoria creadora y crítica de Manuel Francisco Reina, es un ejemplo de capacidad y de imaginación, de talento artístico. En muy poco tiempo, apenas ha sobrepasado la treintena, su bibliografía es verdaderamente rica. Aparte de su asidua colaboración en las más valoradas revistas y en importantes periódicos impresos y virtuales de aquende y allende los mares, ha publicado libros de poemas y libros en prosa.
Los poemarios se titulan "Razón del Incendiario", "Naufragio hasta la Dicha", "De Insumiso Amor", "Consumación de Estío", "Las Islas Cómplices", "El Amargo Ejercicio" y "La Lengua de los Angeles", por los que ha recibido diversos premios como el Ciudad de San Fernando para poetas andaluces, el premio Kutxa de poesía Ciudad de Irún, el premio Ab-Jatid del Centro de estudios Hispanoárabes de Almuñécar, obteniendo también mención especial en la modalidad de Arte en los premios Andalucía Joven. Otro galardón de singular importancia merecido por Manuel Francisco Reina, es el Premio de Teatro de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, por su obra "Olimpo busca chico nuevo".
En cuanto a su cualidad de narrador ha dado a la estampa las novelas: "Los Santos Varones", "La Coartada de Antínoo" y "La mirada de sal", que han sido recibidas por la crítica con amplio reconocimiento a su calidad en todos los órdenes. Y como antólogo, Manuel Francisco Reina ha realizado excelentes compilaciones, entre ellas "Poesía andalusí", "La paz y la palabra" (Letras contra la guerra) y la muy elogiada "Mujeres de Carne y Verso", una de las más logradas antologías de poesía femenina.
Y como nos demuestra Manuel Francisco Reina en su nuevo libro, al compilar citas en las que la rosa es el corazón de ellas, los poetas de todas las épocas, escuela y tendencias han respirado con las rosas en sus versos. Y "Las rosas de la carne" es un amplio poemario, dividido en varias partes, en el que la rosa simbólicamente inflama todos los poemas. Es realidad y sueño, gozo y sufrimiento, razón y desazón, fervor y destino, duda y celo, deseo y alegoría, sentimiento perenne, amor en todas sus fases y en todos sus estremecimientos.
"Las Rosas de la Carne", digámoslo ya, es un libro amoroso en su esencia y potencia líricas. Está escrito con plena convicción de su necesidad de hacerlo florecer palpando cada palabra, desnudándola para que sea más certera, dándole pálpito al reunirlas para que fructifique el pensamiento. Y un comedido énfasis se nos antoja la música requerida en cada verso. Leyendo "Las Rosas de la Carne" recordamos que Hesiodo dijo que el amor es el arquitecto del universo.
http://www.diariodejerez.es/article/opinion/407463/nuevo/libro/manuel/francisco/reina.html

jueves, 4 de junio de 2009

Reseñas de La canción donde ella vive

Revista Aquí en Sevilla


A ratos parece Houllebecq. A ratos recuerda a Edgar Allan Poe. Otras veces, simplemente, parece un ángel caído, un borracho que se lame las heridas, o un guitarrista desahuciado entonando un blues roto a las puertas del metro. El estilo de Daniel Ruiz García en la novela La canción donde ella vive (Editorial Calambur), la tercera de su carrera, se antoja más bien una balada, un cántico desesperado y amargo, plagado de referencias literarias, cinematográficas y musicales (sobre todo musicales), y siempre dominado por el nervio. Una novela valiente, arrolladora, instintiva, un antídoto contra el aburrimiento que no te dejará indiferente, y que te apasionará si te gustan el rock y la cerveza.

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Blog Estatuas verdes, 3-6-2009


http://estatuasverdes.blogspot.com/2009/06/la-cancion-donde-ella-vive.html


Dicen que la literatura puede ser una forma de conocimiento (no racional) tan potente como otras más ortodoxas. Es una buena manera de llegar a intuiciones, y por usar la paradoja, de expresar lo inexpresable. Expresar con palabras lo que no se puede expresar con palabras es un don del verdadero poeta; para ello se sirve de cierto tipo de comparaciones especiales: el símil (A es como B), la imagen (A es B) y la metáfora (hablar de B directamente cuando me refiero a A). De entre ellas prefiero el símil y la imagen, creo que sobre todo hallar un buen símil es una de las operaciones poéticas más bonitas y dífíciles que se pueden realizar.


Y ahora, os contaré una historia. Hace tres semanas andaba por una feria del libro trasteando libros de poesía de Bolaño cuando escucho por megafonía las palabras “postmodernismo” y “Beach Boys”: era la presentación de una novela. Como mínimo, ya habían captado mi atención, se trataba de un libro acerca de unos amores con trasfondo de música rock, y no cualquiera sino sesentera: la que a mí más me gusta.


La novela se llamaba La canción donde ella vive (2009), el autor Daniel Ruiz García. Como quiera que -sin desvelar la trama- en la presentación se desveló que el libro trataba los temas de la mujer fatal, la metaficción, el cine y la música (con fuerte presencia de las canciones de Brian Wilson), no tuve más remedio que comprarla y pedirle al autor que me la firmara. Cuál no sería mi sorpresa cuando Daniel Ruiz (carambolas de la vida) me contó que era fiel lector de Estatuas Verdes.


Va por ti, Daniel, y por tu excelente novela, sabe Dios que me cuesta hablar de ella sin revelar sus secretos, es como hablar de la serie Perdidos sin poder argumentar por qué me gusta tanto (para no aguarla). Me aseguran que con Perrera (2008) -la obra que te ha puesto en el mapa- te saliste del mapa, no la he leído pero no tardaré en hacerlo. Me aseguran que La canción donde ella vive es tu obra menos experimental, y está claro que no va a revolucionar las letras españolas, pero amigo, ¿quién necesita a Huidobro o a Joyce pudiendo tener a alguien que le cuenta una interesantísima historia? Una historia que te da arañazos, además.



La canción donde ella vive es un relato confesional, formalmente es un monólogo escrito en primera y segunda persona por un narrador autodiegético (cuenta su propia historia) que en un momento puntual le cede la palabra a otra “primera persona”. El narrador, Mario, se dirige a un “tú” que es su amigo al que se está confesando, el personaje más nombrado del libro por virtud del vocativo pero que en realidad es un mero artificio literario. ¿Por qué me bajo a esta tramoya narratológica? Porque en esta novela cobra especial importancia la metaficción (“escribir sobre escribir”), hasta el punto de que se trata de una historia in the making, en proceso de construcción a medida que se va contando -o al menos este es el engaño que logra el buen Daniel Ruiz.


Y también porque sería injusto desdeñar su forma en favor del valor del contenido, siendo la forma tan interesante. El relato de Mario se convierte en una consciente carrera contrarreloj por dejar escrita la justificación de sus últimos actos y días, y desde la página 1 se nos muestra la preocupación del narrador por ordenar, seleccionar y secuenciar los materiales de su narración: sus “recuerdos”. Hay un par de metáforas muy aptas que Daniel Ruiz utiliza para capturar el proceso de construcción narrativa de Mario: de un lado una colección de postales que él debe ordenar cronológica (o al menos lógica) -mente, y del otro la recomposición cual puzzle de los fragmentos de un espejo hecho añicos. Así, a pellizcos, la historia va creciendo a medida que va persiguiendo al narrador y al propio lector, de manera tan acuciante como una arcada que nos sube por la garganta y nos impide respirar.



En cuanto al contenido... era lo fácil, seguro que a Guardiola le molaría una novela acerca de los trofeos del Barça, o a Carpanta una sobre los pollos asados. Es una trampa leer un libro sobre un tema que nos mola y es muy cercano, empero: podemos salir corridos de gusto o tremendamente decepcionados. Afortunadamente, el caso de La canción donde ella vive es la primera de estas opciones. Referencias cultu-sixties no le faltan (“Voodoo Child” de Hendrix juega un papel central, al igual que los álbumes Forever Changes de Love o Smiley Smile de Beach Boys), así como tampoco referencias culturetas mainstream, de Marcel Proust a Mark Rothko, pasando por Walt Whitman, Goya, Beethoven o la mitología griega. Pero todo eso, amigos, es bien sabido que se queda en nada si no hay una historia de fuste, y en este caso el fuste lo dan los sentimientos que entran en juego.


La voluntad de no destriparos la novela me impide dar más detalles acerca de la temática principal y varios de los subtemas que trata, pero baste decir que en La canción donde ella vive conviven muchos de los fantasmas y los males que aquejan a la sociedad actual, el ennui de las parejas y de las relaciones sin amor, la voracidad inmobiliaria, las vidas sin rumbo, la autodestrucción... todo ello regado con incontables botellines de cerveza y festoneado por las canciones que más nutren el alma.



Y sin embargo, lo que más me ha molado de este libro, por lo que seguramente lo recordaré, más allá del catálogo de canciones o artistas mencionados es por la manera de escribir de Daniel Ruiz. Un hombre amigo (al menos en esta obra) de la oración compleja y compuesta, de la catarata verbal, pero sin abrumar nunca al lector, siempre ofreciéndole la intuición justa. Si te puede poner dos ejemplos de algo, jamás te pondrá uno, y lo mismo sucede con los símiles e imágenes, de ahí lo que escribía en el primer párrafo de este post. De todo el libro me quedo con dos, que provocaron que me hiciera pipí encima: “ojos húmedos y oscuros como olivas flotando en un charco” y “la tarde es un enorme lienzo de Rothko”. Ah, a todo esto... ¿y la canción donde ella vive? Pues no os cuento cual es, pero no me puedo privar de deciros que la compuso Brian Wilson...

Novedad Poesía: Las rosas de la carne


Manuel Francisco Reina
Las rosas de la carne
Calambur Poesía, 96. 2009
ISBN: 9788483591536
104 págs. 10 €

Las Rosas de la carne nace enraizado en la tradición literaria, desde la recreación de los tópicos estéticos y amorosos del Renacimiento y del Barroco, pasando por las poéticas reno­vadoras del Modernismo o la Generación del 27, hasta las ramificaciones de la tradición poética andaluza del 50 y del 60. Sobre este sustrato, el libro camina firme hacia lo contemporáneo y lo futuro, al tiempo que se distancia de las modas anecdóticas del hoy, para no caducar con ellas cuando estas pasen. Lo celebratorio, incluso cuando se canta lo perdido para siempre, irrumpe con una sensualidad que pone la materia y la hermosura como revolucionaria categoría moral que desafía a la muerte y su amenaza. Lo amoroso, sin pudores, interroga las convenciones y los prejuicios, de una manera libertaria y subversiva. Así se trasciende lo físico a través de los sentidos y de lo lúdico, como salvaguarda del intelecto contra el olvido, y manera de comprender un poco más lo humano y su mundo.


Manuel Francisco Reina (Jerez de la Frontera, 1974), es novelista, dramaturgo, crítico literario y, ante todo, poeta. Ha  publicado los poemarios Razón del incendiario, Naufragio hacia la dicha, Del insumiso amor, Consumación de estío, Las islas cómplices, El amargo ejercicio y La lengua de los ángeles, por los que ha recibido diversos premios  como el «Ciudad de San Fernando», el «Ciudad de Irún» o el «Ibn Al-Jatib». Es autor de las novelas Los Santos Varones, La Coartada de Antínoo,La Mirada de Sal. Colabora en prensa con Culturas de La Vanguardia y el suplemento cultural ABCD las Artes y las Letras, entre otros. Cronista cultural del diario ABC de los domingos durante muchos años, actualmente es columnista del diario digital elplural.com. En 2007 colaboró en el documental de Emilio Ruiz  Barrachina Goya y Orson Welles, y en 2008, con el  mismo director, realizó el guión del documental La España de la Copla, presentado en el Festival de cine de Málaga en 2009.

miércoles, 3 de junio de 2009

Noticia: Todo Cremer en 1500 páginas

Diario de León | 03/06/2009

En diez días se publicará Los signos de la sangre, dos tomos con su poesía completa

La poesía completa de Victoriano Crémer aparecerá en unos diez días con el título de Los signos de la sangre (editorial Calambur), dos tomos con unas 1500 páginas en total que ha preparado el centenario autor junto al catedrático de Literatura y crítico del Diario de León José Enrique Martínez.
Así lo ha anunció ayer Emilio Torné, director literario de Calambur y que anoche intervino en un ciclo literario de la Fundación Pereira dedicado al mundo editorial, con la conferencia Editar poesía o ¿para qué poetas en tiempos de penuria? Este enunciado no es pesimista, sino todo lo contrario, ha explicado Torné, ya que «se trata de una pregunta retórica cuya conclusión es que los poetas son más necesarios ahora que nunca y los editores también». Para Torné, editar poesía no es una veta de lucro: «La edición en general no lo es y, dentro de ella, la poética menos, de modo que los editores de poesía tenemos algo de raro y de apasionado». A su juicio, la crisis económica influye menos en el ámbito poético que en otros «porque existe un público muy fiel, aunque minoritario». Calambur tiene en sus colecciones abundantes autores leoneses, entre ellos Carmen Busmayor, Antonio Pereira, Marifé Santiago y Juan Carlos Mestre. «La cosecha poética y literaria de León desde la Guerra Civil para acá es impresionante, y en el caso de Calambur, la amistad con Juan Carlos Mestre, amigo intermediador, nos ha llevado a territorios nuevos y personas que son un privilegio, como el propio Pereira», señaló Torne. El editor explicó que «Tenemos un reto. El mundo está cambiando y necesitamos adaptarnos, pero no debemos ser un gremio quejumbroso, sino imaginativo».

http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=457454

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Diario de León | 02/06/2009

El editor de Meteoros, de Antonio Pereira, habla en León de poesía en tiempos de crisis

La fundación del poeta villafranquino organiza la charla de Emilio Torné.

El Director literario de la Editorial Calambur, Emilio Torné, da hoy una conferencia en la que hablará acerca de editar poesía. Su charla, incluida dentro de los encuentros literarios de la Fundación Pereira, lleva por título ¿Para qué los poetas en tiempos de penuria? La editorial Calambur ha editado las poesías completas de Antonio Pereira, Meteoros, y está a punto de lanzar al mercado la recopilación de la lírica de Victoriano Crémer Los signos de la sangre.
La Fundación Antonio Pereira se creó el 9 de mayo del año pasado con el fin de gestionar los amplios fondos que ya donara el escritor villafranquino Antonio Pereira a la universidad leonesa, así como para encabezar y organizar actividades culturales, encuentros literarios y una correcta divulgación y estudio de la obra del autor de La divisa en la torre. La colección, donada en abril del 2007, incluye diversas ediciones de todos sus libros.

http://www.diariodeleon.es/noticias/noticia.asp?pkid=457247

Primer fin de semana en la Feria del Libro


Miguel Ángel Bernat y Alfonso López Gradolí.



Alexis Díaz Pimienta, con acompañamiento musical, en la caseta de Calambur.




martes, 2 de junio de 2009

Entrevista a Francisco Balbuena


Manzanares de Novela con El jardín de ajenjo (Calambur, 2009)

Por María José de Acuña, lunes, 01 de junio de 2009


El jardín de ajenjo es una novela de Francisco Balbuena que retrata el Brasil de la Segunda Guerra Mundial y más concretamente un Río de Janeiro por el que transitan dictadores, políticos con pocos escrúpulos, delincuentes de guante blanco, nazis, judíos liberados de los campos de concentración, vividores y pistoleros. Uno de los protagonistas, Balboa, español, ex anarquista y falangista, es uno de ellos. Vive un azaroso y apasionado romance con una judía, esposa de un antiguo oficial austriaco, amante a su vez de un modelo italiano, que hace importantes negocios en Brasil, apoyado en sus íntimas relaciones con el dictador brasileño Getulio Vargas. Como todos los que les rodean, los amantes guardan un oscuro pasado y viven un presente trepidante, lleno de acechanzas y peligros, de ambiciones y traiciones, en un mundo delirante que se mueve entre los fascismos europeos y los totalitarismos sudamericanos


El Jurado de la XI edición del Premio Río Manzanares de Novela ha optado por galardonar una obra de fuerte carga erótica que plantea historias vitalistas llenas de destinos cruzados, El jardín de ajenjo, publicada por la editorial Calambur.



¿Cómo definirías El jardín de ajenjo en un par de frases?


Una historia de pasiones extremas en una época sobrada de ellas. Aventuras de gente desventurada que se agarra a ilusiones descarnadas como huesos para poder sobrevivir.


La II Guerra Mundial ha servido de inspiración en un sinfín de ocasiones a la literatura. En tu novela retratas personajes descarnados, historias trágicas, familiares y personales con las que consigues acercar el lector al conflicto bélico, ¿cómo te surgió la idea de escribir una historia así?


La novela tiene su origen en un relato erótico, casi pornográfico, que escribí hace mucho sobre los mismos personajes. El caso es que lo dejé en un cajón y me olvidé de él durante un tiempo. Hasta que un día caí en la cuenta de que en esa historia, alargándola y dándole más profundidad, había una gran novela en potencia. Así que me puse a la tarea un verano y, antes de que llegase la caída de la hoja, ya la había concluido tal y como está. Fue una escritura intensa, muy absorbente, aunque tenía a mi favor que redactaba sobre una base sólida, un diamante un bruto que había que pulir, tarea que sólo podía conseguirse agrandando la idea original.


¿Crees que con El jardín de ajenjo el lector se encuentra ante un ejemplo típico de novela negra?


Si entendemos por novela negra aquella que investiga un misterio, a menudo escabroso, y que de camino va retratando entresijos más sórdidos de la sociedad, creo que sí, que El jardín de ajenjo es una novela negra por los cuatro costados. No es una novela negra típica como si aconteciese en Chicago, pero hemos de reconocer que al son de la samba en nada desmerece Río de Janeiro de un arrabal holliniento. Aquí hay no uno sino varios misterios superpuestos que se irán descubriendo por medio de la indagación de los personajes. Y a raíz de ello ante nuestra mirada aparecen sujetos siniestros, una violencia creciente que llega a ser dolorosa para el lector, y una sociedad corrupta de la que parece que nadie puede escapar.


Desde las primeras páginas de El jardín de ajenjo aparece el mismísimo Orson Welles para contextualizar la trama y como homenaje al cine. Se dice que Ciudadano Kane fue capital a la hora de sentar las bases del moderno lenguaje narrativo cinematográfico. ¿Crees que tu novela se podría llevar a la gran pantalla?


Por supuesto que en El jardín de ajenjo hay un película, y de las buenas, de las de toda la vida. Mi estilo de escritura es muy gráfico, no sé si para bien o para mal de la calidad literaria, pero no hay duda que se presta mucho y sin gran esfuerzo a la adaptación del cine. Orson Welles siempre ha sido un artista, y un personaje, que me ha fascinado. Es como un titán que surgió enorme al nacer, que sostuvo el mundo sobre sus hombros de genio, y que luego lo dejó caer sobre nosotros los mortales en una decadencia de décadas que más tenía de autodestructiva que de escasez creativa.


Leyendo tu curriculum, es obvio que has conseguido ser un narrador con mucho oficio, pero, ¿en qué otros géneros literarios te sientes cómodo?


He escrito algunas poesías, cuentos varios de muy distintas extensiones, un ensayo, y unos cuantos guiones para televisión y cine. Digamos que en todas esas modalidades me defiendo aceptablemente, aunque sin duda mi fuerte son las novelas, y, cuanto más largas, mejor.


El amor, con todas sus variables, es una clara constante en tus textos, pero ¿qué otros aspectos de la existencia humana cobran valor simbólico en tu obra?


Una idea fundamental que subyace en mi obra es la reflexión que realizo, a veces muy aventurada y en ocasiones de modo muy poético, acerca de las construcciones mentales que el ser humano pergeña para ilusionarse sobre la vida, para hacérsela más soportable. Más o menos, salvando las distancias, lo que hizo Cervantes con Don Quijote.


Volviendo a El jardín de ajenjo, la historia transcurre en el Brasil de Getulio Vargas que conservó el poder hasta 1945, mantuvo relaciones cordiales con Estados Unidos y le declaró la guerra al Eje. Sin embargo, en la novela el instaurador del Estado Novo se percibe como una figura un tanto pusilánime, (comparado con Franco, uno de los protagonistas lo tacha de “lechón sopero”…)


Getulio Vargas fue un sujeto de cuidado, como todo dictador. Aunque fue un dictador atípico, en el sentido de que no montó un régimen represor espantoso como se estilaba por entonces en Europa. Quiso mantenerse entre dos extremos por medio de un autoritarismo light. La prueba es que conservó en su gabinete a ministros que hubiesen pasado por demócratas en otras latitudes. Tuvo una primera etapa en el poder casi hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Durante un tiempo dudó en apoyar a Estados Unidos en la guerra o, como mínimo, mantenerse neutral llevado por sus simpatías con los alemanes. A diferencia de los argentinos con Perón poco después, supo ver por donde venía el aire de los tiempos y eligió la opción más conveniente para él y Brasil acercándose a las democracias occidentales. Consintió que los Estados Unidos montasen una base aeronaval de lucha contra los submarinos alemanes en Recife a cambio, claro está, de que los americanos abriesen unas cuantas fábricas en Brasil. Incluso mandó una fuerza expedicionaria para ayudar a los aliados en la liberación de Italia. Sin embargo, el ejército no creía que su conversión fuese sincera y le destituyó. Tuvo una segunda etapa de gobierno en los años cincuenta. Pero una serie de escándalos le pusieron en una posición muy precaria de cara a la opinión pública. Entonces, una tarde se encerró en su habitación del palacio de Catete y se pegó un tiro en el corazón. En su testamento echó la culpa de su desventura a los yanquis. En efecto, al lado del sibilino Franco fue un hombre quizá demasiado ingenuo. Franco jamás hubiese estropeado su corazón.


¿Qué escritores han influido en tu obra? ¿Cuáles son tus referentes?


Mis influencias son tan variadas que no podría mencionar nombres de literatos a riesgo de olvidar a muchos. Creo que ningún novelista me ha marcado hasta hacerme emulador suyo. Más bien lo que me ha guiado son obras específicas, y no todo en ellas, de muchísimos autores. A veces creo que adolezco de falta de lecturas de narrativa. Pero también me digo que esa carencia acaso sea una ventaja, en el sentido de que no tengo la creatividad encorsetada por paradigmas o modas, sino que, en base a sólidos fundamentos, me puedo permitir el lujo de ir por donde yo quiera sin espectros como compañía, e incluso innovar.


Teniendo en cuenta que todas tus novelas publicadas han sido galardonadas, ¿qué opinión tienes sobre los premios literarios?


Los premios son una opción tan legítima como otra cualquiera para abrirse camino en el mundo literario. Es más, para los autores no consagrados a menudo se convierte en el único medio de publicación. Y alabados sean aquellos escritores que, a base de premios, demuestran que no pertenecen a cuadras editoriales.


¿Se podría considerar El jardín de ajenjo una novela histórica en vista de la época y de los personajes reales que en ella aparecen?


Hay una teoría que dice que toda novela es histórica si narra hechos que se desarrollan en una época de más de cincuenta años de nosotros en el pasado. En cierto sentido podría decirse que cualquier novela tarde o temprano llega a ser histórica. He escrito varias adrede de este género. El jardín de ajenjo tiene mucha historia, pero, al igual que esas otras obras mías mencionadas, hay un aspecto en ella que se impone, y no es otro que la geografía. Mis personajes y sus aventuras siempre están en movimiento, siempre están haciendo algo a través de una geografía que es como un personaje más. Mis novelas más bien son topográficas desde la mente al corazón.


¿Cómo construyes tus novelas? ¿Te embarcas en ellas sin saber a qué puerto llegarás, o lo tienes muy claro antes de escribir la primera línea?


Previamente a ponerme delante del teclado uso mucho el lápiz y el papel. Y antes del esto debo tener la historia muy clara en la cabeza. Siempre he dicho que el acto creativo tiene mucho que ver con las vacas. Porque en esencia consiste en rumiar ideas hasta que toda una serie de piezas a base de darles vueltas y más vueltas encajan en un cuadro general. En cuanto tengo una idea con su final, ya prácticamente la novela ha cuajado. Tener el final es fundamental, porque es el faro en la lejanía que te va guiando. En El jardín de ajenjo, por ejemplo, estaba convencido que el final debía ser muy sutil, de una ambigüedad calculada, a prueba de los lectores más perspicaces.




También hemos recibido este enlace con un vídeo dedicado a nuestro título "El jardín de ajenjo", de Francisco Balbuena, ganador del XI Premio río Manzanares de novela. Agradecemos al autor del vídeo la atención dedicada al libro, al escritor y al premio, sobre todo porque Calambur ha sido en todo momento ajena a este espontáneo proyecto promocional.